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España España · Madrid
Voto de Servadac:
7
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Sinopsis
Chris Marker nos acerca a la figura de su amigo y colega Andrei Tarkovsky y recoge algunos momentos del final de su vida. (FILMAFFINITY)
3 de enero de 2017
14 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
El primer largometraje de Andrei Tarkovsky comienza con un niño –Iván– y un árbol vivo. La grúa despega hacia la copa, sin llegar a mostrar su extremo superior. El plano rebosa de naturaleza y verdor en blanco y negro.

‘Sacrificio’ concluye con un niño tumbado junto a un árbol seco. La grúa recorre su esqueleto y, pese a la presencia verde de las hierbas, el paisaje parece desecado. El agua, al fin, se erige en última frontera.

Esos dos planos, nos dice Chris Marker, encuadran la obra completa del autor.

‘La infancia de Iván’ muestra, en su inicio, el “bautismo” del protagonista, que se lava la cara en un cubo y mira hacia su madre. ‘Sacrificio’ concluye con el mar de fondo de la muerte.

‘Un día en la vida de Andrei Arsenevitch’ es, en cierto modo, la historia de ese recorrido.

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El documental contiene relatos memorables, como la anécdota de Stalin y María Yúdina o la sesión de espiritismo con el ánima del difunto Borís Pasternak. Ofrece la estampa conmovedora/encantadora de un Tarkovsky enfermo y sonriente. Ese contraste –o unión de contrarios– es el alma de la cinta.

El cine de Tarkovsky es especial, por su pureza y ambición, y por las cotas que alcanza de poesía fílmica. ‘Sacrificio’ admite múltiples interpretaciones: la del canon religioso (que conjunta el milagro y la plegaria), la mística o esotérica (más cerca de la brujería) y la hipótesis de una enfermedad mental. Curiosamente, todas ellas podrían confluir en la figura del ‘yurodivi’ (o idiota sagrado) del cristianismo ortodoxo ruso, inmortalizado por Fiódor Dostoyevski en su príncipe Mishkin.

‘Un día en la vida de Andrei Arsenevitch’ invita a revisar ‘El idiota’ de Akira Kurosawa y a deleitarse, una y otra vez, con los siete largometrajes de Tarkovsky. Es, además, el retrato de un artista enamorado de su arte, el arte de rodar –o esculpir en el tiempo, como gustaba decir el propio director–. Nadie como él supo apresar los elementos naturales y bogar a sus anchas entre el sueño y la vigilia en planos-secuencia legendarios.

El hombre, en su afán por trascender, suele alzar la vista a las estrellas. Los personajes de Tarkovsky (como algunos de Beckett) tratan de avanzar a trompicones y se enfangan en la tierra, en un itinerario de ida y vuelta al limo original.

“En la oscuridad también oía mejor, oía ruidos que el largo día mantenía ocultos, murmullos humanos, por ejemplo, y la lluvia en el agua.” (*)

Al contemplar el plano final de Sacrificio, pienso en el rostro enfermo de Tarkovsky. El árbol seco en primer término, el mar que ondea en la distancia –o no tan lejos, la luz deslumbra y hace de la imagen una superficie casi plana–. Dando entrada a la niebla, Andrei culmina su viaje.

Quiero creer que el agua, en ese plano, es su sonrisa.



(*) 'Mercier et Camier', de Samuel Beckett.
Servadac
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