Rapsodia en agosto
Drama
Profunda reflexión sobre el holocausto nuclear de Nagasaki desde el punto de vista de una superviviente y sus cuatro nietos. Entre sonrisas y lágrimas, la abuela recuerda la historia de su familia y de la sociedad japonesa de su tiempo, tratando de llegar a comprender mejor el pasado y el presente. (FILMAFFINITY)
7 de enero de 2019
7 de enero de 2019
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Estamos ante una joya del cine Akiro Kurosawade que aborda el histórico y dramático capítulo de nuestra Historia, cuando los EE.UU. lanzaron una de sus bombas atómicas en Nagasaki en 1945.
En esta inolvidable película, Kane (Sachiko Murase) es una abuela superviviente del bombardeo atómico (una ‘hibakusha’), donde perdió a su esposo. En el film, Kane recibe a sus dos hijos y sus mujeres, criados en el Japón de posguerra, a sus cuatro nietos y también a Nisei Clark (Richard Gere) que se ha educado en América.
Esta maravillosa película es ante todo la historia de tres generaciones con la letal bomba de fondo. Los nietos de Kane han venido a visitarla en su casa de campo en Kyushu, durante un verano en el cual sus padres viajan. En una visita a Nagasaki los niños, criados en Norteamérica, pueden ver el drama que allí acabó con la vida de su abuelo, tomando conciencia de este desastre por primera vez en sus vidas. Esto conduce a un enorme respeto y admiración por su abuela, como superviviente y como auténtica heroína que pudo rehacer su vida después de la desdicha vivida.
En esta inolvidable película, Kane (Sachiko Murase) es una abuela superviviente del bombardeo atómico (una ‘hibakusha’), donde perdió a su esposo. En el film, Kane recibe a sus dos hijos y sus mujeres, criados en el Japón de posguerra, a sus cuatro nietos y también a Nisei Clark (Richard Gere) que se ha educado en América.
Esta maravillosa película es ante todo la historia de tres generaciones con la letal bomba de fondo. Los nietos de Kane han venido a visitarla en su casa de campo en Kyushu, durante un verano en el cual sus padres viajan. En una visita a Nagasaki los niños, criados en Norteamérica, pueden ver el drama que allí acabó con la vida de su abuelo, tomando conciencia de este desastre por primera vez en sus vidas. Esto conduce a un enorme respeto y admiración por su abuela, como superviviente y como auténtica heroína que pudo rehacer su vida después de la desdicha vivida.

A la gran dirección del gran Kurosawa, se une un excelente guión de Kurosawa junto a Kiyoko Murata, que sabe ahondar y reflexionar sobre el holocausto nuclear, sobre todo con la abuela como elemento protagonista principal. El lenguaje de la anciana es expuesto de manera casi silente, una mujer que frente a una amiga que la visita, arrodillada la una frente a la otra y sin mediar palabra, se dicen todo lo que querían compartir, para gran asombro de sus nietos. Además, Kurosawa sabe poner en los protagonistas infantiles sus propios sentimientos e ideas sobre la indiferencia social en Japón y el temor frente a la agresión descomunal ordenada por Truman.
Por eso, hay que entender que del silencio magistral de la abuela surgen detalles importantes, pues estas escenas tienen una representación directa con la explosión criminal y las relaciones de Japón con Estados Unidos. Puede observarse en los silencios de la anciana, dos abuelas durante una hora sin hablar, que como apunta la abuela Kane: hay gente que guarda silencio mientras conversa” y “hay cosas que se pueden entender sin recurrir a las palabras”.
Por eso, hay que entender que del silencio magistral de la abuela surgen detalles importantes, pues estas escenas tienen una representación directa con la explosión criminal y las relaciones de Japón con Estados Unidos. Puede observarse en los silencios de la anciana, dos abuelas durante una hora sin hablar, que como apunta la abuela Kane: hay gente que guarda silencio mientras conversa” y “hay cosas que se pueden entender sin recurrir a las palabras”.

Excelente música de Shinichirô Ikebe y genial fotografía de Takao Saito y Masaharu Ueda. Se une a ello un gran reparto donde destacan Sachiko Murase (la abuela Kane), Hisashi Igawa y Richard Ger, que bordan sus respectivos roles.
Cinta teñida de melancolía sonde se trenza la tradición con la modernidad de un país que parece haber tomado un camino hacia la modernidad y que, a la vez, hace una negación sobre el nefasto día en que Nagasaki ardió por los cuatro costados. Todo ello está mediado por la firme memoria de una frágil abuela que sabe trasladar a sus nietos lo que aconteció, como manera de transmisión cultural y de la historia de su familia. Es sin duda una cinta antibelicista, esperanzada y con una fuerte carga de ternura.
Una minimalista y brillante obra de un director que ya es Historia en el cine contemporáneo.
Cinta teñida de melancolía sonde se trenza la tradición con la modernidad de un país que parece haber tomado un camino hacia la modernidad y que, a la vez, hace una negación sobre el nefasto día en que Nagasaki ardió por los cuatro costados. Todo ello está mediado por la firme memoria de una frágil abuela que sabe trasladar a sus nietos lo que aconteció, como manera de transmisión cultural y de la historia de su familia. Es sin duda una cinta antibelicista, esperanzada y con una fuerte carga de ternura.
Una minimalista y brillante obra de un director que ya es Historia en el cine contemporáneo.
16 de agosto de 2020
16 de agosto de 2020
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
En Nagasaki, una abuela junto a sus cuatro nietos reciben una carta de un posible pariente, que ahora con nacionalidad norteamericana espera ver a su anciana hermana después de muchos años. Con mucha nostalgia llegan los recuerdos previos y posteriores a la bomba atómica, hecho que marcó dramáticamente a toda su familia… Los niños interesados pero atemorizados miran el resplandor y destrucción de la bomba a través de los ojos de su abuela.
La actuación de Richard Gere, lejos de quitarle la armonía a esta obra de arte, es una aparición respetuosa y reflexiva, un puente hacia la reconciliación espiritual y cultural.
La actuación de Richard Gere, lejos de quitarle la armonía a esta obra de arte, es una aparición respetuosa y reflexiva, un puente hacia la reconciliación espiritual y cultural.
21 de mayo de 2023
21 de mayo de 2023
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Color. También era un maestro del color. El tratamiento del color rojo seguro que tiene una significación que se me escapa, pero es el centro visual del comienzo de la cinta.
El respeto a las tradiciones, la visión de una anciana sobre su propia vida. La diferente perspectiva generacional entre una abuela y sus nietos sobre la vida en general y sobre el pasado en particular.
La bomba nuclear en Nagasaky y sus secuelas devastadoras durante décadas en al población civil. No sólo desde el punto de vista físico, sino principalmente emocional, como un elemento de reflexión sobre el recuerdo de lo que fueron.
No hay un juicio moral, ni siquiera una crítica social o política. Es algo que se vive como inevitable.
Los niños quieren saber qué ocurrió, y se debaten entre el nuevo odio a los americanos por lo que ocurrió y la asunción de la realidad inapelable.
La abuela cuenta historias, recuerdos mezclados con fantasía, idealizando parte de sus vivencias y soterrando aspectos y circunstancias que acontecieron hace años. El olvido forma parte de las perspectiva actual de las cosas. No hay recuerdo sin olvido.
El respeto a las tradiciones, la visión de una anciana sobre su propia vida. La diferente perspectiva generacional entre una abuela y sus nietos sobre la vida en general y sobre el pasado en particular.
La bomba nuclear en Nagasaky y sus secuelas devastadoras durante décadas en al población civil. No sólo desde el punto de vista físico, sino principalmente emocional, como un elemento de reflexión sobre el recuerdo de lo que fueron.
No hay un juicio moral, ni siquiera una crítica social o política. Es algo que se vive como inevitable.
Los niños quieren saber qué ocurrió, y se debaten entre el nuevo odio a los americanos por lo que ocurrió y la asunción de la realidad inapelable.
La abuela cuenta historias, recuerdos mezclados con fantasía, idealizando parte de sus vivencias y soterrando aspectos y circunstancias que acontecieron hace años. El olvido forma parte de las perspectiva actual de las cosas. No hay recuerdo sin olvido.

El punto central de la película es el recuerdo lo que fue, lo que aconteció. Y, en segundo lugar, lo que pudo haber sido. No es una mirada melancólica, es que el pasado lo es. Es una mirada retrospectiva a un pasado que, en sí mismo, es melancólico. Hay dolor y emoción, pero no resentimiento.
El ojo destructor, el resplandor de la bomba, el hongo de calor, gas y radiación mortal que destruyó 80.000 vidas en tres segundos y cambió el mundo para siempre, tanto el civil como el militar. Nada volvió a ser como antes. La inocencia se perdió para siempre.
El ojo destructor, el resplandor de la bomba, el hongo de calor, gas y radiación mortal que destruyó 80.000 vidas en tres segundos y cambió el mundo para siempre, tanto el civil como el militar. Nada volvió a ser como antes. La inocencia se perdió para siempre.
16 de enero de 2024
16 de enero de 2024
Sé el primero en valorar esta crítica
De Akira Kurosawa, una de sus dos últimas películas y de las más menores, valga la expresión. Drama familiar de bajo presupuesto con diálogos que se refieren al bombardeo atómico de los Estados Unidos sobre Nagasaki. La abuela encarna el trauma generacional y transmite historias locales de tradición oral a los nietos que la visitan en vacaciones, mientras sus padres les escriben desde Hawai.
Todos los actores son japoneses, con excepción de Richard Gere, que aparece media hora antes del final durante veinte minutos, hablando en japonés. Su actuación es cursi y su personaje, nacido gringo, es hijo de un emigrante nipón que, durante los años veinte, adoptó la nacionalidad del país genocida (habrán escogido a Gere por los ojitos para que aprendiera sus líneas en japonés fonético, lo cual hizo hasta donde pudo y desde ahí lo revolvió con el inglés).
Rodada en 1990, la película conmemora el 45 aniversario de la devastación atómica.
Imágenes de estilo documental muestran las estatuas donadas por varios países durante la reconstrucción de Nagasaki sobre la ciudad en ruinas.
Hermosos claros de luna.
Escena temblorosa dentro de un camión en movimiento hacia el final, como si el octogenario director y su equipo fueran más bien principiantes, un tipo de fallas que suelen permitirse también otros realizadores japoneses de obras maestras, como Shohei Imamura.
Kurosawa es uno de mis directores preferidos, más por el conjunto de su obra que por algún título en particular.
Todos los actores son japoneses, con excepción de Richard Gere, que aparece media hora antes del final durante veinte minutos, hablando en japonés. Su actuación es cursi y su personaje, nacido gringo, es hijo de un emigrante nipón que, durante los años veinte, adoptó la nacionalidad del país genocida (habrán escogido a Gere por los ojitos para que aprendiera sus líneas en japonés fonético, lo cual hizo hasta donde pudo y desde ahí lo revolvió con el inglés).
Rodada en 1990, la película conmemora el 45 aniversario de la devastación atómica.
Imágenes de estilo documental muestran las estatuas donadas por varios países durante la reconstrucción de Nagasaki sobre la ciudad en ruinas.
Hermosos claros de luna.
Escena temblorosa dentro de un camión en movimiento hacia el final, como si el octogenario director y su equipo fueran más bien principiantes, un tipo de fallas que suelen permitirse también otros realizadores japoneses de obras maestras, como Shohei Imamura.
Kurosawa es uno de mis directores preferidos, más por el conjunto de su obra que por algún título en particular.
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