El rey de las máscaras
7.4
783
Drama
En la China de los años 30, a un viejo artista de la calle, maestro en el arte de cambiar de máscara, le es dada la oportunidad de practicar su arte en la opera de Pekín. Pero él rechaza la oferta, ya que solamente quiere pasar sus conocimientos a un heredero masculino. Una noche le es vendido un niño, Pichón, por sus padres, hundidos en la pobreza. (FILMAFFINITY)
21 de julio de 2009
21 de julio de 2009
3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
preciosa película..una luz de esperanza para las niñas que en la China milenaria y con millones de habitantes, parecen ser un cero a la izquierda, un estorbo para una sociedad machista, más aun si eres niña...Un ejemplo de fortaleza para una niña que logra llegar al corazón de un viejo algo desgastado y a mal traer por los vericuetos de la vida, que al prinicipio enseña con el mayor placer su oficio de hacer máscaras a la pequeña que recoge de entre los niños que viven en la calle, y pensando que es un pibe, luego al descubrirla la trata muy mal para finalmente revelar que si la ama....Esta pelicula nos situa en la china, en el machismo de un país donde nacer mujer es mal augurio, es casi una tragedia....La recomiendo 100 por ciento
29 de enero de 2020
29 de enero de 2020
2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Vistosa y colorista propuesta la de Wu Tianming para trasladarnos a la China de principios del siglo XX y sumergirnos en un medievalismo cultural y social cuando la Segunda Revolución Industrial era ya un hecho.
Tras analizar resultados históricos del tradicionalismo, alguien debería legislar contra la insensatez, que algunos interesados elevan a sabiduría popular, de civilizaciones (no pocas) que consideran, o consideraron, a la mujer un ser inferior e incluso residual.
Quienes no se conforman son los únicos capaces de cambiar las cosas. El Pichón de nuestra historia (niña disfrazada para ascender un escaloncillo de dignidad), es equiparable a un Che Guevara de 8 años en lucha contra la injusticia y los castillos de viento del inmovilismo patriarcal.
El abuelo (el rey de las máscaras), aunque ser orgulloso y de principios, está coartado por una educación y unos condicionantes socio-económicos que le llevan a un enfrentamiento permanente con sus propios sentimientos. Las disciplinas son las auténticas murallas que encierran la felicidad.
Bien recreados los ambientes infectos, los cambios de máscaras, las actuaciones teatrales y los escasos instantes en que la paz y el sosiego se imponen al infortunio.
Tras analizar resultados históricos del tradicionalismo, alguien debería legislar contra la insensatez, que algunos interesados elevan a sabiduría popular, de civilizaciones (no pocas) que consideran, o consideraron, a la mujer un ser inferior e incluso residual.
Quienes no se conforman son los únicos capaces de cambiar las cosas. El Pichón de nuestra historia (niña disfrazada para ascender un escaloncillo de dignidad), es equiparable a un Che Guevara de 8 años en lucha contra la injusticia y los castillos de viento del inmovilismo patriarcal.
El abuelo (el rey de las máscaras), aunque ser orgulloso y de principios, está coartado por una educación y unos condicionantes socio-económicos que le llevan a un enfrentamiento permanente con sus propios sentimientos. Las disciplinas son las auténticas murallas que encierran la felicidad.
Bien recreados los ambientes infectos, los cambios de máscaras, las actuaciones teatrales y los escasos instantes en que la paz y el sosiego se imponen al infortunio.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Aunque por lo general los afluentes de la vida no suelen desembocar en el happy end, a que nos tienen acostumbrados las pelis de Hollywood, tampoco conviene que adoptemos el derrotismo como única alternativa coherente para finalizar un melodrama.
Que sí, que a veces pasan cosas buenas, las gentes reconsideran y elijen el camino correcto, que no tiene porqué ser el más fácil.
Que sí, que a veces pasan cosas buenas, las gentes reconsideran y elijen el camino correcto, que no tiene porqué ser el más fácil.
18 de agosto de 2025
18 de agosto de 2025
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266/25(13/08/25) Notable descubrimiento este dickensiano film chino. Hay películas que no necesitan un despliegue de efectos especiales ni presupuestos desorbitados para dejarte desarmado al final, con la incómoda certeza de que la emoción genuina todavía existe en el cine. Este film es una de esas gemas silenciosas, discretas en apariencia pero demoledoras en contenido, que se cuelan en la memoria del espectador para recordarle que la humanidad sigue siendo capaz de lo mejor y de lo peor, a veces en el mismo gesto. Es una historia entrañable en clave mandarina, una parábola sobre los lazos improbables, las injusticias sociales y la necedad de las tradiciones obsoletas, narrada con la delicadeza de una fábula pero con la contundencia de un puñetazo emocional.
Más allá de sus obvias virtudes estéticas y narrativas, la película me deja ese regusto extraño de los grandes relatos morales. La sensación de haber sido mejor persona después de verla, de haber atravesado un espejo emocional que me devuelve más sensible a lo injusto y más consciente de lo necesario que resulta el amor como fuerza redentora. No es poca cosa en un cine acostumbrado a la pirotecnia y la superficialidad.
Wu Tianming no es un cualquiera en el panorama chino: fue director de estudio en los años 80 y apadrinó a buena parte de la llamada Quinta Generación del cine chino (Zhang Yimou, Chen Kaige, Tian Zhuangzhuang…), esa hornada que deslumbró al mundo con un lenguaje fresco y valiente. Tras la revuelta de Tiananmén, Wu se exilió a USA, y “El Rey de las Máscaras” supuso su regreso a China. Y vaya regreso, en lugar de cargar el filme con un subtexto político explícito (algo que probablemente le hubiera condenado a la censura), Wu escogió una vía más sutil, pero no menos corrosiva. La historia de un anciano artista callejero que se aferra a sus secretos mientras el mundo cambia a su alrededor.
La elección no parece casual, pues Wang, el protagonista, es un eco del propio Wu, un guardián testarudo de un arte en vías de extinción, que debe decidir si prefiere morir con su tradición intacta o transformarla para sobrevivir. No hay consignas políticas explícitas, pero el mensaje es universal, las sociedades que se aferran a las costumbres sin cuestionarlas están condenadas a sofocar a sus hijos.
El filme respira autenticidad desde el primer plano. Ambientada en la provincia de Sichuan en los años 30, Wu Tianming logra lo que pocos. Sumergirnos en un mundo pobre, áspero y bello al mismo tiempo. Las callejuelas embarradas, los mercados clandestinos de niños, las procesiones fluviales, los templos budistas excavados en roca, todo está filmado con un preciosismo sobrio, sin alardes, casi documental. Es como si el director quisiera recordarnos que no estamos ante un cuento fantástico sino ante un retrato histórico, y que lo que vemos (la compraventa de niñas, la pobreza extrema, la injusticia institucionalizada) no es una licencia dramática, sino la vida real de millones en aquella época.
El arte del bian lian (el cambio de máscara) se presenta con un halo de misterio, reforzado por un montaje que nunca revela del todo el truco. El espectador, al igual que Doggie, queda fascinado ante la magia sin que se le desvele la técnica. El vestuario y las máscaras en sí mismas son piezas de una riqueza visual extraordinaria, y no exagero si digo que esas breves escenas de performance tienen más magnetismo que la totalidad de muchas producciones actuales infladas de CGI.
Zhu Xu como el maestro Wang está simplemente espléndido. No es un protagonista complaciente ni entrañable en un sentido fácil. Su Wang es gruñón, testarudo, cegado por prejuicios patriarcales que le llevan a tratar a Doggie con dureza. Y, sin embargo, la vulnerabilidad que Zhu Xu imprime a cada silencio y cada mirada lo redime. Su actuación es un ejercicio de economía expresiva, con mínimos gestos transmite la lucha interna entre el orgullo ancestral y el afecto creciente hacia la niña; Zhou Ren-ying como Doggie es un prodigio de naturalidad. Su vulnerabilidad es real, sin excesos lacrimógenos, y a la vez transmite una determinación que rompe la pantalla. La niña, pese a ser vendida, maltratada y despreciada por su género, no se convierte en víctima pasiva. Su perseverancia por quedarse con Wang, incluso cuando este la rechaza, es la verdadera columna vertebral de la película.
Incluso los secundarios, como el imitador de la ópera interpretada por Zhao Zhigang, aportan capas al retrato cultural de la época. Actor célebre que vive de interpretar roles femeninos sobre el escenario pero que, en la vida real, desprecia a las mujeres, resume de un plumazo la hipocresía del patriarcado.
Escenas clave (sin spoilers): Hay secuencias que se clavan como espinas dulces. El mercado clandestino de niños, por ejemplo, que Wu filma con la normalidad brutal de lo cotidiano. Padres desesperados ofreciendo a sus hijas como si fueran gallinas, compradores regateando el precio. Sin necesidad de subrayados, la secuencia te arrastra a una indignación silenciosa; El momento en que Wang descubre que Doggie es niña es otro punto álgido. No tanto por el giro en sí, que resulta previsible, sino por la reacción amarga del anciano, primero la rechaza y abandona, marchándose en su barcaza-hogar por el rio, mientras Doggie le grita abuelo y corre tras él, hasta acabar tirándose al rio, lo que sucede a continuación me estremeció (y no soy fácil de conmover en cine).; Y cómo olvidar el contraste entre lo sagrado y lo terrenal: Doggie señalando una estatua de la diosa de la Piedad mientras Wang insiste en que no sirve de nada rezar a un ser con pechos. Esa escena condensa toda la contradicción cultural de la película. Una religiosidad venerada que, al mismo tiempo, desprecia a la mitad de la humanidad.
Más allá de sus obvias virtudes estéticas y narrativas, la película me deja ese regusto extraño de los grandes relatos morales. La sensación de haber sido mejor persona después de verla, de haber atravesado un espejo emocional que me devuelve más sensible a lo injusto y más consciente de lo necesario que resulta el amor como fuerza redentora. No es poca cosa en un cine acostumbrado a la pirotecnia y la superficialidad.
Wu Tianming no es un cualquiera en el panorama chino: fue director de estudio en los años 80 y apadrinó a buena parte de la llamada Quinta Generación del cine chino (Zhang Yimou, Chen Kaige, Tian Zhuangzhuang…), esa hornada que deslumbró al mundo con un lenguaje fresco y valiente. Tras la revuelta de Tiananmén, Wu se exilió a USA, y “El Rey de las Máscaras” supuso su regreso a China. Y vaya regreso, en lugar de cargar el filme con un subtexto político explícito (algo que probablemente le hubiera condenado a la censura), Wu escogió una vía más sutil, pero no menos corrosiva. La historia de un anciano artista callejero que se aferra a sus secretos mientras el mundo cambia a su alrededor.
La elección no parece casual, pues Wang, el protagonista, es un eco del propio Wu, un guardián testarudo de un arte en vías de extinción, que debe decidir si prefiere morir con su tradición intacta o transformarla para sobrevivir. No hay consignas políticas explícitas, pero el mensaje es universal, las sociedades que se aferran a las costumbres sin cuestionarlas están condenadas a sofocar a sus hijos.
El filme respira autenticidad desde el primer plano. Ambientada en la provincia de Sichuan en los años 30, Wu Tianming logra lo que pocos. Sumergirnos en un mundo pobre, áspero y bello al mismo tiempo. Las callejuelas embarradas, los mercados clandestinos de niños, las procesiones fluviales, los templos budistas excavados en roca, todo está filmado con un preciosismo sobrio, sin alardes, casi documental. Es como si el director quisiera recordarnos que no estamos ante un cuento fantástico sino ante un retrato histórico, y que lo que vemos (la compraventa de niñas, la pobreza extrema, la injusticia institucionalizada) no es una licencia dramática, sino la vida real de millones en aquella época.
El arte del bian lian (el cambio de máscara) se presenta con un halo de misterio, reforzado por un montaje que nunca revela del todo el truco. El espectador, al igual que Doggie, queda fascinado ante la magia sin que se le desvele la técnica. El vestuario y las máscaras en sí mismas son piezas de una riqueza visual extraordinaria, y no exagero si digo que esas breves escenas de performance tienen más magnetismo que la totalidad de muchas producciones actuales infladas de CGI.
Zhu Xu como el maestro Wang está simplemente espléndido. No es un protagonista complaciente ni entrañable en un sentido fácil. Su Wang es gruñón, testarudo, cegado por prejuicios patriarcales que le llevan a tratar a Doggie con dureza. Y, sin embargo, la vulnerabilidad que Zhu Xu imprime a cada silencio y cada mirada lo redime. Su actuación es un ejercicio de economía expresiva, con mínimos gestos transmite la lucha interna entre el orgullo ancestral y el afecto creciente hacia la niña; Zhou Ren-ying como Doggie es un prodigio de naturalidad. Su vulnerabilidad es real, sin excesos lacrimógenos, y a la vez transmite una determinación que rompe la pantalla. La niña, pese a ser vendida, maltratada y despreciada por su género, no se convierte en víctima pasiva. Su perseverancia por quedarse con Wang, incluso cuando este la rechaza, es la verdadera columna vertebral de la película.
Incluso los secundarios, como el imitador de la ópera interpretada por Zhao Zhigang, aportan capas al retrato cultural de la época. Actor célebre que vive de interpretar roles femeninos sobre el escenario pero que, en la vida real, desprecia a las mujeres, resume de un plumazo la hipocresía del patriarcado.
Escenas clave (sin spoilers): Hay secuencias que se clavan como espinas dulces. El mercado clandestino de niños, por ejemplo, que Wu filma con la normalidad brutal de lo cotidiano. Padres desesperados ofreciendo a sus hijas como si fueran gallinas, compradores regateando el precio. Sin necesidad de subrayados, la secuencia te arrastra a una indignación silenciosa; El momento en que Wang descubre que Doggie es niña es otro punto álgido. No tanto por el giro en sí, que resulta previsible, sino por la reacción amarga del anciano, primero la rechaza y abandona, marchándose en su barcaza-hogar por el rio, mientras Doggie le grita abuelo y corre tras él, hasta acabar tirándose al rio, lo que sucede a continuación me estremeció (y no soy fácil de conmover en cine).; Y cómo olvidar el contraste entre lo sagrado y lo terrenal: Doggie señalando una estatua de la diosa de la Piedad mientras Wang insiste en que no sirve de nada rezar a un ser con pechos. Esa escena condensa toda la contradicción cultural de la película. Una religiosidad venerada que, al mismo tiempo, desprecia a la mitad de la humanidad.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El desenlace es un manual de redención dickensiana con toques de tragedia social. Wang es falsamente acusado de secuestro y encarcelado, lo que, en términos dramáticos, funciona como la prueba definitiva La sociedad que tanto venera sus máscaras lo trata como un delincuente cuando conviene. Y aquí emerge Doggie en toda su dimensión heroica, la niña rechazada, humillada y vendida, se convierte en la salvadora del anciano. Su amenaza de suicidarse frente a un influyente artista y a un general revela una valentía feroz y una lealtad conmovedora.
El clímax no es tanto la liberación de Wang, sino el gesto final: El anciano, por fin, acepta a Doggie como su nieta legítima y decide enseñarle el arte secreto. Con ese acto rompe la cadena del patriarcado, desactiva siglos de tradición absurda y abre la puerta a una nueva generación donde lo importante no es el sexo del aprendiz sino el amor y la dedicación. Sí, es melodramático. Sí, tiene un aire de fábula moralizante. Pero, y qué? Precisamente ahí radica su fuerza, en recordarnos, sin cinismo, que el amor y la lealtad pueden reventar los muros de cualquier tradición caduca.
Este es cine que excita no por artificio, sino por humanidad. Una parábola sobre cómo las tradiciones, cuando se convierten en dogmas, dejan de ser herencia cultural y pasan a ser cadenas. Wu Tianming firma una obra que combina lo mejor de dos mundos, la sencillez narrativa de una fábula y la contundencia social de una denuncia histórica.
En mi caso, pocas películas me han conmovido de manera tan entrañable, haciéndome sentir que al acabar era un poco mejor persona. Y no, no es poca cosa, en un mundo saturado de cinismo, que un filme te despida con esa sensación ya es motivo suficiente para reivindicarlo como una auténtica gema. Una joya conmovedora, dickensiana y necesaria, que demuestra que el verdadero cine humano todavía tiene rostro bajo la máscara. Gloria Ucrania!!!
El clímax no es tanto la liberación de Wang, sino el gesto final: El anciano, por fin, acepta a Doggie como su nieta legítima y decide enseñarle el arte secreto. Con ese acto rompe la cadena del patriarcado, desactiva siglos de tradición absurda y abre la puerta a una nueva generación donde lo importante no es el sexo del aprendiz sino el amor y la dedicación. Sí, es melodramático. Sí, tiene un aire de fábula moralizante. Pero, y qué? Precisamente ahí radica su fuerza, en recordarnos, sin cinismo, que el amor y la lealtad pueden reventar los muros de cualquier tradición caduca.
Este es cine que excita no por artificio, sino por humanidad. Una parábola sobre cómo las tradiciones, cuando se convierten en dogmas, dejan de ser herencia cultural y pasan a ser cadenas. Wu Tianming firma una obra que combina lo mejor de dos mundos, la sencillez narrativa de una fábula y la contundencia social de una denuncia histórica.
En mi caso, pocas películas me han conmovido de manera tan entrañable, haciéndome sentir que al acabar era un poco mejor persona. Y no, no es poca cosa, en un mundo saturado de cinismo, que un filme te despida con esa sensación ya es motivo suficiente para reivindicarlo como una auténtica gema. Una joya conmovedora, dickensiana y necesaria, que demuestra que el verdadero cine humano todavía tiene rostro bajo la máscara. Gloria Ucrania!!!
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