Código 46
5.8
7,848
Ciencia ficción. Romance
Una visión futurista de Shangai que presenta una sociedad en la que los recuerdos pueden ser borrados y los peligros pueden predecirse. William (Tim Robbins), enviado a Shangai para investigar un fraude en la compañía de seguros Sphinx, tiene un virus que le permite leer la mente de los demás. Maria (Samantha Morton), que trabaja en Sphinx creando "papelles", documentos indispensables para que la gente pueda hacer cualquier cosa, es la ... [+]
17 de mayo de 2008
17 de mayo de 2008
28 de 48 usuarios han encontrado esta crítica útil
Promete los diez primeros minutos, pasado este tiempo se convierte en un grandísimo tostón. Más que una distopía, es una soberana incongruencia. Lo único futurista son las maravillosas pastillitas. El mundo que nos presenta es el mismo en el que vivimos: una elite de yupis que viven de puta madre y una masa de purriosos con sueños de pertenecer al grupo priviligiado.
Tanto rollo para una historia de incesto, que nadie espere ver en ella semejanza con películas de culto como 1984. Lo dicho, un castañazo.
Tanto rollo para una historia de incesto, que nadie espere ver en ella semejanza con películas de culto como 1984. Lo dicho, un castañazo.
26 de mayo de 2009
26 de mayo de 2009
8 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
La primera vez que la vi, hace unos añitos ya, no me gusto nada, me resulto vacia y cargante, esos hello, agur, dankechen, konichiwa, mas que introducirme en la trama me sacaban, que conste que aprecio sus intenciones, lograr un drama intimista ambientado en el futuro por cuatro duros no tiene que ser moco de pavo.
Años después, o lo que es lo mismo ayer, me decidí a verla en v.o, a ver si mis malas vibraciones eran cosa del doblaje pero no, me volvió a defraudar, esta vez menos porque ya sabia lo que me esperaba y la pude disfrutar mas.
Creo que encajarla en la rama de la ciencia ficción la ha perjudicado mas que otra cosa, los elementos futuristas se pueden contar con los dedos de una mano, eso si, deja caer interesantes reflexiones entorno a la genética y el control del individuo, pero no indaga mucho en ellas, aunque creo mas que por defecto, por falta de interés.
En lo concerniente a las actuaciones tenemos a un Tim Robbins muy convincente, se nota que domina este registro y a una Samantha Morton también muy convincente, pero que eso si, no duraría dos días en el desierto.
Años después, o lo que es lo mismo ayer, me decidí a verla en v.o, a ver si mis malas vibraciones eran cosa del doblaje pero no, me volvió a defraudar, esta vez menos porque ya sabia lo que me esperaba y la pude disfrutar mas.
Creo que encajarla en la rama de la ciencia ficción la ha perjudicado mas que otra cosa, los elementos futuristas se pueden contar con los dedos de una mano, eso si, deja caer interesantes reflexiones entorno a la genética y el control del individuo, pero no indaga mucho en ellas, aunque creo mas que por defecto, por falta de interés.
En lo concerniente a las actuaciones tenemos a un Tim Robbins muy convincente, se nota que domina este registro y a una Samantha Morton también muy convincente, pero que eso si, no duraría dos días en el desierto.
23 de junio de 2009
23 de junio de 2009
7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
En ese futuro tan inmediato, en el que estamos entrando, (para nosotros las ciudades japonesas son ya de ciencia-ficción) al margen de los fríos y prácticos diseños arquitectónicos, los ciudadanos identificados, hablo de los "civilizados", estarán a un paso de convertirse en seres cibernéticos. La calidad de vida irá en función inversamente proporcional a la sensibilidad y las atmósferas serán plomizas en todos los aspectos.El Gran Hermano, aquí Esfinge, velando por el bien del mundo interior, elegirá por tí y promulgará leyes como el Código 46:
"Si una pareja tiene compatibilidad genética igual o superior al 25%, no podrá relacionarse sexualmente ni concebir prole. De hacerlo, el feto deberá ser inmediatamente eliminado y ambos sufrirán prisión, o exilio".
Como siempre, para sacudir la babeante modorra, aparece el amor como agente vivificador. Se rompen los esquemas, y hasta a las medio-máquinas se les funden los plomos. Entran en juego los sentidos y se impone la huida al mundo exterior, al de los pobres; donde se puede respirar y delinquir como hacían los hombres y mujeres de antes.
"Si una pareja tiene compatibilidad genética igual o superior al 25%, no podrá relacionarse sexualmente ni concebir prole. De hacerlo, el feto deberá ser inmediatamente eliminado y ambos sufrirán prisión, o exilio".
Como siempre, para sacudir la babeante modorra, aparece el amor como agente vivificador. Se rompen los esquemas, y hasta a las medio-máquinas se les funden los plomos. Entran en juego los sentidos y se impone la huida al mundo exterior, al de los pobres; donde se puede respirar y delinquir como hacían los hombres y mujeres de antes.

Samantha Morton & Tim Robbins
La historia deja claro el punto de vista del director y su guionista sobre lo que entienden por globalización: una fórmula más del dominio absoluto. Siempre quedarán fuera los que no interesan. Pero las preguntas flotan en el aire (unas en el acondicionado y otras en el denso del desierto) :¿ mejor ser yo mismo y mis limitaciones ? ó ¿ mejor ser un producto bien acabado obra del poder político y social ?.... y aquí me borran la memoria para que no vuelva a plantearme cuestiones incómodas, pero no me han extirpado, aún, la pituitaria y las sensoriales moléculas amorosas inundan la habitación.
23 de febrero de 2017
23 de febrero de 2017
7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Gélido drama romántico que recupera el sentimiento de fatalidad de un amor dificil e insondable. Winterbotton viaja de género en género aplicando un estilo propio que surge, paradójicamente, de las múltiples e intercambiables naturalezas genéricas, en este caso la ciencia ficción de la avanzada tecnología futurista. Tras “Código 46”, hay una historia sobre el mundo que incumbe a la falta de identidad y de poder, a la gente incluida en un sistema pero que no pertenece a él. El argumento recrea a una sociedad gobernada por entes tecnológicos desde rascacielos de diseño futurista que exige a sus ciudadanos que cuenten con un seguro para poder habitarla. Por lo tanto el que no cuenta con ese seguro es expulsado al desierto. Se trata pues, de una película de género pero que no aplica los elementos y reglas esenciales del mismo.
Tiene una acentuada frialdad visual donde el concepto estético y moral queda establecido por las relaciones humanas, por determinados silencios de los personajes, y no en las complejas explicaciones sobre una inminente civilización mecanizada y controlada; la de un futuro próximo marcado por la genética, la clonación, la globalización en el peor sentido de la palabra, además de la usurpación de los recuerdos, tema clave para entender las emociones y la personalidad humanas. Todo ello lo apreciamos por los gestos de sumisión o de asombro ante la tecnología que les rodea; por la forma de diferenciar estados de ánimo a partir de la escenografía y un clima que recuerda vagamente a “Farenheit 451” o más recientemente “Gattaca” en su frialdad desprovista de tensión.
El film plantea la posibilidad de pader borrar los recuerdos de alguien amado. Es lo que le ocurre a la joven María (Samantha Morton), una de las muchas trabajadoras de una compañía de seguros en Shanghai. William (Tim Robbins) es un detective de la agencia Pinkerton que viaja hasta la metrópolis china para investigar en dicha compañía la falsificación de unos documentos de identidad, imprescindibles para poder moverse y viajar por unas ciudades férreamente controladas de un planeta en el que han sido abolidas las fronteras e incluso las diferencias idiomáticas de una mixtura plurilingue en un estado totalitario global. El planteamiento resulta altamente interesante, cosa muy diferente son los resultados de esta distopía.
Aparecerá el amor entre los personajes impregnado de un original romanticismo, sus inconvenientes por la rigidez del sistema, los peligros inherentes a la falta de libertad que incluyen virus, clonación y otros derivados de una genética amoral y castradora de sentimientos. Una película que adolece de ingravidez porque no termina en decantarse por algo concreto, aunque sí que apuesta porque el futuro está en el interior de los personajes. Winterbotton a través de sus diferentes films, siempre me pareció un cineasta irregular, aunque aquí realiza una obra interesante pero le falta más determinación, garra y pulso narrativo.
Tiene una acentuada frialdad visual donde el concepto estético y moral queda establecido por las relaciones humanas, por determinados silencios de los personajes, y no en las complejas explicaciones sobre una inminente civilización mecanizada y controlada; la de un futuro próximo marcado por la genética, la clonación, la globalización en el peor sentido de la palabra, además de la usurpación de los recuerdos, tema clave para entender las emociones y la personalidad humanas. Todo ello lo apreciamos por los gestos de sumisión o de asombro ante la tecnología que les rodea; por la forma de diferenciar estados de ánimo a partir de la escenografía y un clima que recuerda vagamente a “Farenheit 451” o más recientemente “Gattaca” en su frialdad desprovista de tensión.
El film plantea la posibilidad de pader borrar los recuerdos de alguien amado. Es lo que le ocurre a la joven María (Samantha Morton), una de las muchas trabajadoras de una compañía de seguros en Shanghai. William (Tim Robbins) es un detective de la agencia Pinkerton que viaja hasta la metrópolis china para investigar en dicha compañía la falsificación de unos documentos de identidad, imprescindibles para poder moverse y viajar por unas ciudades férreamente controladas de un planeta en el que han sido abolidas las fronteras e incluso las diferencias idiomáticas de una mixtura plurilingue en un estado totalitario global. El planteamiento resulta altamente interesante, cosa muy diferente son los resultados de esta distopía.
Aparecerá el amor entre los personajes impregnado de un original romanticismo, sus inconvenientes por la rigidez del sistema, los peligros inherentes a la falta de libertad que incluyen virus, clonación y otros derivados de una genética amoral y castradora de sentimientos. Una película que adolece de ingravidez porque no termina en decantarse por algo concreto, aunque sí que apuesta porque el futuro está en el interior de los personajes. Winterbotton a través de sus diferentes films, siempre me pareció un cineasta irregular, aunque aquí realiza una obra interesante pero le falta más determinación, garra y pulso narrativo.
8 de junio de 2020
8 de junio de 2020
7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo que según mi criterio, más beneficia a la historia es el despegue narrativo. Desde un planteamiento muy sencillo, ofrece una historia que entretiene sin que para ello utilice recursos fáciles del género.
No es una gran película, pero cumple sobradamente con la premisa. Cuando comencé a verla pensé que sería mucho más simple; pero aporta evidencias, que unidas a las bien resueltas interpretaciones de Tim Robbins y Samantha Morton, mezclando conceptos con detalles de idiosincracia psicológica, se hace de visión agradable.
Dada su ajustada duración, no permite alargar de manera innecesaria escenas que hubieran lastrado el conjunto. La nota idónea sería un cinco largo... le daré un seis.
No es una gran película, pero cumple sobradamente con la premisa. Cuando comencé a verla pensé que sería mucho más simple; pero aporta evidencias, que unidas a las bien resueltas interpretaciones de Tim Robbins y Samantha Morton, mezclando conceptos con detalles de idiosincracia psicológica, se hace de visión agradable.
Dada su ajustada duración, no permite alargar de manera innecesaria escenas que hubieran lastrado el conjunto. La nota idónea sería un cinco largo... le daré un seis.
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