Un genio anda suelto
6.1
391
1 de mayo de 2008
1 de mayo de 2008
17 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
"Un genio anda suelto" es la historia de una persona que vive por y para su arte, sin dar ninguna importancia a todo lo ajeno a él. Abstraído en su mundo, ni siquiera aprecia a los que le rodean y le son fieles.
El propio Guinness fue nominado al Oscar por su guión adaptado en 1958.
El propio Guinness fue nominado al Oscar por su guión adaptado en 1958.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Esta película trata de un pintor de carácter ciertamente particular cuyos únicos deseos se centran en todo lo relacionado con la creación de nuevas obras, cada vez de mayores dimensiones. Otra de sus facetas es la de atosigar telefónicamente a un viejo rico poseedor de alguno de sus cuadros con el fin de que se los devuelva.
Sin mucho sentido, y para continuar con una línea de actuación sui generis, logra entrar en el piso de uno de sus admiradores y, contemplando una pared vacía, comienza a imaginar su nueva creación, que comienza a ejecutar en cuanto consigue quedarse solo en la vivienda. Durante este proceso comienzan a desfilar personajes variopintos (en especial el escultor interpretado por Michael Gough) que completan las extravagancias de la película.
La última creación del protagonista será la que proyecte sobre el muro de una iglesia abandonada y condenada a la demolición. Logrará por un lado ver su obra expuesta en un importante museo y, por otro, cierta repercusión de cara al público.
Al final partirá a bordo de su barco-hogar, siendo despedido por las dos únicas personas que no han podido sustraerse a su influjo, enamoradas de él o de su pintura.
La mejor escena es aquella en la que, en casa del millonario, el genio loco escapa de la Policía (simultáneamente, Guinness da saltitos, indica a la camarera que siga agachada, y dice a la cocinera del rico que es su hija). Esta parte es sencillamente hilarante, pero el conjunto no acaba de resultarme ni divertido ni tragicómico. Lo que predomina es el absurdo.
Sin mucho sentido, y para continuar con una línea de actuación sui generis, logra entrar en el piso de uno de sus admiradores y, contemplando una pared vacía, comienza a imaginar su nueva creación, que comienza a ejecutar en cuanto consigue quedarse solo en la vivienda. Durante este proceso comienzan a desfilar personajes variopintos (en especial el escultor interpretado por Michael Gough) que completan las extravagancias de la película.
La última creación del protagonista será la que proyecte sobre el muro de una iglesia abandonada y condenada a la demolición. Logrará por un lado ver su obra expuesta en un importante museo y, por otro, cierta repercusión de cara al público.
Al final partirá a bordo de su barco-hogar, siendo despedido por las dos únicas personas que no han podido sustraerse a su influjo, enamoradas de él o de su pintura.
La mejor escena es aquella en la que, en casa del millonario, el genio loco escapa de la Policía (simultáneamente, Guinness da saltitos, indica a la camarera que siga agachada, y dice a la cocinera del rico que es su hija). Esta parte es sencillamente hilarante, pero el conjunto no acaba de resultarme ni divertido ni tragicómico. Lo que predomina es el absurdo.
12 de octubre de 2014
12 de octubre de 2014
7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una versión cinematográfica digna de admiración, basada en una divertidísima novela irónica de Joyce Cary, con un fantástico e impecable Alec Guinness interpretando a un pintor excéntrico, que vive en la marginación buscando sin cesar situaciones excepcionales que pueda utilizar para sus cuadros cada vez más ambiciosos.
Ingenioso, divertido, tontorrón, juguetón, divertido, extraño, todos estos adjetivos representan no sólo la película, sino a la propia imagen de Alec Guinness, el peculiar Gulley Jimson protagonista de esta simpática comedia dirigida por el operador de fotografía Ronald Neame que indaga en la vida y milagros de nuestro querido Gulley, acompañado para la ocasión de secundarios de la talla de Michael Gough y Ernest Thesiger, dos habituales del cine de terror, para una cinta que se sale fuera de lo común, como la vida de su peculiar protagonista.
Ingenioso, divertido, tontorrón, juguetón, divertido, extraño, todos estos adjetivos representan no sólo la película, sino a la propia imagen de Alec Guinness, el peculiar Gulley Jimson protagonista de esta simpática comedia dirigida por el operador de fotografía Ronald Neame que indaga en la vida y milagros de nuestro querido Gulley, acompañado para la ocasión de secundarios de la talla de Michael Gough y Ernest Thesiger, dos habituales del cine de terror, para una cinta que se sale fuera de lo común, como la vida de su peculiar protagonista.
16 de octubre de 2017
16 de octubre de 2017
2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un genio anda suelto (1958) es una colorida comedia de Ronald Neame, realizador de destacados éxitos como El millonario (1954), Espías en acción (1966) o el catastrófico drama La aventura del Poseidón (1972), además de otros géneros desarrollados en su extensa filmografía que ocupa casi tres décadas. Partiendo del guión de Alec Guinness sobre la novela de Joyce Cary, Neame, dirigió la agradable y entretenida The Horse’s Mouth (Un genio anda suelto), en la que nos narra las vicisitudes del rebelde, solitario e inadaptado pintor Gulley Jimson ( Alec Guinness), de carácter fluido, ameno, quisquilloso a veces, mujeriego y errante pintor convencido, que le valió en su día reconocimientos y nominaciones tanto por el guión como por su actuación en la película que nos ocupa.
Nosey (Mike Morgan), es el incondicional admirador del ‘maestro’ por el que está dispuesto a todo con tal que le ayude en su propósito de convertirse en artista como él. Personaje que se contrapone al anarquismo de Gulley Jimson, cuidando y solucionando los problemas en los que se pueda implicar como en el caso de Hickson (Ernest Thesiguer) y su mayordomo Roberts (Richard Caldicot), o los materiales que van surgiendo en su vida menos cuando su descuidada materialidad topa con el deslumbrante desnudo de una pared visionaria donde ve la realización del hermoso fresco que tiene en mente, lo cual le acarreará más problemas de los que hubiera imaginado en el entorno hogareño de Sir William Beeder (Robert Coote) y Lady Beeder (Veronica Tuelwigh), atendidos, como no podía ser de otra manera por el circunspecto mayordomo, o ayuda de cámara (rango obliga) de A.W. Alabaster (Arthur Macrae) en el sobrio personaje que le caracteriza al servicio de nuestros amantes del arte.
La entrada en escena de Abel (Michael Gough), un tosco e invasivo escultor que altera momentáneamente sus planes, generando incomodas situaciones que finalizarán con fuertes contradicciones artísticas entre ambos, lo que no impedirá, no sin pocos problemas, culminar la realización de su obra, aunque con algunos incidentes no previstos.
El amor no confesado de Dee Coker (Kay Walsh) hacia el extravagante artista, crea los escenarios apropiados para disfrutar del duelo interpretativo en las diferentes escenas junto al pintor: compactos duelos interpretativos donde Dee consigue con solvencia representar al personaje nada agraciado con su belleza ni mucho menos con su frágil destino, a pesar de lo cual Dee es tenaz y luchadora, para recuperar lo que le pertenece, solo lo que le pertenece, no interesándole la evocadora riqueza de la que Gulley le quiere hacer partícipe por medio de la recuperación de una sensual obra en la que su ex mujer Sara Monday (Renee Houston) era la provocativa modelo, lo cual nos lleva a disfrutar de preciosistas y generosas escenas propias de la comedia del divertimento aderezadas con ligeros toques dramáticos en los que Lollie (Gillian Vaughan) y Gulley intentan (cada cual desde sus propias razones), apropiarse del cuadro tan buscado que le dará finalmente solvencia económica a los maltrechos bolsillos del errático pintor, con un resultado no esperado.
El final coral de la película estimula la comunión artística entre aficionados, aspirantes e inquietos creadores de arte en la realización del gran mural sobre una ruinosa y gigantesca pared de un abandonado edificio, convirtiéndose Gulley (por una módica cuota individual) en guía para la enfervorizada masa de artistas en el apoteósico caos final, donde todo vuelve a renacer: la inquietud del pintor por encontrar nuevos horizontes, la admiración total de Nosey por el maestro y el desencanto sin solución a corto plazo para Dee que ve alejarse en su barcaza a quien podría haber llenado su vida de coloridas emociones, no sin dejar en el ambiente un frágil halo de esperanza envuelto en la música de Kenneth V. Jones y la fotografía de Arthur Ibbetsosn.
Nosey (Mike Morgan), es el incondicional admirador del ‘maestro’ por el que está dispuesto a todo con tal que le ayude en su propósito de convertirse en artista como él. Personaje que se contrapone al anarquismo de Gulley Jimson, cuidando y solucionando los problemas en los que se pueda implicar como en el caso de Hickson (Ernest Thesiguer) y su mayordomo Roberts (Richard Caldicot), o los materiales que van surgiendo en su vida menos cuando su descuidada materialidad topa con el deslumbrante desnudo de una pared visionaria donde ve la realización del hermoso fresco que tiene en mente, lo cual le acarreará más problemas de los que hubiera imaginado en el entorno hogareño de Sir William Beeder (Robert Coote) y Lady Beeder (Veronica Tuelwigh), atendidos, como no podía ser de otra manera por el circunspecto mayordomo, o ayuda de cámara (rango obliga) de A.W. Alabaster (Arthur Macrae) en el sobrio personaje que le caracteriza al servicio de nuestros amantes del arte.
La entrada en escena de Abel (Michael Gough), un tosco e invasivo escultor que altera momentáneamente sus planes, generando incomodas situaciones que finalizarán con fuertes contradicciones artísticas entre ambos, lo que no impedirá, no sin pocos problemas, culminar la realización de su obra, aunque con algunos incidentes no previstos.
El amor no confesado de Dee Coker (Kay Walsh) hacia el extravagante artista, crea los escenarios apropiados para disfrutar del duelo interpretativo en las diferentes escenas junto al pintor: compactos duelos interpretativos donde Dee consigue con solvencia representar al personaje nada agraciado con su belleza ni mucho menos con su frágil destino, a pesar de lo cual Dee es tenaz y luchadora, para recuperar lo que le pertenece, solo lo que le pertenece, no interesándole la evocadora riqueza de la que Gulley le quiere hacer partícipe por medio de la recuperación de una sensual obra en la que su ex mujer Sara Monday (Renee Houston) era la provocativa modelo, lo cual nos lleva a disfrutar de preciosistas y generosas escenas propias de la comedia del divertimento aderezadas con ligeros toques dramáticos en los que Lollie (Gillian Vaughan) y Gulley intentan (cada cual desde sus propias razones), apropiarse del cuadro tan buscado que le dará finalmente solvencia económica a los maltrechos bolsillos del errático pintor, con un resultado no esperado.
El final coral de la película estimula la comunión artística entre aficionados, aspirantes e inquietos creadores de arte en la realización del gran mural sobre una ruinosa y gigantesca pared de un abandonado edificio, convirtiéndose Gulley (por una módica cuota individual) en guía para la enfervorizada masa de artistas en el apoteósico caos final, donde todo vuelve a renacer: la inquietud del pintor por encontrar nuevos horizontes, la admiración total de Nosey por el maestro y el desencanto sin solución a corto plazo para Dee que ve alejarse en su barcaza a quien podría haber llenado su vida de coloridas emociones, no sin dejar en el ambiente un frágil halo de esperanza envuelto en la música de Kenneth V. Jones y la fotografía de Arthur Ibbetsosn.
18 de febrero de 2022
18 de febrero de 2022
1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Alec Guinness se enfrentó a una novela un tanto disparatada de Joyce Cary siendo adaptador y protagonista, escribiendo un guión más que prometedor y componiendo un personaje impecable.
Su papel ciertamente es peculiar, el de un pintor en busca de la pared que le permita crar la obra de su vida.
Por todo ello nada parece calmar su inquietud y permanecerá en constante búsqueda de ese “el lienzo perfecto” para realizar su mayor y más alocada obra, en la que como siempre será obligada la representación de su mayor fetiche: enormes figuras de pies.Alec Guinness, como decía antes, se encargó de adaptar una esa novela escribiendo un guión fantástico e interpretando a un personaje impecable.
Dirigida por Ronald Neame, es una película que se sale fuera de lo común, como la vida de su peculiar protagonista. El guión optó a la estatuilla en la Academaiade Hollywood. Un 6.
Su papel ciertamente es peculiar, el de un pintor en busca de la pared que le permita crar la obra de su vida.
Por todo ello nada parece calmar su inquietud y permanecerá en constante búsqueda de ese “el lienzo perfecto” para realizar su mayor y más alocada obra, en la que como siempre será obligada la representación de su mayor fetiche: enormes figuras de pies.Alec Guinness, como decía antes, se encargó de adaptar una esa novela escribiendo un guión fantástico e interpretando a un personaje impecable.
Dirigida por Ronald Neame, es una película que se sale fuera de lo común, como la vida de su peculiar protagonista. El guión optó a la estatuilla en la Academaiade Hollywood. Un 6.
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