El desastre en OaxacaCortometrajeDocumental
1931 

6.2
263
Documental
Cortometraje sobre las consecuencias del terremoto que sacudió a buena parte de la región sureste de México la noche del 14 de enero de 1931. Casualmente Eisenstein y su equipo se encontraban rodando "¡Que viva México!" en la región, por lo que pudieron realizar este corto documental. (FILMAFFINITY)
30 de agosto de 2013
30 de agosto de 2013
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Interesante reportaje cinematográfico filmado durante los días siguientes al terremoto que asoló Oaxaca a principios de 1931.
Se trata de un documental con tratamiento correcto y respetuoso, emocionado y contenido, de gran intensidad dramática que mueve al espectador al recogimiento y a la serenidad.
Como broche, aunque ignoro si se trata de un añadido pues no figura su referencia en los títulos de crédito, la música de “La llorona” interpretada con guitarra española proporciona un ambiente de intimidad muy apreciable.
Fue una suerte que el equipo de Eisenstein pasara por allí.
Se trata de un documental con tratamiento correcto y respetuoso, emocionado y contenido, de gran intensidad dramática que mueve al espectador al recogimiento y a la serenidad.
Como broche, aunque ignoro si se trata de un añadido pues no figura su referencia en los títulos de crédito, la música de “La llorona” interpretada con guitarra española proporciona un ambiente de intimidad muy apreciable.
Fue una suerte que el equipo de Eisenstein pasara por allí.
9 de junio de 2026
9 de junio de 2026
0 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
290/04(03/06/26) Hay documentales que explican una tragedia y otros que simplemente la observan. “El desastre de Oaxaca” pertenece a esta segunda categoría. En apenas unos minutos, Sergei Eisenstein y su equipo convierten la devastación provocada por el terremoto de 1931 en una experiencia visual de enorme potencia emocional. Es un documento histórico excepcional, un ejercicio de observación sobria y respetuosa que impresiona por lo que muestra y, sobre todo, por lo que calla. Lejos del sensacionalismo que hoy domina buena parte de la representación audiovisual de las catástrofes, la película encuentra su fuerza en la contemplación serena del desastre. Obra breve pero valiosa, más importante como testimonio que como pieza cinematográfica autónoma, aunque posea momentos de auténtica grandeza visual.
La existencia misma de “El desastre de Oaxaca” es fruto de una coincidencia extraordinaria. El 14 de enero de 1931, un terremoto de enorme magnitud sacudió el sur de México. La región de Oaxaca, situada sobre una compleja zona tectónica donde la placa de Cocos se hunde bajo la placa Norteamericana, sufrió uno de los mayores desastres naturales de su historia moderna. El seísmo alcanzó una magnitud aproximada de 8.0 y destruyó o dañó gravemente cerca del setenta por ciento de los edificios de la ciudad de Oaxaca.
La existencia misma de “El desastre de Oaxaca” es fruto de una coincidencia extraordinaria. El 14 de enero de 1931, un terremoto de enorme magnitud sacudió el sur de México. La región de Oaxaca, situada sobre una compleja zona tectónica donde la placa de Cocos se hunde bajo la placa Norteamericana, sufrió uno de los mayores desastres naturales de su historia moderna. El seísmo alcanzó una magnitud aproximada de 8.0 y destruyó o dañó gravemente cerca del setenta por ciento de los edificios de la ciudad de Oaxaca.

Lo fascinante es que, mientras ocurría todo aquello, el legendario cineasta soviético Sergei Eisenstein se encontraba en México trabajando en la monumental e inacabada “¡Que viva México!”. La noticia del desastre llegó rápidamente al equipo, que decidió desplazarse a la zona afectada para registrar las consecuencias de la tragedia.
No estamos, por tanto, ante un documental concebido desde una planificación previa. Se trata más bien de una respuesta inmediata ante un acontecimiento histórico. Una cámara que llega cuando todavía flota el polvo de los derrumbes. Un cine de urgencia antes de que existiera siquiera el concepto moderno de reportaje audiovisual.
Junto a Eisenstein trabajaban dos colaboradores fundamentales: Grigori Aleksandrov y Eduard Tissé. Este último, responsable de la fotografía de obras tan trascendentales como “El acorazado Potemkin”, aporta aquí una mirada que transforma los restos de una ciudad destruida en imágenes de enorme expresividad.
No estamos, por tanto, ante un documental concebido desde una planificación previa. Se trata más bien de una respuesta inmediata ante un acontecimiento histórico. Una cámara que llega cuando todavía flota el polvo de los derrumbes. Un cine de urgencia antes de que existiera siquiera el concepto moderno de reportaje audiovisual.
Junto a Eisenstein trabajaban dos colaboradores fundamentales: Grigori Aleksandrov y Eduard Tissé. Este último, responsable de la fotografía de obras tan trascendentales como “El acorazado Potemkin”, aporta aquí una mirada que transforma los restos de una ciudad destruida en imágenes de enorme expresividad.

Resulta curioso comprobar cómo el documental acaba funcionando como una especie de extensión involuntaria del propio universo artístico de Eisenstein. El director que había filmado revoluciones, masas humanas y transformaciones históricas encuentra ahora una ciudad convertida en un paisaje de ruinas reales. No necesita construir metáforas: la realidad ya las ha puesto delante de su objetivo.
Uno de los aspectos más impresionantes del cortometraje es su ambientación, aunque quizá ni siquiera sea correcto utilizar ese término. No hay decorados. No hay reconstrucciones. No existe artificio alguno. La propia ciudad de Oaxaca se convierte en escenario.
Las calles aparecen desfiguradas. Las fachadas se abren como heridas. Los templos muestran grietas gigantescas. Las viviendas parecen haberse doblado sobre sí mismas. El documental registra un espacio urbano transformado en un paisaje casi fantasmagórico.
Lo que más me llamó la atención es la ausencia de espectacularidad. Hoy estamos acostumbrados a documentales que convierten cualquier tragedia en un parque temático emocional mediante recreaciones digitales, música enfática y narraciones grandilocuentes. Aquí no hay nada de eso. Eisenstein comprende que los escombros poseen suficiente capacidad expresiva por sí mismos. Y tiene razón.
Cada plano transmite una sensación de fragilidad absoluta. El espectador contempla edificios que parecían eternos y que ahora se presentan como simples montones de piedra. Hay algo profundamente perturbador en observar cómo la arquitectura, símbolo de estabilidad y permanencia, queda reducida a fragmentos en cuestión de segundos.
Desde un punto de vista técnico, el cortometraje demuestra por qué Eisenstein es una de las figuras fundamentales de la historia del cine.
La fotografía de Eduard Tissé (“El acorazado Potemkin”) convierte el desastre en una sucesión de composiciones visuales extraordinarias. Muchas imágenes poseen una fuerza gráfica que sigue funcionando casi un siglo después.
Las líneas quebradas de los edificios derruidos crean geometrías involuntarias. Los contrastes de luz sobre las ruinas generan una textura casi escultórica. Algunas tomas parecen anticipar el cine documental moderno, mientras que otras conservan la grandiosidad visual característica del cine soviético de los años veinte.
El montaje de Grigori Aleksandrov (“Circo”) mantiene una estructura sencilla pero eficaz. No busca imponer interpretaciones complejas. Su objetivo consiste en mostrar progresivamente el alcance de la devastación. La duración, cercana a los once minutos, juega también a favor de la película. El documental nunca agota su material. Aparece, golpea y desaparece antes de que la repetición debilite su impacto.
Existe además un detalle especialmente interesante: el silencio. Al tratarse de un documental mudo, las imágenes adquieren una presencia aún más intensa.
Los auténticos protagonistas son los supervivientes. Las personas que aparecen ante la cámara no interpretan nada. No representan el dolor: lo están viviendo. Y precisamente por eso el documental resulta tan poderoso.
Vemos habitantes caminando entre escombros, observando lo que queda de sus casas, desplazándose por calles irreconocibles. Los rostros transmiten agotamiento, desconcierto y resignación. No encontramos llantos exagerados ni gestos destinados a conmover al espectador. La tragedia se manifiesta de forma mucho más sobria.
Esa contención produce un efecto emocional mucho más profundo que cualquier dramatización. Hay momentos en los que basta observar una mirada perdida o una postura corporal para comprender la magnitud de la catástrofe.
Uno de los aspectos más impresionantes del cortometraje es su ambientación, aunque quizá ni siquiera sea correcto utilizar ese término. No hay decorados. No hay reconstrucciones. No existe artificio alguno. La propia ciudad de Oaxaca se convierte en escenario.
Las calles aparecen desfiguradas. Las fachadas se abren como heridas. Los templos muestran grietas gigantescas. Las viviendas parecen haberse doblado sobre sí mismas. El documental registra un espacio urbano transformado en un paisaje casi fantasmagórico.
Lo que más me llamó la atención es la ausencia de espectacularidad. Hoy estamos acostumbrados a documentales que convierten cualquier tragedia en un parque temático emocional mediante recreaciones digitales, música enfática y narraciones grandilocuentes. Aquí no hay nada de eso. Eisenstein comprende que los escombros poseen suficiente capacidad expresiva por sí mismos. Y tiene razón.
Cada plano transmite una sensación de fragilidad absoluta. El espectador contempla edificios que parecían eternos y que ahora se presentan como simples montones de piedra. Hay algo profundamente perturbador en observar cómo la arquitectura, símbolo de estabilidad y permanencia, queda reducida a fragmentos en cuestión de segundos.
Desde un punto de vista técnico, el cortometraje demuestra por qué Eisenstein es una de las figuras fundamentales de la historia del cine.
La fotografía de Eduard Tissé (“El acorazado Potemkin”) convierte el desastre en una sucesión de composiciones visuales extraordinarias. Muchas imágenes poseen una fuerza gráfica que sigue funcionando casi un siglo después.
Las líneas quebradas de los edificios derruidos crean geometrías involuntarias. Los contrastes de luz sobre las ruinas generan una textura casi escultórica. Algunas tomas parecen anticipar el cine documental moderno, mientras que otras conservan la grandiosidad visual característica del cine soviético de los años veinte.
El montaje de Grigori Aleksandrov (“Circo”) mantiene una estructura sencilla pero eficaz. No busca imponer interpretaciones complejas. Su objetivo consiste en mostrar progresivamente el alcance de la devastación. La duración, cercana a los once minutos, juega también a favor de la película. El documental nunca agota su material. Aparece, golpea y desaparece antes de que la repetición debilite su impacto.
Existe además un detalle especialmente interesante: el silencio. Al tratarse de un documental mudo, las imágenes adquieren una presencia aún más intensa.
Los auténticos protagonistas son los supervivientes. Las personas que aparecen ante la cámara no interpretan nada. No representan el dolor: lo están viviendo. Y precisamente por eso el documental resulta tan poderoso.
Vemos habitantes caminando entre escombros, observando lo que queda de sus casas, desplazándose por calles irreconocibles. Los rostros transmiten agotamiento, desconcierto y resignación. No encontramos llantos exagerados ni gestos destinados a conmover al espectador. La tragedia se manifiesta de forma mucho más sobria.
Esa contención produce un efecto emocional mucho más profundo que cualquier dramatización. Hay momentos en los que basta observar una mirada perdida o una postura corporal para comprender la magnitud de la catástrofe.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Entre las imágenes más impactantes destacan aquellas que muestran iglesias dañadas por el terremoto. Existe una poderosa ironía visual en contemplar edificios concebidos para simbolizar la protección divina convertidos en víctimas del mismo desastre que ha golpeado a la población.
También resultan memorables los planos generales de las calles devastadas. Son imágenes que poseen una dimensión casi apocalíptica. Lo que ayer era una ciudad aparece convertido en una sucesión de huecos, muros rotos y montañas de escombros.
Otra escena especialmente significativa es la que muestra a los habitantes moviéndose entre las ruinas con una aparente normalidad. No porque la situación sea normal, sino porque la supervivencia obliga a seguir adelante incluso cuando el mundo acaba de derrumbarse. Ahí reside una de las grandes virtudes del documental: no se centra únicamente en la destrucción material, sino también en la resistencia humana.
Cada imagen parece formular una pregunta:
Qué queda cuando desaparece todo aquello que considerábamos permanente?
Qué aspecto tiene una ciudad después de enfrentarse a una fuerza natural imposible de combatir?
Qué significa reconstruir una vida desde los escombros?
El documental no responde a ninguna de estas cuestiones. Simplemente las deja suspendidas ante nuestros ojos.
Lo que más valoro de “El desastre de Oaxaca” es su enorme dignidad. Muchos documentales contemporáneos confunden emoción con manipulación. Parecen convencidos de que una tragedia necesita música atronadora, testimonios lacrimógenos y montajes frenéticos para resultar conmovedora. Eisenstein demuestra exactamente lo contrario. La realidad basta. No necesita exageraciones. No necesita adornos. No necesita convertir el sufrimiento ajeno en entretenimiento.
La cámara observa con respeto y permite que sea el espectador quien extraiga sus propias conclusiones. Esa actitud convierte al cortometraje en algo mucho más valioso que una simple curiosidad histórica.
“El desastre de Oaxaca” es un documento cinematográfico de enorme importancia histórica y una muestra fascinante de cómo el cine puede convertirse en testigo directo de la tragedia. No alcanza la grandeza artística de las obras mayores de Eisenstein, ni pretende hacerlo. Su objetivo es otro: preservar la memoria de una catástrofe que transformó para siempre una ciudad y la vida de miles de personas. Su fuerza nace de la sencillez. De la observación. Del respeto.
Es una película breve, imperfecta y circunstancial, pero precisamente por ello posee una autenticidad difícil de encontrar. Casi cien años después, sigue recordándonos algo elemental que con frecuencia olvidamos: toda civilización, toda arquitectura y toda sensación de seguridad descansan sobre un suelo mucho más frágil de lo que nos gusta admitir.
Más allá de sus limitaciones narrativas, constituye un testimonio visual extraordinario y una lección de sobriedad cinematográfica. Una de esas obras que quizá no se disfrutan en el sentido convencional del término, pero que permanecen en la memoria mucho después de que la pantalla se haya apagado.
Gloria Ucrania!!!
También resultan memorables los planos generales de las calles devastadas. Son imágenes que poseen una dimensión casi apocalíptica. Lo que ayer era una ciudad aparece convertido en una sucesión de huecos, muros rotos y montañas de escombros.
Otra escena especialmente significativa es la que muestra a los habitantes moviéndose entre las ruinas con una aparente normalidad. No porque la situación sea normal, sino porque la supervivencia obliga a seguir adelante incluso cuando el mundo acaba de derrumbarse. Ahí reside una de las grandes virtudes del documental: no se centra únicamente en la destrucción material, sino también en la resistencia humana.
Cada imagen parece formular una pregunta:
Qué queda cuando desaparece todo aquello que considerábamos permanente?
Qué aspecto tiene una ciudad después de enfrentarse a una fuerza natural imposible de combatir?
Qué significa reconstruir una vida desde los escombros?
El documental no responde a ninguna de estas cuestiones. Simplemente las deja suspendidas ante nuestros ojos.
Lo que más valoro de “El desastre de Oaxaca” es su enorme dignidad. Muchos documentales contemporáneos confunden emoción con manipulación. Parecen convencidos de que una tragedia necesita música atronadora, testimonios lacrimógenos y montajes frenéticos para resultar conmovedora. Eisenstein demuestra exactamente lo contrario. La realidad basta. No necesita exageraciones. No necesita adornos. No necesita convertir el sufrimiento ajeno en entretenimiento.
La cámara observa con respeto y permite que sea el espectador quien extraiga sus propias conclusiones. Esa actitud convierte al cortometraje en algo mucho más valioso que una simple curiosidad histórica.
“El desastre de Oaxaca” es un documento cinematográfico de enorme importancia histórica y una muestra fascinante de cómo el cine puede convertirse en testigo directo de la tragedia. No alcanza la grandeza artística de las obras mayores de Eisenstein, ni pretende hacerlo. Su objetivo es otro: preservar la memoria de una catástrofe que transformó para siempre una ciudad y la vida de miles de personas. Su fuerza nace de la sencillez. De la observación. Del respeto.
Es una película breve, imperfecta y circunstancial, pero precisamente por ello posee una autenticidad difícil de encontrar. Casi cien años después, sigue recordándonos algo elemental que con frecuencia olvidamos: toda civilización, toda arquitectura y toda sensación de seguridad descansan sobre un suelo mucho más frágil de lo que nos gusta admitir.
Más allá de sus limitaciones narrativas, constituye un testimonio visual extraordinario y una lección de sobriedad cinematográfica. Una de esas obras que quizá no se disfrutan en el sentido convencional del término, pero que permanecen en la memoria mucho después de que la pantalla se haya apagado.
Gloria Ucrania!!!
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