Acoso en la noche
1980 

5.0
214
Intriga. Ciencia ficción. Drama
Una fría noche el joven Robert (Vincent Carder) regresa a París en coche cuando, por el camino, se encuentra a una chica medio desnuda en la calle. La misteriosa joven, Elisabeth (Brigitte Lahaie), ha perdido la memoria y no sabe lo que ha pasado. Robert acaba por enamorarse de ella y, poco a poco, se verá sumergido en una espiral de sadismo y muerte. (FILMAFFINITY)
20 de junio de 2009
20 de junio de 2009
16 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
He aquí La nuit des traquées. Adentrémonos en sus fotogramas gélidos, en sus candorosos diálogos, en su peculiar concepción del horror; adentrémonos en su erotismo limpio, a bocajarro y “porque sí“, de bellas mujeres enfermas que se desnudan indolentes ante nuestros ojos como si eso fuera un lienzo de Degas. Conviene englobar esta sugerente y extraña película en ese reducto de la filmografía de su autor dedicado al cine más artístico, más personal, más arriesgado y difícil de clasificar.
No es exactamente una película de terror, aunque su trama dé bastante miedo. Tampoco es un tosco subproducto erótico, aunque en él habite cierta torpeza y considerable erotismo. ¿Qué es, pues? Una reflexión sobre la memoria, el poder, el amor y la muerte. Así, tal como suena. Trazada con cierta inteligencia, sí, pero lastrada por algunos vicios inmanentes a su director que debilitan la fuerza de su discurso y su pertinente resolución formal.
Jean Rollin dilata momentos dramáticos muy concretos, ya sea para desarrollar gratuitos episodios eróticos o para ampliar la sensación de ambigüedad, de desconcierto vital y moral de los personajes. Es una estrategia torpe, porque actúa en contra de los principios naturales que deben regir una narración: fluidez, claridad, decisión. A Rollin, probablemente de forma inconsciente, se le traba la lengua a la hora de dar forma al relato. Tampoco ayuda demasiado la escasa coherencia psicológica de sus criaturas; la amnesia no es una excusa, porque hay actitudes, de unos y otros, que no se contemplan bajo ningún estado mental concreto, que abocan lo narrado a un territorio vaciado de lógica y de sentido común.
No es exactamente una película de terror, aunque su trama dé bastante miedo. Tampoco es un tosco subproducto erótico, aunque en él habite cierta torpeza y considerable erotismo. ¿Qué es, pues? Una reflexión sobre la memoria, el poder, el amor y la muerte. Así, tal como suena. Trazada con cierta inteligencia, sí, pero lastrada por algunos vicios inmanentes a su director que debilitan la fuerza de su discurso y su pertinente resolución formal.
Jean Rollin dilata momentos dramáticos muy concretos, ya sea para desarrollar gratuitos episodios eróticos o para ampliar la sensación de ambigüedad, de desconcierto vital y moral de los personajes. Es una estrategia torpe, porque actúa en contra de los principios naturales que deben regir una narración: fluidez, claridad, decisión. A Rollin, probablemente de forma inconsciente, se le traba la lengua a la hora de dar forma al relato. Tampoco ayuda demasiado la escasa coherencia psicológica de sus criaturas; la amnesia no es una excusa, porque hay actitudes, de unos y otros, que no se contemplan bajo ningún estado mental concreto, que abocan lo narrado a un territorio vaciado de lógica y de sentido común.

Curiosamente, todo esto tampoco importa demasiado. La textura irreal de la película, la forma lacónica en que se interroga sobre la necesidad de poseer un pasado para poder vivir un futuro, es finalmente lo que concentra el interés del espectador y del propio Rollin, ajeno a cualquier sutileza pero sabiendo que el material que se trae entre manos es rico, complejo y muy proclive a una determinada visión pesimista del ser humano que se muere por explorar. Y nosotros con él.
(continúa en el spoiler por falta de espacio)
(continúa en el spoiler por falta de espacio)
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Para ello acude a un referente bastante ignoto: Crimes of the future, primerizo film de David Cronenberg. El mismo clima físico, incluso espiritual, se encuentra en La nuit des traquées, aunque difieran en el discurso (pero no en el tono del mismo) y en la organización narrativa del conjunto, más críptica, opaca y compleja en la obra de Cronenberg, aunque también más concienzuda y rigurosa, sin otorgarse caprichos exploit y sin obsesionarse en darlo todo masticado al espectador. Porque lo que verdaderamente chirría en la película de Rollin es la explicitud: en los diálogos, en las situaciones, en el mensaje que se nos pretende transmitir. El autor de Fascination tiende a poner en boca de sus personajes palabras que expliquen sus emociones, en lugar de fiarse del instinto del espectador a la hora de descifrar el caos interno y externo que éstos experimentan, navegantes a la deriva en un océano de blanco, absorbente olvido.
Que este olvido sea controlado por un complejo y oculto gabinete institucional arrastra la película hacia el terreno de la fi-ci más paranoica y sociológica. Lo que La nuit des traquées plantea, en última instancia, es una parábola sobre una sociedad contemporánea absolutamente caníbal, que encierra al ciudadano medio en un pulcro estado de normalidad recorrido por corrientes de felicidad artificial en forma de recuerdos inventados. El bienestar, inexistente, se construye a base de situaciones que nunca existieron; es el placebo que utilizan esferas de poder superiores e inasequibles para abotargar la libertad del individuo.
Que este olvido sea controlado por un complejo y oculto gabinete institucional arrastra la película hacia el terreno de la fi-ci más paranoica y sociológica. Lo que La nuit des traquées plantea, en última instancia, es una parábola sobre una sociedad contemporánea absolutamente caníbal, que encierra al ciudadano medio en un pulcro estado de normalidad recorrido por corrientes de felicidad artificial en forma de recuerdos inventados. El bienestar, inexistente, se construye a base de situaciones que nunca existieron; es el placebo que utilizan esferas de poder superiores e inasequibles para abotargar la libertad del individuo.

No es casualidad que la torre de los enfermos sea un enorme y moderno rascacielos (negro), símbolo absoluto del progreso y del poder de la sociedad occidental, y que toda la ciudad aparezca vacía o semivacía, limpia, impoluta, casi como una naturaleza muerta (al igual que en Crimes of the Future). Bajo esta maraña de ideas más o menos encubiertas, de incómodos paseos por la destrucción espiritual y anímica del individuo (con tantos puntos en común, por otra parte, con The Crazies, de George A. Romero), Jean Rollin no puede evitar dejar brotar su romanticismo analítico y desesperanzado, cerrando el relato con dos sombras que caminan -sin rumbo, casi sin conocerse- hacia ese mar blanco que evidencia la victoria del Poder Absoluto y la derrota del ser humano.
21 de julio de 2016
21 de julio de 2016
7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
A Jean Rollin no bastó con ignorarle de forma sistemática en vida, no, además hubo que extender el pensamiento de que su cine era euro-trash (dicho esto con intención totalmente peyorativa), de clara vocación marginal y bastante prescindible. Una opinión consensuada por una serie de críticos si no invidentes al menos con unas taras y mermas cognitivas bastante acusadas. Además de trazar siempre con el francés una equivalencia uno a uno perfecta con su homólogo Jesús Franco –de nuevo con intenciones de minusvalorar a ambos-, algo totalmente incorrecto (el primer material oficial de ambos data del mismo año, sus carreras confluirían en un par de ocasiones y cada uno a su manera resulta modernísimo aún para los parámetros que manejamos en la actualidad para cuantificar esta cualidad en el cine, pero hasta ahí llega el paralelismo) y fácil aunque bien extenso de refutar, se le niega su cetro de rey del fantástico de autor europeo, algo que sólo podría discutirle alguien con quien guarda varios puntos en común, el enorme Lucio Fulci: incomprendidos ambos, el destino de los personajes de sus ficciones siempre está determinado por la fatalidad, mientras que sus filmes parecen buscar adrede tramos de sopor casi surreal que amodorren al espectador para que cause mayor impacto la secuencia con la que rompen esa duermevela. Fulci lo hace a lo bruto y grotesco, agrediendo al ojo, mientras que Rollin a lo sugestivo y bello, ya sea por la composición del plano o cualquier otro detalle. De él se ha dicho que no sabe filmar, siendo en realidad que desde adolescente se codeaba con Claude Lelouch, dejó inacabado un poema visual con Marguerite Duras y que ahí queda su extensa filmografía para quien quiera desmontar este bocachanclismo lo haga: desde su clásica trilogía primeriza de vampiras (donde se mezclaba el criterio visual de Jean Cocteau con el atrevimiento de las vanguardias checas) a cualquiera de sus películas porno bajo seudónimo lo de Rollin es un espectáculo, si bien a su manera, con esa cadencia (cuasi exasperante de lenta en ocasiones, eso si que lo admitimos) actuando de motor de los hechos. Un tío que además siempre prefirió que el cine fuese cine y se supeditase cuanto menos mejor a otras artes, dando prioridad a los simbolismos y cualquier otro elemento no dialogado en pos de que fuese la imagen quien hablase; un hombre que cada vez que insertaba trasfondo político de lucha de clases en sus historias fantásticas causaba risas en la Francia post Mayo del sesenta y ocho pero que ahora, décadas después, ha demostrado ser mucho menos demagógico que muchos coetáneos suyos; un titán que cogió El Ángel Exterminador de Buñuel y lo convirtió en un remake facturado por Beckett en La Rosa De Hierro; un genio, en definitiva, que ya desde su precoz Les Amours Jaunes hiciera uso de la playa de Dieppe para volver después una y otra vez a ella a lo largo de casi todos sus films a regir el destino de sus personajes.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
En La nuit des traquées no se ve la playa de Dieppe, es una de las tres excepciones de toda su filmografía. De hecho es la película más en discordancia no con el discurso de sus otros films pero sí con los entornos donde acontecen los hechos: de castillos, villas, costas, viñedos y cementerios pretéritos aquí se pasa al París de la actualidad, más concretamente a un entorno muy parejo al del Cronenberg chiflado por la arquitectura aséptica (Crimes Of The Future) y Ballard (Shivers). Casi todo tiene lugar en un rascacielos negro e imponente que cuando es filmado en su exterior parece tener vida –ojalá un remake español donde Francis Lorenzo le insufle esa cualidad con alguna de sus mágicas interpretaciones- y cuando la cámara captura sus arterias, esos pasillos de grandes paneles rollo call-center, lo que hace es robarla. No él, claro, sino la misteriosa organización que opera en sus dependencias, que recluye a una serie de ciudadanos ahí dentro contra su voluntad porque tienen pérdidas de memoria y de facultades psicomotrices. Es aquí donde Rollin, filmando a la manera de un thriller, empieza a reflexionar sobre la necesidad de tener un pasado para garantizar un futuro y que no te controlen durante el presente –algo muy en línea con el discurso de Chris Marker- y deja secuencias fascinantes, como por ejemplo todas en las que los presos se inventan entre ellos el pasado de con quien anden hablando. Hay un espabilado que usa el privilegio de perder menos memoria para truñirse a varias pacientes, cosa que mete Rollin para sus clásicas secuencias de sexo softcore, y algunos presos tienen accesos violentos con impulsos criminales, lo que termina por emparentar más a Acoso En La Noche con Titicut Follies, Monos Como Becky y demás películas denuncia de instituciones de reclusión y terapias electroconvulsas aplicadas en forma de pastilla que con el thriller que se cree estar viendo: un gabinete gubernamental que se inventa una excusa peregrina para apartar individuos de la sociedad, unos reclusos que dicen haber llegado allí para que un doctor les suprima unos ataques de ansiedad fortísimos, unos pobres diablos que no pueden ni tenerse en pie luego de llevar tres días ahí metidos en el rascacielos, una Brigitte Lahahie que no deja aquí ninguna imagen icónica en solitario (como la de la guadaña y el foso en la inmediatamente anterior Fascination) pero que lanza al aire reflexiones sobre si la han zombificado en vida, un tramo final donde se va dando matarile en una estación de trenes a estos ahora vegetales en vez de humanos…. Todo casa con la denuncia contra las cómodas terapias de supresión de la voluntad que se aplican inopinadamente todavía hoy día sobre cualquier individuo que parece vivir en un plano cognitivo diferente al consensuado por la sociedad como normal. Y ante eso lo único que puede hacer al final Brigitte es andar agarrada de la mano de quien acaba de recibir un balazo en la cabeza –toma metáfora fina- hacia la nada.
6 de febrero de 2013
6 de febrero de 2013
3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Encuadrada en plena época de thriller con carga sexual Acoso en la noche no sigue los derroteros del giallo italiano, sino que tira más bien por donde su patriota Francis Leroi haría tres años después con Piezas Asesinas y previa saga Emmanuelle, aquí con la bella Brigitte Lahaie, destetada y desatada como loca trepanada. La peli tiene una carga poética bastante interesante e incluso imágenes y escenas logradas como ese final sobre las vías del tren, pero desgraciadamente el tiempo no ha pasado en balde por ella y a día de hoy resulta apolillada y provoca incluso la carcajada.
Hospital especializado en la regresión mental mal entendida, escenas guarrunas sobre la alfombra, desquiciadas exageradas como en una tragedia griega y pena, mucha pena.
La banda sonora es impecable y la pieza inicial de Gary Sandeur una absoluta maravilla.
Hospital especializado en la regresión mental mal entendida, escenas guarrunas sobre la alfombra, desquiciadas exageradas como en una tragedia griega y pena, mucha pena.
La banda sonora es impecable y la pieza inicial de Gary Sandeur una absoluta maravilla.
14 de enero de 2020
14 de enero de 2020
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Soy cinéfilo y escritor de novelas, las cuales muestran una cierta influencia cinematográfica. Filmaffinitty es un punto de referencia para todo aficionado al cine, que desea saber si una película merece o no la pena, a pesar de que opiniones las hay como estrellas en el firmamento. De buena a mala, o simplemente pasable, la película que nos ocupa merece el calificativo de: FLOJA.
El tiempo no perdona. Y no ha pasado en balde para "Acoso en la noche", una mezcolanza sin ninguna simbiosis ni provecho alguno. Este cruce entre el thriller, el cine erótico y el Fantástico, al parecer deviene en alucinógena catarsis para algunos. Será porque sus excesos visuales abrazan a su ritmo pausado con especial deleite, recreándose en planos sostenidos, sobre todo cuando se trata de una escena erótica. Aquí la cámara, o el ojo de Jean Rollin, se transforman en éxtasis voyeurista. El cine, ante todo, debería distraer, y no necesitar de un manual para desentrañar las claves ocultas de un cineasta que parece querer jugar con el espectador. Al igual que Tolkien, siempre he detestado las alegorías y algunas metáforas hechas imagen. No creo que eso deba ser la función del cine, aunque sí lo ha sido de una serie de intelectuales con ínfulas y una inmanencia en cuanto a sobresalir. Si esto es cine con pretensiones de inteligencia, prefiero aburrirme contando las margaritas de mi jardín.
El tiempo no perdona. Y no ha pasado en balde para "Acoso en la noche", una mezcolanza sin ninguna simbiosis ni provecho alguno. Este cruce entre el thriller, el cine erótico y el Fantástico, al parecer deviene en alucinógena catarsis para algunos. Será porque sus excesos visuales abrazan a su ritmo pausado con especial deleite, recreándose en planos sostenidos, sobre todo cuando se trata de una escena erótica. Aquí la cámara, o el ojo de Jean Rollin, se transforman en éxtasis voyeurista. El cine, ante todo, debería distraer, y no necesitar de un manual para desentrañar las claves ocultas de un cineasta que parece querer jugar con el espectador. Al igual que Tolkien, siempre he detestado las alegorías y algunas metáforas hechas imagen. No creo que eso deba ser la función del cine, aunque sí lo ha sido de una serie de intelectuales con ínfulas y una inmanencia en cuanto a sobresalir. Si esto es cine con pretensiones de inteligencia, prefiero aburrirme contando las margaritas de mi jardín.
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