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Qué lindo es mi pais

Western Después de matar al hombre que había asesinado a su padre, Martin Brady huye de Estados Unidos y se establece en México, donde trabaja como pistolero al servicio del político Cipriano Castro. Su patrón le encomienda la misión de cruzar el Río Grande hasta Puerto (Tejas) para comprar armas, pero se fractura una pierna, al caerse del caballo, lo que le impide regresar con la mercancía. Durante su convalecencia se le presenta la ... [+]
Críticas 11
Críticas ordenadas por utilidad
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2 de marzo de 2012
25 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil
Posiblemente una de las mejores películas de Robert Parrish, y desde luego una de las cimas de su filmografía de los años 50, junto con "Llanura roja" (The Purple Plain, 1954). Curiosamente, si en esta cinta bélica el protagonista era un hombre desarraigado, en este western el protagonista también lo es. Parrish aprovecha los géneros para llevarlos a su terreno. Con una música y una fotografía en color estupendas, "Más allá de Río Grande" es un western superior a la media de lo que este género ofrecía en los años 50, y hasta adelantado a su tiempo. Por desgracia, Parrish es un cineasta infravalorado.
Sigo en los "spoilers".
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Al ver esta película, da la impresión de que es una versión cortada o mutilada, de la que se han eliminado secuencias, o partes de secuencias. Eso se nota en que el médico de la localidad texana de Puerto que cura a Martin Brady (Robert Mitchum) primero es bueno y luego, de pronto, es malo; y lo mismo se aprecia en el personaje del gobernador, interpretado por Pedro Armendáriz, en cuyos planos con Mitchum también se debió cortar. La relación entre Brady y la esposa del comandante estadounidense (Julie London) también se narra de una manera tan telegráfica o esquemática que se diría afectada por lo mismo:cuando Mitchum y London se ven en la casa del comandante se tratan con una distancia que no tiene nada que ver con la forma en que se tratan cuando se ven luego en la fiesta nocturna.

En su papel del guardaespaldas, hombre de confianza y/ o pistolero a sueldo que poco a poco se cuestiona las órdenes, cuestionándose su papel, y su exilio físico (es un estadounidense huido a México por matar al asesino de su padre) y psicológico (se considera culpable y eso le hace vivir como un mercenario sin dignidad), Mitchum -que aquí no sólo es actor sino también productor- se anticipa a algunos personajes del cine de Sam Peckinpah. En concreto, hay unos planos en el film de Parrish, en los que vemos a Mitchum caminar por el patio de un palacio mexicano, que me recuerdan a otros con Warren Oates en "Quiero la cabeza de Alfredo García" (Bring Me the Head of Alfredo Garcia, 1974).
7
23 de febrero de 2007
23 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
Interesante confrontación entre las mentalidades de los mexicanos y los gringos. La película tiene un poco de todo, indios, pistoleros, revolucionarios, golpistas, traficantes de armas, pero por encima de todo es Mitchum, y su individualismo de colono norteamericano, bien interpretado, ... buena música y buena realización.
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es interesante ver cómo el "pistolero" Robert Mitchum está siempre al borde de cambiar de bandos, al final se pondrá de parte del amor y la bondad, pero ya sabemos que este tipo de finales eran propios de la época, y quizás de siempre, al público siempre le gusta que las cosas acaben bien.
8
11 de agosto de 2020
13 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Robert Mitchum en sus mejores momentos a uno y otro lado de la frontera. Se mueve entre USA, los apaches, Río Grande y Méjico lindo, y rezuma aventura por los cuatro costados. No es una película de acción continua, tiros y venganzas, es una aventura con toques románticos, románticos del romanticismo de querer llegar al final de un entuerto venciendo y convenciendo.

Más allá de Río Grande es un Western extraño, social, de conversaciones y propuestas entre gente de dos mundos diferentes, en el que más que tensión, lo que hay son sentimientos encontrados muy bien expresados en los personajes gracias a una perfecta dirección de actores. Por tanto, se ganan la atención del espectador desde el primer minuto. Aparte, las grandes y bellas panorámicas del horizonte no defraudan y de igual modo, invitan a continuar con la historia.

Cuando los implicados en la trama atraviesan por territorio yanqui suena música medio fúnebre, de intriga, de peligro, de tambores lejanos, en cambio hay sosiego, bailes de alto copete, los soldados hablan con tranquilidad y la gente conversa con educación.

Cuando se pasa al lado mejicano la música es alegre, de rancheritas, en cambio, el ambiente es peligroso, ir a ver al general chicano da miedo, a pesar del encanto inigualable de ver a su guardia con esos sombreros tan grandes y las cananas cruzadas sobre el pecho cargadas de munición. Siempre me ha gustado ese vestir de los bandoleros mejicanos. Los mejicanos andan en guerra con todo el mundo, los yanquis sólo con los apaches. Así transcurre la película, con el pistolero gringo solventando sus problemas, aclarando contratos que no han salido bien, y en medio una mujer, como no podía faltar. Total, que la incertidumbre surge de los problemas del gringo y el gusto por la película surge de la gente, sobre todo de la de Méjico, ya sean pacíficos trabajadores o los que andan con la guerra a cuestas.

Añadir que las calles de los pueblos mejicanos, sus humildes casas, sus abandonadas construcciones, dan un ambiente pobre pero con la estampa debida que se requiere. Cuando la película entra en obligado receso uno piensa que se quedaría allí para siempre, en la hacienda del buen hombre que tiene una niña bien guapa, reposando en la tumbona bajo la sombra de un árbol y el resplandeciente horizonte de fondo. Sí que uno cambiaría la vida de hoy tan llena de moderneces, maldad y estupideces sin parangón, por esa de entonces, porque a los tipos peligrosos se los ve venir, como a los secuaces con la cara cortada que miran de refilón con aviesas intenciones. Esa es la gente con la que puedes jugarte los cuartos, no como ahora que es todo comunicación sin verse el careto. De todas formas, el mundo está lleno de peligros y si no cumples un contrato porque has tenido un accidente, no vengas con excusas.

La película merece mucho la pena, pero hay que estar en ella.
7
11 de agosto de 2020
13 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es elemento fundamental en muchas cintas del Oeste. Cuando el director quiere plasmar la desolación de un lugar, su aridez, suele dejar correr por las calles unas cuantas bolas de esas hierbas secas que el viento mueve a toda velocidad. Es una planta barrilera, la llamada hierba capitana (Salsola Kali L). Y hay que tener cuidado con ella pues, por lo visto aquí, te puede derribar de un magnífico caballo negro español de raza andaluza, como le ocurre al gringo Martin Brady (Mitchung), cuando acude desde una ciudad fronteriza de Méjico a recoger armas para una de tantas revoluciones. El caballo es regalo de Cipriano Castro, el mandamás de la zona, a quien sirve como pistolero y hombre de confianza.
La caída le produce la rotura de una pierna, y aquí interviene cierto doctor Herbert J. ¿Scorb? que reduce la fractura poniendo en su lugar los huesos rotos, entablilla la pierna y con dos meses de reposo y de muletas le permite seguir su vida. El médico es bastante curioso, "¿Doctor, cómo voy a pagarle el tratamiento? -Mis pacientes nunca me preguntan eso".
Brady es un hombre de frontera, con el problema de estar perseguido en ambos lados. Tampoco tiene claras sus inclinaciones personales. ¿Gringo? ¿Charro? Cuando tiene que renovar el vestuario duda entre un u otro tipo de sombrero. En principio se inclina por el de ala ancha, pero ciertas cosas que no le gustan en su jefe y, sobre todo, el amor arrollador que experimenta ante una infeliz Elene (London), esposa del mayor Colton del fuerte Jefflin, "Cuando se acepta la vida militar, se acaba el decidir".
Por lo demás la película ofrece preciosos paisajes, una excelente interpretación de Mitchung, no tanto de London, a la música tal vez le sobre algo de percusión y cuenta también con un sólido guión aunque, seguramente por defectos de montaje, algunas situaciones no están suficientemente explicadas (como ya han advertido otras reseñas).
Hay escenas espectaculares, como la persecución a caballo por las calles y barrios de una ciudad mejicana o por las sierras. Sobre todo la fiesta popular mejicana con bandeo de campanas, disparo de todo tipo de cohetes, toros de fuego, iluminación de las casas principales, desfiles y bailes folclóricos indígenas con las consabidas calaveras.
Al final, tras la inevitable muerte del Mayor a manos de los apaches (también salen los indios), Brady vuelve a cruzar el Río Grande camino de Texas donde lo espera su amada. Significativamente, poco antes de atravesar las aguas muere su precioso caballo español que simboliza su pasado mejicano. ¿Una nueva vida? En todo caso, una buena película.
8
6 de enero de 2024
9 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Robert Parrish leyó la novela The wonderful country y preguntó a su autor, Tom Lea, si podría dirigirla. Lea aceptó, asumiendo que solo cobraría por una breve aparición, en un plano, como barbero. Robert Ardray se encargaría de realizar la adaptación, con sustanciales variaciones. Parrish propuso el papel protagonista a Henry Fonda y luego a Gregory Peck, que lo rechazaron. Quien acabó interpretándolo fue Robert Mitchum, quien había mostrado tanto interés en que así fuera que se decidió a llevarla a cabo con su productora, D.R.M Productions. Brady (Robert Mitchum), el protagonista de Más allá de Rio Grande (The wonderful country, 1959), es un hombre que fluctúa entre dos orillas, no sólo entre las físicas de México y Estados Unidos, sino entre las de las sombras de su pasado y un presente incierto, entre sentirse estadounidense y su rechazo a los hombres blancos. Su identidad es la de un extraño renegado, la del que en sus entrañas late el lamento por un desarraigo. Hay quien le grita que no pertenece a ningún lado. Sus señas, de las que no se desembaraza, son un sombrero mejicano y su caballo de pura raza andaluza, de nombre Lágrimas. En la secuencia inicial Brady cruza la orilla del río hacia Estados Unidos, como pistolero a sueldo de caciques mejicanos, transportando mercancía, léase monedas camufladas, para cambiarla por armas. Es una identidad alquilada. En la secuencia final la vuelve a cruzar, tras haber lidiado a ambas orillas, sin su sombrero y sin su caballo (e incluso sin armas): Como si fuera un espacio en blanco.

En la primera secuencia resalta uno de los secuaces que le recibe, de torva mirada, con una cicatriz que surca su rostro. Con este personaje, en sus fugaces encuentros siempre hay un siniestro intercambio de miradas, y es con quien se enfrenta en la secuencia final, como si fuera el símbolo de su propio desencuentro, de su descreimiento que es extravío por la perdida de raíces (detalle: no vemos sus ojos cuando encuadra su cadáver). En un hombre que tiene un pie en cada orilla resulta irónico que en su llegada inicial al pueblo caiga de su caballo y se rompa una pierna, lo que implicará dos meses de recuperación. De repente, se encuentra en la tesitura de establecer relaciones. A este respecto hay que señalar la presencia de un personaje, inmigrante, Ludwig (Max Sleten), cuya candidez será decisiva para que vaya aligerándose de su coraza defensiva, como no deja de tener gracia que cuando el doctor Stovall (Charles McGraw) le compre ropa nueva, él se afirme manteniendo su sombrero mejicano. Incluso se sentirá atraído por una mujer, Ellen (Julie London), esposa del oficial al mando de las tropas, Colton (Gary Merrill), con quien existe una notoria distancia. A Ellen, de modo directo, que colinda con la rudeza, expone, para remarcar que no quiere complicarse con ella la vida, que ambos, como se han expresado a través de sus miradas, son conscientes de que se atraen, maneras que suscitan la perplejidad e indignación de ella. Brady no sabe de filtros ni de vaselinas. Más aún, la reacción de Ellen es más airada porque sufre las maledicencias por su pasado, por sus relaciones extramatrimoniales en otras ciudades, que reconoce ciertas.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
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El capitán de los rangers, Rucker (Albert Dekker) intuirá que Brady tuvo que ver con la muerte de quien asesinó al padre de Brady ( y razón de su exilio y descreimiento). La agitación de su rostro lo delata, como será elocuente el impetuoso travelling hacia su rostro, en otro vitriólico giro del destino o azar, cuando dispare contra el hombre que tanto ponía en entredicho el pasado de Ellen como había golpeado, mortalmente, a Ludwig. Brady no espera que le comprendan, y vuelve a huir, como hizo en el pasado, a tierras mejicanas. Si en las norteamericanas hay otras orillas, como las que hay entre Ellen y Colton, en Méjico las hay entre los dos hermanos que intentan dominar el país, Cipriano (Pedro Armendariz) y el general (Victor Manuel Mendoza), para los que trabaja Brady, pero que están enfrentados entre ellos. Sea cual sea la orilla está rebosante de orillas interiores que separan a sus habitantes por un motivo u otro. Convengamos en que el hecho de que el título original sea The wonderful country (El maravilloso país) posee más bien unas cáusticas implicaciones en este melancólico y bello western que no se suele citar en las antologías del western, pero bien merece ser considerado entre los grandes de la década prodigiosa del género. Un viaje interior, narrado con un sutil poso melancólico, de un personaje que ha perdido sus raíces y las encuentra tras sumergirse en el corazón de las tinieblas que está en ambas orillas.

Alexander Zárate
elcinedesolaris.blogspot.com
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