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Lone Wolf and Cub: Baby Cart in Peril

Acción Cuarta entrega de la serie de adaptaciones al cine de imágen real del famoso manga escrito por Kazuo Koike y dibujado por Goseki Kojima. Narra las aventuras de un ronin que deambula por el Japón del shogunato Tokugawa acompañado de un niño. En esta ocasión Ogami es contratado para acabar con una asesina tatuada, mientras Gunbei Yagyu, un antiguo enemigo que ha encontrado a Daigoro por casualidad, le desafía en duelo. (FILMAFFINITY)
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6
15 de abril de 2011
5 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si hay dos elementos sorprendentemente constantes en la historia del Lobo solitario y su hijo son la presencia habitual de los pechos femeninos y el escasísimo interés de Itto por el bienestar del pequeño Daigoro. En la cuarta entrega de la serie ambos elementos son explotados al máximo.

Con el cambio de director, la habitual parquedad narrativa se adorna con el uso de algunos elementos que dan mayor colorismo a la historia: el componente detectivesco, la voz en off, el jazz setentero, los flasbacks ajenos a la historia de Itto y los del propio Itto, que aportan nuevos enfoques y permiten descubrir de donde viene su enemistad con el clan Yagyu y que nuestro héroe no es invencible. El mejunje nunca llega a cuajar, pero su presencia se agradece.

Dejando de lado las novedades, la película sigue la receta clásica. El acoso constante de los ninjas sería insoportable para cualquier otra persona, pero para Itto no deja de ser una rutina insignificante y, por momentos, aburrida.

Lo mejor:
- Aire fresco para la saga.

Lo peor:
- Podría ser más fresco.
- La humanización de Itto no termina de funcionar.
7
15 de septiembre de 2025 1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
321/24(12+1/09/25) La cuarta entrega de la saga “Lone Wolf and Cub” (“Kozure Ōkami”), titulada con ese poético y rimbombante “El corazón de un padre, el corazón de un hijo”, llega como un punto de inflexión en la serie. El cambio de batuta, se marcha Kenji Misumi (su obra más reconocida: “Destiny’s Son”) y entra Buichi Saitô (su mayor carta de presentación antes de esto era “La mujer de arena”, aunque aquí va mucho más a degüello), se nota desde el primer fotograma. De repente, la sobriedad que reinaba en las tres anteriores se ve alterada por un regusto pop setentero, un tufillo pulp en technicolor sangriento que parece nacido tanto de la tradición del chambara como del grindhouse.

Lo que en “Sword of Vengeance” se sentía como épica seca, aquí deviene en esperpento juguetón, jazz de bar mugriento, flashbacks que parecen insertos de otra película, voz en off de novela pulp, ninjas emboscados hasta en la sopa y litros de hemoglobina lanzados como si los efectos de maquillaje hubieran comprado una manguera de bomberos. Y sin embargo, la película funciona, porque logra aquello que pocas sagas largas consiguen, no repetirse hasta la extenuación. Esta entrega abre vías nuevas (el peso de Daigoro como personaje, la figura trágica de Oyuki, los paralelismos de Itto con otros parias del bushidō) y le añade una pizca de delirio que la hace más digerible que la monótona solemnidad que podría haber matado la serie a la cuarta. No es una joya incontestable, pero si un divertimento delirante, un chambara que abraza la caricatura, el gore y la solemnidad impostada con la misma sonrisa de medio lado. Es decir, cine trash elevado a espectáculo hipnótico.

La adaptación del manga de Kazuo Koike (guionista de culto, cuya obra magna siempre será el propio “Lone Wolf and Cub”) y Goseki Kojima ya venía con pedigree. Las tres primeras películas estaban pilotadas por Misumi, artesano capaz de otorgar lirismo al degollamiento más grotesco. Pero Toho decidió oxigenar la fórmula y entregó la silla a Buichi Saitô. Este no tenía la poesía de su predecesor, pero sí la astucia de un director que sabía moverse en registros más callejeros y pop, con la experiencia de televisión y cine comercial.

El resultado es un híbrido extraño, como si “Yojimbo” de Kurosawa (1961) se hubiera rodado en el mismo set que “Coffy” (1973). La voz en off explicativa, los flashbacks extemporáneos y la música funk de Hideaki Sakurai (su trabajo más recordado: “Baby Cart in Peril”, porque el resto apenas trascendió) son decisiones que la alejan de la pureza chambara y la acercan a la estética grindhouse que luego Tarantino adoraría y canibalizaría sin pudor. La producción tampoco esconde su intención de vender carne y sangre. Michi Azuma en topless tatuado se convirtió en el reclamo más llamativo del filme. Aquí no hay pudor, la cámara la muestra, la adorna y la convierte en icono pop antes de ser antagonista. Japón en los 70 estaba obsesionado con este erotismo de serie B: Tetas, sangre, yakuzas y venganza. La película es hija de ese mercado.

Kazuo Miyagawa (su cumbre fue “Ugetsu monogatari” de Mizoguchi) firma la fotografía. Y lo hace con oficio y con cierta trampa, juega entre lo pictórico y lo grotesco. Lo mismo te coloca a Daigoro perdido en un campo en llamas, con imágenes que parecen salidas de un lienzo medieval japonés, que ilumina con una crudeza brutal los tatuajes de Oyuki para que el espectador los paladee con morbo; El montaje de Toshio Taniguchi (también en “Sword of Vengeance”) marca el tono con cortes abruptos, transiciones casi de comic-book, insertos rápidos que subrayan el impacto gore. Todo está medido para que no haya tiempo de respirar; La banda sonora de Sakurai es un capricho delicioso. El jazz-funk anacrónico rompe cualquier ilusión de historicidad, pero le da a la película un aire blaxploitation inesperado que, en lugar de chirriar, refuerza su tono pulp. Es imposible no pensar en “Shaft” (1971) mientras Itto reparte mandobles a cámara lenta.

Tomisaburo Wakayama (Itto) es un coloso de carne y acero. Sigue siendo la roca sobre la que descansa la saga. Más orondo, más cansado, pero igual de letal (su ssaltos sobrenaturales sobre sus rivales son un jolgorio para la vistra). Su espada parece prolongación de su resentimiento. Su mirada comunica la resignación de un samurái condenado a arrastrar a su hijo por el barro del infierno. Wakayama jamás hace concesiones al sentimentalismo barato: en su dureza está el afecto hacia Daigoro; Akihiro Tomikawa (Daigoro) se roba escenas como nunca antes. Aquí pasa de ser un accesorio a un personaje con agencia, capaz de sobrevivir solo. El momento en que se esconde en el barro para escapar del fuego es oro puro; Michi Azuma (Oyuki), encarna a una femme fatale trágica. Su presencia es magnética y su historia de violación y venganza, por una vez, está tratada con cierta seriedad (aunque el topless perpetuo le reste peso dramático). Podría haber sido un personaje más profundo, pero al menos logra ser más que un mero espectáculo erótico; Yoichi Hayashi (Yagyu Gunbei) es un antagonista sólido, casi caricaturesco, pero con la intensidad justa para ser recordado. Su encuentro con Daigoro añade tensión y humor negro.

Escenas importantes: La introducción de Oyuki, semidesnuda, luchando con una fiereza sobrenatural mientras corta los moños de sus víctimas. Un arranque que anuncia el tono pulp sin medias tintas; La separación de Itto y Daigoro, el niño perdido en procesiones absurdas de músicos enmascarados. La película se permite un aire surrealista que la distingue de otras entregas; Daigoro en el campo en llamas, escena clave, que condensa el ingenio visual de Saitô y la autosuficiencia del pequeño; La emboscada del templo, Itto cercado por ninjas disfrazados de estatuas. Momento de puro manga trasladado al cine el arte del desmembramiento de enemigos hecho con humor negro. Ese ninja con los brazos mutilados mordiendo en la pierna a Itto es Kolossal!;... (sigo en spoiler)
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El clímax contra el ejército (repite el clímax cdxe la anterior, pero mejorando los elementos. Wakayama, ya maltrecho, enfrentándose a una horda infinita. Litros de sangre, despedazamientos imposibles y un Itto herido que, por primera vez, no parece invencible.

La resolución de Oyuki es sorprendentemente anticlimática. Tras presentarla como una némesis memorable, la historia la despacha con rapidez, casi como si fuera una distracción. En realidad, el corazón de esta película está en el arco paralelo, la confrontación con el clan Yagyu y, sobre todo, el desarrollo de Daigoro como heredero de su padre en el camino del infierno.

El final, con Itto exhausto, sangrando pero en pie, deja claro que el héroe no es indestructible. Esa fragilidad lo humaniza, incluso cuando la película se desmadra en coreografías sanguinolentas. La risa grotesca viene de ahí, sabemos que es pulp, sabemos que es gore de opereta, pero bajo todo late la melancolía de un padre arrastrando a su hijo por un mundo podrido. Este” es un divertimento pulp delirante, donde la imaginación se pone al servicio del disfrute entusiasta del espectador que busca un chambara que no se tome en serio a sí mismo, pero que no renuncia a la creatividad gore desternillante. Un espectáculo exagerado y adictivo. Gloria Ucrania!!!
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