Elena de Troya
5.8
769
Aventuras. Romance
La ciudad de Troya resulta un obstáculo para la expansión comercial de los estados griegos. Por esta razón, Príamo, rey de Troya, con el fin de preservar la paz, envía a su hijo, el príncipe Paris, a Micenas, a negociar con los reyes helenos. Pero Paris se enamora de Helena, la esposa de Menelao, rey de Micenas, y la rapta. Así estalla la guerra de Troya. (FILMAFFINITY)
13 de agosto de 2011
13 de agosto de 2011
21 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
La fortificada ciudad de Troya se erige orgullosa de los otros reinos griegos, provocando la animadversión de éstos hacia el reinado de Priam (Sir Cedric Hardwicke), cuyo hijo el príncipe Paris (Jack Sernas) decide partir a Grecia en son de paz ante la oposición de sus hermanos Héctor (Harry Andrews), Aeneas (Ronald Lewis)y su hermana Cassandra (Janette Scott) que vaticina serios augurios en su destino. Durante el viaje, Paris naufraga hacia una playa donde es atendido nada más ni nada menos que por Helena (Rossana Podestà) esposa del rey Menelao (Niall McGinnis) y la esclava Andraste (Brigitte Bardot). Así comienza uno de los periplos más recordados en los pasajes de la “Ilíada” de Homero: el desencadenamiento del asedio y toma de la ciudad de Troya por el amor de una reina.
Rodada en los enormes estudios romanos de Cineccità pero con presupuesto ampliamente norteamericano, Robert Wise acabó elaborando un “péplum” de tomo y lomo que sin caer en una excesiva duración, nos enfrasca en un relato clásico convertido en espectáculo; muy propio en el género durante la época en que empezaban a surgir productos más bíblicos como “Ben-Hur” (1959) de William Wyler” o “Los Diez mandamientos” (1960) de Cecil B. De Mille cargados de mensaje y moraleja.
Rodada en los enormes estudios romanos de Cineccità pero con presupuesto ampliamente norteamericano, Robert Wise acabó elaborando un “péplum” de tomo y lomo que sin caer en una excesiva duración, nos enfrasca en un relato clásico convertido en espectáculo; muy propio en el género durante la época en que empezaban a surgir productos más bíblicos como “Ben-Hur” (1959) de William Wyler” o “Los Diez mandamientos” (1960) de Cecil B. De Mille cargados de mensaje y moraleja.

“Helena de Troya” simplemente entretiene y como historia de amor convence. Su repertorio, no muy conocido a excepción de la presencia del gran Sir Cedric Hardwicke, está a la altura de las expectativas. La presencia primeriza de una jovencísima Brigitte Bardot en el papel de esclava no pasa de la anécdota si tenemos en cuenta que tan solo contaba con veintidós inocentes añitos (igual que la edad de la Podestà aunque ésta tenía las de ganar por los pasadizos de la fama) y, como el resto del reparto, mayoritariamente europeo, cumplen con sus funciones en un proyecto que Wise apostó fuertemente pero que acabó siendo un trabajo del que no se le recordará.
24 de septiembre de 2017
24 de septiembre de 2017
10 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una de las leyendas literarias más influyentes de todos los tiempos, una de las batallas más colosales que vio el ser humano, por fin cobra vida en algo que no puede negarse: una de esas superproducciones de la Historia del cine que vale la pena revisitar de vez en cuando...
Desde inicios de los '50 las principales productoras parece que viven, o mejor dicho reviven, una especie de fiebre: la del cine épico por la vía de lo histórico y lo bíblico. King y LeRoy están al frente de dos títulos esenciales como "Quo Vadis" y "David y Betsabé", del mismo modo que desde tierras italianas se han propuesto recrear los grandes acontecimientos de la antigüedad, destacando el "Ulises" de Mario Camerini; en esta tesitura, desde Warner Bros., donde han sobrellevado bien la crisis introduciéndose en el medio televisivo, se gesta un proyecto de gran envergadura.
Lo hacen sobre todo para plantar cara a los éxitos que había tenido uno de sus principales competidores, la 20th Century Fox, explotando también el CinemaScope de gran formato; por desgracia a éstos últimos no les fue tan bien con "Sinuhé, el Egipcio", que dirigía Curtiz, pero en todo caso los de Warner quisieron poner en cartelera su propia apuesta épica, eligiendo para ello a uno de los más interesantes realizadores de Hollywood, un Robert Wise que desde hacía tiempo evidenciaba su talento de artesano al atreverse a tocar todos los géneros habidos y por haber. Y esa propuesta era nada menos que narrar la caída de Troya.
Desde inicios de los '50 las principales productoras parece que viven, o mejor dicho reviven, una especie de fiebre: la del cine épico por la vía de lo histórico y lo bíblico. King y LeRoy están al frente de dos títulos esenciales como "Quo Vadis" y "David y Betsabé", del mismo modo que desde tierras italianas se han propuesto recrear los grandes acontecimientos de la antigüedad, destacando el "Ulises" de Mario Camerini; en esta tesitura, desde Warner Bros., donde han sobrellevado bien la crisis introduciéndose en el medio televisivo, se gesta un proyecto de gran envergadura.
Lo hacen sobre todo para plantar cara a los éxitos que había tenido uno de sus principales competidores, la 20th Century Fox, explotando también el CinemaScope de gran formato; por desgracia a éstos últimos no les fue tan bien con "Sinuhé, el Egipcio", que dirigía Curtiz, pero en todo caso los de Warner quisieron poner en cartelera su propia apuesta épica, eligiendo para ello a uno de los más interesantes realizadores de Hollywood, un Robert Wise que desde hacía tiempo evidenciaba su talento de artesano al atreverse a tocar todos los géneros habidos y por haber. Y esa propuesta era nada menos que narrar la caída de Troya.

El mito de Homero fue llevado al cine en varias ocasiones, pero habían pasado por lo menos tres décadas desde la última vez que se hizo, y además ahora se podía mostrar a pleno color y empleando un enorme despliegue de medios; si algo está claro es que el trío de guionistas Hugh Gray, Richard Nash y John Twist no van a respetar paso a paso la composición de poemas del llamado Ciclo Troyano como mandan los cánones, pues el metraje se extendería a más de 10 horas. Lo amalgaman todo y se quedan con las partes esenciales.
Esto es: desde la antología de los "Cantos Ciprios" a la "Iliupersis", pero pasando por alto numerosos acontecimientos; el legendario amor entre Helena y Paris se convierte en el epicentro de la trama y nos lo presentan en su vertiente más humana, romántica y carnal (baste señalar ese momento en que la preciosa rubia de Trípoli, Rossana Podestà, sale del agua en la playa como hará Ursula Andress en el primer "James Bond"). Uno de los errores más garrafales es hacer del refinado y hedonista Paris un auténtico líder de las tropas troyanas, el único que va a pedir la paz al cruel Menelao...
Esto es: desde la antología de los "Cantos Ciprios" a la "Iliupersis", pero pasando por alto numerosos acontecimientos; el legendario amor entre Helena y Paris se convierte en el epicentro de la trama y nos lo presentan en su vertiente más humana, romántica y carnal (baste señalar ese momento en que la preciosa rubia de Trípoli, Rossana Podestà, sale del agua en la playa como hará Ursula Andress en el primer "James Bond"). Uno de los errores más garrafales es hacer del refinado y hedonista Paris un auténtico líder de las tropas troyanas, el único que va a pedir la paz al cruel Menelao...

No tienen reparos en Warner de distinguir a todos los demás griegos como seres repelentes, traicioneros y oportunistas, despojados de todo honor. Pero Wise, que toma nota de los cineastas antiguos que hicieron cine épico (en especial David W. Griffith), se mueve como pez en el agua entre suntuosos decorados, cientos de miles de extras y una puesta en escena de alto nivel donde sobre todo es preciso destacar las labores de dirección artística y diseño de producción; esto es lo que define a "Helena de Troya": espectáculo, en su más pura y literal esencia.
La tragedia ligada al fatal destino, el melodrama romántico centrado en esa pareja condenada y la venganza por los celos, todo ello al servicio del espectáculo según la concepción y los preceptos del Hollywood de las grandes producciones, sin mucha introspección psicológica ni toda la oscuridad y violencia que encierran las poesías griegas originales. Tampoco se demora el director en plantear el asedio a la gran ciudad (una vez más un aplauso sonoro para los responsables de los decorados y los efectos especiales), dejando a la batalla, que duró por años y años y sucediendo mil y una historias en su transcurso, en eventos que pasan rápido en pantalla...
Pero así se llega al momento tan esperado, pues aunque el amor de la joven pareja acapara la atención, es nuevamente la estrella de todo el invento el que sigue siendo el mejor caballo de Troya construido para el cine, o por lo menos el que logró tener mejor apariencia, fruto de una gran inversión en el presupuesto de diseño de producción; y todo ello dejando atrás hechos importantes como el noble acto de Aquiles a Príamo con respecto al cadáver de Héctor, la participación de Pentesilea en ayuda de los troyanos o cómo Briseida se convierte en esclava del primero (que ni aparece...).
Después de la bella Podestà, bastante creíble en su papel de Helena y regresando al mundo "homérico" que ya visitó en "Ulises", tenemos a un reparto masculino cuyo Jacques Sernas, dando vida a Paris, deja mucho que desear, lo que facilitó que fueran algunos secundarios como Stanley Baker, Niall MacGinnis, Harry Andrews y el gran Cedric Hardwicke, los que se ganan la atención en un desfile de rostros y personajes a ratos algo agotador para el espectador. Puede que lo más interesante sea ver a una jovencísima Brigitte Bardot como la esclava Andraste...si bien lo es más saber que Sergio Leone y Raoul Walsh tomaron parte como directores de segunda unidad.
Sin duda una epopeya rebosante de color, de logrados efectos y diseño a pesar de pecar de vacua y nada creíble, dando uno de esos híbridos curiosos entre el cine anglosajón de aventuras y el "peplum" italiano. No fue, de todas formas, el gran éxito que esperaban en Warner, ni siquiera logró la unanimidad de la crítica.
Fue un esfuerzo poco rentable sepultado por todas las demás propuestas que se irían haciendo en la época y por el paso del tiempo...y más aún apareciendo, casi medio siglo después, esa versión modernizada que todos conocemos de Wolfgang Petersen.
La tragedia ligada al fatal destino, el melodrama romántico centrado en esa pareja condenada y la venganza por los celos, todo ello al servicio del espectáculo según la concepción y los preceptos del Hollywood de las grandes producciones, sin mucha introspección psicológica ni toda la oscuridad y violencia que encierran las poesías griegas originales. Tampoco se demora el director en plantear el asedio a la gran ciudad (una vez más un aplauso sonoro para los responsables de los decorados y los efectos especiales), dejando a la batalla, que duró por años y años y sucediendo mil y una historias en su transcurso, en eventos que pasan rápido en pantalla...
Pero así se llega al momento tan esperado, pues aunque el amor de la joven pareja acapara la atención, es nuevamente la estrella de todo el invento el que sigue siendo el mejor caballo de Troya construido para el cine, o por lo menos el que logró tener mejor apariencia, fruto de una gran inversión en el presupuesto de diseño de producción; y todo ello dejando atrás hechos importantes como el noble acto de Aquiles a Príamo con respecto al cadáver de Héctor, la participación de Pentesilea en ayuda de los troyanos o cómo Briseida se convierte en esclava del primero (que ni aparece...).
Después de la bella Podestà, bastante creíble en su papel de Helena y regresando al mundo "homérico" que ya visitó en "Ulises", tenemos a un reparto masculino cuyo Jacques Sernas, dando vida a Paris, deja mucho que desear, lo que facilitó que fueran algunos secundarios como Stanley Baker, Niall MacGinnis, Harry Andrews y el gran Cedric Hardwicke, los que se ganan la atención en un desfile de rostros y personajes a ratos algo agotador para el espectador. Puede que lo más interesante sea ver a una jovencísima Brigitte Bardot como la esclava Andraste...si bien lo es más saber que Sergio Leone y Raoul Walsh tomaron parte como directores de segunda unidad.
Sin duda una epopeya rebosante de color, de logrados efectos y diseño a pesar de pecar de vacua y nada creíble, dando uno de esos híbridos curiosos entre el cine anglosajón de aventuras y el "peplum" italiano. No fue, de todas formas, el gran éxito que esperaban en Warner, ni siquiera logró la unanimidad de la crítica.
Fue un esfuerzo poco rentable sepultado por todas las demás propuestas que se irían haciendo en la época y por el paso del tiempo...y más aún apareciendo, casi medio siglo después, esa versión modernizada que todos conocemos de Wolfgang Petersen.
2 de junio de 2012
2 de junio de 2012
11 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Robert Wise da su particular adaptación de uno de los clásicos universales de la historia de la literatura, "La Ilíada". Igual que en la de Wolfgang, más reciente, hay licencias, aunque existen muchos elementos atractivos y factores comunes a los versos homéricos (que son tan excelentes como no necesariamente obligatorios en toda adaptación cinematográfica que se haga del mito).
Wise y su equipo apuestan por una relación entre Paris y Helena más romántica, saliendo más favorecido el certero arquero que en otras ocasiones. Con una estética de peplum que no puede con ella, quizás uno de los puntos desfavorables de esta simpática obra de aventuras, sea lo rápido que despacha la legendaria rivalidad entre Aquiles y Héctor.
A destacar, como comenta la crítica precedente, la presencia de una jovencísima Brigitte Bardot, que, como diría el maestro Berlanga, ya amenazaba con enamorar a la cámara y llevarse la película con su sola presencia.
Tiene un reparto que no está repleto de caras conocidas pero competente, aunque quizás se eche de menos una mayor fuerza en personajes decisivos. Interesante.
Wise y su equipo apuestan por una relación entre Paris y Helena más romántica, saliendo más favorecido el certero arquero que en otras ocasiones. Con una estética de peplum que no puede con ella, quizás uno de los puntos desfavorables de esta simpática obra de aventuras, sea lo rápido que despacha la legendaria rivalidad entre Aquiles y Héctor.
A destacar, como comenta la crítica precedente, la presencia de una jovencísima Brigitte Bardot, que, como diría el maestro Berlanga, ya amenazaba con enamorar a la cámara y llevarse la película con su sola presencia.
Tiene un reparto que no está repleto de caras conocidas pero competente, aunque quizás se eche de menos una mayor fuerza en personajes decisivos. Interesante.
26 de octubre de 2020
26 de octubre de 2020
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
La versión más clásica de Helena de Troya, de 1956.
Tomada esta vez la mujer más hermosa del mundo por una mujer muy hermosa, no tiene esta Helena la visión divina de la de la miniserie de Sienna Guillory, siendo más humanizada como la de la reciente Troya del 2004 con Diane Kruger. Si bien no sigue a Homero en cuanto a la divinidad, sí que lo sigue en la parte psicológica humana.
Aún así, la reina de Esparta, interpretada por Rossana Podestá será la gran protagonista de esta épica historia, donde Jacques Sernas le da la contraparte como Paris, el príncipe troyano.
El resto del reparto son actores sin demasiado recorrido en Hollywood, pero sólidos, que aunque no entroncan físicamente la parte más épica o famosa de sus personajes sí logran hacer lo que hoy en día pocos actores logran, y es una interpretación convincente, profunda y auténtica.
Helena seguirá a Paris y a ellos la inevitable guerra.
La historia de amor no flojea, quizá porque Podestá ha trabajado con Sernas en múltiples títulos y ya poseen experiencia juntos, pero el ritmo aunque en ocasiones lento, no deja que el tedio se coma una historia mítica.
Es recomendable a los amantes del peplum que quieran ver una historia de Troya de verdad, no viciada por los atentados al mito homérico como la infame serie de "The fall of Troy" tan horriblemente rodada.
De nuevo, me rindo ante el género clásico.
Tomada esta vez la mujer más hermosa del mundo por una mujer muy hermosa, no tiene esta Helena la visión divina de la de la miniserie de Sienna Guillory, siendo más humanizada como la de la reciente Troya del 2004 con Diane Kruger. Si bien no sigue a Homero en cuanto a la divinidad, sí que lo sigue en la parte psicológica humana.
Aún así, la reina de Esparta, interpretada por Rossana Podestá será la gran protagonista de esta épica historia, donde Jacques Sernas le da la contraparte como Paris, el príncipe troyano.
El resto del reparto son actores sin demasiado recorrido en Hollywood, pero sólidos, que aunque no entroncan físicamente la parte más épica o famosa de sus personajes sí logran hacer lo que hoy en día pocos actores logran, y es una interpretación convincente, profunda y auténtica.
Helena seguirá a Paris y a ellos la inevitable guerra.
La historia de amor no flojea, quizá porque Podestá ha trabajado con Sernas en múltiples títulos y ya poseen experiencia juntos, pero el ritmo aunque en ocasiones lento, no deja que el tedio se coma una historia mítica.
Es recomendable a los amantes del peplum que quieran ver una historia de Troya de verdad, no viciada por los atentados al mito homérico como la infame serie de "The fall of Troy" tan horriblemente rodada.
De nuevo, me rindo ante el género clásico.
25 de agosto de 2025
25 de agosto de 2025
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
En pleno auge de la televisión, las majors de Hollywood apostaron por el cine épico como arma para mantener al público en las salas. Cada estudio lanzó su gran producción: Paramount revalidó el éxito de "Sansón y Dalila" (1948) con "Los diez mandamientos" (1956), ambas de Cecil B. de Mille; 20th Century Fox inauguró el formato Cinemascope con "La túnica sagrada" (1953) y prolongó su éxito con "Demetrius y los gladiadores" (1954), tras la interesante adaptación de la novela de Mika Waltari: "Sinuhé el egipcio" (1954); MGM había resucitado el género con "Quo Vadis" (1951) y lo continuó con "El hijo pródigo" (1955); y Columbia aportó su toque bíblico con con su estrella Rita Hayworth, interpretando a la princesa "Salomé" (1953)..
En ese escenario competitivo, la Warner Bros. no quiso quedarse atrás y apostó por el mundo homérico con "Helena de Troya" (Robert Wise, 1956), rodada en Cinecittà como coproducción internacional. Su objetivo era claro: ofrecer a la audiencia un fresco épico que rivalizara en escala y ambición con los de la competencia, trasladando a la gran pantalla el mito de la guerra troyana.
Rosanna Podestà presta su radiante belleza mediterránea a Helena, su elección respondía a la necesidad de dar un rostro deslumbrante al mito de “la mujer más bella del mundo”, aquella cuya fuga con Paris desencadenó la contienda haciendo que mil naves aqueas se lanzaran al mar a su rescate.
Jacques Sernas, interpreta a Paris con ingenuidad juvenil, pero carece del magnetismo y el carisma necesarios para destacarse entre el resto del reparto, lo que relegaría a este actor a una efímera carrera en la serie B italiana.
Pero el film se sostiene gracias a secundarios de peso: Sir Cedric Hardwicke, como el infortunado rey troyano Príamo; Stanley Baker, un Aquiles violento, brutal y memorable; Harry Andrews, como Héctor, quizá la mejor interpretación de la película, que encarna con vigor el destino trágico del príncipe troyano.
El esfuerzo de producción se percibe en la escala de decorados y vestuario, en el despliegue de masas y, sobre todo, en la fotografía que aprovecha el formato panorámico para magnificar escenarios, batallas y desfiles.
El resultado combina un romanticismo artificioso en la historia de amor, con secuencias bélicas resueltas con medios colosales, aunque algo rígidas en comparación con el brío narrativo que pocos años después alcanzaría el género. Aun así, la fotografía en CinemaScope y la fastuosa dirección artística siguen transmitiendo hoy, el poder de la epopeya homérica, como lo hizo a la audiencia de su tiempo.
Frente a la sobriedad aventurera de Ulises (1954, Mario Camerini), que exploraba el mito en clave más intimista, Helena de Troya representó el intento de Warner por competir de tú a tú con las superproducciones bíblicas y monumentales de la época. Si bien no alcanza el nivel de obras cumbre como "Los diez mandamientos" o "Quo Vadis", sí se inscribe con mérito en esa carrera industrial que buscaba renovar el cine épico frente al pujante desafío de la televisión.
La poderosa partitura de Max Steiner, último gran esfuerzo del compositor por el cine épico, envuelve la narración con majestuosidad sinfónica, subrayando tanto la grandeza bélica como la pasión romántica de la historia. Su música, heredera de la tradición sinfónica hollywoodiense inaugurada en los años 30, confiere al film un sello clásico que hoy se aprecia como parte inseparable de su identidad.
Vista hoy, "Helena de Troya" conserva interés como testimonio de la época dorada de los épics hollywoodienses, representa fielmente el empeño de Warner en competir en la “batalla de los estudios” con un producto ambicioso, donde mitología y espectáculo se fundieron en la gran pantalla para proporcionar una experiencia épica al espectador.
En ese escenario competitivo, la Warner Bros. no quiso quedarse atrás y apostó por el mundo homérico con "Helena de Troya" (Robert Wise, 1956), rodada en Cinecittà como coproducción internacional. Su objetivo era claro: ofrecer a la audiencia un fresco épico que rivalizara en escala y ambición con los de la competencia, trasladando a la gran pantalla el mito de la guerra troyana.
Rosanna Podestà presta su radiante belleza mediterránea a Helena, su elección respondía a la necesidad de dar un rostro deslumbrante al mito de “la mujer más bella del mundo”, aquella cuya fuga con Paris desencadenó la contienda haciendo que mil naves aqueas se lanzaran al mar a su rescate.
Jacques Sernas, interpreta a Paris con ingenuidad juvenil, pero carece del magnetismo y el carisma necesarios para destacarse entre el resto del reparto, lo que relegaría a este actor a una efímera carrera en la serie B italiana.
Pero el film se sostiene gracias a secundarios de peso: Sir Cedric Hardwicke, como el infortunado rey troyano Príamo; Stanley Baker, un Aquiles violento, brutal y memorable; Harry Andrews, como Héctor, quizá la mejor interpretación de la película, que encarna con vigor el destino trágico del príncipe troyano.
El esfuerzo de producción se percibe en la escala de decorados y vestuario, en el despliegue de masas y, sobre todo, en la fotografía que aprovecha el formato panorámico para magnificar escenarios, batallas y desfiles.
El resultado combina un romanticismo artificioso en la historia de amor, con secuencias bélicas resueltas con medios colosales, aunque algo rígidas en comparación con el brío narrativo que pocos años después alcanzaría el género. Aun así, la fotografía en CinemaScope y la fastuosa dirección artística siguen transmitiendo hoy, el poder de la epopeya homérica, como lo hizo a la audiencia de su tiempo.
Frente a la sobriedad aventurera de Ulises (1954, Mario Camerini), que exploraba el mito en clave más intimista, Helena de Troya representó el intento de Warner por competir de tú a tú con las superproducciones bíblicas y monumentales de la época. Si bien no alcanza el nivel de obras cumbre como "Los diez mandamientos" o "Quo Vadis", sí se inscribe con mérito en esa carrera industrial que buscaba renovar el cine épico frente al pujante desafío de la televisión.
La poderosa partitura de Max Steiner, último gran esfuerzo del compositor por el cine épico, envuelve la narración con majestuosidad sinfónica, subrayando tanto la grandeza bélica como la pasión romántica de la historia. Su música, heredera de la tradición sinfónica hollywoodiense inaugurada en los años 30, confiere al film un sello clásico que hoy se aprecia como parte inseparable de su identidad.
Vista hoy, "Helena de Troya" conserva interés como testimonio de la época dorada de los épics hollywoodienses, representa fielmente el empeño de Warner en competir en la “batalla de los estudios” con un producto ambicioso, donde mitología y espectáculo se fundieron en la gran pantalla para proporcionar una experiencia épica al espectador.
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