El valor del trigoCortometraje
6.8
450
23 de noviembre de 2017
23 de noviembre de 2017
6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Pues una crítica a los que "gobiernan" el mundo que a día de hoy sigue siendo igual. Las grandes empresas controlan los precios, controlan hasta la policía y no se puede hacer nada contra ellos.
He seguido bien la película porque me leí la sinopsis, y el final no me queda claro si es feliz o triste...
Me ha gustado porque es una película, con historia, con crítica, con diferentes planos, sin muchos efectos, los justos para la película.
He seguido bien la película porque me leí la sinopsis, y el final no me queda claro si es feliz o triste...
Me ha gustado porque es una película, con historia, con crítica, con diferentes planos, sin muchos efectos, los justos para la película.
13 de agosto de 2025
13 de agosto de 2025
1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
264/23(12/08/25) Sugestivo corto silente. En 1909, D. W. Griffith llevaba apenas dos años dirigiendo para la Biograph y ya comenzaba a dejar claro que, si el cine era un lenguaje, él iba a inventar parte de su gramática. “A Corner in Wheat” es un cortometraje mudo de 14 minutos que funciona como parábola social en plena era del capitalismo voraz estadounidense, adaptada de relatos de Frank Norris, y que toma inspiración directa del acaparamiento real de trigo que había disparado el precio del pan apenas unos meses antes. En términos técnicos, es una pieza primitiva incluso para su época (cámara fija, escasos decorados, actuaciones sobreactuadas) pero con un hallazgo que la salva del olvido, como es el montaje cruzado no para generar suspense, sino para confrontar mundos opuestos (algo que luego plagiaría el maestro letón Eisenstein). El resultado es un bofetón cinematográfico al espectador de 1909 y, para nosotros, una reliquia histórica que anticipa la maestría narrativa que Griffith desplegaría años después en “Intolerancia”.
La ambientación es simple pero eficaz, con granjas áridas con campesinos resignados, salones opulentos donde los ricos se atiborran, panaderías con clientes que se agolpan como en una estampida silenciosa. Las actuaciones son teatrales, pero no carentes de intención: James Kirkwood y Linda Arvidson transmiten más con miradas fijas y gestos sobrios que muchos actores modernos con toda una masterclass de “acting” a cuestas; El villano, Frank Powell, es un capitalista de caricatura, pero funciona, porque Griffith no busca matices sino establecer una moral de fábula. La historia, aunque simple y lineal, se beneficia del montaje paralelo, que aquí no une acciones para un clímax, sino que las enfrenta para reforzar el mensaje social.
En definitiva, es un corto que hay que ver con las gafas del historiador. No es “entretenimiento” en el sentido moderno, sino un fósil valioso que marca un momento clave en la evolución del lenguaje cinematográfico. Su moraleja es directa, sus recursos limitados, pero su valor reside en ser uno de los primeros zarpazos del cine contra las injusticias sociales.
Griffith empezó a dirigir en 1908, tras una breve carrera como actor, y en un año ya había rodado más de 100 cortos para Biograph. “A Corner in Wheat” llega en un momento en que Hollywood aún no era “Hollywood”, y el cine americano estaba en plena infancia técnica. Rodado con apenas ocho decorados y 23 tomas en total, se filma en el estilo tableau vivant, heredero directo del teatro. Cámara inmóvil, encuadre frontal, y acción coreografiada para que todo quepa en el cuadro como si fuera una pintura animada.
El guion de junto a Frank E. Woods se basa en dos obras de Frank Norris (“The Pit” y “A Deal in Wheat”), con un añadido de actualidad: La historia de James A. Patten, el especulador real que acaparó el trigo en 1909. Griffith, pese a su ideología profundamente conservadora, utiliza aquí una trama que parece un panfleto anticapitalista, quizá más por oportunismo dramático que por convicción. En cualquier caso, fue su primer acercamiento abierto a la crítica social, y el público de la época, inmerso en un auge del populismo político, lo recibió con entusiasmo.
La ambientación es minimalista pero calculada: Las granjas: campos desnudos, árboles escuálidos y viento que arrastra la ropa de los campesinos. Un entorno que no necesita exageraciones para gritar “miseria”; Los salones de los ricos, comedores recargados, con vajillas brillantes y vino que fluye como si fuera gratis (que lo es, para ellos); La panadería, un espacio reducido, claustrofóbico, donde el cartel que anuncia el nuevo precio del pan se convierte en un arma visual más potente que cualquier discurso.
En lo técnico, Griffith filma con cámara fija y panorámicas nulas, pero aprovecha la edición para dar un salto de calidad. El montaje cruzado aquí no es mero capricho. Alterna imágenes de opulencia con las de privación no sólo refuerza la moralina, sino que inventa un patrón narrativo que el cine explotaría durante todo el siglo XX.
La iluminación es naturalista en las escenas rurales, con luz polvorienta que parece filtrada por el tiempo, y más cuidada en interiores, buscando un contraste casi pictórico. La composición, aunque estática, es precisa. Los personajes no se mueven porque no pueden romper el equilibrio visual del plano. Incluso se atreve con un tableau vivant puro, la congelación de la fila en la panadería, que funciona como un golpe de martillo visual.
Estamos en 1909, así que sobreactuar era parte del contrato. Griffith dirige a su elenco para que cada gesto sea visible desde la última fila del “cine” (que entonces podía ser una carpa itinerante). Sin embargo, hay matices: James Kirkwood (el granjero) logra una dignidad melancólica, sobre todo en la última escena; Linda Arvidson (esposa) combina la expresión impasible con momentos de desesperación creíble; Frank Powell (Rey del Trigo) es la caricatura perfecta: un villano que exuda suficiencia y que no necesita decir una palabra para que quieras que le caiga un saco de trigo en la cabeza.
Escenas clave (sin spoilers): La siembra inicial, con un plano largo, repetitivo y casi hipnótico, que abre la película como un ciclo de vida que ya intuimos que no se romperá; El salón de la cena, donde la gula y la ostentación se convierten en metáforas vivientes de la desigualdad; La fila congelada de la panadería. Griffith literalmente detiene el tiempo para que contemplemos la espera inútil de los hambrientos; La bolsa de trigo cayendo, preludio visual que adquiere todo su sentido más adelante.
La ambientación es simple pero eficaz, con granjas áridas con campesinos resignados, salones opulentos donde los ricos se atiborran, panaderías con clientes que se agolpan como en una estampida silenciosa. Las actuaciones son teatrales, pero no carentes de intención: James Kirkwood y Linda Arvidson transmiten más con miradas fijas y gestos sobrios que muchos actores modernos con toda una masterclass de “acting” a cuestas; El villano, Frank Powell, es un capitalista de caricatura, pero funciona, porque Griffith no busca matices sino establecer una moral de fábula. La historia, aunque simple y lineal, se beneficia del montaje paralelo, que aquí no une acciones para un clímax, sino que las enfrenta para reforzar el mensaje social.
En definitiva, es un corto que hay que ver con las gafas del historiador. No es “entretenimiento” en el sentido moderno, sino un fósil valioso que marca un momento clave en la evolución del lenguaje cinematográfico. Su moraleja es directa, sus recursos limitados, pero su valor reside en ser uno de los primeros zarpazos del cine contra las injusticias sociales.
Griffith empezó a dirigir en 1908, tras una breve carrera como actor, y en un año ya había rodado más de 100 cortos para Biograph. “A Corner in Wheat” llega en un momento en que Hollywood aún no era “Hollywood”, y el cine americano estaba en plena infancia técnica. Rodado con apenas ocho decorados y 23 tomas en total, se filma en el estilo tableau vivant, heredero directo del teatro. Cámara inmóvil, encuadre frontal, y acción coreografiada para que todo quepa en el cuadro como si fuera una pintura animada.
El guion de junto a Frank E. Woods se basa en dos obras de Frank Norris (“The Pit” y “A Deal in Wheat”), con un añadido de actualidad: La historia de James A. Patten, el especulador real que acaparó el trigo en 1909. Griffith, pese a su ideología profundamente conservadora, utiliza aquí una trama que parece un panfleto anticapitalista, quizá más por oportunismo dramático que por convicción. En cualquier caso, fue su primer acercamiento abierto a la crítica social, y el público de la época, inmerso en un auge del populismo político, lo recibió con entusiasmo.
La ambientación es minimalista pero calculada: Las granjas: campos desnudos, árboles escuálidos y viento que arrastra la ropa de los campesinos. Un entorno que no necesita exageraciones para gritar “miseria”; Los salones de los ricos, comedores recargados, con vajillas brillantes y vino que fluye como si fuera gratis (que lo es, para ellos); La panadería, un espacio reducido, claustrofóbico, donde el cartel que anuncia el nuevo precio del pan se convierte en un arma visual más potente que cualquier discurso.
En lo técnico, Griffith filma con cámara fija y panorámicas nulas, pero aprovecha la edición para dar un salto de calidad. El montaje cruzado aquí no es mero capricho. Alterna imágenes de opulencia con las de privación no sólo refuerza la moralina, sino que inventa un patrón narrativo que el cine explotaría durante todo el siglo XX.
La iluminación es naturalista en las escenas rurales, con luz polvorienta que parece filtrada por el tiempo, y más cuidada en interiores, buscando un contraste casi pictórico. La composición, aunque estática, es precisa. Los personajes no se mueven porque no pueden romper el equilibrio visual del plano. Incluso se atreve con un tableau vivant puro, la congelación de la fila en la panadería, que funciona como un golpe de martillo visual.
Estamos en 1909, así que sobreactuar era parte del contrato. Griffith dirige a su elenco para que cada gesto sea visible desde la última fila del “cine” (que entonces podía ser una carpa itinerante). Sin embargo, hay matices: James Kirkwood (el granjero) logra una dignidad melancólica, sobre todo en la última escena; Linda Arvidson (esposa) combina la expresión impasible con momentos de desesperación creíble; Frank Powell (Rey del Trigo) es la caricatura perfecta: un villano que exuda suficiencia y que no necesita decir una palabra para que quieras que le caiga un saco de trigo en la cabeza.
Escenas clave (sin spoilers): La siembra inicial, con un plano largo, repetitivo y casi hipnótico, que abre la película como un ciclo de vida que ya intuimos que no se romperá; El salón de la cena, donde la gula y la ostentación se convierten en metáforas vivientes de la desigualdad; La fila congelada de la panadería. Griffith literalmente detiene el tiempo para que contemplemos la espera inútil de los hambrientos; La bolsa de trigo cayendo, preludio visual que adquiere todo su sentido más adelante.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El clímax de “A Corner in Wheat” es una pequeña obra maestra de justicia poética. El Rey del Trigo, recién informado de que controla todo el mercado mundial y ha ganado cuatro millones de dólares más, visita sus silos como quien pasea por el Louvre. Y ahí, en su propio monumento a la avaricia, la trampa está tendida. Un resbalón, una caída al pozo de grano, y toneladas de trigo sepultándolo como un sudario dorado. Esto me recuerda a una escena del film de Peter Weir de 1985 “Único Testigo”, donde uno de los malos muere ahogado en un silo ahogado por el trigo cayendo en cascada.
La muerte es absurda, sí, pero precisamente por eso es efectiva. El espectador de 1909 probablemente disfrutó el momento con un “bien hecho” silencioso. Y sin embargo, Griffith no da un cierre complaciente: El último plano no es el pueblo celebrando, sino el mismo granjero del inicio, sembrando solo, resignado. El villano ha muerto, pero el sistema sigue intacto. Es un mazazo seco, un recordatorio de que la miseria no se acaba porque un especulador muera; simplemente se buscará otro para reemplazarlo.
No es un corto redondo, su narrativa es superficial, su simbolismo obvio y su ejecución limitada por la técnica de la época, pero su valor histórico y su efectividad simbólica son incuestionables. Griffith, con apenas un par de años de experiencia, ya estaba inventando recursos narrativos que se estudiarían durante generaciones. Es una fábula directa al mentón, y aunque hoy podamos verla como rudimentaria, conserva intacta su capacidad de indignar.
Posee la nostalgia, a pesar de sus limitaciones, el corto sigue diciendo algo que, más de un siglo después, no ha perdido vigencia. Gloria Ucrania!!!
La muerte es absurda, sí, pero precisamente por eso es efectiva. El espectador de 1909 probablemente disfrutó el momento con un “bien hecho” silencioso. Y sin embargo, Griffith no da un cierre complaciente: El último plano no es el pueblo celebrando, sino el mismo granjero del inicio, sembrando solo, resignado. El villano ha muerto, pero el sistema sigue intacto. Es un mazazo seco, un recordatorio de que la miseria no se acaba porque un especulador muera; simplemente se buscará otro para reemplazarlo.
No es un corto redondo, su narrativa es superficial, su simbolismo obvio y su ejecución limitada por la técnica de la época, pero su valor histórico y su efectividad simbólica son incuestionables. Griffith, con apenas un par de años de experiencia, ya estaba inventando recursos narrativos que se estudiarían durante generaciones. Es una fábula directa al mentón, y aunque hoy podamos verla como rudimentaria, conserva intacta su capacidad de indignar.
Posee la nostalgia, a pesar de sus limitaciones, el corto sigue diciendo algo que, más de un siglo después, no ha perdido vigencia. Gloria Ucrania!!!
11 de marzo de 2026
11 de marzo de 2026
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Este corto, de tintes más bien políticos, se entiende mejor desde la biografía de Griffith. Era hijo de campesinos sureños. Por tanto, conocía desde su infancia lo que es la vida en el campo y el contraste con la ciudad y los movimientos de capital.
Curiosamente, la traducción del título al español no es del todo correcta, porque en español se habla del valor del trigo, mientras que el original se refiere más bien al precio. Y ya sabemos, como nos dijo Machado, que "cualquier necio / confunde valor y precio"...
Se nos cuenta las consecuencias nefastas de los especuladores de los productos del campo: escasez, pobreza... Y un final de justicia poética: (sigue en spoiler). Un discurso anticapitalista sorprendente, producido en Estados Unidos...
Entrando en el comentario puramente cinematográfico hay varios aspectos a destacar:
La estructura circular de la narración: se abre con el cultivo del campo y se cierra con él, pero en ninguno de los dos momentos hay alegría o esperanza. Se nota la pesadez del trabajo y transmite sensación de esclavitud; es un trabajo muy duro, que no tiene fin, y que no proporciona más que un resultado exiguo.
El plano de los labradores dirigiéndose a la cámara es muy potente, es una forma de implicar al espectador (parece que pasan a nuestro lado, cuando salen fuera de campo).
El montaje alterno de contrastes: las secuencias del campo vs. las de la ciudad, pobreza vs. riqueza, pesadumbre vs. agitación, tristeza vs. alegría. Es algo maniqueo pero eficaz.
Las tomas en la tienda que muestran la progresiva escasez y miseria de los campesinos: cuanta menos comida hay, más largas son las colas esperando conseguir pan.
Los intertítulos son escasos, pero plenamente justificados; la narración es muy visual.
Por todo ello, merece un visionado. Empezamos a descubrir a un Griffith que irá cada vez más lejos.
Curiosamente, la traducción del título al español no es del todo correcta, porque en español se habla del valor del trigo, mientras que el original se refiere más bien al precio. Y ya sabemos, como nos dijo Machado, que "cualquier necio / confunde valor y precio"...
Se nos cuenta las consecuencias nefastas de los especuladores de los productos del campo: escasez, pobreza... Y un final de justicia poética: (sigue en spoiler). Un discurso anticapitalista sorprendente, producido en Estados Unidos...
Entrando en el comentario puramente cinematográfico hay varios aspectos a destacar:
La estructura circular de la narración: se abre con el cultivo del campo y se cierra con él, pero en ninguno de los dos momentos hay alegría o esperanza. Se nota la pesadez del trabajo y transmite sensación de esclavitud; es un trabajo muy duro, que no tiene fin, y que no proporciona más que un resultado exiguo.
El plano de los labradores dirigiéndose a la cámara es muy potente, es una forma de implicar al espectador (parece que pasan a nuestro lado, cuando salen fuera de campo).
El montaje alterno de contrastes: las secuencias del campo vs. las de la ciudad, pobreza vs. riqueza, pesadumbre vs. agitación, tristeza vs. alegría. Es algo maniqueo pero eficaz.
Las tomas en la tienda que muestran la progresiva escasez y miseria de los campesinos: cuanta menos comida hay, más largas son las colas esperando conseguir pan.
Los intertítulos son escasos, pero plenamente justificados; la narración es muy visual.
Por todo ello, merece un visionado. Empezamos a descubrir a un Griffith que irá cada vez más lejos.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Final de justicia poética: el malvado especulador muere aplastado por el trigo con el que se había enriquecido.
Me recuerda el final de "Único testigo" (Peter Weir, 1985), aunque en este caso la relación entre la causa de la muerte del especulador y su maldad está más justificada que en aquél.
Me recuerda el final de "Único testigo" (Peter Weir, 1985), aunque en este caso la relación entre la causa de la muerte del especulador y su maldad está más justificada que en aquél.
19 de septiembre de 2026
19 de septiembre de 2026
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Nos ha recordado a la novela de Ramón J. Sender este "Valor del trigo". Una pobre familia campesina debe emplear para simiente una parte de la pequeña reserva de trigo que guarda para hacer el pan. Por cierto, malos sembradores que echan a perder la semilla al repartirla los dos por el mismo sitio.
En el otro extremo los especuladores que acaparan el grano para marcar ellos el precio. En medio, el panadero que tiene que doblar el precio del pan y quedarse además sin existencias. Hambre es lo que significa.
Cinta de denuncia social que enfrenta la opulencia de unos pocos con la miseria de muchos, hecha sobre un guion sencillo pero eficaz y una realización dinámica que no pierde el tiempo, que va al grano hasta llegar al granero del final. Nunca mejor dicho.
Correctas interpretaciones. Miente un poco el cartel, pues nuestro campesino está más de requiem que de amores.
En el otro extremo los especuladores que acaparan el grano para marcar ellos el precio. En medio, el panadero que tiene que doblar el precio del pan y quedarse además sin existencias. Hambre es lo que significa.
Cinta de denuncia social que enfrenta la opulencia de unos pocos con la miseria de muchos, hecha sobre un guion sencillo pero eficaz y una realización dinámica que no pierde el tiempo, que va al grano hasta llegar al granero del final. Nunca mejor dicho.
Correctas interpretaciones. Miente un poco el cartel, pues nuestro campesino está más de requiem que de amores.
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