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Críticas 4
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
7
9 de octubre de 2016 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Berlin es una ciudad de 3.5 millones de cadáveres (según las últimas estadísticas).
Rossellini aborda en este corto drama de apenas setenta minutos, las miserias en que se hallaba el Berlín de los años posteriores a la II Guerra Mundial a través de los ojos de un niño errático obligado a asumir unas responsabilidades que no le corresponden cuya mirada nos desvelará con certidumbre la miseria y desesperanza en que viven sus habitantes.
Edmund es un niño visceralmente arrancado del mundo al que debería pertenecer, el de la infancia, para sumergirse vertiginosamente en el mundo despiadado y cruel de los adultos. Edmund trata de conseguir recursos para sí y para su familia sometiéndose a las reglas adultas pero los berlineses tienen ya suficientes problemas y no están dispuestos a ayudarle y, ni siquiera, a tolerar que un crio les robe algunos de los pocos recursos que hay disponibles.
La mirada del cineasta es desangelada. Los niños se ven obligados a vivir como adultos y los adultos viven escondidos,inoperantes, presos de su pánico y su conformismo.
En algunas tomas, parece que la cámara se eleva y trata de apuntar al cielo pero en breves instantes se derrumba y vuelve a posar su mirada a ras de suelo.
No hay esperanza. No hay salvación posible. No hay redención.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Ya desde la primera escena, Edmund es expulsado del trabajo que con esfuerzo realiza para tratar de alimentar a su familia ante la inoperancia de sus hermanos mayores y, a fin de cuentas, sobrevivir.
A medida que las escenas transcurren, Edmund se enfrente al trato despiadado de los adultos con que se enfrenta y sólo un antiguo profesor, nazi clandestino, le ayuda y le trata como el niño si bien aparentando albergar oscuras intenciones.
Edmund tiene que decidir en todo momento acerca de decisiones que son difíciles para cualquier adulto tales como afrontar cual puede ser la solución al problema de su padre (que no quiere seguir en este mundo pero no se atreve a dejarlo) o tener que robar para subistir.
En una prueba de fuego, Edmund, aunque asustado, pasa la noche con una chica algo mayor que él y muy resuelta en sus intenciones que, horas más tarde y rodeada de un grupo de chicos de su edad, reniega de él porque “ella no pasa la noche con críos”.
Edmund busca redención acercándose a un grupo de niños que juegan a la pelota en la calle pero estos no le aceptan y Edmund tiene que marcharse.
No queda redención posible. El paraíso de la infancia está perdido. No volverá a ser niño.
3 de octubre de 2016 2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
A finales de los años 70, el cine de Woody Allen tomó una deriva que le ha aupado a una posición privilegiada entre los aficionados al cine de los últimos 40 años.
Curtido en el stand-up comedy y entusiasta de los Hermanos Marx, Woody Allen fue, desde su estreno como director con “Toma el dinero y corre un buen dinero”, un buen autor que escribía y dirigía películas en que los guiones parecían anteponer las ocurrencias más divertidas y los chistes a la profundidad de la historia.
Annie Hall parece aventurar un cierto cambio de rumbo dotando a un inteligente guion repleto de pequeños gags y ocurrencias divertidísimas de una carga intelectual y psicológica de la que el autor parecía haber prescindido hasta entonces.
Manhattan supone un paso más en este camino y, al mismo tiempo, la consagración definitiva de su autor.
Finalmente, Interiores completa la evolución elaborando un drama de profunda carga psicológica de influencia bergmaniana despojado ya de la influencia del stand-up comedy en que el neoyorquino se formó.
El cine que el autor facturó en los años 80 (y con el que esto escribe menos se identifica) profundizó en esta dirección con películas como “Hanna y sus hermanas”, “Otra Mujer” o “Delitos y Faltas”.
Desde entonces, y pese a existir notables excepciones, el cine de Woody Allen ha parecido debatirse entre lo que gran parte de la crítica ha clasificado como películas mayores y películas menores de Woody Allen.
Si, particularmente, prefiero Manhattan de entre toda su filmografía es porque parece reunir las mejores cualidades de ambos estilos.
Manhattan es, en esencia, una comedia romántica en la que Isaac Davis (el personaje interpretado por Allen) mantiene una relación con una adolescente de 17 años (Mariel Hemingway) notablemente madura para su edad. Al mismo tiempo, el mejor amigo de Isaac mantiene una relación extramatrimonial con María (Diane Keaton) e Isaac tiene que luchar para que su ex mujer no publique un libro sobre su experiencia marital que no le deja en un gran lugar.
Isaac no parece tomarse en serio su relación con Tracy debido a la corta edad de ésta y al mismo tiempo, se siente profundamente atraído por María (a quien, sin embargo, comienza detestando) quien no termina de asentar su relación debido a que su amante no quiere dejar a su mujer y, a partir de esa premisa, los encuentros y desencuentros amorosos se suceden a lo largo de la película.
Al mismo tiempo, Manhattan es una película sobre la inseguridad profesional y, en cierta medida, económica. Harto de su trabajo poco satisfactorio en la televisión, Isaac acaba renunciando al mismo para dedicarse al que es su ilusión personal desde hace años (escribir una novela) mientras su mejor amigo, quien siempre habla de su ilusión por escribir una novela, acaba renunciando a ello en pos del trabajo seguro y la abundancia económica.
Asimismo, Manhattan es una comedia sobre los intelectuales neoyorquinos. Si bien buena parte de sus detractores reprochan el aire aparentemente elitista de la película, la mirada del director es profundamente crítica con estos intelectuales, como se plasma con gran brillantez en la escena en que un Isaac desesperado no puede comprender como María califica como sobrevalorados a artistas consagrados de la talla de Scott Fitzgerald.
En último lugar, y probablemente más importante, Manhattan es una oda a la ciudad de Nueva York. En el libro “Conservaciones con Woody Allen” de Eric Lax, el cineasta cuenta como siempre se sintió en la necesidad de mostrar en sus películas Nueva York en todo su esplendor y cómo trató de sublimarlo en esta película; a partir de la cual no sintió la necesidad de transmitir dicha imagen que entendía realizada.
En consecuencia, en el que, posiblemente, es el más logrado trabajo artístico del director, la preciosa fotografía en blanco y negro de Gordon Willis se alinea con la maravillosa música de George Gershwin para lograr un ritmo dinámico y veloz que, sin embargo, se permite la pausa necesaria para saborear cada escena.
Por último, merece la pena destacar los diálogos que pueblan la película de conversaciones ingeniosas algunas de las cuales permanecen en la memoria durante muchos días después del visionado. (“Nunca he tenido un orgasmo que no fuera el adecuado. El peor que tuve fue uno que me costó dinero”).
Y sí, yo también seguiría enamorado de Tracy.
6 de enero de 2018 1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Texas es un territorio de frontera. Es el escenario de grandes western, de historias de contrabando, de conflictos raciales y de grandes dramas familiares.
Uno sitúa el cine negro en otra dimensión, en Los Angeles y San Francisco, lugares plagados de artistas, de detectives, de femmes fatales y de impulsos irresistibles.
Sangre fácil, no obstante, sucede en Texas y sienta las bases de lo que serán algunas de las grandes obras de cine negro de los años posteriores. El escenario ya no es tan importante, la verosimilitud de la trama tampoco.
El debut de los hermanos Coen está plagado de diálogos brillantes, serios y cortantes. Utiliza efectos visuales y sonoros espectaculares no destinados al mero lucimiento sino a acompañar y hacer avanzar la historia. Es genial porque el guión y la técnica son espectaculares sin asomo de exceso. Cada plano, cada frase, cada corte del montaje parece absolutamente necesario y sin cada uno de ellos, la película carecería de sentido.
La película está plagada de sorpresas que, en ocasiones, rozan el delirio pero que en el clima generado por la película encajan como anillo al dedo.
La sangre, como el dinero, nunca es fácil.
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Sangre fácil está llena de primeros planos. En cierta medida son sus primeros planos los que hacen avanzar la historia. Ray entra en la trastienda del bar mientras otro está sentado en la mesa y no responde a sus interpelaciones. Tropieza con una pistola que se dispara y rueda por el suelo. La cámara enfoca entonces a la cara del protagonista y gira alrededor de él mientras este permanece inmóvil decidiendo cómo seguir. Por unos segundos, todos somos Ray.
28 de enero de 2021 Sé el primero en valorar esta crítica
Dejé pasar unos días después de la maratón de películas de Wong Kar Wai vistas en el cine hace una semana y hoy por fin he ido al cine para volver a ver In the mood for love, esta vez en pantalla.

El tema es el mismo que el de casi todas las películas de Wong Kar Wai (la imposibilidad del amor cuando no llega en el tiempo y lugar adecuados) aunque en esta ocasión el protagonista no es un hombre oscuro y frío que destroza el corazón de las mujeres que se enamoran de él sino que ambos protagonistas están igual de vulnerables y necesitados.
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La cámara fluye lenta y relajada y la iluminación y el color son deslumbrantes pero la magia de la película proviene fundamentalmente del montaje y el uso de la repetición como figura poética.
La primera vez que vemos las escaleras del edificio donde ambos viven sube primero ella y baja luego él y no llegan a coincidir, la segunda vez apenas coinciden ambos en la cima de la escalera, la tercera vez los dos la bajan juntos, la última vez que la vemos él sube solo pero ella ya no está al otro lado.

Recordaba con fuerza las escenas del taxi.
En la primera ambos parecen nerviosos: “¿Por qué no me llamaste hoy?” “No sabía si te molestaría” “Entonces no llames nunca más”. La cámara busca sus manos y la mano de él busca la de ella y, pese a las dudas iniciales, ella la rechaza. Él se baja del taxi antes de llegar a casa para no ser vistos juntos.
Una vez más en una película de Wong Kar Wai, la escena más emotiva tiene lugar bajo la lluvia. Él confiesa que se ha enamorado de ella y que se irá a Singapur porque ella no quiere ir con él. También explica que ha comprendido a sus parejas.
“Los sentimientos florecen aunque uno no los evoque”.
Se van en un taxi y la cámara vuelve a narrar el viaje a través de sus manos entrelazadas todo el viaje.
“Hola, soy yo, si pudiese conseguir un billete más, ¿vendrías conmigo?”

La música es un elemento narrativo más y quizá el más evocador, sobre todo a través de las canciones de Nat King Cole.
Aquellos ojos verdes suena cuando ambos confiesan conocer las infidelidades de sus esposas, cuando él plantea que pueden hacer en esta situación y cuando ella rechaza su ofrecimiento de colaborar con él en la escritura de relatos de samuráis.
“No saben las tristezas que en mi alma han dejado aquellos ojos verdes que yo nunca besare”.
En una de las escenas finales, él recibe una llamada cuando ya se encuentra en Singapur pero nadie habla al otro lado del teléfono.
“Y así pasan los días y yo desesperado y tú, tú contestando: Quizás, quizás, quizás”.

Es una película tan bonita y tan triste que uno sale del cine y no sabe si quiere enamorarse o quiere llorar o quizá las dos cosas.
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