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Críticas 141
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
7
21 de mayo de 2023
34 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
Avanza lentamente, con un ritmo moroso, como corresponde a la estación y al lugar. La historia es la de una adolescente, Lea (Lily McInerny), de 17 años, que pasa el verano junto a sus amigos, aburrida, harta de su madre, una mujer separada e irresponsable por la que no siente mucho apego. Y es que los padres, muchas veces, se comportan también como adolescentes. Cuando esto ocurre, los jóvenes se ven perdidos, y su primera estrategia es huir, irse por ahí, escapar. Un cigarrillo, alcohol, otras drogas. Y la peor de todas, que además es un gran negocio, el sexo. Y Lea y sus amigos están justo en la edad de salir al mundo, retozar, las hormonas en su apogeo y esplendor. La joven directora, con su cámara rutinaria pero eficaz, nos muestra a esta chica, que trata de encontrar su lugar en el mundo (un lugar bajo las palmeras y las torres de alta tensión del título). Qué grande es ser joven. Y qué complicado, además. En esa burbuja californiana, de placeres difusos, aparece el lobo. El lobo, el lobo, qué buen turrón...
Mostrando sólo lo necesario, con diálogos secos, casi minimalistas, la cinta avanza de forma segura, tomándose su tiempo para retratar de la mejor manera posible esta huida, esta turbación, ese choque con la madre de mal comportamiento, ese ingreso en el mundo extraño, que no le pertenece. Cuando aparece Tom (excelente también Jonathan Tucker), con su ranchera tan americana, de repente la película se vuelve turbia, empieza a moverse por el lado salvaje de la vida. Ese tipo extraño, que le dobla la edad (34 años), poco a poco la va apartando de su hábitat natural (móvil 24 horas, tabaco, caramelos y mucha cháchara absurda), para meterla en un mundo que ella ni sospecha. Qué grande es ser joven. Qué inocentes que éramos. No sabíamos nada de la vida. Ni del sexo. Ni de la pornografía que rige el mundo actual. Poco a poco nos metimos en el fango, caímos en el pozo sin fondo, y ahí abajo nadie escuchará nuestros gritos. La directora muestra lo que quiere, oculta otros momentos, sagazmente. Dos ejemplos: cuando el grupo de amigos está viendo la peli en la tele, no vemos lo que están viendo, sólo escuchamos el sonido, de fondo; los vemos a ellos, moverse. La imagen, tenemos que imaginarla. Luego, en otra secuencia estupenda, vemos cómo Tom la lleva hasta su casa; pero ella se da cuenta de que ésa no es una casa normal. Ahí es donde vive el extraño. Sólo al final descubrimos de qué se trata, qué no lugar es. Genial, este ocultamiento, porque de alguna manera anuncia ya lo que está por venir. Lo familiar se esfuma. Llega lo desconocido, se aproxima el dolor. Lejos de casa, todo es peligroso, infernal.
El guión, de la propia Jamie Dack y Audrey Findlay, basado en una historia de la directora (que ya antes hizo un corto, con este mismo título, en 2018), avanza de forma inexorable hacia lo más turbio. Todo el peso de la película recae sobre el personaje de la chica, Lea, interpretada de manera magistral por la actriz citada. Los demás actores están bien, pero ella demuestra que es, o puede llegar a ser, una gran actriz, si persevera. Poco a poco se mete en la boca del lobo, y nosotros con ella. Es una cinta que te atrapa, sutilmente. Los mecanismos de la edad núbil se muestran perfectamente, a lo largo de todo el metraje, y todos los actos de Lea, y su "protector", aparecen desplegados con una fuerza expresiva inigualable. Cuando ya pensábamos que la cosa iba a quedar así, la historia da otra vuelta de tuerca, que nos deja para el arrastre. Es una película que nos deja pensando, algo sólo al alcance de las películas buenas.
19 de diciembre de 2022
17 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Pongamos que hablo de Madrid. Una ciudad en blanco y negro, un barrio castizo, tres personajes solamente. Con esos mimbres, cargada de ilusión, Andrea Bagney ha conseguido sacar adelante su primera película, y el resultado no puede ser mejor. Porque lo mejor de todo es su desparpajo, su clara pertenencia a los márgenes de la industria. Eso se nota, en ese rodaje en 16 mm., mostrando desde el mismo comienzo, cuando los créditos iniciales, ese Madrid que todos amamos, los que no somos de Madrid. Porque Madrid es una de las ciudades más hermosas que conozco, y sin embargo, no soy de Madrid. Durante un tiempo, me moví por sus calles como se mueve Ramona, que ha llegado del extranjero y quiere empezar de cero, quiere decir, de nuevo (como si esto fuera posible). A sus treintaytantos, quiere lo que mucha gente millennial: la posibilidad de una vivienda, un trabajo estable, un hijo antes de que sea demasiado tarde, fumar mucho, estar siempre delgada.... Pero Ramona está algo perdida, en ese lugar un poco caótico, en donde nadie conoce a nadie, en donde todas las historias son posibles.
Lourdes Hernández
Narrada como si fuese una novela anticuada, hay en ella ecos de comedia de altura, aunque en realidad sea sólo un ensayo, de la verdadera película que está por venir. Ramona, Nico, Bruno. Una mujer, dos hombres, la vieja historia. ¿Qué hay de nuevo, viejo? Pues que estamos en un bar, luego en un banco, más tarde quién lo sabe. Los diálogos son frescos, porque es la vida misma. Igual que ocurría en Antes del atardecer, la película que ella evoca en cierto momento, en donde no se sabe cuándo termina la película y cuándo empieza la vida. ¿Y si la vida no fuera otra cosa que una sucesión de películas, las películas de mi vida? Un día encuentro al hombre de mis sueños, y todo cambia. Porque ese hombre es el príncipe que estaba esperando. Un día mi príncipe vendrá. La princesa es ella, Russian Red. ¿O hay que llamarla Ramona?

Todo circula con suma ligereza, como se mueve un gato. O como se mueve ella, por una ciudad que le pertenece. Hay un encanto inigualable en su mirada. Cuando se mueve, es imposible no moverse con ella. Cuando habla, se te eriza la piel. La película habla de la espera, de cómo los actores, las actrices, están sometidos a ese poder del director, el que los lleva hasta el sueño profundo. Se produce, en ese intercambio de miradas (¿de papeles?) una atracción irrefrenable, que nadie sabe explicar. La aspirante a actriz se coloca frente a los examinadores, hace su papel. Cómo no pensar en Anna Karina. Una mujer es una mujer. Lourdes Hernández, Russian Red: la película es ella. Sin ella, no hay película posible.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Venga, vamos a la boca del lobo. Allí, podemos movernos en libertad, como nos gusta. La de veces que he estado por ahí cerca, en su entrada, y nunca entré. Esos lobos pintados, esa decoración en tonos rojos, esa música en directo, me la perdí, como tantas otras cosas de esta ciudad canalla. Ver a nuestra mujer allí, bailando, en una secuencia casi orgásmica, es algo. Si no has caído rendido antes, lo harás ahora.

Y el final, claro, es un cine. Pero no cualquier cine, sino el Cine Doré. La sede de la Filmoteca Nacional. La de veces que habré estado en esa sala, ahora vacía, vacía solo para la pareja, Nico y Ramona, que parece un sueño. Esa sala 1, azul místico, azul noche, azul de todos los sueños perdidos. O es la infancia, que ya no vuelve. O ese ligero escalofrío, cuando sabes que estás en el templo de los sueños. Ahí, todas las películas; ahí, todas las penas confundidas. Es un cine, y es algo más. Es el lugar al que siempre se vuelve, como se vuelve siempre al amor.
Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor.
Entonces, ella se vuelve, mira a la cámara.
Un día en Nueva York con Woody Allen
MediometrajeDocumental
España2024
6,2
604
Documental, Intervenciones de: Woody Allen, David Trueba
6
24 de febrero de 2024
13 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Con motivo de la retrospectiva Woody Allen en el canal monográfico de Movistar + (dial 15), anoche se estrenó este documental de David Trueba, conocido escritor, guionista y director de cine. Es un buen complemento del ciclo que estamos viendo, ya que en él se repasa la filmografía del director neoyorquino, a la vez que obtenemos valiosas reflexiones sobre el cine y sus alrededores. El documental (de apenas una hora de duración) comienza con un juego de imágenes, casi en paralelo, entre las cinematográficas de Allen y las rodadas ad hoc, en este viaje de Trueba a New York. Y claro, siempre en la mente, la obra maestra absoluta, Annie Hall. Digamos que DT se identifica con el viejo maestro, con esas gafas de pasta y ese aire distraído. Enseguida hice caso del rótulo superior, que me decía que se podía ver en VOSE, y cambié a la versión original con subtítulos, claro. Por favor, vedla en el original, merece la pena escuchar al viejo WA, por fin, en su propia voz.

En esos 52 minutos que dura, o menos, Trueba lleva a Woody a recorrer su filmografía, desde aquellos tiempos juveniles en que era un simple cómico que escribía chistes y los interpretaba en directo (véase su recreación en Annie Hall), hasta los tiempos más actuales, en que hace una peli por año y luego sigue con su vida tranquila, en su querida ciudad. Aunque últimamente se va lejos de NY para rodar, pero bueno. Aunque es poco tiempo, hay un repaso exhaustivo de una carrera prolífica, llena de títulos memorables. Vamos a ver. Lo que aprendemos, en esta primera parte, es la importancia que el montaje tiene en las películas, esto no todo el mundo lo sabe. Allen se apoyó, en esas primeras cintas, desde Toma el dinero y corre hasta Interiores, en la labor del gran Ralph Rosenblum. Con él rodó seis películas, incluida Annie Hall, su obra maestra, como ya hemos dicho. Su sustituta fue Susan E. Morse, que había sido ayudante de montaje en estas seis películas. Como bien señala el entrevistador, a partir de Annie Hall hay un cambio en el cine de WA, que se vuelve más intimista, tal vez más dramático, sin enlazar un chiste con otro, como sucedía en su primera etapa. También me gusta la pregunta por su gusto por el cine europeo.

Luego, hay que destacar a otro de sus colaboradores, de su equipo técnico: Gordon Willis. Él fue su director de fotografía en tres películas sensacionales, sobre todo la primera: Manhattan, Zelig y La rosa púrpura del Cairo. Precisamente a partir de esta última hay otro giro en su carrera, según ve DT, y el maestro está de acuerdo. Como no la he visto (a ver si uno de esos días…), no puedo opinar. Me gusta que DT no esté en plan marujo, preguntando por las equivalencias y paralelismos entre vida y obra (ya sabemos que Allen nunca ha querido hablar de esto, ni siquiera cuando era obvio). En cambio, Trueba le pregunta por la importancia que tiene la magia en sus cintas, algo en lo que no había reparado (no he visto ni la mitad de su filmografía, la verdad). Aparecen secuencias, fragmentos de muchas pelis, que nunca he visto. Allen quiso ser mago, e hizo sus pinitos en su juventud. Así como Fellini estaba loco por el circo, él por la magia, y todo lo que eso conlleva. Se pasa un poco de largo por sus pelis de los años 90. En realidad, ya no se habla más de sus pelis, se pasa a temas más generales, más de opinión. El tiempo es oro, y nuestro hombre tiene ya 88 años, no se lo puede tener ahí dos horas tonteando.

El fin del verano siempre es triste
Aunque entre las mantas pueda hablar de amor
Del cielo beige al cielo gris, oler castañas
Y entre el humo, anhelar el calor



,decía la canción de Danza Invisible. El fin de la entrevista es triste, también. Trueba le pregunta por el futuro del cine, y nuestro hombre dice que no es muy optimista sobre ello. Le gustaría pensar que la cosa va a cambiar, que van a volver las golondrinas, quiero decir, los viejos buenos tiempos…, como cantaba Annie Hall…, pero no. Él quiso hacer películas para que se vieran en un teatro, es decir, uno de esos cines como los que había por todo Estados Unidos, por la Gran Vía de Madrid (ahora, los malditos musicales), por Málaga incluso (querido Victoria, Astoria, Andalucía, Echegaray con ratas y todo, qué tiempos). Esos tiempos ya no volverán, ahora lo que mola es Primark, cada vez más grande. Los tiempos han cambiado. Ahora, por una entrada de cine, es decir, un alquiler de una peli, se reúnen seis o siete en un salón, con la tele de 65’’, ¡o más!, su home cinema o su cutre barra de sonido, y vámonos que nos vamos, Manuel. Pero el cine era otra cosa. Esas emociones compartidas, todos ahí en la sala oscura, eso no se repetirá. Aunque no se nombra a ninguna empresa, ya sabemos de quién es la culpa. Del cha-cha chá, o de la Vihen Zanta, o vete tú a saber. Adiós Manhattan, adiós Annie, adiós a todo eso.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Como en un juego de espejos, buscando la simetría, cerrar el círculo, este hermoso documental acaba con imágenes de Trueba paseando por Nueva York, y ahí sentado en ese banco icónico, junto al río de los sueños, pensando, tal vez, en el fin del mundo, el fin del cine tal y como lo conocíamos ya no existe. Cuando ya no esté Woody, ni Martin, ni Ken, quién nos contará historias, quién.
11 de enero de 2025
10 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
En cartelera, dos películas italianas que están un poco al margen, pero que en realidad parece que van a ser muy populares, en breve: Parthenope, de Paolo Sorrentino, y Queer, de Luca Guadagnino. Después de varios días pensándomelo, al final me decido por la primera, ya que de la segunda he leído malas críticas aquí, en FilmAffinity. Y como ya he visto dos pelis anteriores de Sorrentino (La Gran Belleza, en pantalla grande; y Fue la mano de Dios, en Netflix), y me gustaron mucho, pues al final me decido por la primera.

En el cine, por suerte una sala grande, de las de antes, poco público: cuatro gatos, a media tarde. Pero mejor. Ya se va haciendo raro, estar en la sala oscura, con todo el patio de butacas para disfrutar. Es curioso, llegar a estas alturas del tiempo vital, e ir descubriendo que todo lo que era bueno y “normal”, va desapareciendo. Los periódicos en papel, las cintas de cassette, las cintas VHS, los DVD, los CD, y también el cine en las salas. Y la belleza, la juventud, “que todo lo bueno sea plateado”, que decía la canción de Marina Rossell. Y de eso va esta película luminosa, con el azul intenso del Mediterráneo como protagonista. La gente, la crítica, ha dicho que la protagonista es Nápoles, pero aquí lo que retrata Sorrentino es una ciudad en azul, es el mar, con mayúsculas. Un palacio barroco en decadencia, sobre el mar, y unas cuantas calles, y nada más. Quien vaya buscando más rincones napolitanos, que se despida. La película va sobre la breve juventud, y sobre la Belleza. Aunque la protagonista, que da nombre a la cinta, va cumpliendo años, al director sólo le interesa su imagen de sirena resplandeciente, un bello objeto de deseo, que se pasea por pasillos y calles y barcos y demás paisajes marítimos, como una modelo de Saint Laurent o Versace, ajena a todo lo que sea fealdad o decadencia. “Tal vez fue hermoso ser joven. Pero eso duró poco…”
Celeste Dalla Porta & Gary Oldman
Asisto al despliegue de esta vida, dejándome llevar, como el que navega sobre las olas en un día pleno de verano, pero al final me canso, y hasta me mareo, con tanta postalita, tanta cámara lenta, y tanta Celeste Dalla Porta. Que, vamos a decirlo claro, tampoco es que sea una belleza deslumbrante, como han recalcado todos los críticos. Está claro que Sorrentino, y la directora de fotografía (que hace un trabajo brillante), se han enamorado de una joven actriz, en su primera película, y han sacado de ella todo su esplendor de mujer de 27 años. Quién los tuviera, ahora. Así, no es raro que John Cheever (Gary Oldman, genial en su breve pero sustancioso papel) le diga lo que le dice, alejándose por la calle a oscuras, en su decadencia de hombre arruinado por el alcohol. Ella sigue a la búsqueda de la antropología, pero su papel de mujer a contracorriente, que tiene siempre una respuesta para todo (es una chula, como todas las guapas que la van de sirenas), no es muy creíble. En ningún momento me creo que llegue a profesora, ni que antes sea una alumna brillante, ni que sea diferente al resto. Y me fastidia mucho que esté siempre con el cigarro en la mano, en la boca. En tiempos de no tabaco, qué gusto tienen los cineastas por poner a fumar a sus heroínas. ¿Será el tabaco, y el tabaquismo, un invento del cine?
Celeste Dalla Porta
Al final, queda una sucesión de estampas, muy bonitas, pero muy cargantes. Como leo a un crítico, en Caimán—Cuadernos de cine: “Una indigestión de ego, en definitiva”.
Sorrentino, en su papel de sucesor posmoderno de Fellini, juega con los clichés sobre su querida ciudad, y nos muestra a una serie de personajes estrafalarios, con los que es imposible comulgar: Greta Cool, el mafioso de turno, el obispo durante el milagro de la licuefacción de la sangre de San Genaro, el monstruo escondido… No digo que no sean imágenes importantes, que nos sorprenden y nos dejan a veces con la boca abierta. Pero no hacen más que llamar nuestra atención, si es que no hemos sucumbido al sueño. Porque, si alguien se espera una narración convencional, una especie de historia, va listo. Aquí lo único que hay es un despliegue de imágenes, a veces una sucesión de spots de gran calado, con el azul como protagonista, con el rojo como contrapunto, y cigarro va y viene. Es verdad que hay personajes que nos enganchan momentáneamente, como el hermano Raimondo, o el profesor Marotta (muy bien interpretado por Silvio Orlando). Pero todo eso, esas breves secuencias, esas imágenes brillantes —Raimondo colgado en la barandilla, Parthenope con los dos hombres, las fiestas en Capri, la secuencia surrealista en la catedral de Nápoles— no bastan para salvar una película, que no es más que la exaltación del narcisismo exacerbado de su director, ese manierismo fatal del nuevo siglo. Al final, lo que nos queda es una honda melancolía, esa unión de belleza sui generis de CDP-Parthenope con la banda sonora maravillosa que acompaña las imágenes: Riccardo Cocciante, Gino Paoli, Marino Marini, Frank Sinatra…
29 de enero de 2023
8 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Película en apariencia ligera, que esconde un drama poderoso en su interior. Lo que empieza en forma de comedia de corte teatral, poco a poco se va enredando, y el espectador se mete de lleno en un drama familiar, ese tema tan concurrido. En realidad, lo que tenemos aquí es el retrato magistral de una jovencita de 16 años, que se encuentra, como todos los jóvenes de esa edad, un poco perdida en la vida. Estamos en 1983, además, un tiempo remoto carente de las tecnologías tontas de hoy en día. Es decir, un tiempo natural, de aventuras al aire libre, teléfonos fijos nada más, coches vulgares, y machismo rampante. Todo eso hemos de tenerlo en cuenta, para no juzgar con la óptica actual estas imágenes de hace ya cuarenta años.

Para contar la historia de Suzanne, su devenir sentimental, Maurice Pialat cuenta con una joven actriz, Sandrine Bonnaire, sin cuya naturalidad y fuerza expresiva no es posible llevar adelante semejante empeño. Ella es, casi todo el tiempo, el centro de la imagen, presente en casi todas las secuencias, de un magnetismo tal, que hechiza la pantalla. Se mueve como pez en el agua por todos los caminos, es la presencia ineludible, es la chica mágica de la fiesta, es la que se acuesta con todos. ¿Qué quiere Suzanne?, sentirse libre, despejarse un poco, liberarse de ese agobio, esa atmósfera opresiva que es su casa familiar: un padre tiránico (el propio Pialat), una madre histérica, un hermano pegado a las faldas de la madre y que se cree que la puede proteger a base de guantazos. Lo bueno del director (del guión, en general), es que la historia se cuenta de menos a más intensidad: suave comedia, enredos eróticos, y luego el dramón familiar. Así, cuando llegamos al clímax, ya podemos entender por fin por qué actúa así nuestra heroína, por qué esa promiscuidad.
Sandrine Bonnaire & Maurice Pialat
Podemos hacer muchas interpretaciones, de todo tipo, del comportamiento de Suzanne. Lo que importa aquí, para el espectador medio, es que estamos ante una obra especial, de gran calado, que se agranda cuando ya se acabó, y sigue viviendo en nuestra memoria. Como ya han señalado otras críticas, hay secuencias estupendas, que dejan huella. Tal vez la más honda, de una melancolía fatal, es ésa de S. bajo la lluvia, mientras suena “The Cold Song” de Purcell, con Klaus Nomi. Toda esa parte final, que muestra a las claras, de forma descarnada, el desastre familiar, es excelente, y más si luego sabemos que fue improvisada, en parte. Es esa naturalidad que respira el filme, desde su inicio, lo que le da su grandeza. Cuarenta años después, sigue siendo un testimonio maravilloso sobre las dificultades de hacerse mayor.
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