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Voto de Claudia Andrea Contigli:
8
Voto de Claudia Andrea Contigli:
8
Drama Nina (Natalie Portman), una brillante bailarina que forma parte de una compañía de ballet de Nueva York, vive completamente absorbida por la danza. La presión de su controladora madre (Barbara Hershey), la rivalidad con su compañera Lily (Mila Kunis) y las exigencias del severo director (Vincent Cassel) se irán incrementando a medida que se acerca el día del estreno. Esta tensión provoca en Nina un agotamiento nervioso y una confusión ... [+]
2 de marzo de 2014 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
"DEVORADA"
Cuando el afán de perfección estruja las coordenadas propias de tiempo y espacio, el alma, encadenada a la cotidianeidad, puja por salir de sus tortuosos laberintos, en vuelo soberbio y estridente.
El maestro exige, pero pide deleite y alegría a esa alma pequeña y enfurecida que se posa en la piel de la ballerina. Sabe que puede obtener logros de su joven discípula, quien será capaz de diferenciarse de sus compañeras. Es así que apela al tesón innato de aquélla para marcarle los compases de los días.
"El afuera" es una guirnalda pasajera, que bien se puede dejar echar por las incipientes curvas de un cuerpo frágil y fatigado, cual dédalo de madreselvas perfumadas y enredadoras. No obstante, hay que llegar a tiempo para brillar como Febo, y evitar que las constelaciones de la envidia enceguezcan palcos y plateas. Los aplausos -todos- deben ser para la esmerada artista.
La única verdad es microcósmica.
Las personas son fantasmas. Sus voces se diluyen en la incertidumbre de la ocurrencia fáctica.
Natalie Portman & Vincent Cassel
El primer plano es onírico, porque la ballerina se imagina triunfante, aunque no necesita entrecerrar los ojos para pasar de la vigilia a la ensoñación.
Hay plumas duras, negras, y dolientes por todos lados; salen bruscas y ostentosas, como dardos, desde lo más profundo de una epidermis acostumbrada al yugo y a los desvelos por no perder su estilizada belleza y destreza. Esas plumas son la muestra de que el deseo descontrolado puede conducir a cualquier parte; tal vez, a allí mismo de donde se quiso salir.
Y cuando tanto gramaje negro se hace vaporoso y se entreteje y enrosca en alas que, de tan enormes se aprecian reales, la fascinación del público acompaña la locura de tan descomunal metamorfosis, y la ballerina se siente en la gloria.
Ha conquistado su anhelo. Ahora vuela con alas de cisne ... O, acaso, con tórridos alerones de águila depredadora, lejos de toda inicial candidez y timidez.
Parece que ya nadie puede detenerla, excepto aquellas coordenadas de la vida diaria que nuestra artista hubo osado desafiar.
Bíblico es el precio que se paga por transgresiones de este tipo: la caída empírica, el choque brutal con los límites del mundo cierto, o, como en este caso, el piso áspero del escenario al que siempre debe retornar el artista, aunque de sus venas no brote la misma sangre que brota de las venas de los demás trabajadores.
Como Babel, como Ícaro, la protagonista de nuestro filme termina desmoronándose, casi estampándose contra las tablas.
Ha dado un salto al vacío; a la nada misma a la que quedó arrasada su existencia, después de haberse entregado en cuerpo y alma a su pasión por el baile.
Probablemente, el humilde sostén de la colchoneta de goma espuma que aguardaba su llegada desde lo alto y que iba a contener su lanzamiento, formaba parte de un mundo corriente, vulgar, y mediocre al cual no quería pertenecer.
Me pregunto qué habría pasado si, en el horizonte de esta promesa de la danza clásica, hubiese aparecido el deseo de embellecer con su arte al público; de compartir con él su goce y frenesí. Ceo que, de haber sido así, la obra habría perdido todo interés psicologista y quedado huérfana de cualquier posibilidad de análisis, pues, indudablemente, es la soledad la madre de las más diversas anomalías mentales, las cuales además se nutren del desasosiego que provoca la incomprensión familiar y del entorno más cercano.

No es tarea sencilla -para nadie, siquiera para el que vive dentro de la mayor levedad que su ser le permite- persuadirse de la gran verdad que encierran los versos del poeta Juan Fernando Velasco: “que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo”.-
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