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Emboscada

Drama Alfredo es arquitecto. Susana es psicóloga. Gente educada e idealista. Cincuentañeros de aspecto joven e inteligentes. Viven en Roma, pero pasan sus fines de semana y gran parte de sus veranos en su casa de campo. Un día, mientras conduce hacia al pueblo cercano a su casa de campo, Susana queda conmocionada por la visión de una joven prostituta humillada y golpeada por un hombre al borde de la carretera. En un instante, las vidas de de ... [+]
Críticas 3
Críticas ordenadas por utilidad
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7
13 de febrero de 2012
16 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
Simple y poderosa trama que pone el dedo en la llaga de uno de los problemas más graves de la sociedad actual, la hipocresía. Hipocresía de unas personas que pretenden hacer lo que sus conciencias les dicta pero que no se dan cuenta de que el compromiso y la autenticidad no son una cuestión de momentos sino de compromisos diarios, casi constantes.
Ayudar a alguien consiste en no esperar nada a cambio, ni siquiera el más mínimo agradecimiento, consiste en cuidar las necesidades del otro a pesar de las de uno mismo. En el momento en el que uno espera una contrapartida, un retorno, la acción queda estropeada, anulada por nuestro propio interés.
Una vez más, la pregunta que cabe hacerse en el visionado de la última película de Icíar Bollaín, Katmandú, cabe hacérsela aquí, ¿realmente a quién se pretende ayudar, a quién beneficia todo esto?
La terrible historia de esta producción, al igual que L'ultimo terrestre de Paccinotti, se plantea los problemas de una sociedad en la que los valores no acaban de funcionar, donde los prejuicios de clase acaban pasando factura y convirtiendo la situación en peor de lo que era, profundamente más dramática.
La habilidad de La bella gente es que cualquera se puede ver reflejado en cualquier personaje, que las buenas intenciones no siempre son lo suficiente ni lo necesario. Lo que hace falta es la autenticidad.
Los problemas quizás vengan porque no parece haber ningún personaje que padezca de un algo de humanidad, pero, en el fondo, ¿la realidad sería muy distinta?
Es muy difícil hacer cine en el que el centro de la narración lo ocupa una reflexión moral, muy difícil porque es fácil caer en la parodia, en la moralina y estropear lo que se quería contar. La bella gente consigue mantenerse del lado del buen cine ayudado por un reparto interesante en el que la pareja protagonista consigue los mejores momentos y cuya naturalidad es lo más brillante de la película.
Cine para sentir y pensar, cine que no nos deja escaparnos sin preguntarnos a nosotros mismos qué haríamos en esa misma postura.
Brutal escena final
7
13 de enero de 2015
5 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Interesante y crítica obra. Una historia mínima que se va haciendo grande. Soy idealista y moderna. Trabajo ayudando a gente que lo necesita. Voy a ayudar a una joven prostituta que está todos los días en la carretera y voy a darle asilo en mi casa para que comparta el día a día conmigo, mi marido y con las visitas esporádicas de mi hijo. Pero ¿Y luego? ¿Soy buena gente?
7
15 de diciembre de 2024 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Al final de “La bella gente”, la joven prostituta causante de los ataques de moral del matrimonio protagonista recibe, como una bofetada, otra lección. La escuela de vida de la carretera la ha hecho sabia, pero no invulnerable. Es justo en el arranque de la historia —un cáustico retrato de grupos sociales—, donde se encuentra lo mejor del film. No deja de ser una película de tesis, así que sabemos que los trazos gruesos van a estar ahí, pero el retrato en pocas tomas de la soledad de esta chiquilla en short, inquilina de una silla plegable en un cruce de caminos, es eficaz y sincero: recibe los azotes de su chulo, aguanta a hombres que tras usarla la desprecian y mantiene la hermosa mirada perdida en un infinito que adivinamos inalcanzable. Ver cómo se arranca el esmalte de las uñas mientras es poseída y el vómito posterior, nos conmueve. A partir de ahí, sin perder del todo el rumbo, la disertación resquebraja en parte estas bondades.

En “La bella gente” los burgueses son burgueses de verdad, a pesar de sus ínfulas idealistas, y no van a dejar de serlo. Son una raza. De eso trata la película. De cómo la hipocresía asoma su hocico en cuanto lo planeado se altera y la adopción extraña y soñada de una ramera se convierte en amenaza. Aquí el director no escatima la brocha gorda: ella solo tiene su belleza y el distanciamiento hacia su propio cuerpo, una herramienta para sobrevivir; ellos disponen de una preciosa casa realzada por una piscina que simboliza la idea de riqueza que todos nosotros, también burgueses, ambicionamos. No faltan los amigos prestos a comentar la situación, a juzgarla y tomar partido. En un apunte bastante convencional, lo maridos encarnan el sentido práctico y enjuician las formas femeninas de la desdichada chiquilla; mientras, sus mujeres abordan la situación con chismes y diretes. El poso político comienza a licuarse, camino ya de un costumbrismo inane. Mujeres maduras en busca de una hija nueva y perfecta a la que asear, reeducar, vestir y amar.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
De acuerdo, no deja de ser un filme bienintencionado, a ratos valiente, pero faltan detalles de puesta en escena que trasciendan lo burdo del mensaje. Que en el desenlace la mujer progresista actúe como una suegra de manual, chirría. Proteger a su cachorro de la advenediza de una manera tan grotesca, termina por rebajar el mensaje. Un garrafón etílico que empaña lo cinematográfico. Quedan imágenes sueltas, como esa toma en la que el rímel de la furcia ensucia el agua de su primer baño decente en mucho tiempo. También el gesto final de pintarse los labios en el andén de la estación y volver a ser ella misma: una desdichada hija de la calle, de la inmigración ilegal, del desamparo y de esta sociedad que cierra su puerta, en un plano desolador, a todo lo que le es ajeno. Las clases son insalvables, estancas. No hay otra conclusión. Nadie es inmune al miedo, a la pérdida del bienestar, y tiene que ser el espectador quien reparta culpas y plegarias para intentar cambiarlo.
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