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Voto de Néstor Juez:
6
Musical. Romance. Drama. Comedia Basado en el musical de Broadway, sigue a un grupo de vecinos del barrio Washington Heights, en Nueva York. El principal es Usnavi (Anthony Ramos), el simpático dueño de una bodega, criado por su abuela, que sueña con volver algún día a su República Dominicana de origen; la abuela Claudia, que desempeña el rol de abuela para muchos de los vecinos del barrio; Vanessa, de quien Usnavi está perdidamente enamorado; y Nina, una vieja amiga ... [+]
17 de junio de 2021
1 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las señales son inequívocas: la vida de las salas de cine vuelven a un estado que se asemeja cada vez más a la normalidad en que se encontraban antes de la pandemia. Las cifras crecen de manera exponencial y los títulos de reclamo comercial desembarcan con convicción alentados ante un factible escenario de verano provechoso. Ante estas previsiones optimistas, por fin llega el momento de descubrir los grandes títulos llamados a reencontrar al gran público con las salas, y de que se estrenen por fin aquellos títulos de relieve que han permanecido muchos meses en nevera. Trabajos que han preferido aguardar, convencidos de su potente reclamo comercial. Hoy venimos a diseccionar uno de ellos, un musical que hubiera jugado un rol predominante en los pasados Premios Óscar: En un barrio de Nueva York, adaptación al cine del musical de Broadway de Lin-Manuel Miranda In the heights. Trabajo del que se venían diciendo grandes cosas y que, a horas de su estreno, acumula entre los medios un aplauso unísono que contribuye a la elevada expectación creada. Tras días de reposo y reflexión analítica, no creo ni mucho menos que nos hallemos ante una gran película, pero sí ante un largometraje de claro interés. Un ejercicio de suma eficiencia técnica y resultados virtuosos en términos de musical, pero con un relato lastrado de esquematismos y vicios melifluos.

Desde los primeros compases del filme sorprende y fascina su medido pero cuantioso torrente de energía, su poderoso espíritu lúdico que acompaña al espectador durante la totalidad del metraje. Y ante todo, un sorprendente sentido del ritmo, que transpira desde un inicio portentoso en el que de la urbe emanan todo tipo de músicas a través de sonidos cotidianos. Un trabajo vitalista y motivacional, que hace las veces de homenaje a la comunidad latinoamericana de Nueva York y reivindica con convicción el concepto de encontrar la propia esencia, dar respuesta al propio relato y encontrar el lugar en el mundo que te ofrezca el sentimiento de pertenencia. Orbitando alrededor de estos coordenadas, Jon M. Chu se exhibe detrás de la cámara. Una realización dinámica y elegante de tomas aéreas, planos generales y seguimientos cercanos, en la que las angulaciones de grúa permiten apreciar en toda su dimensión los extensos grupos de bailarines sincronizados sobre amplias porciones de espacio. El filme sienta cátedra en coreografías urbanas y secuencias de integración de narración con Hip-Hop de larga duración con muchos integrantes. El espectador abandonará la sala con un puñado de números para el recuerdo, la mayoría ubicados durante la primera hora del metraje. Es innegable que la pericia de su ejecución y la sofisticación de su aparato audiovisual son motivos suficientes para acudir a la sala de cine. Y en términos sociales es innegable que hablamos de una cinta importante en lo que a representación de etnias y minorías se refiere, por lo que los adalides de la corrección política tendrán mayor motivo de regocijo. Resulta inevitable que sea cínico, pero sería iluso negar que hablamos de un trabajo muy eficaz e indicado para ver en familia o con amigos o pareja, especialmente conveniente para estos tiempos estivales (no en vano, el calor es un tema recurrente del argumento).

Cómo resulta inevitable en todo producto dirigido a un público mayoritario, el filme no puede evitar tomarse en serio a si mismo, ignorar la autoconsciencia y prohibirse abrazar plenamente el riesgo. Tiene aspiraciones dramáticas, y es ahí donde más obvio se muestra. En su faceta más emocional es cuando el no sabe esconder su faceta más corporativa y formulaica, su determinación más impersonal. Vuelven, de nuevo, los tonos blandos, melifluos y maniqueos que tan bien reciben grandes sectores de la audiencia y que tanto contrarian al crítico que escribe estas líneas. El esqueleto dramático es simple y predecible, y los consabidos momentos de confrontación, cambios o conflictos se ejecutan con la desidia propia de los estereotipos argumentales ya vistos miles de veces y despojados de toda naturalidad, así como de frescura genuina. Es por esto que el filme va de más a menos en un metraje que sin duda podría haber sido reducido. Allí donde la propuesta brilla cada vez que entra la música, pierde su encanto fílmico cada vez que se entromete un diálogo o una escena dramática que avance la trama.

Nos encontramos ante el título estival perfecto, que nos invita a desconectar, disfrutar de los cuerpos al son del compás y a ser deslumbrados por el oficio de sus responsables. Pero no se lleven a engaño, tampoco se encontrarán en salas el musical definitivo que les cambiará la vida.
Néstor Juez
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