El mensajero
1971 

7,2
2.461
Drama. Romance
Inglaterra, principios del siglo XX. Los señores Maudsley, de la alta sociedad inglesa, han invitado a Leo, un compañero de clase de su hijo a pasar unos días de vacaciones con ellos. El recién llegado será utilizado por la hermana de su amigo para enviar cartas a su amante. (FILMAFFINITY)
30 de julio de 2009
30 de julio de 2009
33 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tercera y última colaboración del realizador Joseph Losey (1909-84) con el dramaturgo y guionista Harold Pinter. El guión adapta la novela “The Go-Between” (1954), de Leslie P. Hartley (1895-1972). Se rueda en escenarios exteriores y naturales de Hedon (iglesia y escenas de ciudad), Thornage (juego de cricket), Melton Constable Hall (como Brandham Hall), Norwich y paisajes abiertos (Norfolk) y en los platós de Elstree Studios (Barehamwood, Inglaterra). Gana la Palma de oro de Cannes. Producido por John Heyman y Denis Johnson para EMI Films, John Heyman Productions y Columbia, se estrena en diciembre de 1970 (RU).
La acción dramática tiene lugar en el verano de uno de los primeros años de la década de 1900-09, durante varias semanas, en la mansión de campo Brandham Hall (Norwich, Norfolk). El joven Léo Colston (Guard), de 13 años, compañero de colegio de Marcus Maudsley (Gibson), de familia modesta y huérfano de padre, es invitado a pasar unas semanas de vacaciones con la familia. Pronto siente adoración por Marian (Christie), hermana de Marcus, de veinte y pocos años, con la que habla con frecuencia. Se convierte, sin pretenderlo, en mensajero de Hugh Trimingham (Fox), novio de Marian, y ésta. Más tarde hace las veces de mensajero entre Marian y Ted Burgess (Bates), que tiene arrendada la Black Farm al padre de Marian. Léo es ingenuo, manejable y listo. No sabe nada de sexo, pero siente curiosidad por el tema y desea informarse. Su preguntas directas obtienen respuestas evasivas, tanto de Ted como de Hugh. Marian es atractiva, guapa, simpática y apasionada. También es egoísta, autoritaria, impositiva y clasista. Cuando le conviene, presiona al chico abusando ostensiblemente de su superioridad.
El film suma drama, romance y crítica social. El guión sigue con relativa fidelidad la novela, describe con eficacia la sociedad aristocrática inglesa de la época eduardiana, explora sus costumbres, ideales, debilidades, intereses y decadencia, recrea el ambiente aristocrático con la ayuda de un vestuario magnífico, unos decorados espléndidos y unas interpretaciones de gran nivel. La narración se desarrolla siguiendo los recuerdos de un niño que ve las cosas con superficialidad y que no entra en el análisis de las interrelaciones de las variables que ve, pero no entiende por razones de edad y por su condición de persona ajena a la familia protagonista. Los recuerdos se evocan unos 70 años después de que ocurrieran los hechos. El que los rememora es un Léo (Redgrave), de 82 años, que contempla el pasado sin emociones y desde la lejanía que impone el paso del tiempo.
(Sigue sin “spoilers”)
La acción dramática tiene lugar en el verano de uno de los primeros años de la década de 1900-09, durante varias semanas, en la mansión de campo Brandham Hall (Norwich, Norfolk). El joven Léo Colston (Guard), de 13 años, compañero de colegio de Marcus Maudsley (Gibson), de familia modesta y huérfano de padre, es invitado a pasar unas semanas de vacaciones con la familia. Pronto siente adoración por Marian (Christie), hermana de Marcus, de veinte y pocos años, con la que habla con frecuencia. Se convierte, sin pretenderlo, en mensajero de Hugh Trimingham (Fox), novio de Marian, y ésta. Más tarde hace las veces de mensajero entre Marian y Ted Burgess (Bates), que tiene arrendada la Black Farm al padre de Marian. Léo es ingenuo, manejable y listo. No sabe nada de sexo, pero siente curiosidad por el tema y desea informarse. Su preguntas directas obtienen respuestas evasivas, tanto de Ted como de Hugh. Marian es atractiva, guapa, simpática y apasionada. También es egoísta, autoritaria, impositiva y clasista. Cuando le conviene, presiona al chico abusando ostensiblemente de su superioridad.
El film suma drama, romance y crítica social. El guión sigue con relativa fidelidad la novela, describe con eficacia la sociedad aristocrática inglesa de la época eduardiana, explora sus costumbres, ideales, debilidades, intereses y decadencia, recrea el ambiente aristocrático con la ayuda de un vestuario magnífico, unos decorados espléndidos y unas interpretaciones de gran nivel. La narración se desarrolla siguiendo los recuerdos de un niño que ve las cosas con superficialidad y que no entra en el análisis de las interrelaciones de las variables que ve, pero no entiende por razones de edad y por su condición de persona ajena a la familia protagonista. Los recuerdos se evocan unos 70 años después de que ocurrieran los hechos. El que los rememora es un Léo (Redgrave), de 82 años, que contempla el pasado sin emociones y desde la lejanía que impone el paso del tiempo.
(Sigue sin “spoilers”)
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El film denuncia las diferencias de clase, el puritanismo y la hipocresía de las clases altas, sus abusos de poder, las conexiones entre religión y poder, las conductas castradoras que destruyen las relaciones amorosas espontáneas y sinceras, el sometimiento de los jóvenes a las normas convencionales. Esboza una reflexión sobre la memoria y sus funciones de conexión del presente y el pasado. Presenta el caso de una interrupción abrupta de la inocencia de un adolescente, tema que se convierte en el central del relato y sobre el que se concentra gran parte del impacto dramático del film. La reaparición de Léo, 70 años después, convertido en un aciano silencioso, perplejo, amable, soltero, solitario, capaz de escuchar, recordar y aconsejar, pero incapaz de intervenir para cambiar una realidad que, pese a todo, sigue arraigada con fuerza. El contraste entre el ayer y el hoy de algunos personajes resulta desolador. Pocas cosas han cambiado de verdad. En ello se apoya uno de los elementos más sólidos del drama.
Joseph Losey gozó en su momento de gran prestigio. Su condición de exiliado de EEUU a causa de la “caza de brujas” del senador McCarthy le rodeó de una cierta aureola, que con el tiempo se ha desvanecido. En la actualidad Losey es denostado como cineasta limitado, poco consistente y superficial. En nuestra opinión, injustamente. Su trabajo en “El mensajero” demuestra pericia, capacidad de presentación del contexto general de los problemas que apunta y una adecuada focalización en un tema principal que no se desvela hasta el final. A través de sus indicaciones, sugerencias, sutilezas y sobreentendidos, nos dice que el pasado pesa más de lo que se cree en general, que la traumática pérdida de la inocencia de Léo ha tenido sus consecuencias y que la renuncia al amor verdadero de Marian también las ha tenido y que unas y otras siguen pesando y provocando dolor y amargura.
La banda sonora, de Michel Legrand (“Las señoritas de Rochefort”, Demy, 1967), aporta una partitura de temas melancólicos, vibrantes y ligeramente inarmónicos, interpretados elegantemente al piano. Añade dos canciones ajenas, una a cargo de Ted (“Take Pair of Sparkling Eyes”) y otra de Léo. La fotografia, de Gerry Fisher (“Accidente”, Losey, 1967), en color, se complace en mostrar la belleza de la campiña inglesa, la variedad de su flora y fauna, la placidez de los remansos del río y la violencia oculta que se disimula tras estos elementos (encuentro de la familia Maudsley y Ted Burgess junto al río). Algunas escenas destilan veneno, como la de la oración matinal que reúne antes del desayuno a la familia y al personal de servicio uniformado.
Bibliografía
José Francisco MONTERO, “El mensajero”, Miradas de cine, nº 74, mayo 2008.
Joseph Losey gozó en su momento de gran prestigio. Su condición de exiliado de EEUU a causa de la “caza de brujas” del senador McCarthy le rodeó de una cierta aureola, que con el tiempo se ha desvanecido. En la actualidad Losey es denostado como cineasta limitado, poco consistente y superficial. En nuestra opinión, injustamente. Su trabajo en “El mensajero” demuestra pericia, capacidad de presentación del contexto general de los problemas que apunta y una adecuada focalización en un tema principal que no se desvela hasta el final. A través de sus indicaciones, sugerencias, sutilezas y sobreentendidos, nos dice que el pasado pesa más de lo que se cree en general, que la traumática pérdida de la inocencia de Léo ha tenido sus consecuencias y que la renuncia al amor verdadero de Marian también las ha tenido y que unas y otras siguen pesando y provocando dolor y amargura.
La banda sonora, de Michel Legrand (“Las señoritas de Rochefort”, Demy, 1967), aporta una partitura de temas melancólicos, vibrantes y ligeramente inarmónicos, interpretados elegantemente al piano. Añade dos canciones ajenas, una a cargo de Ted (“Take Pair of Sparkling Eyes”) y otra de Léo. La fotografia, de Gerry Fisher (“Accidente”, Losey, 1967), en color, se complace en mostrar la belleza de la campiña inglesa, la variedad de su flora y fauna, la placidez de los remansos del río y la violencia oculta que se disimula tras estos elementos (encuentro de la familia Maudsley y Ted Burgess junto al río). Algunas escenas destilan veneno, como la de la oración matinal que reúne antes del desayuno a la familia y al personal de servicio uniformado.
Bibliografía
José Francisco MONTERO, “El mensajero”, Miradas de cine, nº 74, mayo 2008.
26 de junio de 2010
26 de junio de 2010
25 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil
Excelente obra del emigrante forzoso Joseph Losey, que alcanza aquí su mejor nivel, abordando una historia acerca del fin de la inocencia infantíl, el clasismo de la Inglaterra eduardiana y los complejos mecanismos de la memoria.
El interés del argumento, sus múltiples lecturas, resultado de la brillantez del guión de Pinter, la excepcional fotografía (que aporta una luminosidad bellísima) y la perfecta adecuación de las localizaciones y el vestuario bastarían para certificar la excelencia del filme. Si a ello añadimos las magníficas interpretaciones, tanto de los actores principales como de los secundarios, no haremos sino abundar en tal impresión. Sin embargo, existe otra razón que pesa enormemente en la admiración que me provoca la película, y es la estructura narrativa, original y brillante.
Cuando comienza el filme, y aparecen los títulos, vemos de fondo un cristal mojado por la lluvia, que deja entrever una luz mortecina, propia de un día lluvioso y oscuro; no obstante, esa luz va aclarándose, ganando en intensidad, y da paso a un plano general en el que se ve la casa solariega en un día radiante de verano mientras la voz en off del protagonista inicia la narración, que ya es recuerdo. Cuando unos quince minutos después, narrada ya la llegada a la casa y presentados los personajes, se rompe la continuidad narrativa para mostrar a un hombre parado junto a un coche a la entrada de una casa, en un atardecer lluvioso y oscuro, el espectador se da cuenta de que este plano es la continuación lógica del inicial, que el cristal mojado era la ventanilla del coche, y que la luz creciente que se filtraba a través del mismo no era sino la luz de una memoria recuperada, de un recuerdo revivido. Esto es pura magia, talento verdadero, más aún cuando constatamos que la justificación de esta estructura tiene un motivo, y que el mismo es consecuente con lo que se narra acerca de la historia pasada.
Esta aguda y compleja forma de abordar la narración es un ejemplo de la cuidada planificación que aplicaba Losey a sus obras más inspiradas, en las que brilla su realización elegante, con planos muy bien compuestos y una acertada elección de los puntos de vista y de los ángulos. En el presente caso tales virtudes se ven realzadas por la ya anteriormente elogiada fotografía, a cargo de Gerry Fisher. En definitiva, una hermosa película, de obligada visión.
El interés del argumento, sus múltiples lecturas, resultado de la brillantez del guión de Pinter, la excepcional fotografía (que aporta una luminosidad bellísima) y la perfecta adecuación de las localizaciones y el vestuario bastarían para certificar la excelencia del filme. Si a ello añadimos las magníficas interpretaciones, tanto de los actores principales como de los secundarios, no haremos sino abundar en tal impresión. Sin embargo, existe otra razón que pesa enormemente en la admiración que me provoca la película, y es la estructura narrativa, original y brillante.
Cuando comienza el filme, y aparecen los títulos, vemos de fondo un cristal mojado por la lluvia, que deja entrever una luz mortecina, propia de un día lluvioso y oscuro; no obstante, esa luz va aclarándose, ganando en intensidad, y da paso a un plano general en el que se ve la casa solariega en un día radiante de verano mientras la voz en off del protagonista inicia la narración, que ya es recuerdo. Cuando unos quince minutos después, narrada ya la llegada a la casa y presentados los personajes, se rompe la continuidad narrativa para mostrar a un hombre parado junto a un coche a la entrada de una casa, en un atardecer lluvioso y oscuro, el espectador se da cuenta de que este plano es la continuación lógica del inicial, que el cristal mojado era la ventanilla del coche, y que la luz creciente que se filtraba a través del mismo no era sino la luz de una memoria recuperada, de un recuerdo revivido. Esto es pura magia, talento verdadero, más aún cuando constatamos que la justificación de esta estructura tiene un motivo, y que el mismo es consecuente con lo que se narra acerca de la historia pasada.
Esta aguda y compleja forma de abordar la narración es un ejemplo de la cuidada planificación que aplicaba Losey a sus obras más inspiradas, en las que brilla su realización elegante, con planos muy bien compuestos y una acertada elección de los puntos de vista y de los ángulos. En el presente caso tales virtudes se ven realzadas por la ya anteriormente elogiada fotografía, a cargo de Gerry Fisher. En definitiva, una hermosa película, de obligada visión.
20 de septiembre de 2011
20 de septiembre de 2011
14 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
"Qué es el galanteo? Hay algo más que los besos, no? Tiene que haberlo". Éstas y otras preguntas por el estilo son las que se plantea el niño protagonista de esta película ambientada en los inicios del siglo XX. Unas preguntas que hoy en día nos suenan a chino porque no existe un solo niño de 13 años, que es la edad del chaval éste, que llame galanteo a lo que es el mero follar y que no sepa con pelos y señales qué hay después de los besos.
Es lo que tienen estas historias de época situadas en la vieja Inglaterrra, con sus trajes maravillosos, sus señoras con sombreros inmensos y sombrilla, sus cuartos de fumar para los caballeros, sus partidos de criquet, sus cenas de etiqueta, sus fantásticos palacios y ese formalismo social y moral que oculta a menudo intensas y secretas pasiones. Son historias que suenan a otro mundo, ni siquiera a otra época, sino a cosa de extraterrestres. Esos niños preguntando cosas como si hay algo más después de los besos han existido alguna vez?
La peli es preciosista, muy cuidada en todos sus detalles; la fotografía maravillosa, el vestuario y la ambientación impecables y los diálogos buenísimos. La escena del partído de criquet con su posterior fiesta es para pasar a la antología del cine de época, una auténtica hermosura. Y las interpretaciones de la etérea Julie Christie, de ese enorrrme Sir Alan Bates, qué ojos, qué presencia, qué apostura, diossss, qué hombre.... Por no hablar de la grandísima Margaret Leighton, que fue muy justamente nominada al Oscar por este papel. Sólo chirría un poco la música de Michel Legrand, que más parece ideada para un spaguetti Western que para un drama clásico. En general, muy recomendable.
Es lo que tienen estas historias de época situadas en la vieja Inglaterrra, con sus trajes maravillosos, sus señoras con sombreros inmensos y sombrilla, sus cuartos de fumar para los caballeros, sus partidos de criquet, sus cenas de etiqueta, sus fantásticos palacios y ese formalismo social y moral que oculta a menudo intensas y secretas pasiones. Son historias que suenan a otro mundo, ni siquiera a otra época, sino a cosa de extraterrestres. Esos niños preguntando cosas como si hay algo más después de los besos han existido alguna vez?
La peli es preciosista, muy cuidada en todos sus detalles; la fotografía maravillosa, el vestuario y la ambientación impecables y los diálogos buenísimos. La escena del partído de criquet con su posterior fiesta es para pasar a la antología del cine de época, una auténtica hermosura. Y las interpretaciones de la etérea Julie Christie, de ese enorrrme Sir Alan Bates, qué ojos, qué presencia, qué apostura, diossss, qué hombre.... Por no hablar de la grandísima Margaret Leighton, que fue muy justamente nominada al Oscar por este papel. Sólo chirría un poco la música de Michel Legrand, que más parece ideada para un spaguetti Western que para un drama clásico. En general, muy recomendable.
30 de marzo de 2010
30 de marzo de 2010
10 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
111/35(27/03/10) Joseph Losey nos ofrece uno de su mejores trabajos, una hermosa y aguda crítica a la decadente aristocracia británica de principios de Siglo XX, mezclado con el despertar de la inocencia de un adolescente. Fue el tercer trabajo y último del guionista Harold Pinter con Losey, después de ‘El sirviente’ y ‘Accidente’, en todos ellas el tema recurrente es la feroz diatriba a la alta sociedad, donde Pinter refleja sus izquierdistas ideas en la eterna lucha entre los diferentes estratos sociales, esta no es una excepción donde se ataca con sutileza a la hipocresía de la burguesía adinerada. El argumento gira en torno a un inocente joven de unos trece años, Leo (excelente Dominic Guard), a principio de la década de 1.900, va a pasar un verano con un rico compañero de colegio, Marcus Maudsley (Richard Gibson), a la mansión familiar de los Maudsley, Brandham Hall. Allí conoce a la hermana de Marcus, Marian (bellísima Julie Christie) de veintitantos años, por la que se siente atraído, por casualidad se convierte en mensajero entre ella y su amante secreto, Ted Burgess (carismático Alan Bates), agricultor que tiene arrendada una granja vecina a los Maudsley. Se establece entre los tres una relación a tres bandas donde Leo se empieza a cuestionar el porqué de algunas cosas, se hace las típicas preguntas del despertar de la inocencia, los picores afloran y sufre por no saber. La historia posee una puesta en escena deliciosa, evocando imágenes de gran lirismo, con una maravillosa recreación de un tiempo que languidece, donde la fotografía de Gerry Fisher recuerda a idílicos cuadros de la época, un espléndido trabajo, así como su placentera música del gran Michel Legrand, que ayuda que su ritmo no resulte lento si no contemplativo y melancólico. Alan Bates borda su papel, derrocha personalidad y magnetismo, con un poderoso porte que maneja de forma magnífica, así como Julie Christie de la que es difícil no enamorarse, está adorable, y de una preciosidad sublime. El muchacho, Dominic Guard compone un rol sensacional, sin caer en el histrionismo, utiliza el lenguaje corporal de modo perfecto. Recomendable film a todos los que gusten de buenos melodramas. Fuerza y honor!!!
25 de noviembre de 2011
25 de noviembre de 2011
15 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hace años leí el libro y no me pareció especialmente bueno (ni malo). Acabo de ver la película y opino exactamente igual. En ambos casos se trata de enfocar el viejo tema de una relación amorosa no permitida (entre una muchacha de la alta sociedad y un granjero) pero visto a través de los inocentes ojos de un niño de origen modesto que sirve a la pareja de correo. Tal vez para huir del melodramatismo y mojigatería de años anteriores, en los 70/80 había una tendencia a enfocar las historias desde puntos de vista no tan clásicos (los ojos de un niño, por ejemplo) y con lo que supongo juzgarían entonces como realismo, pero que a mi me parece frialdad y falta de sustancia. Esta es una de esas películas que, vistas hace años, me gustaban, pero que no ha aguantado el paso del tiempo. Me cansan tanto los filmes folletinescos desarrollados a base de clichés, que tratan a los espectadores como niños a los que hay que explicárselo todo con todo lujo de detalles (y aleccionarlos moralmente, de paso), como los fríos y desapegados y con un montón de elipsis, que eluden explicar las motivaciones internas de los personajes y se limitan a filmar "momentos" y "cosas que pasan" desde fuera, suponiendo que el espectador es muy adulto y rellenará los huecos que faltan. Ya he visto muchas veces el tema de los amantes de distinta clase social que no pueden casarse, ¿esta película aporta algo de luz al desarrollo psicológico de los personajes y el conflicto entre todos ellos? No; planteado el cliché, lo desarrolla igual que los folletines (sin mirar hacia "adentro") pero parece que no lo es gracias a su ritmo frío, lento, plano y sin acciones grandilocuentes en plan tragedia griega a las que nos tienen acostumbrados muchos dramas amorosos clásicos. Distintos caminos para llegar al mismo sitio, una historia manida, a pesar de los ojos del niño, y que desde el primer momento sabes cómo va a acabar, igual que siempre, con lo cual, para ver una historia clásica que no se sale del carril, prefiero el viejo enfoque, es menos engañoso e igual de aburrido por exceso como esta peli lo es por defecto.
Por cierto, la música es estridente y entra demasiado y a destiempo, con un tono de suspense absurdo que no pega nada con las escenas.
Por cierto, la música es estridente y entra demasiado y a destiempo, con un tono de suspense absurdo que no pega nada con las escenas.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Cuando se rueda con estilo "realista", ¿por qué no se huye de los finales melodramáticos que echan todo por tierra? Tanto esfuerzo por dotar de realidad "a pie de calle" al ambiente, la historia y los personajes... para que luego acabe todo como siempre: la señorita "mancillada" se casa con uno de su clase social y el amante/granjero se pega un tiro (?). ¿Por que tiene que acabar así? En un folletín es comprensible porque se trataba de dar una lección moral al que lo leía (e incluso la censura obligaba a la muerte del personaje transgresor en "justo castigo" por sus maldades; de otro modo a veces no se podía publicar), pero... ¿en los años 70 es creible este final, que obliga al suicidio de un hombre sano mental y físicamente, por un revés amoroso? A mi modo de ver, absolutamente no: es forzado, como en cualquier melodrama, y no aporta nada. Ya sé que el libro acaba como acaba, pero, por ejemplo, el final de "Valmont" se desentendió completamente del final de la novela ("las amistades peligrosas") que tenía un tufo rancio/moralizante que desmerecía completamente el desarrollo de la trama, impuesto claramente por unas razones de censura que, en estos momentos, es absurdo mantener. Es una pena que esta película no hubiera planteado una salida más realista al conflicto.
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