Hamnet
7,3
15.532
24 de enero de 2026
24 de enero de 2026
234 de 281 usuarios han encontrado esta crítica útil
No he leído la novela en la que se basa Hamnet, así que mi valoración de la película de Chloé Zhao es completamente independiente. De hecho, evité conscientemente el libro porque el tema —el duelo por la muerte de un hijo— me resulta demasiado duro. Yo leo para evadirme y disfrutar, no para sufrir más de lo que ya se sufre en la vida. Aun así, una película es “solo un rato”, y la combinación de directora y propuesta visual terminó llevándome al cine.
En mi percepción, Hamnet se articula en tres partes. La primera nos muestra el encuentro, enamoramiento y vida en común de Agnes y William, hasta el embarazo. Es, con diferencia, una de las partes más bellas de la película: la fotografía es exquisita, la composición de los planos está cuidada al milímetro y Zhao vuelve a demostrar su enorme sensibilidad para filmar la naturaleza, los cuerpos y los silencios. Es una primera parte delicada, luminosa y profundamente sensorial.
La segunda parte comienza con el parto de los gemelos y se extiende hasta la llegada de Agnes a Londres. Y aquí es donde la película, para mí, se descarrila emocionalmente. No porque el tema no sea legítimo, sino por cómo se aborda. Esta sección me resultó auténtica pornografía emocional: una recreación insistente y casi morbosa del dolor físico, de la enfermedad, de la muerte y del duelo. El sufrimiento se muestra sin descanso, sin respiración posible, con primeros planos constantes de Agnes llorando, gritando, mirando al vacío. No me resultó conmovedor ni triste: me resultó incómodo, desagradable y agotador. No quería llorar; quería salir del cine.
En mi percepción, Hamnet se articula en tres partes. La primera nos muestra el encuentro, enamoramiento y vida en común de Agnes y William, hasta el embarazo. Es, con diferencia, una de las partes más bellas de la película: la fotografía es exquisita, la composición de los planos está cuidada al milímetro y Zhao vuelve a demostrar su enorme sensibilidad para filmar la naturaleza, los cuerpos y los silencios. Es una primera parte delicada, luminosa y profundamente sensorial.
La segunda parte comienza con el parto de los gemelos y se extiende hasta la llegada de Agnes a Londres. Y aquí es donde la película, para mí, se descarrila emocionalmente. No porque el tema no sea legítimo, sino por cómo se aborda. Esta sección me resultó auténtica pornografía emocional: una recreación insistente y casi morbosa del dolor físico, de la enfermedad, de la muerte y del duelo. El sufrimiento se muestra sin descanso, sin respiración posible, con primeros planos constantes de Agnes llorando, gritando, mirando al vacío. No me resultó conmovedor ni triste: me resultó incómodo, desagradable y agotador. No quería llorar; quería salir del cine.

Entiendo que es una decisión artística deliberada, probablemente pensada para que el impacto del final sea mayor. Pero en mi caso, esa acumulación de sufrimiento no me acercó más al dolor del personaje, sino que me expulsó emocionalmente de la historia. Es un tipo de cine que no conecta conmigo.
La tercera y última parte, ya en Londres, vuelve a reconciliarme con la película. Aquí Hamnet recupera la contención y, sobre todo, el mensaje que más resuena conmigo: el poder del arte como vía de entendimiento, comunicación y, sobre todo, sanación. Ese cierre es profundamente hermoso y coherente, y dota de sentido a todo lo anterior. Lástima que ese mensaje llegue tras un tramo central tan excesivo.
Las interpretaciones son magníficas en todo momento, y el trabajo visual de Zhao es incuestionable. Sin embargo, no puedo evitar sentir cierta frustración por el uso de "On the Nature of Daylight" de Max Richter, una pieza bellísima pero ya tan utilizada hasta la saciedad que parece funcionar como una orden emocional: “ahora llora”. En mi caso, ese recurso ya ha perdido buena parte de su impacto.
La tercera y última parte, ya en Londres, vuelve a reconciliarme con la película. Aquí Hamnet recupera la contención y, sobre todo, el mensaje que más resuena conmigo: el poder del arte como vía de entendimiento, comunicación y, sobre todo, sanación. Ese cierre es profundamente hermoso y coherente, y dota de sentido a todo lo anterior. Lástima que ese mensaje llegue tras un tramo central tan excesivo.
Las interpretaciones son magníficas en todo momento, y el trabajo visual de Zhao es incuestionable. Sin embargo, no puedo evitar sentir cierta frustración por el uso de "On the Nature of Daylight" de Max Richter, una pieza bellísima pero ya tan utilizada hasta la saciedad que parece funcionar como una orden emocional: “ahora llora”. En mi caso, ese recurso ya ha perdido buena parte de su impacto.

Jessie Buckley
En definitiva, Hamnet es una película hermosa en su forma y poderosa en su mensaje final, pero profundamente irregular en su recorrido emocional. Admirable por momentos, insoportable por otros. Una experiencia que respeto más de lo que disfruto.
23 de enero de 2026
23 de enero de 2026
200 de 266 usuarios han encontrado esta crítica útil
(9'5/10)
La experiencia humana ha encontrado en el arte un espacio donde procesar aquello que resulta difícil de nombrar, ya sea la pérdida, el amor, o la necesidad de dotar de sentido al dolor. Chloé Zhao va más allá de la narración de hechos concretos; esta obra se aproxima a la vida desde lo emocional, entendiendo que hay vivencias que solo pueden ser transitadas, no explicadas. Hamnet (2025) logra inscribirse en esa tradición, utilizando el séptimo arte como vehículo para acompañar los pasajes más frágiles de la existencia.
El relato adapta la historia de amor y desgracia de dos figuras tan opuestas como complementarias. Agnes es un personaje vinculado a la naturaleza, primitivo en su forma de entender el mundo, guiado por una conexión espiritual con su madre que la conecta con todo lo que la rodea. Frente a ella, Shakespeare se presenta de una forma más terrenal, racional y capaz de comprender el universo interno de su mujer, pero negado en el arte de verbalizar lo que siente. En él vive el miedo a la irrelevancia, a sucumbir a la nimiedad más absoluta.
La experiencia humana ha encontrado en el arte un espacio donde procesar aquello que resulta difícil de nombrar, ya sea la pérdida, el amor, o la necesidad de dotar de sentido al dolor. Chloé Zhao va más allá de la narración de hechos concretos; esta obra se aproxima a la vida desde lo emocional, entendiendo que hay vivencias que solo pueden ser transitadas, no explicadas. Hamnet (2025) logra inscribirse en esa tradición, utilizando el séptimo arte como vehículo para acompañar los pasajes más frágiles de la existencia.
El relato adapta la historia de amor y desgracia de dos figuras tan opuestas como complementarias. Agnes es un personaje vinculado a la naturaleza, primitivo en su forma de entender el mundo, guiado por una conexión espiritual con su madre que la conecta con todo lo que la rodea. Frente a ella, Shakespeare se presenta de una forma más terrenal, racional y capaz de comprender el universo interno de su mujer, pero negado en el arte de verbalizar lo que siente. En él vive el miedo a la irrelevancia, a sucumbir a la nimiedad más absoluta.

Jessie Buckley
A medida que avanza la película, esta se funde con los protagonistas, entendiendo el duelo no como un acontecimiento puntual, sino como un proceso que se filtra a través del tiempo. Hamnet (2025) filma la tragedia desde la persistencia, enfocando cómo esta se instala en el cuerpo, en la memoria y en la forma de mirar el mundo. Todos los sentimientos derivados de este sufrimiento conviven con una necesidad de redención; se construye un tapiz donde los personajes no buscan respuestas, sino formas para seguir existiendo.
Durante todo este recorrido, la interpretación de Jessie Buckley es capital. Su Agnes es magnética desde el primer fotograma; es capaz de transmitir el dolor genuino de una madre a través de una serie de recursos tan variados que resulta irreal. Buckley ganará el Oscar con la misma rotundidad con la que encarna a una madre que parece tan real como la que tiene cada uno en su casa. Sin embargo, Paul Mescal interpreta un personaje construido desde la coraza emocional, situándolo deliberadamente en un segundo plano expresivo que, siendo coherente con su naturaleza, lo relega a nivel de impacto.
Durante todo este recorrido, la interpretación de Jessie Buckley es capital. Su Agnes es magnética desde el primer fotograma; es capaz de transmitir el dolor genuino de una madre a través de una serie de recursos tan variados que resulta irreal. Buckley ganará el Oscar con la misma rotundidad con la que encarna a una madre que parece tan real como la que tiene cada uno en su casa. Sin embargo, Paul Mescal interpreta un personaje construido desde la coraza emocional, situándolo deliberadamente en un segundo plano expresivo que, siendo coherente con su naturaleza, lo relega a nivel de impacto.

Además de a Chloé Zhao, hay que darle las gracias a Lukasz Zal. El director de fotografía despliega una enorme sensibilidad que, apoyada en un naturalismo hipnótico, encuentra la belleza tanto en la intimidad de los cuerpos como en los paisajes abiertos. Simetría visual y luz natural convergen en cada plano para que los personajes cavilen, sufran, se cansen de sí mismos y se reconcilien con su propia fragilidad. El polaco compone una maqueta visual de una belleza incuestionable.
Hamnet (2025) hipnotiza desde lo visual, lo narrativo y lo interpretativo. El arte se entiende como un espacio de unión y supervivencia, como una forma en la que el dolor se transforma en memoria, legado y redención. Es una película que acepta la complejidad de la experiencia humana y la imposibilidad de cerrar ciertas heridas.
Resulta difícil abandonar la película sin la sensación de haber asistido a algo profundamente íntimo. Pasajes que transitan desde el nacimiento a la muerte no se imponen por medio del impacto, sino por la acumulación de emociones. Hamnet (2025) no solo aborda asuntos como la pérdida o el duelo, sino que también muestra cómo el arte puede transformarlos en algo hermoso. Una obra totémica, de una belleza y honestidad infrecuentes, un prodigio sobre cómo la emoción supura ante la crueldad de la muerte.
https://juevesdecine.com/hamnet-2025-la-mejor-pelicula-del-ano/
Hamnet (2025) hipnotiza desde lo visual, lo narrativo y lo interpretativo. El arte se entiende como un espacio de unión y supervivencia, como una forma en la que el dolor se transforma en memoria, legado y redención. Es una película que acepta la complejidad de la experiencia humana y la imposibilidad de cerrar ciertas heridas.
Resulta difícil abandonar la película sin la sensación de haber asistido a algo profundamente íntimo. Pasajes que transitan desde el nacimiento a la muerte no se imponen por medio del impacto, sino por la acumulación de emociones. Hamnet (2025) no solo aborda asuntos como la pérdida o el duelo, sino que también muestra cómo el arte puede transformarlos en algo hermoso. Una obra totémica, de una belleza y honestidad infrecuentes, un prodigio sobre cómo la emoción supura ante la crueldad de la muerte.
https://juevesdecine.com/hamnet-2025-la-mejor-pelicula-del-ano/
1 de febrero de 2026
1 de febrero de 2026
129 de 184 usuarios han encontrado esta crítica útil
Existía una promesa tácita en Hamnet: la de explorar la trastienda humana que dio origen a la obra cumbre de Shakespeare, sumergiéndonos en el dolor de Agnes, su esposa, y en la alquimia que transforma la pérdida en arte. Sin embargo, lo que Chloé Zhao entrega es un producto que confunde la solemnidad con la profundidad, traicionando esa premisa desde el primer minuto. Bajo una factura visual impecable, la película esconde una nada absoluta, un ejercicio de vanidad autoral que intenta camuflar su falta de pulso narrativo con planos bonitos y silencios impostados. No estamos ante una tragedia clásica, sino ante un melodrama de "prestigio" que opera sin sutileza alguna, donde la importancia del tema aplasta cualquier atisbo de humanidad real.
El mayor pecado de la cinta es su desconexión emocional, una barrera infranqueable que se levanta entre la pantalla y el espectador. Hay un momento de lucidez dolorosa, pasada la primera hora, en el que uno comprende que nada de lo que ocurra a continuación logrará conmoverle. Zhao parece más interesada en filmar la luz filtrándose entre los árboles o la textura de los tejidos que en construir la psicología de sus protagonistas. La película avanza como una sucesión de postales preciosistas, viñetas de un dolor estetizado que nunca llega a mancharse las manos de verdad. Es un cine de museo: se mira, pero no se toca; se admira técnicamente, pero no se siente. Esa frialdad clínica acaba por generar un rechazo visceral, pues se nota el cálculo matemático detrás de cada lágrima.
El mayor pecado de la cinta es su desconexión emocional, una barrera infranqueable que se levanta entre la pantalla y el espectador. Hay un momento de lucidez dolorosa, pasada la primera hora, en el que uno comprende que nada de lo que ocurra a continuación logrará conmoverle. Zhao parece más interesada en filmar la luz filtrándose entre los árboles o la textura de los tejidos que en construir la psicología de sus protagonistas. La película avanza como una sucesión de postales preciosistas, viñetas de un dolor estetizado que nunca llega a mancharse las manos de verdad. Es un cine de museo: se mira, pero no se toca; se admira técnicamente, pero no se siente. Esa frialdad clínica acaba por generar un rechazo visceral, pues se nota el cálculo matemático detrás de cada lágrima.

El guion adolece de un revisionismo contemporáneo que resulta forzado y anacrónico. En su intento de reivindicar la figura de Agnes, la película proyecta una sensibilidad contemporánea sobre el personaje, presentándola con un aura de sabiduría natural que, por momentos, parece alejarla del contexto histórico real. Este enfoque místico, lejos de darle dimensión, la reduce a un arquetipo plano. Sus acciones no nacen de una motivación orgánica, sino de la necesidad del guion de marcar casillas temáticas. Se ignoran los procesos creativos y las dinámicas familiares reales para centrarse en una espiritualidad vaga (con halcones y ungüentos) que aporta poco al conflicto central y mucho a la galería de imágenes vacías.
En el apartado interpretativo, el naufragio es notable por la falta de dirección unificada. Paul Mescal y Jessie Buckley, dos talentos indiscutibles en otros contextos, parecen aquí perdidos en registros opuestos que nunca convergen. Mescal opta por una pasividad casi catatónica, convirtiendo a Shakespeare en un enigma inerte incapaz de exteriorizar frustración salvo en clichés de escritor atormentado. Buckley, por su parte, se lanza al extremo opuesto con una intensidad desbordada, llena de gemidos y ojos en blanco, que a menudo roza la histeria teatral. No hay centro de gravedad en sus actuaciones, y la sensación es de estar viendo a dos solistas tocando canciones diferentes al mismo tiempo.
En el apartado interpretativo, el naufragio es notable por la falta de dirección unificada. Paul Mescal y Jessie Buckley, dos talentos indiscutibles en otros contextos, parecen aquí perdidos en registros opuestos que nunca convergen. Mescal opta por una pasividad casi catatónica, convirtiendo a Shakespeare en un enigma inerte incapaz de exteriorizar frustración salvo en clichés de escritor atormentado. Buckley, por su parte, se lanza al extremo opuesto con una intensidad desbordada, llena de gemidos y ojos en blanco, que a menudo roza la histeria teatral. No hay centro de gravedad en sus actuaciones, y la sensación es de estar viendo a dos solistas tocando canciones diferentes al mismo tiempo.

Esta disonancia se traduce en una nula química romántica. La supuesta pasión que une a la pareja es, a ojos del espectador, un acto de fe, pues la relación se establece de manera precipitada y se desarrolla a través de elipsis que nos hurtan la construcción del vínculo. Al no lograr transmitir emoción genuina a través de la historia, la directora recurre al chantaje auditivo: el uso de la música, especialmente las piezas de Max Richter, es intrusivo y dicta al público cuándo debe conmoverse ante la incapacidad de las imágenes para hacerlo por sí mismas.
En definitiva, Hamnet es una decepción mayúscula, una obra que se cree mucho más inteligente y profunda de lo que es y que acaba siendo un suplicio de aburrimiento y pretenciosidad. La fotografía de Łukasz Żal es indiscutiblemente hermosa, sí, componiendo cuadros de un rigor pictórico admirable, pero sirve únicamente de envoltorio dorado para un vacío absoluto.
En definitiva, Hamnet es una decepción mayúscula, una obra que se cree mucho más inteligente y profunda de lo que es y que acaba siendo un suplicio de aburrimiento y pretenciosidad. La fotografía de Łukasz Żal es indiscutiblemente hermosa, sí, componiendo cuadros de un rigor pictórico admirable, pero sirve únicamente de envoltorio dorado para un vacío absoluto.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
La narrativa sufre de una arbitrariedad alarmante, saltando en el tiempo de forma caótica y descuidada. Vemos pasar bebés que se convierten en niños de seis años sin transiciones inteligibles, impidiendo que el espectador desarrolle un apego real con la dinámica familiar antes de que la tragedia golpee. Elementos cruciales, como la autoprofecía sobre los hijos, se introducen a martillazos en la trama sin integrarse orgánicamente, pareciendo ocurrencias de última hora más que hilos conductores del destino. La enfermedad que detona el drama llega sin construcción previa, no como una amenaza latente, sino como un requisito del guion que debe cumplirse para pasar al siguiente acto de sufrimiento, dejando una sensación de confusión más que de devastación.
Hay también una hipocresía visual latente en la propuesta: se nos vende una experiencia cruda y visceral, pero todo está pasado por un filtro de higiene inverosímil. El parto en el bosque, sugerido como el camino natural frente al convencional, deviene en un ejercicio de asepsia difícil de creer: un bebé limpio, sin fluidos ni cordón umbilical, rompiendo cualquier pacto de verosimilitud. La directora busca la incomodidad del espectador mediante el grito y el dolor, pero se niega a mostrar la suciedad real de la vida y la muerte. Es un sufrimiento de diseño, limpio y fotogénico, pensado para no molestar demasiado a la galería de arte en la que parece querer convertirse la película.
Hay también una hipocresía visual latente en la propuesta: se nos vende una experiencia cruda y visceral, pero todo está pasado por un filtro de higiene inverosímil. El parto en el bosque, sugerido como el camino natural frente al convencional, deviene en un ejercicio de asepsia difícil de creer: un bebé limpio, sin fluidos ni cordón umbilical, rompiendo cualquier pacto de verosimilitud. La directora busca la incomodidad del espectador mediante el grito y el dolor, pero se niega a mostrar la suciedad real de la vida y la muerte. Es un sufrimiento de diseño, limpio y fotogénico, pensado para no molestar demasiado a la galería de arte en la que parece querer convertirse la película.
22 de enero de 2026
22 de enero de 2026
102 de 142 usuarios han encontrado esta crítica útil
Me imagino a la directora de Hammet pensando: "Quiero hacer una película 'importante', un filme 'serio', así que me basaré en una gran obra, uno de los clásicos universales. Le pondré 'drama' (porque imposible algo de humor, sarcasmo o ironía para una cinta 'seria'), 'oscuridad', 'melancolía', 'sufrimiento'. Además conseguiré dinero para tener una fotografía 'bella', 'excelsa', 'refinada'. Y claro, un par de actores sufrientes, muy vehementes ante la cámara para registrar escenas 'poderosas'".
Pero el problema está que en "Hammet" hay más forma que fondo.
La primera mitad de la película dice bastante poco, con escenas (son más imágenes que diálogos) de una falta de elocuencia impresionante. Banales. Pero como todo es tan dramático, insondable, DO-LO-RO-SO y bla bla bla no puede ser una peli liviana. Pero sí, es liviana.
No tiene idea sobre el material que aborda, pero no tiene empacho en hacerlo. Escenas sin matices ni delicadezas. Mucho gemir, mucho gritar, mucho llorar; poner los ojos en blanco y ya!: estamos ante un inmenso dramón... ahogado en su propia autocomplacencia.
Pero el problema está que en "Hammet" hay más forma que fondo.
La primera mitad de la película dice bastante poco, con escenas (son más imágenes que diálogos) de una falta de elocuencia impresionante. Banales. Pero como todo es tan dramático, insondable, DO-LO-RO-SO y bla bla bla no puede ser una peli liviana. Pero sí, es liviana.
No tiene idea sobre el material que aborda, pero no tiene empacho en hacerlo. Escenas sin matices ni delicadezas. Mucho gemir, mucho gritar, mucho llorar; poner los ojos en blanco y ya!: estamos ante un inmenso dramón... ahogado en su propia autocomplacencia.

Zhao no dice nada mucho sobre la muerte de un hijo, salvo (evidente) que es terrible, pero de ahí no pasa a mayor profundidad (ah, que inspiraría al arte).
Sin duda sus anteriores películas son mejores.
Sin duda sus anteriores películas son mejores.
23 de enero de 2026
23 de enero de 2026
185 de 322 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay un momento al que todo espectador que lleva haciendo esto de ver cine mucho tiempo llega tarde o temprano.
Estás sentado en tu butaca o sillón, desde hace aproximadamente una hora, hora y algo, y te das cuenta de que no habrá nada en el resto del metraje que produzca un mínimo de excitación o reflejo de autenticidad al que puedas aferrarte.
No has encontrado hasta ese momento nada que te estimule, interpele o emocione y ya no lo encontrarás. Es un momento de lucidez y ocurre orgánicamente, en el momento adecuado, asentándose como una revelación evidente e inexorable.
El final se antoja innecesario y fútil. Consumirla hasta sus créditos se convertiría en un regodeo en el absurdo y el descreimiento.
Así pues, tu culo dirá que ha tenido suficiente, se levantará y saldrá del cine, en ningún caso porque tenga algún lugar mejor en el que sentarse. Puede que incluso sientas un cierto orgullo en este pequeño acto de levantamiento insumiso, en despreciar el dinero que has pagado por una comida que no solo es insípida, sino que encima es propulsada hacia tu cara como una ardiente diarrea que actúa como un catalizador del bochorno.
Estás sentado en tu butaca o sillón, desde hace aproximadamente una hora, hora y algo, y te das cuenta de que no habrá nada en el resto del metraje que produzca un mínimo de excitación o reflejo de autenticidad al que puedas aferrarte.
No has encontrado hasta ese momento nada que te estimule, interpele o emocione y ya no lo encontrarás. Es un momento de lucidez y ocurre orgánicamente, en el momento adecuado, asentándose como una revelación evidente e inexorable.
El final se antoja innecesario y fútil. Consumirla hasta sus créditos se convertiría en un regodeo en el absurdo y el descreimiento.
Así pues, tu culo dirá que ha tenido suficiente, se levantará y saldrá del cine, en ningún caso porque tenga algún lugar mejor en el que sentarse. Puede que incluso sientas un cierto orgullo en este pequeño acto de levantamiento insumiso, en despreciar el dinero que has pagado por una comida que no solo es insípida, sino que encima es propulsada hacia tu cara como una ardiente diarrea que actúa como un catalizador del bochorno.

Joe Alwyn & Jessie Buckley
Y efectivamente, Hamnet de Chloé Zhao es una diarrea pseudopoética incontenida, aquejada de un flujo sentimentaloide constante y de un simbolismo estéril, incapaz de aportar ninguna sustancia nutritiva para el intelecto, capaz de cumplir con todos los dejes de la pretenciosidad; buscando la trascendencia en cada plano, en cada gesto, en cada diálogo.
Como suele ocurrir cuando esto pasa, sin llegar a ser nada de lo que promete, se queda en cine prosaico sin ritmo, artificioso, aburrido, superficial, sin matices, ni la más mínima perspicacia intelectual o psicológica.
Porque tras esas ínfulas de sensibilidad (impostada) de naturaleza viva y mágica, hay una voluntad de esconder la carencia de un fondo tan insondable como el del hueco del árbol en el que Agnes comienza hecha un ovillo, tapando ese vacío con una brocha gorda que pasa por el duelo, la ausencia y el romance, alcanzando a todos los tópicos, a las "verdades" más obvias.
(No) Usar el nombre de Shakespeare para esta película es una falta de respeto a lo que éste representa.
Como suele ocurrir cuando esto pasa, sin llegar a ser nada de lo que promete, se queda en cine prosaico sin ritmo, artificioso, aburrido, superficial, sin matices, ni la más mínima perspicacia intelectual o psicológica.
Porque tras esas ínfulas de sensibilidad (impostada) de naturaleza viva y mágica, hay una voluntad de esconder la carencia de un fondo tan insondable como el del hueco del árbol en el que Agnes comienza hecha un ovillo, tapando ese vacío con una brocha gorda que pasa por el duelo, la ausencia y el romance, alcanzando a todos los tópicos, a las "verdades" más obvias.
(No) Usar el nombre de Shakespeare para esta película es una falta de respeto a lo que éste representa.

Ni siquiera un trabajo sólido y creíble de los actores principales hubiese salvado este suflé con infladas aspiraciones a cine de autor, pero por si fuera poco, Buckley y el otro fulano que hizo (fatal por cierto) de Gladiador 2, ahondan con sus actuaciones en el naufragio del contenido en el plato, aportando sendos registros ridículamente sobreactuados, de un exhibicionismo emocional bochornoso, inverosímil.
Probablemente ella se lleve premios importantes por esta película.
El estado del gremio...
Los niños deberían tener menos metraje (esta afirmación es válida para casi cualquier película en la que intenten actuar en lugar de solo estar ahí mientras la cámara graba). Digo más, a riesgo de parecer insensible: El malogrado Hamnet hubiese hecho un favor a la película de haber empezado ya muerto. Al menos no hubiésemos contemplado las escenas irrisorias en las que vive y juega con su hermana y padre, o en las que "cruza al otro lado", primero llamando a su madre, después, no sé ni cómo definir lo que hace después. De vergüenza ajena.
Pobrecillo, él no tiene la culpa. Es un héroe. Y un niño además, claro que no tiene la culpa. Shakespeare de Hacendado tampoco, ni su esposa bruja. Ni su padre maltratador, ni Emily Watson haciendo el mismo papel de siempre, la directora tampoco, le dirán los críticos sin un ápice de espíritu crítico que su película es maravillosa, una obra maestra incluso, y a buen seguro habrá de creérselo. Tampoco los espectadores que consumen y se deleitan con las apariencias y el artificio tienen la culpa.
Nadie tiene la culpa de que esta película sea un montón de mierda líquido.
Respiro hondo, me levanto y me voy.
Pd: Si el espectador afín a mi crítica busca inspiración poética, lirismo y drama exaltado pero de resonancia sincera, puede buscar en Hiroshima, mon amour (1959).
Probablemente ella se lleve premios importantes por esta película.
El estado del gremio...
Los niños deberían tener menos metraje (esta afirmación es válida para casi cualquier película en la que intenten actuar en lugar de solo estar ahí mientras la cámara graba). Digo más, a riesgo de parecer insensible: El malogrado Hamnet hubiese hecho un favor a la película de haber empezado ya muerto. Al menos no hubiésemos contemplado las escenas irrisorias en las que vive y juega con su hermana y padre, o en las que "cruza al otro lado", primero llamando a su madre, después, no sé ni cómo definir lo que hace después. De vergüenza ajena.
Pobrecillo, él no tiene la culpa. Es un héroe. Y un niño además, claro que no tiene la culpa. Shakespeare de Hacendado tampoco, ni su esposa bruja. Ni su padre maltratador, ni Emily Watson haciendo el mismo papel de siempre, la directora tampoco, le dirán los críticos sin un ápice de espíritu crítico que su película es maravillosa, una obra maestra incluso, y a buen seguro habrá de creérselo. Tampoco los espectadores que consumen y se deleitan con las apariencias y el artificio tienen la culpa.
Nadie tiene la culpa de que esta película sea un montón de mierda líquido.
Respiro hondo, me levanto y me voy.
Pd: Si el espectador afín a mi crítica busca inspiración poética, lirismo y drama exaltado pero de resonancia sincera, puede buscar en Hiroshima, mon amour (1959).
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