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Críticas de Benjamín Reyes
Ordenadas por:
110 críticas
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1
19 de julio de 2015
40 de 54 usuarios han encontrado esta crítica útil
Se sube el telón. Se ve a Manuel Manquiña, Karra Elejalde y Albert Plá protagonizando chascarrillos escatológicos, suena una música molona, hay alusiones al consumo de drogas compulsivo y constantes escenas al volante. ¿Cómo se llama la película?: “Airbag 2”, pero camuflada con el título de “Rey gitano”.
Juanma Bajo Ulloa se dio a conocer en 1989 con el cortometraje “El reino de Víctor” (que tiene el honor de ser el primer cortometraje galardonado con un Goya), en el que ya se vislumbraban algunos rasgos de sus notables largometrajes “Alas de mariposa” (1991) y “La madre muerta” (1993), dos interesantes trabajos que apuntaban a un director con hechuras. Luego con “Airbag” (1997) pegó un pelotazo comercial con una gamberrada divertida. Años después presentó la endeble “Frágil” (2004), en la que ya se percibía su desencanto por todo lo que rodea al mundo del cine. Desde entonces solo había dirigido dos cortometrajes, “Qué glande es el cine” (2005) y “No hubo manera” (2013), así como un documental “Historia de un grupo de rock” (2008). Ahora regresa con la inefable “Rey gitano”, en la que plasma su desencanto con la realidad social actual. En una ocasión llegó a afirmar en una entrevista concedida a “La Vanguardia”: “La vida es un pastel de mierda con algunos tropezones de fresa”. Pues bien, parafraseando su propia afirmación. “Rey gitano” es un pastel de mierda con solo un tropezón de fresa: María León.
El último filme de Ulloa pretende ser un ajuste de cuentas con el descreimiento de su autor con la casta política (no solo española sino internacional) y un sabotaje a la monarquía española, pero en realidad lo que consigue es sabotear no solo su propio cine sino el cine en general con una película repleta de bromas pueriles de mal gusto cercanas en ocasiones a un Torrente bastardo (como ejemplifica la escena de la cata de orín) o incluso a “¡Ja, me maaten…!” (2000), del dúo humorístico Cruz y Raya, en la que por lo menos Juan Muñoz sabía imitar el acento gitano no como el ubicuo Arturo Valls, que produce grima con su ridícula forma de hablar. ¿Quién le ha dicho a este presentador de televisión que sabe actuar?
El elenco es básicamente la misma “troupe” que la de “Airbag”, en la que Rosa María Sardá encarna a una bizarra miscelánea entre Angela Merkel y Hitler (bigote rubio incluido), Karra Elejalde comete constantes “lapsus linguae” carentes de gracia, Manuel Manquiña calca a Martínez El Facha de “El Jueves” o Albert Plá es un ávido pajillero consumidor de pornografía. Les secundan Santiago Segura (un rico postrado en una silla de ruedas) y Charo López (una faquir sexual) en unos esperpénticos papeles que pretender mostrar la putridez del poder. Que Ulloa intenta rematar con unos pésimos imitadores de la familia real española. De esta especie de pandilla basura la única que se salva de la quema es María León, que deja algunos ramalazos de su calidad como actriz.
Ulloa escribe, dirige y produce un auténtico desaguisado fílmico. El colmo es cuando denigra el cine de Woody Allen con los comentarios que pone en la boca del personaje que encarna Elejalde. No se puede caer más “bajo”. “Rey gitano” llega a producir sonrojo y vergüenza ajena. Cuando uno ya no tiene nada que aportar es mejor no martirizar al público con bromas endogámicas que solo le hacen gracia al que las escribió. Lo mejor que se puede hacer con esta película es tirar el recuerdo de su visionado a un váter imaginario y tirar de la cadena.
Benjamín Reyes
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7
29 de abril de 2016
23 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil
“La punta del iceberg”, tras su paso por la sección oficial del Festival de Málaga, ha llegado a las salas comerciales. No es una película fácil de ver para el gran público, que parece optar en su mayoría por cine de mero entretenimiento como “Palmeras en la nieve” u “Ocho apellidos catalanes”, ya que muestra los efectos de la competitividad despiadada en el mundo laboral de la sociedad actual basada en el capitalismo salvaje, donde no importan las personas sino la repercusión negativa que pueda tener para la imagen de la empresa la pérdida de vidas humanas.
Basada en la obra teatral homónima de José Amaro Carrillo (que a su vez se inspira en hechos reales acaecidos en fechas recientes en Francia), “La punta del iceberg”, se adentra en el espinoso tema de varios suicidios en una empresa de alto copete. Recientemente “El País” publicó las cifras de suicidio en Corea del Sur: cerca de 40 personas acabaron con su propia vida cada día en 2011. Un dato espeluznante.
Tras el prestreno el pasado 28 de abril, en un abarrotado Cine Víctor de la capital tinerfeña, uno de los comentarios más escuchados era que para ser una ópera prima rebosaba madurez. No es de extrañar ya que David Cánovas cuenta con 44 años, una decena de cortometrajes a sus espaldas (algunos con minutajes en torno a los 30 minutos) y varios proyectos de largometrajes que no llegaron a cuajar por diversas circunstancias. Puede ser que la mayoría del público, sobre todo en la Península, empiece a conocer ahora a Cánovas, pero tras de sí hay una sólida trayectoria fílmica. De hecho, el tema laboral no es nuevo en la filmografía del director tinerfeño, ya que lo trató en “Cuestión de actitud” (2008) y “El contratiempo” (2009). Tampoco lo es del suicidio, ya que en “El intruso” (2005), que le valió la nominación al Goya al mejor cortometraje, ya abordaba este controvertido tema.
El guion, escrito a seis manos (Alberto García y José Amaro Carrillo arropan a Cánovas), está bien hilvanado. Incluye gotas de humor negro y un personaje como el camarero que descarga de drama la trama. Así como un guiño al clásico de Chaplin, “Tiempos modernos” (1936). Uno de sus puntos fuertes es la construcción de personajes. Asimismo, destaca la presentación de estos como la del primer suicida (Marcelo Miralles, encarnado por Ginés García Millán), al que primero vemos su rostro y luego, en “off”, su defenestración; o la de la protagonista Sofía Cuevas (encarnada por una ubicua y contenida Maribel Verdú), una alta ejecutiva sin aparentes escrúpulos, que paulatinamente, irá mostrando su lado emocional.
El resto del reparto no le anda a la zaga. Bárbara Goenaga (la frágil empleada), Álex García (el ejecutivo estresado), Fernando Cayo (el jefe déspota), Carmelo Gómez (el trepa sin escrúpulos) están impecables en sus respectivos roles. Hasta la fugaz aparición de Nieve de Medina es digna de mención. “La punta del iceberg” es una película pulcra, caracterizada por la sutileza de los movimientos de cámara. A pesar de su asfixiante trama concebida como un “thriller”, repleta de diáfanos espacios videovigilados, y donde la música compuesta por Antonio Hernández ayuda a crear una certera tensión narrativa, la película respira gracias a los planos aéreos de Madrid o la escena de la azotea.
En los últimos años –el cine ha sido permeable a la cruda realidad social- podemos encontrar un puñado de películas que abordan los conflictos que se producen en el seno laboral en la sociedad contemporánea. Algunas con las que “La punta del iceberg” establece conexiones son las españolas “El método” (2005) o “Smoking Room” (2002); o las francesas “Arcadia” (2005), en la que el protagonista planeaba asesinar a sus contrincantes o “Dos días, una noche” (2014). Incluso se ha hecho comedia con el tema, de forma brillante como en “El jefe de todo esto” (2006) y “Louise-Michel” (2009).
En definitiva, “La punta del iceberg” es una película necesaria en estos tiempos de ERE, en la que lo único que importa es la cuenta de resultados y en la que los trabajadores son concebidos como meros peones en una partida de ajedrez. Cine que hace reflexionar sin sermonear.
Benjamín Reyes
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3
11 de enero de 2015
16 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
La película más taquillera en Francia (“Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?”) y el filme que ha arrastrado más público en España a los cines (“8 apellidos vascos”) a lo largo del 2014 tienen como denominador común que se ríen de los tópicos acendrados tanto en la cultura francesa como en la española, respectivamente. También tienen en común que son dos comedias de consumo fácil, humor blandengue, personajes estereotipados, que en el fondo tienen buen corazón, y unos gags predecibles. Y precisamente por eso 12 millones de franceses han decidido pagar una entrada para reírse de sí mismos (elocuente es la escena en la que la variopinta familia canta La Marsellesa).
“Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?” se sitúa en la órbita de títulos recientes como “Bienvenidos al Norte” (2008), en la que se hacía hincapié en las diferencias generales entre los habitantes del Norte y el Sur de Francia, “Bienvenidos al Sur” (2010), que era la versión italiana de la anterior o “Nada que declarar” (2011), que daba pábulo al humor pseudo racista entre los galos y los belgas. Precisamente, en la frase “yo no soy racista, pero...” se fundamenta el argumento de esta casquivana comedia. Un francés de pura cepa (que encarna el popular Christian Clavier, conocido por “Los visitantes”, 1993) ve cómo tres de sus hijas contraen matrimonio con un chino, un musulmán y un judío. La cuarta tiene un novio de raza negra. Esto que podría parecer el principio de un chiste, refleja una realidad actual: el 20% de los matrimonios galos son mixtos. Y de hecho, el director se ha inspirado en su propia familia para pergeñar este curioso argumento. Realizador, por cierto, desconocido por estos lares ya que de sus cinco películas esta es la primera que se estrena en España, de lo cual me alegro encarecidamente. De todas formas, no se convertirá en la película predilecta de Marine Le Pen, la líder de la extrema derecha francesa.
En cierta manera “Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?” es la actualización del cine del inefable cómico francés Louis de Funès, que protagonizó en los 60 y 70 un puñado de filmes de dudoso gusto, pero que hicieron fortuna en la audiencia francesa, como lo hicieron en la española las andanzas de paleto entrañable que encarnaba Paco Martínez Soria o en la italiana el procaz y escatológico Alvaro Vitali.
Esta exitosa (comercialmente hablando) película se encuentra en las antípodas de ácidas e irreverentes comedias recientes como la también francesa “Louise-Michel” (2008), que se mofaba inteligentemente de los despidos laborales masivos o la británica “Four Lions” (2011), que se reía brillantemente del terrorismo islámico. Aunque la cinta de Phillipe de Chauveron no propicie una crítica demasiado elaborada sí que plantea una pregunta interesante: ¿Existe el público medio o se fabrica? El hecho de que las productoras, las distribuidoras y las salas de exhibición en muchos casos forman parte de la misma corporación facilitan la creación de un consumidor estándar. Por cierto, algunas comedias francesas recientes más recomendables son “La cena de los idiotas”, (1998) “Después de usted” (2003) o “Pequeñas mentiras sin importancia” (2010).
Benjamín Reyes
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6
18 de marzo de 2018
8 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
El pasado noviembre pudimos ver en el festival Isla Calavera la película “Bajo la rosa”, de Josué Ramos. Generalmente este tipo de película de bajo presupuesto no suele llegar después a las salas comerciales, sin embargo, en esta ocasión se han roto los pronósticos, de lo cual nos alegramos ya que la cinta del realizador tinerfeño consigue atrapar al espectador desde el principio hasta el final.
“Bajo la rosa” no es su ópera prima, ya que ha rodado previamente “Involucrado”, una cinta que plantea el tema de la violencia de género en clave de falso documental, y que se pudo ver en el extinto festival CinEsCena. No está muy lejos “Bajo la rosa”, de “Involucrado”, tanto temáticamente (ambas exploran en el terror cotidiano) como en sus magros recursos. Como él mismo dijo en la presentación en Isla Calavera se grabó en diez días de rodaje, con el obstáculo de que el equipo técnico lo dejo tirado a solo tres días de empezar a rodar, e, incluso tuvo que poner dinero de su bolsillo.
Sin embargo, la falta de recursos técnicos es suplida con una puesta en escena sencilla y eficaz y un plantel de cuatro actores liderados por Ramiro Blas. Si “Bajo la rosa” es una buena película es en gran medida gracias a este actor argentino, que con su inconmensurable actuación y presencia sustenta la película. Le secunda un notable Pedro Casablanc (que conocemos, sobre todo, por su rol de Bárcenas en “B”), una solvente Elisabet Gelabert y un irregular Zack Gómez (en el papel del hijo).
El tema del filme es que todos tenemos un secreto que ocultar, y en torno a ello gravita esta historia sobre el secuestro de una niña en el seno de una familia media. Y hasta ahí puedo contar... Lo que que se dice bajo la rosa se queda bajo la rosa.
Benjamín Reyes
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5
24 de noviembre de 2015
7 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
A la nómina de directores canadienses contemporáneos de mayor fuste de las últimas décadas, que integran David Cronenberg (“Videodrome”, 1982, Atom Egoyam (“Exótica”, 1994) y Denys Arcand (“Las invasiones bárbaras”, 2003), en los últimos años se les han incorporado Xavier Dolan (“Mommy”, 2014) y Denis Villeneuve.
El cineasta canadiense Denis Villeneuve sorprendió a propios y extraños con su epatante cortometraje “Next Floor” en 2010, un ejercicio de estilo que rememoraba al clásico de Luis Buñuel “El ángel exterminador” (1962). Sin embargo su verdadera eclosión internacional no se produjo hasta el estreno de su cuarto largometraje: “Incendies” (2011), un auténtico fogonazo audiovisual, repleto de imágenes muy potentes. Luego dirigió, “Prisioneros” (2013), que pasó sin pena ni gloria por la cartelera, e inopidamente, “Enemy” (2014), una curiosa versión de la novela de José Saramago, “El hombre duplicado”.
Ahora, presenta “Sicario”, que formó parte de la sección oficial del último Festival de Cannes, un filme correcto ambientado en el mundo del narcotráfico que carece de la potencia visual y la garra de “Incendies”, que se centra en diálogos carentes de interés y en pocas escenas de acción que no llegan a cuajar, de tal manera que llega a caer en el tedio, e incluso en la “narco-lepsia”. Afortunadamente, en el último tramo, la película remonta el vuelo y ofrece una jugosa secuencia en la que se adentran en un túnel, emulando la visión nocturna, mientras un sonido ensordecedor embarga al espectador. Si “Incendies” era un viaje hacia el origen del odio que postulaba por la redención espiritual, “Sicario” es todo lo contrario, aquí el odio se retroalimenta y termina por estallar en la cara del espectador.
En cuanto al reparto, destacan los nombres de Benicio del Toro y Josh Brolin, que se meten en la piel de personajes que conocen a la perfección, pero sin ofrecer lo mejor de su repertorio actoral. No siempre la conjunción de talento produce buenos resultados. Ahí está el caso del largometraje “Historias de Nueva York” (1989), que reunió a Woody Allen, Martin Scorsese y Francis Ford Coppola, tres de los mejores cineastas de la historia del cine, y sin embargó, arrojó como resultado una cinta ramplona.
“Sicario” supone una pequeña decepción, por eso los espectadores que quieran ver un proyecto audiovisual relacionado con el mundo de los narcos de alto copete tienen una cita ineludible con la primera temporada de la serie “Narcos”, de Netflix, que arroja uno de las interpretaciones más convincentes de los últimos tiempos en la figura del intérprete brasileño Wagner Moura, que encarna a un impecable Pablo Escobar, que en una sencilla y elocuente frase resumió la esencia del mundo de los narcos: “plata o plomo”.
Benjamín Reyes
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