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10
16 de mayo de 2020
16 de mayo de 2020
16 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
A veces cuando empiezas una crítica, en tu cabeza te haces un resumen de la película, piensas en un suspense, en un thriller, una película dramática...yo creo que con esta película no hay duda ninguna, respira auténtico cine negro por los cuatro costados, hasta se puede oler si me apuráis. Ese olor a los bajos fondos, a gánsters, a mujeres cautivadoras...ese olor a las películas de Humphrey Bogart.
Es innegable que cuando una piensa en cine negro no le venga a la cabeza Bogart, en mi caso me pasó cuando vi el personaje de Tony, interpretado por Jean Servais. Un tipo duro, sin miedo, sin escrúpulos aunque con honor, noble, con principios morales sólidos hasta la médula. Como buen clásico, donde hay un hombre así, siempre hay una femme fatale, en este caso interpretada por Marie Sabouret, aunque en esta película casi es un personaje secundario, aunque vital para entender el personaje principal.
La película te engancha de principio a fin, desde el planeamiento del robo hasta su desenlace. La secuencia del robo, en un silencio casi sepulcral, me parece de lo mejor que se ha rodado en la historia del cine, sencillamente sublime. Te sobrecoge de tal manera que hasta sudas sentado en el sofá de la tensión que te produce.
Es innegable que cuando una piensa en cine negro no le venga a la cabeza Bogart, en mi caso me pasó cuando vi el personaje de Tony, interpretado por Jean Servais. Un tipo duro, sin miedo, sin escrúpulos aunque con honor, noble, con principios morales sólidos hasta la médula. Como buen clásico, donde hay un hombre así, siempre hay una femme fatale, en este caso interpretada por Marie Sabouret, aunque en esta película casi es un personaje secundario, aunque vital para entender el personaje principal.
La película te engancha de principio a fin, desde el planeamiento del robo hasta su desenlace. La secuencia del robo, en un silencio casi sepulcral, me parece de lo mejor que se ha rodado en la historia del cine, sencillamente sublime. Te sobrecoge de tal manera que hasta sudas sentado en el sofá de la tensión que te produce.

Al final, cuando todo se tuerce, vuelve a aparecer ese tipo duro del principio de la película, ese hombre sin escrúpulos, sin sentimientos, que es capaz de hacer todo lo que se propone por venganza. Al más puro estilo Bogart.
2 de julio de 2020
2 de julio de 2020
13 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Jean Pierre Melville es uno de los directores más infravalorados del mundo. La mayoría de sus películas son soberbias, ese cine negro francés clásico que nada tiene que envidiar al americano del que Melville es el máximo exponente. Supo retratar como nadie esos gánsters de poca monta, ese inframundo parisino de los bajos fondos donde se mezclan canallas de todo tipo, aunque siempre con ese aura de amistad y lealtad que le daba a sus personajes el genio francés. Un claro ejemplo de ello es Bob el jugador (1956).
En esta ocasión, Melville nos retrata la vida de Bob, un viejo jugador al que todos respetan y admiran porque tiene los valores y principios de la vieja escuela. Se pasa todas las noches jugando a las cartas, a los dados o a cualquier juego que le haga ganar dinero. Esas primeras escenas de la película cuando ya amaneciendo se va a la cama mientras el resto de la ciudad se despierta son sublimes.
Una mala racha hace que Bob tome la decisión de robar un casino junto con su pandilla de siempre, aunque esa decisión acarreará graves consecuencias. Realmente, creo que a Melville tampoco le interesaba mucho el final, ni siquiera los preparativos para el golpe, sino simplemente sumergir al espectador en el entorno de Bob, en ese submundo de delincuentes comunes, de gente que se intenta ganar la vida en una postguerra que fue muy dura en Francia. En realidad nos genera simpatía el mundo de la noche, lo aceptamos como lo acepta Bob, es parte de su vida, no conoce otra cosa.
En esta ocasión, Melville nos retrata la vida de Bob, un viejo jugador al que todos respetan y admiran porque tiene los valores y principios de la vieja escuela. Se pasa todas las noches jugando a las cartas, a los dados o a cualquier juego que le haga ganar dinero. Esas primeras escenas de la película cuando ya amaneciendo se va a la cama mientras el resto de la ciudad se despierta son sublimes.
Una mala racha hace que Bob tome la decisión de robar un casino junto con su pandilla de siempre, aunque esa decisión acarreará graves consecuencias. Realmente, creo que a Melville tampoco le interesaba mucho el final, ni siquiera los preparativos para el golpe, sino simplemente sumergir al espectador en el entorno de Bob, en ese submundo de delincuentes comunes, de gente que se intenta ganar la vida en una postguerra que fue muy dura en Francia. En realidad nos genera simpatía el mundo de la noche, lo aceptamos como lo acepta Bob, es parte de su vida, no conoce otra cosa.

Película muy recomendable si os gusta el género de gánsters y cine negro, pero en general toda la filmografía de Melville, si no lo conocéis tenéis trabajo por delante para descubrir verdaderas joyas.
10
16 de junio de 2020
16 de junio de 2020
13 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Según Bergman, elaboró esta miniserie con un montón de ideas y papeles que tenía almacenados en un cajón, a las que añadió indudablemente sus vivencias personales después de innumerables matrimonios y aventuras por su parte, para diseccionarnos un matrimonio típico sueco.
Desde el primer capítulo, se nos muestra un matrimonio aparentemente normal y feliz, donde solucionan sus problemas de forma racional, sin discutir, ocultando siempre sus verdaderos sentimientos hacia la parte contraria.
Así van pasando los años en una relación tediosa y aburrida, sobre todo en el ámbito sexual, donde se muestran bastante reacios a mantener relaciones, sobre todo por parte de Marianne, lo que conllevará sin saberlo en una tensión entre ambos que ocultará sus verdaderos sentimientos.
Hasta que de repente todo explota, Johann le confiesa que tiene una aventura con otra mujer y a partir de ese momento su mundo se derrumba, sobre todo el de Marianne.
Desde el primer capítulo, se nos muestra un matrimonio aparentemente normal y feliz, donde solucionan sus problemas de forma racional, sin discutir, ocultando siempre sus verdaderos sentimientos hacia la parte contraria.
Así van pasando los años en una relación tediosa y aburrida, sobre todo en el ámbito sexual, donde se muestran bastante reacios a mantener relaciones, sobre todo por parte de Marianne, lo que conllevará sin saberlo en una tensión entre ambos que ocultará sus verdaderos sentimientos.
Hasta que de repente todo explota, Johann le confiesa que tiene una aventura con otra mujer y a partir de ese momento su mundo se derrumba, sobre todo el de Marianne.

Erland Josephson & Liv Ullmann
La serie está retrata desde una estructura prácticamente teatral, donde todas las escenas son rodadas en planos fijos de los dos protagonistas, dando toda la prioridad a los largos diálogos matrimoniales entre ellos.
En cada escena, ambos protagonistas desnudan su alma al otro, intentando entender en qué han fracasado, donde han estado los problemas que desembocaron en su ruptura, en su divorcio.
Hablan sobre el amor, el sexo, las relaciones con sus padres, sus hijas... intentan entender si es posible una vida en pareja sin engañar a la otra persona, si existe el verdadero amor o sólo es una utopía.
A lo largo de los seis capítulos los años van pasando y vemos las distintas etapas personales que van alcanzando ambos y su relación entre ellos. Las relaciones con sus amantes, sus experiencias vitales, el día a día de sus vidas sin la otra parte.
Sin lugar a dudas una obra compleja la que rodó Bergman y que nos muestra las diferencias notables existentes entre la sociedad sueca y escandinava en extensión, y la que tenemos los países latinos sobre todo en temas como el divorcio, las aventuras extramatrimoniales y las reconciliaciones.
En cada escena, ambos protagonistas desnudan su alma al otro, intentando entender en qué han fracasado, donde han estado los problemas que desembocaron en su ruptura, en su divorcio.
Hablan sobre el amor, el sexo, las relaciones con sus padres, sus hijas... intentan entender si es posible una vida en pareja sin engañar a la otra persona, si existe el verdadero amor o sólo es una utopía.
A lo largo de los seis capítulos los años van pasando y vemos las distintas etapas personales que van alcanzando ambos y su relación entre ellos. Las relaciones con sus amantes, sus experiencias vitales, el día a día de sus vidas sin la otra parte.
Sin lugar a dudas una obra compleja la que rodó Bergman y que nos muestra las diferencias notables existentes entre la sociedad sueca y escandinava en extensión, y la que tenemos los países latinos sobre todo en temas como el divorcio, las aventuras extramatrimoniales y las reconciliaciones.

Ingmar Bergman, Liv Ullmann & Erland Josephson
Evidentemente nuestra sociedad está muy influenciada con el catolicismo y su fe, dándole una gran importancia al matrimonio. Llevamos ese estigma desde la infancia, a diferencia de los escandinavos, mucho más fríos en ese sentido, acostumbrados a sus infidelidades y a divorciarse.
Debido al éxito de la miniserie, Bergman la adaptó para que pudiera exponerse en las salas de cine, aunque evidentemente la película pierde un poco de esa visión teatral de la obra para televisión, además al ser lógicamente mas corta hay escenas donde no se muestra toda la fuerza de los diálogos.
Por último, me gustaría recalcar el papel de los dos protagonistas. Tanto Ullman como Josephson están sensacionales, la química entre ambos es palpable en todo momento. Realmente parece que Bergman simplemente ha cogido una cámara y se ha puesto a grabar en la casa de un matrimonio de verdad. Realmente sólo por la fuerza que alcanzan sus palabras en cada escena merece la pena ver la miniserie entera. Sencillamente increíble.
Debido al éxito de la miniserie, Bergman la adaptó para que pudiera exponerse en las salas de cine, aunque evidentemente la película pierde un poco de esa visión teatral de la obra para televisión, además al ser lógicamente mas corta hay escenas donde no se muestra toda la fuerza de los diálogos.
Por último, me gustaría recalcar el papel de los dos protagonistas. Tanto Ullman como Josephson están sensacionales, la química entre ambos es palpable en todo momento. Realmente parece que Bergman simplemente ha cogido una cámara y se ha puesto a grabar en la casa de un matrimonio de verdad. Realmente sólo por la fuerza que alcanzan sus palabras en cada escena merece la pena ver la miniserie entera. Sencillamente increíble.
3 de junio de 2020
3 de junio de 2020
12 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuando la guerra estaba a punto de finalizar en Europa, los italianos comenzaron a sacar el orgullo propio que llevaban acumulando durante muchos años. Algunos directores y guionistas pensaron que las cosas se podían cambiar por medio del cine, que tenían entre manos una arma muy poderosa... y no se equivocaban.
Hasta ese momento, el cine había sido utilizado por la propaganda fascista para mostrarnos una Italia feliz, romántica, tierna, siempre con finales felices... nada más alejado de la realidad. Rossellini fue el primero que se atrevió a contar la realidad, la auténtica, la que vivían los italianos en aquella época. Esa realidad de miseria, de pobreza, de dolor, pero también la realidad del orgullo de un país que no se había rendido, de la resistencia de su gente y de los caídos en la guerra.
En ese momento nace el neorrealismo italiano; la primera piedra de esa nueva generación de cineastas la puso Rossellini con Roma, Ciudad Abierta. Una película dura, muy dura, donde se muestra la lucha de un pueblo contra su opresor, con todas las consecuencias, hasta el final, sea cual sea. Rossellini no se guarda nada en el tintero. Prima los sentimientos sobre las imágenes, quiere mostrar realmente los que la gente sentía y sufría en ese momento de la contienda con unos personajes reales, cotidianos, que intentaban sobrevivir de cualquier manera.
Hasta ese momento, el cine había sido utilizado por la propaganda fascista para mostrarnos una Italia feliz, romántica, tierna, siempre con finales felices... nada más alejado de la realidad. Rossellini fue el primero que se atrevió a contar la realidad, la auténtica, la que vivían los italianos en aquella época. Esa realidad de miseria, de pobreza, de dolor, pero también la realidad del orgullo de un país que no se había rendido, de la resistencia de su gente y de los caídos en la guerra.
En ese momento nace el neorrealismo italiano; la primera piedra de esa nueva generación de cineastas la puso Rossellini con Roma, Ciudad Abierta. Una película dura, muy dura, donde se muestra la lucha de un pueblo contra su opresor, con todas las consecuencias, hasta el final, sea cual sea. Rossellini no se guarda nada en el tintero. Prima los sentimientos sobre las imágenes, quiere mostrar realmente los que la gente sentía y sufría en ese momento de la contienda con unos personajes reales, cotidianos, que intentaban sobrevivir de cualquier manera.

Anna Magnani & Aldo Fabrizi
Rossellini quería mostrar un país unido, la gente luchando codo con codo, madres viudas con sus hijos intentando darles de comer, muchachos intentando ser héroes como los adultos, incluso el clero, tan criticado muchas veces por mirar hacia otro lado frente al nazismo, en esta ocasión, el director lo muestra también en la lucha, ayudando a la resistencia hasta el final, como un deber patriótico por un bien común.
Muchos años después, la película sigue conmoviendo por esa crudeza que muestra, por ese realismo que pocas películas han mostrado a lo largo de la historia, sin duda alguna una obra maestra que perdurará siempre. El comienzo de una nueva época mostrado desde el sufrimiento y el dolor.
Muchos años después, la película sigue conmoviendo por esa crudeza que muestra, por ese realismo que pocas películas han mostrado a lo largo de la historia, sin duda alguna una obra maestra que perdurará siempre. El comienzo de una nueva época mostrado desde el sufrimiento y el dolor.
Mediometraje
1926
9
11 de junio de 2020
11 de junio de 2020
10 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si soy totalmente sincero, nunca había escuchado hablar de esta película ni tampoco de su director Dimitri Kirsanoff. Solamente cuando leí que era la película preferida de Pauline Kael, la crítica de cine más influyente de la segunda mitad del siglo XX, me dispuse a verla.
En poco menos de cuarenta minutos, Kirsanoff deja al espectador con un poso difícilmente superable. El comienzo de la película es sobrecogedor, el asesinato de los padres de las protagonistas es sublime. Una ventana, una cortina rasgada, una carrera desesperada y un hacha al cielo bastan para meternos el miedo en el cuerpo.
Entre tanto, unas niñas juegan felizmente en el campo, sin preocupaciones, con sus deseos e ilusiones intactos todavía, un claro ejemplo del impresionismo de la época en Francia.
El triste suceso hace que las huérfanas tengan que cambiar su feliz vida por un desgarrador drama en la truculenta y decadente París, fiel retratada por Kirsanoff con escenas continuas de coches, de ruedas, de tráfico, de piernas que van y vienen. Una urbe con piel de cordero pero que esconde a un lobo feroz que engulle todo lo que se pone a su paso, incluida dos pequeñas huérfanas.
Comienza entonces la parte cruel y realista de la película, lo que muchos expertos señalan como el preludio del neorrealismo en el cine, que quedará marcado para siempre tras la Segunda Guerra Mundial, sobre todo en Europa.
La película tiene la singularidad de no tener intertítulos explicativos, Kirsanoff simplemente nos traslada mediante las imágenes a una realidad dura y cruel, sin contemplaciones, donde los sueños no se cumplen y la vida transcurre con sus miserias y sus desgracias.
El amor no es lo que parece a simple vista, la triste realidad de la maternidad no deseada, los deseos de suicidio permanentes, la única salida de la prostitución... sin duda alguna una película dura y realista, pero de obligada visión para cualquier cinéfilo que se preste.
En poco menos de cuarenta minutos, Kirsanoff deja al espectador con un poso difícilmente superable. El comienzo de la película es sobrecogedor, el asesinato de los padres de las protagonistas es sublime. Una ventana, una cortina rasgada, una carrera desesperada y un hacha al cielo bastan para meternos el miedo en el cuerpo.
Entre tanto, unas niñas juegan felizmente en el campo, sin preocupaciones, con sus deseos e ilusiones intactos todavía, un claro ejemplo del impresionismo de la época en Francia.
El triste suceso hace que las huérfanas tengan que cambiar su feliz vida por un desgarrador drama en la truculenta y decadente París, fiel retratada por Kirsanoff con escenas continuas de coches, de ruedas, de tráfico, de piernas que van y vienen. Una urbe con piel de cordero pero que esconde a un lobo feroz que engulle todo lo que se pone a su paso, incluida dos pequeñas huérfanas.
Comienza entonces la parte cruel y realista de la película, lo que muchos expertos señalan como el preludio del neorrealismo en el cine, que quedará marcado para siempre tras la Segunda Guerra Mundial, sobre todo en Europa.
La película tiene la singularidad de no tener intertítulos explicativos, Kirsanoff simplemente nos traslada mediante las imágenes a una realidad dura y cruel, sin contemplaciones, donde los sueños no se cumplen y la vida transcurre con sus miserias y sus desgracias.
El amor no es lo que parece a simple vista, la triste realidad de la maternidad no deseada, los deseos de suicidio permanentes, la única salida de la prostitución... sin duda alguna una película dura y realista, pero de obligada visión para cualquier cinéfilo que se preste.
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