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Argentina Argentina · Paraná, Entre Ríos
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Voto de avellanal:
7
Voto de avellanal:
7
Ciencia ficción. Terror. Fantástico En una estación experimental remota de la Antártida, un equipo de científicos de investigación estadounidenses ven cómo en su campamento base un helicóptero noruego dispara contra un perro de trineo. Cuando acogen al perro, éste ataca brutalmente tanto a los seres humanos como a los caninos del campamento, y descubren que la bestia, de origen desconocido, puede asumir la forma de sus víctimas... (FILMAFFINITY)
15 de febrero de 2009
46 de 66 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuando se estrenó, The Thing –que es un remake de "The Thing from Another World", filme producido por Howard Hawks en 1951–, estuvo condenado a permanecer a la sombra de "E.T.", de Steven Spielberg. Si bien existía en ambas películas el denominador común de la presencia determinante (a los fines argumentales) de organismos no humanos; en esencia, se trataba de dos propuestas radicalmente antagónicas; y, como era de esperar, en términos comerciales, la simpática criatura creada por Spielberg terminó imponiéndose con holgura.

Con el correr de los años, sin embargo, la producción que nos ocupa, ha sido objeto de reivindicaciones varias, hasta alcanzar el siempre dudoso estatus de película de culto. Si habría que bucear en la historia del cine, a fin de encontrar un antecedente preciso, solamente deberíamos retroceder unos pocos años, hasta 1979, y allí hallaremos la cinta que guarda mayor afinidad con la de Carpenter: "Alien", de Ridley Scott. En ambas, el núcleo de la trama es idéntico: un reducido grupo de personas aisladas –en una nave espacial, en una estación antártica–, que irán pereciendo una a una con el transcurso de los minutos, se enfrentan a una terrible presencia extraterrestre que les acecha, a la par que dicha entidad no humana precisa de otros seres vivos para perpetrar su especie; y su proliferación, en caso de trascender el remoto ambiente claustrofóbico, provocaría la extinción de la raza humana. Y a su modo no tiene nada que envidiar al mítico film de Scott, pues opino que está a una altura similar en cuanto a narrativa, ingenio visual, tensión, suspense y efectos especiales.
El comienzo resulta efectivo porque, a partir de la punzante banda sonora del maestro Ennio Morriconne, la ausencia de diálogos y la preponderancia del resplandeciente paisaje blanco polar, la situación que se desarrolla –un perro que intenta escapar a los disparos que le efectúan desde un helicóptero– deja desconcertado al espectador, que tardará algunos minutos en comprender el porqué de tal comportamiento.

La disolución de la entidad física de la amenaza encarnada en ese monstruo extraplanetario es otro de los aciertos del director, puesto que, a contramano de lo que abunda en el género del terror, esto es, lo explícito –no exento de lo grotesco–, en "The Thing" lo que realmente inquieta es que no sabemos ante quién ni ante qué nos enfrentamos, dado que el pánico lo causa lo innombrable, lo irrepresentable, lo no explicitado, lo que no tiene una apariencia física permanente, sino que posee la característica de imitar el aspecto de toda forma de vida posible. Al pavor de la presencia ubicua de la criatura se suma la perplejidad, hasta desquiciar por completo al espectador. No existe respiro alguno: ni siquiera los ocasionales destellos de humor ofrecen alivio, pues intuimos que la calma es imposible. Sólo nos queda asistir, temblorosos, al anuncio de un apocalipsis casi inevitable
Kurt Russell
Más allá de la tensión constante y del inquietante efecto de extrañamiento que provoca su premisa, "The Thing" se erige como un relato de una elegancia extraordinaria, donde Carpenter despliega su maestría sin perder jamás el control del pulso narrativo. Todo transcurre con una calma engañosa, sin estridencias, creando un peso anímico que oprime al espectador hasta lo más profundo. El tono es sombrío, lúgubre, y no hay espacio para la esperanza: cada instante refuerza la certeza de que el mundo exterior ha dejado de existir y que la muerte, en cualquiera de sus formas, resulta ineludible. Son pocas las películas tan aterradoras dentro del cine estadounidense, y, tras más de cuarenta años de su estreno, aún conserva intacta gran parte de su poder hipnótico.

El transcurso del tiempo no ha disminuido en lo más mínimo la potencia técnica de "The Thing": las criaturas diseñadas con apenas 22 años por Rob Bottin —verdaderas materializaciones de la pesadilla biológica— continúan siendo perturbadoras, incluso frente a las sofisticaciones del CGI contemporáneo. Ello no obedece únicamente a su extraordinaria ejecución artesanal, sino al hecho de que cada mutación responde a una concepción profunda del horror, que desborda lo meramente corporal para inscribirse en una dimensión ontológica: la desintegración de la identidad, el temor al otro y, en última instancia, el terror de enfrentarse a uno mismo. Quizá por esta densidad conceptual, la película ha sido objeto de innumerables imitaciones que, en su afán de reproducir la superficie, reducen el horror a una mera exhibición de vísceras, sin advertir que el verdadero núcleo de lo siniestro radica en la imposibilidad de distinguir entre lo humano y lo inhumano. Frente a ello, Carpenter demuestra una convicción estética que lo coloca en la cima del género: no basta con un monstruo, ni siquiera con la muerte; hace falta lo que él posee en exceso: talento.

Si no tiene una calificación un poco más alta, no es por falta de méritos en la ejecución, sino porque su frialdad emocional y el escaso desarrollo de algunos personajes impiden que alcance la intensidad dramática de “The Shining” o la mística religiosa de “The Exorcist”. Sin embargo, dentro de la combinación de terror y ciencia ficción, sigue siendo una de las propuestas más sólidas, ambiciosas y coherentes de la historia del cine.
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El desenlace es el punto más fuerte, la nota distintiva introducida por Carpenter, puesto que sin esa resolución, la cinta no sería, ni por asomo, todo lo buena que es. Un final soberanamente elíptico, en el que los dos únicos sobrevivientes deciden vigilarse de forma mutua, con la desconfianza que ha reinado a lo largo de toda la narración, frente a frente, expuestos a las temperaturas glaciales de la Antártida, en un lento suplicio en el que sólo resta aguardar la muerte de ambos, y con ello, la imposibilidad de que el ente alienígena se propague y llegue a contaminar a la raza humana.

Carpenter, a quien considero uno de los directores más lúcidos del género, logra aquí un equilibrio difícil: la película funciona como relato de supervivencia, como parábola paranoica y como ejercicio estilístico donde la atmósfera es tan importante como el propio monstruo. Esa mezcla exquisita entre el horror más visceral y el imaginario sci-fi es lo que convierte a “The Thing” en un film que no envejece y que, revisionado cuatro décadas después, sigue transmitiendo la misma sensación de aislamiento, impotencia y desconfianza.
En tiempos en que proliferan remakes y secuelas insulsas, “The Thing” permanece como un recordatorio de lo que el género puede ofrecer cuando hay una visión autoral detrás. Carpenter no solo dirigió una película de terror; construyó un universo donde el enemigo no es visible, donde la amenaza se disuelve en lo cotidiano y donde la paranoia termina siendo más letal que cualquier criatura alienígena. Esa es su verdadera grandeza.

En definitiva, estamos ante una obra que combina, con una naturalidad asombrosa, el terror más físico con la ciencia ficción más cerebral, y que nunca deja de interpelar al espectador. Porque lo que realmente nos aterra en "The Thing" no es la criatura, sino la imposibilidad de confiar en el otro. Ese es el germen que convierte al relato en un apocalipsis íntimo y colectivo a la vez, un espejo deformante de nuestras peores pulsiones.
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