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Voto de Chris Jiménez:
8
Drama Un matrimonio esconde un oscuro pasado: durante su juventud en los años 60 fueron militantes de un grupo radical violento. Un atentado con bomba, que causó varios heridos graves, los ha obligado a vivir clandestinamente y a cambiar continuamente de domicilio y de nombres para evitar ser localizados por el FBI. (FILMAFFINITY)
9 de noviembre de 2018
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿Cómo afrontaría alguien la vida si su destino se encontrase entre las líneas blancas de la carretera por delante y el humo del coche por detrás? Una existencia de futuro incierto, en constante huida, obligada a renunciar sueños y esperanzas.
Siempre interesante, siempre sorprendente, Sidney Lumet nos introduce con gran naturalidad e intensidad dramática en dicho dilema visto a través de los ojos de un joven que se debate entre la lealtad a la familia y su propio camino a seguir.

Un momento significativo: Danny confiesa a Lorna que, muy a pesar suyo, ha de marcharse de nuevo con su familia. Antes de empezar dicha conversación los actores parecen estar preparándose para la escena. Quizá ocho segundos en los que el director ha decidido encender la cámara y ponerse a grabar; Phoenix y Plimpton demuestran que tienen talento para la naturalidad y Lumet, que es un gran director de actores y que no precisa de mucho esfuerzo para hacer que todo quede creíble, real. Es algo que está presente en toda su obra, y desde luego lo consigue en esta que nos ocupa.
No apta para todo el mundo y bastante difícil de digerir, "Un Lugar en Ninguna Parte" pasa por ser de los trabajos más intimistas y personales del cineasta, amén de los más poderosos, realizado en un momento irregular de su carrera en comparación con la década anterior y destacando entre dos obras menores como son "A la Mañana Siguiente" y "Negocios de Familia". De corte independiente, el guión de esta película, que firma Naomi Foner, se inspira (por mucho que en los créditos se diga que los personajes son ficticios) en William Ayers y Bernardine Dohrn.

Esta pareja, versión real de los Arthur y Annie Pope del film, eran los conocidos fundadores del grupo revolucionario Weather Underground, creado a finales de los '60 sirviendo a una causa antimilitarista contra la Guerra de Vietnam y con el objetivo de acabar con el imperialismo, el racismo y la injusticia social en la sociedad americana, provocando a menudo ataques terroristas con posteriores víctimas (el laboratorio de Napalm mencionado aquí hace alusión al bombardeo del centro Sterling Hall de Wisconsin en 1.970). Lumet, como de costumbre, recordando sucesos y conflictos que trastocaron la Historia de su nación.
Volviendo a la película, el joven Danny y su hermano pequeño Harry tienen que mudarse nuevamente ya que la verdadera identidad de sus padres ha sido descubierta; éstos, dos radicales contraculturales acusados de un ataque terrorista a un laboratorio dieciséis años antes, llevan una vida fugitiva, huyendo de la ley y cambiando constantemente de identidad. Sin embargo en el nuevo pueblo al que han llegado las cosas van a cambiar; Danny posee un talento especial para tocar el piano, lo que no pasa desapercibido para su profesor de música, y además el chico se acabará enamorando de su hija Lorna. Por fin podrá llevar una vida normal, mientras sus padres no digan de emprender la marcha otra vez...

Lumet nos arrastra al corazón del drama con dureza, bastante objetividad y sensibilidad al mismo tiempo; flirtea con los ideales políticos, algo siempre defendido por los personajes de Annie y Arthur, pero todo eso queda como telón de fondo, como un pretexto en el que se apoya la verdadera trama, que no es otra que la situación en la que la familia protagonista se encuentra. Siempre huyendo, siempre perseguidos, por un gobierno que no olvida, que debe ajusticiar a aquellos que le hicieron daño, incluso si fue para defender una causa justa con la intención de cambiar un poco el mundo a mejor; la familia Pope está condenada a vagar sin identidad ni futuro y, por mucho que rían, el pesimismo les acompañará siempre.
Danny es el único capaz de aspirar a una vida y una identidad, aunque ello signifique dejar a sus padres y su hermano en mitad del camino. Alegría y tristeza se dan de la mano todo el tiempo, de la manera más natural y realista, y lo más importante es que la película no tiene trama si no es por los personajes (gran distintivo del cine de Lumet), quienes consiguen que avance gracias a sus sentimientos, diálogos y reflexiones. La distancia puesta por el método del director se resuelve con la espontaneidad y el realismo de las interpretaciones, que nos acercan a los protagonistas y nos hacen sentir como ellos.

Unos actores brillantes, tremendamente bien dirigidos, que, más que actuar, viven a sus personajes. Judd Hirsch y Christine Lahti forman un carismático y poderoso dúo, pero no tanto como el compuesto por los jóvenes River Phoenix y Martha Plimpton, segunda vez que coincidieron ante la cámara tras "La Costa de los Mosquitos", que se destapan como enormes promesas de su época (la de Phoenix tristemente acabada al morir unos años más tarde por sobredosis...).
Sin grandes alardes en lo visual, sin grandes medios y sin efectos, Sidney Lumet logra una gran película, hecha de carne y hueso y un espíritu, que está entre lo mejor de su obra. Quizá su final feliz no esté muy acertado (lo mejor es pensar que la esperanza nunca se pierde, y eso, claro, es agradable para el público), pero aun así no estropea para nada el conjunto, con momentos memorables que realmente atraviesan el corazón.
Chris Jiménez
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