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Jesús

5,5
160
votos
Sinopsis
Jesús es un joven chileno de 18 años en busca de su identidad. Baila con un grupo de pop coreano y le gusta pasar el rato con sus amigos en los parques públicos. No estudia ni tiene trabajo. Desde que murió su madre vive con su padre Héctor, de 53 años, en un apartamento de Santiago en el que la televisión compensa su incapacidad para comunicarse. Una noche, Jesús se abre a su padre y le confiesa su implicación en un acontecimiento ... [+]
Críticas ordenadas por:
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22 de septiembre de 2016
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
En Jesús, el único acto moral que alguno de los personajes de este largo viaje hacia la noche acomete, es el que tiene lugar en el último plano de la cita. Y es, en muchos sentidos, el más terrible de todos. Pero empecemos por el principio, ¿Cómo hemos llegado a esto? Sería una pregunta de difícil respuesta ante la realidad de Jesús, el protagonista de esta historia, adolescente, chileno, y animal nocturno de un contexto sin valores ni esperanza, sin un atisbo de cariño o de control de los actos y las consecuencias, sin un futuro o un pasado que importe, vividor únicamente de un presente continuo de narcótica violencia, hacia los demás y hacia si mismo.

Es cierto que Jesús evoca al cine del apocalípsis adolescente de Larry Clark (o Gregg Aaraki) pero esta referencia va más allá de lo evidente. Las películas de aquellos hablaban del proceso hormonal de estos años y su eyaculación en la violencia gratuita y el nihilismo. Con sus personajes dibujaban el panorama más grande de una generación perdida en el consumismo atroz y la falta de valores. Jesús, con su apariencia de thriller casi psicológico y de drama moral, también se convierte en cine político por el contexto en el que se narra. Recuerda el caso real que llevó en Chile a la creación de la Ley Zamudio, que en cierta manera se creó para proteger a los homosexuales, después de la paliza y la muerte de un joven en la noche santiaguina. Pero, ¿es que es necesaria una muerte para la creacion de una ley? ¿Cómo hemos llegado a esto?

Tampoco existen motivos para lo que Jesús y sus amigos propician, y también ahí hay un trasfondo politico: el de un país en el que el mayor asesino político, Pinochet, nunca pagó por sus crímenes. Y el de una generación desconectada de esos años negros y de sus propios padres porque o no están allí, o no existe nada que les vincule.

Y es esa forma de hablar de la intimidad aciaga de sus protagonistas y de convertir su historia en un símbolo de algo mucho más grande, lo que hace de Jesús una experiencia extraordinaria y terrible. Fernando Guzzoni ha hecho una cinta de cine moral, pero ni de lejos cae en lo moralista. Es terrible y las emociones por la que hay que transitar para verla son viscerales y dolorosas, pero nunca son manipuladoras. Cada escena y decisión técnica está realizada con un sentido y cuenta algo sobre estos personales pero nunca es obvio; por ejemplo, resulta fascinante como rueda los estados de ánimo de Jesús, pegándose a su rostro y moviéndose con su cuerpo, una cámara ebria peleándose en la nebulosa de un combate sin sentido; en contraposición a los de su padre, presentes fuera de foco, estáticos y fríos, vividos por ende en un mundo más grande, que conoce las consecuencias de la violencia y la culpa.

Pero todo lo que Guzzoni propone y trasmite, llega a doler porque también tiene a dos actores en estado de gracia, que se replegan en la oscuridad de estos personajes y sus relaciones. Nicolás Durán magulla su cuerpo y lo somete a la tortura que Jesús está viviendo. Lleva la película sobre sus jóvenes hombros y transita de la desesperanza a la furia, de ahí a la culpa, de la culpa al arrepentimiento, y a la imposibilidad de modificar quién es o lo que ha hecho. Su interpreración es física, visceral, y de ahí llega al trauma y al espiral de aciagas emociones por las que pasa Alejandro Goic por otra parte es su grave y hermético padre, pero los estados por los que pasa este hombre no consiguen retenerse en ese marcado rostro, y hay barreras que ni si quiera el amor incondicional de un padre, si es que alguna vez lo hubo, pueden saltar. Todo su trabajo es exquisito, pero es ese último plano el que, en forma y significado, acaba por derrumbar toda esperanza, precisamente, por inevitable.

¿Cómo hemos llegado a esto? Se dice que "ningún hombre es una isla", y parece que estos personajes están completamente desconectados del mundo, de sus semejantes, de sí mismos... Pero la violencia que les une, más que cualquier vínculo, es el mar en el que se encuentran, cruel, crispado, oscuro, injustificable.
jaly
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27 de junio de 2017
1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
En general un buen film, con algunas secuencias de sexo y violencia potentes y explícitas. Sobre todo la escena clave de la película es brutal y el final también. Eso si, fallo "importante" no incluir subtítulos como parece que sí se incluyeron en la proyección de otros festivales (vista en el Atlántida Film Fest de Filmin). A los personajes no se les entiende prácticamente nada el 90% del tiempo por la velocidad en la que hablan, los localismos de la lengua, por muchas veces susurrar y por ir la gran parte del tiempo bebidos, drogados o con un cigarro en la boca. Por momentos, el esfuerzo titánico por saber que dicen, te hace no disfrutarla. Pero he entrecomillado el "importante" porque luego, realmente, te das cuenta que más allá de insultos y ciertos reproches, sus diálogos no son tan vitales e importan más los silencios y las imágenes, junto con su atmósfera que se va cargando y complicando.
MrGuirao
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3 de octubre de 2016
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Esta cinta chilena dirigida por Fernando Guzzoni cuenta la historia del chico del título, un joven de 18 años que baila con un grupo de pop coreano y pasa ratos con sus amigos en parques públicos. No estudia ni tiene trabajo y desde que murió su madre vive con su padre Héctor en Santiago. No hay comunicación con él pero una noche el chico le confiesa su implicación en un acto grave sobre un chico en estado crítico. El director trata la distancia entre generaciones diferentes en una intensa película que no escatima en mostrar escenas violentas y sexuales. Tal vez por eso hubo algunos asistentes que abandonaron la proyección en el palacio del Kursaal. Su notable final fuera de campo recuerda un poco al de la venezolana "Desde allá".

http://josh-cine.blogspot.com.es/
Josh Diaz
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7 de octubre de 2016
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A las 09:30 inauguré la agenda, una vez más, en el Victoria Eugenia, para ver la chilena Jesús de Fernando Guzzoni, integrada en la sección oficial a competición. Jesús es un chico adolescente que vive con su padre soltero, el cuál tiende a estar ausente.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Néstor Juez
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7 de mayo de 2017
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Existe un género en el séptimo arte que muchos integran en el cajón de sastre del cine social ante la absurda necesidad de etiquetarlo todo y aglutinarlo en espacios estancos dotados de homogeneidad, cuando en realidad no la tienen. Un tipo de cine que exige mucho de nosotros y nos propone preguntas incómodas que, a fuerza de afrontarlas, nos permiten cierta evolución interna.

Jesús, la segunda película del inteligente cineasta chileno Fernando Guzzoni forma parte de este concepto de cine exigente con el espectador. Como guionista y director Guzzoni nos propone preguntas para las que no tiene respuesta ni manual de instrucciones. Con esta historia de incomunicación entre un padre un hijo, nos hace partícipes de la sinrazón. La potencia de las imágenes despierta nuestro kamikaze interno y nos invita a asumir el rol del juez que, seguro de sí mismo, aprieta el mango del mazo con fuerza, convencido de que dictará una sentencia justa. Sin embargo, mientras la película avanza, poco a poco, soltamos el poderoso mazo justiciero para dejarlo caer ante nuestros pies.

En Jesús, la cámara se erige libre, sin ataduras, y nos muestra la realidad de una juventud huérfana, desprovista de hoja de ruta, parida por unos padres que, aunque vivos, permanecen ausentes. Daños colaterales de una sociedad, la chilena, en la que las heridas de una brutal dictadura, demasiado reciente, no han tenido tiempo ni oportunidad para curarse ni dejar de sangrar.

Ante nuestros ojos, estos hijos del vacío juegan a la libertad cuando nadie supo mostrarles las herramientas para saber afrontarla, malinterpretan la amistad porque nadie se atrevió a hablarles de su verdadero sentido, mientras buscan cariño y calor en cualquiera que pueda parecerles cercano cuando la familia, como institución, no pudo asumir sus responsabilidades.

Jesús es el retrato de una sociedad inerte que sufrió el salto de una generación por culpa de la brutal aniquilación de unos ideales que no tuvieron espacio ni tiempo para florecer. Guzzoni firma aquí un necesario y valiente trabajo que tiene, en su brutal puesta en escena repleta de naturalismo y suciedad, los ingredientes perfectos para calar hondamente en el espectador. El sexo, es sexo y la violencia funciona como tal en un ejercicio de autenticidad de muy difícil estreno en las pantallas comerciales.

Nicolás Durán, el joven actor que pone todo su físico al servicio del personaje principal, asume un riesgo digno de elogio en este su primer papel en el cine. Flanqueado por el impresionante actor, escritor y director de teatro, Alejandro Goic, visto en otras joyas del cine chileno como La nana, Gloria o la más reciente e internacional El club, da vida al padre ausente que deberá asumir la que, quizás, sea la encrucijada más compleja de su vida.

Los últimos minutos de esta impactante película aciertan a cerrar un círculo, en apariencia perfecto, en el que todo aparenta cobrar sentido, obrando en el espectador una suerte de satisfacción efímera que, como la visión de un espejismo, se diluye en solo unos segundos.
umaestef
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