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Servadac rating:
4
Horror. Romance. Fantasy In 1462, Elisabeta, the wife of Vlad Dracula, the ruler of Transylvania, throws herself to her death, wrongly believing that her husband has been killed while defending against the Turks. But when the church he has been defending condemns her soul to Hell for taking her own life, Dracula damns them and accepts the powers of darkness to become a vampire. In the 1890s, clerk Jonathan Harker travels to Transylvania to enact the sale of ... [+]
Language of the review:
  • es
May 3, 2015
28 of 42 users found this review helpful
Hoy, por la mañana, a la hora en que el vampiro ve más limitados sus poderes, he terminado ‘Drácula’, de Bram Stoker, novela que empecé a leer, como mandan los cánones, en el corazón de Transilvania.

Lo primero que anoté en mi libreta de lectura, es lo siguiente (la traducción es mía): “He dejado de ser joven. Y mi corazón, hastiado por el luto, no sintoniza ya con la alegría. Además, los muros de mi castillo están desmoronados; las sombras son multitud y el viento sopla frío a través de las derruidas almenas y aberturas. Amo la oscuridad y la sombra, y me gusta, si es posible, estar a solas con mis pensamientos.”

Cierro los ojos y me viene a la mente la imagen del vampiro ideada por Murnau, en su maravillosa ‘Nosferatu’.

“Aunque la mutua compasión no puede alterar los hechos, ayuda a soportarlos.”

He aquí una de las muchas dicotomías que plantea la novela: soledad (la soledad del monstruo) frente a compañerismo. La comunidad, en el texto de Stoker (y no sin un punto de ironía) hace la fuerza.

Drácula, de Francis Ford Coppola, es algo muy distinto.

No deploro las licencias, ni el cambio completo en el ritmo y planteamiento de la historia. Al fin y al cabo, el amor es un tema inagotable.

Pero… reviso la película y sigo sintiendo que, en esencia, no funciona. O a mí no me funciona.

“Omne ignotum pro magnifico est”, decía Tácito. Todo aquello que ignoramos nos parece magnífico. En efecto, solemos pintar lo que desconocemos con los colores de la fantasía. O, lo que viene a ser lo mismo, el enigma es en sí más fascinante que la realidad que se oculta tras de él. Esta frase, citada en la novela por el doctor Van Helsing, me da una clave triste: en la cinta de Coppola no hay misterio.

¿Y qué es un Nosferatu sin enigma?

Un perro ladrador…

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Echo de menos la presencia de Drácula como espejo deformante de la sociedad occidental civilizada de médicos, lores y abogados.

Echo de menos la línea difusa que separa al Conde y su álter ego: Abraham Van Helsing.

La estética –en rojo sangre a borbotones–, apuesta casi única y muy personal del director, ha envejecido mal.

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“Luz, más luz.” Esas fueron, según la leyenda, las últimas palabras de Goethe. El doctor Van Helsing las pronuncia en un momento de la cinta.

Y yo le pediría a Francis Ford Coppola justo lo contrario.
Servadac
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