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España España · Shangri-la. Andalucía
Críticas de Maggie Smee
Ordenadas por:
272 críticas
1 2 3 4 10 20 55 >>
4
14 de enero de 2017
286 de 429 usuarios han encontrado esta crítica útil
La verdad es que no sé por dónde empezar. No quiero extenderme demasiado hablando de los supuestos motivos externos de la película que la han convertido en un éxito, que convenía que así fuera, ni de su tremenda campaña de promoción, pero sería curioso al menos señalar que estamos ante todo un ejemplo de estrategia de cuándo estrenar un film y sacar el máximo rendimiento en taquilla. De entrada, el subtítulo español añadido a su título no lo recordarán los espectadores, sino que se remitirán a su título original, tal y como ya ocurrió en los informativos televisivos cuando daban la noticia de que había arrasado con siete Globos de Oro, creando un nuevo récord. Ya le pasó por ejemplo a “Amor sin barreras”, subtítulo añadido a “West Side Story” y que a estas alturas nadie recuerda.

Al menos para mí, lo mejor de “La La Land (La ciudad de las estrellas)” es su principio, con ese logo “prestado” de Cinemascope en precioso technicolor que, automáticamente, nos remite a la época del musical americano rodado en este sistema, aunque haya sido rodado realmente en Panavision. Su primer número musical, totalmente colorista, tiene un cruce entre número contemporáneo de musical de Broadway para turistas y de Jacques Demy, pero a mucha distancia de lo que es un musical americano en toda regla y del citado Demy, ya digo, y eso que es uno de los más espectaculares y logrados, dentro de la propuesta que presenta Damien Chazelle, una propuesta que se va desinflando según avanza su metraje, ya que para la anécdota que cuenta nos resulta de excesiva duración y sin sorpresa.

Por desgracia “La La Land” a mí no me hechizado, y eso que cuando veo un buen musical me derrito. Su coreografía me parece simplona, con pasos muy elementales para que cualquiera posteriormente, en su versión teatral, porque la habrá y de eso se trataba su éxito, lo pueda hacer sin complicaciones, así como cantar sus canciones, que no implican grandes registros vocales ni grandes complicaciones. Y más vale no entrar en comparaciones, porque si suelen odiosas aquí serían humillantes, ya que no hay ni rastro de los bailes de Gene Kelly, Fred Astaire, Ginger Rogers, Rita Hayworth, Judy Garland, Ann Miller o de las piernas mágicas de Cyd Charisse. Ni sombra de Minnelli, Donen o Cukor entre otros, por no hablar de los últimos renovadores del género, como el gran Bob Fosse. Todo, más que homenaje, es un copia, corta y pega de miles de títulos, incluyendo hasta momentos de Woody Allen de su “Todos dicen I love You”, quizás todo generado por el encanto y el éxito que fue “The Artist”. Era lógico que la propia industria hiciera su respuesta ya que es el musical, junto con el “western”, son los géneros más genuinamente americanos. Y el musical, para mayor INRI, hay que tener en cuenta que es el género que mayor cantidad de premios ha ido recogiendo a lo largo de la historia.

Puede que aquí sea donde reside la esperanza renovadora de la industria americana, que intentará imponer este nuevo estilo de musical para hacer frente a la moda del cine de súper héroes o entregas galácticas, cada vez más repetitiva y cansina, con el aliciente de pasar posteriormente a teatro el musical que en cine haya sido rentable, primero en escenarios americanos y luego venderlos al resto del mundo, incluyendo España, que parece que al fin ha entrado por el aro y forma parte del circuito, que trabajo ha costado.

Creo que la clave de todo está dentro de la misma película, en el diálogo que se mantiene en el primer encuentro entre Keith (John Legend) cuando habla con su amigo Sebastian (Ryan Gosling), este un purista del jazz. Keith le oferta un trabajo en un grupo y le habla que hay que renovarse, tocando un estilo adulterado, más “moderno”, ya que el jazz sólo lo escuchan los viejos de noventa años y que si decide seguir siendo un purista, morirá de asco. Pues eso ha hecho Chazelle, su director, sin el talento suficiente, como el resto del equipo, optando por una “renovación/ adulteración” del género, ya que hubieran sido incapaces de hacer un musical como los antológicos o en su defecto renovador en toda regla.

Su atmósfera también me ha evocado inevitablemente a Coppola, con su “Cotton Club” o sobre todo con su preciosa “Corazonada” que injustamente fue todo un fracaso. Y no solo hay un cierto aire de Coppola en esto, también de Hitchcock, con esas ventanas que despiden esa luz verde fantasmagórica que nos recuerda a “Vértigo”, o esos giros de cámara a lo Brian De Palma, o ese ambiente de clubes que tan bien recreaba Blake Edwards pero sin llegar a la altura de los mencionados, y la lista podría continuar, sería interminable.
Justin Hurwitz con su banda sonora en la que se incluyen temas versionados, no originales, Linus Sandgren con su preciosista fotografía, Tom Cross en montaje o Mary Zophres con su vestuario, son opciones favoritas para adueñarse de los Oscars en la próxima edición y sumar más premios de los que en principio le podían caer.
El que Emma Stone esté frente a uno de los más encantadores personajes de su carrera no tendría que ser motivo de premio. Es como esos Oscars que con el tiempo se ven algo disparatados como el que le dieron a Cher por “Hechizo de luna” o a Gwyneth Paltrow por “Shakespeare in Love”. Ryan Gosling se ve que se lo ha currado, pero más se lo curró por ejemplo Richard Gere en “Cotton Club” donde nadie le doblaba en los solos de trompeta y nadie se lo reconoció. En cuanto a los secundarios están como sumergidos en la niebla, poco importan, incluyendo las amigas de la protagonista, que podían haber tenido mayor relevancia y que finalmente no aportan nada. En fin, un nuevo mito inflado a más no poder, quizás para no pensar en Donald Trump.
Maggie Smee
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8
6 de octubre de 2018
131 de 168 usuarios han encontrado esta crítica útil
Pawel Pawlikowski se ha tomado su tiempo. No creo que haya sido porque en Polonia sea más difícil rodar que en otros países, que sin duda lo será, pero Pawlikowski, como se puede comprobar con esta “Cold War” y a raíz del éxito de su anterior película, “Ida”, en la que en su brillante palmarés, por ejemplo, figura el codiciado “Oscar” al mejor film extranjero, sabía que no iba a tener graves problemas de financiación.

Lo llamativo de todo este asunto es que no ha perdido su línea. Sigue siendo cine de autor, puro y duro, lo cual no era impedimento para comprobar que hay un público que esto le interesa y que la sala que la proyectaba, aunque no era enorme, estaba casi abarrotada. Es un lujo, aunque habitualmente parezca que no es así, que existe un público que sabe comportarse en una sala y que le interesa una historia contada sin los “tics” o clichés habituales del cine comercial más previsible. Y ojo, que no es cine “gafapasta” como lo calificarían los descerebrados analfabetos de turno, es, como hemos dicho, cine de autor: manejo del lenguaje cinematográfico y capacidad sensitiva.

En esta ocasión Lukasz Zal se encarga de la fotografía en esta ocasión sin Ryszard Lenczewski que vuelve a ser en blanco y negro. También el guión lo realiza, no con Rebecca Lenkiewicz, si no con Janusz Glowacki y la colaboración de Piotr Borkowski, además de contar con miembros de otras producciones suyas, sean técnicos o actores. También se repiten ciertos escenarios y ciertas constantes, hasta casi la misma escueta duración, pero lo que se nos cuenta nada tiene que ver con su anterior y celebrado trabajo.

Aquí la acción se reparte a lo largo de varios años en diferentes países. En apariencia no es tan claustrofóbica. Hay espacios abiertos, corre aire a través de sus personajes perfectamente definidos y estos se mueven por lógica, siguiendo además sus instintos.

Brillante es su factura técnica, coronada por una fotografía que logra impregnar el film de una nostalgia aplastante, como si hubiera sido rescatada por una filmoteca después de más de cuatro décadas de haber sido rodada, con una vigencia absoluta. Y sus temas musicales, variando según la acción, dentro de un guión medido hasta con compás y regla, conciso y férreo, dirigido con una llamativa precisión: Pawlikowski, experimentado en cine documental, ha tenido una agitada vida, viviendo en varios países y británico en su formación profesional. Conoce bien el ambiente desgarrado de relaciones sentimentales familiares que se pierden y también posee buen gusto. Entre sus films favoritos los hay dispares, como varios títulos del cine de Wajda, junto a “Días del cielo”, “El espejo”, “Taxi Driver”, "La dolce vita" o “Con faldas y a lo loco”. Y algo de todo esto se refleja aquí.

Antes de irnos al spoiler hacer mención al excelente reparto, en espacial al dúo protagonista: Joanna Kulig, la cual tiene estudios de canto, y Tomasz Kot. Ellos encarnan a Zula y Wiktor con perfecta convicción y química. Ambos están muy bien, aunque creemos que la que saldrá más beneficiada será Joanna Kulig que podría significar su salto internacional, así como el caso de su director.

La carrera de “Cold War” no ha hecho nada más que empezar, pero el hecho de que pueda llegar a estrenarse en muchos países es su verdadero triunfo, al pertenecer a una clase de cine cada vez más difícil de ver en circuitos comerciales. Y sin querer destripar nada nos vamos al spoiler.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Maggie Smee
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8
3 de diciembre de 2016
103 de 122 usuarios han encontrado esta crítica útil
Premiada en Venecia, con el Gran Premio del Jurado, “Animales nocturnos” quizás ha encontrado mayor eco a la hora de ser vendida y estrenada. Bien le ha venido. Y no porque haya sido una maniobra promocional o un favor, simplemente, porque aparte de su indudable calidad, ha sido un apoyo a una película dura, áspera, ponzoñosa, de una crueldad tremenda y turbadora que jamás encontrará apoyo en el gran público. En principio sacará algunos beneficios en taquilla, pero con el paso del tiempo se forjará su fama de film maldito, y será atacada por el público comercial más lerdo y violento, esa clase de público intransigente que no perdona ninguna propuesta diferente o que no se sigan los parámetros habituales, mucho más por el absurdo motivo de ser de nacionalidad norteamericana, por tener a dos actores famosos como protagonistas y por no salir, como correspondería, claramente del ámbito independiente. Desde sus sorpresivos títulos de crédito, que restringirán su emisión en abierto en Estados Unidos, queda patente que es un film alejado de lo común.
“Animales nocturnos” es una adaptación de una novela de Austin Wright (1922- 2003), escritor y crítico literario que contó con el reconocimiento de amplio sector literario. Tom Ford ha sido el responsable de su complicada adaptación, de gran parte de su producción y su dirección. Para mí es la confirmación no solo de un director con gran sentido de la exquisitez, si no que se revela, salvando ciertas distancias, como una especie de Visconti americano contemporáneo, capaz de componer con gusto, y si le place, de adentrarse en submundos sórdidos con mano maestra, demostrando en todas sus facetas una solidez inusual. Ha sabido imprimir a su film desde frialdad a temperamento, hacer llegar al espectador desde el más desasosegante sentimiento de insatisfacción a, cuando se requiere, la tensión más angustiosa sin recurrir al efectismo. Su empeño era muy difícil y ha salido absolutamente airoso.
Y es que de ella me gusta todo, no hay nada que haya fallado. Su casting es ejemplar: todos cumplen perfectamente con sus personajes, desde los más secundarios, entre los que encontramos a una breve aportación de Laura Linney, que lo clava, a los de reparto (sobre todo me ha impresionado un impagable Mark Shannon como Bobby Andes) y por supuesto sus protagonistas: Jack Gyllenhaall en sus roles de Tony y Edward, en una de sus más difíciles y mejores composiciones, junto a la que parece ser la revelación del año, Amy Adams, en el papel de Susan Morrow, un rol muy difícil, que arranca con ese look impecable casi a lo Veronica Lake y que lentamente se va desmembrando. Suponemos que, al ser tan políticamente incorrecta, la nominación al Oscar como actriz este año le caerá por su gran labor en “La llegada”.
La factura del film es de primera, es como si se tratase de un film de David Lynch pero sin devaneos, afilado como un dardo, con una fotografía espléndida, un vestuario que en apariencia no llama la atención pero que es un muestrario de distinción, escenarios muy bien elegidos y una banda sonora muy bien pensada que constantemente envuelve las diferentes historias que se entrelazan.
Película inteligente que Ford ha resuelto con astucia todos los obstáculos que se le planteaban y que deja poso. El veneno, al que aludíamos al comienzo del comentario, es lento y deja rastro, por lo que se la recuerda con cierto temor, pero reconociendo que se trata de una de las mejores estrenadas este año.
Maggie Smee
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3
2 de diciembre de 2017
117 de 176 usuarios han encontrado esta crítica útil
No estoy de acuerdo con eso de que “el cine de antes era mejor”, o al menos no he defendido esa actitud porque no creía en ello. Y digo creía, porque llevamos una larga temporada, además de extrema sequía en la que no llueve, de películas que no son realmente buenas, empezando a sentir añoranza del cine de autor que se hacía en el pasado milenio. Había una enorme cosecha tanto de autores como de films que engrandecían el circuito independiente (incluso el cine comercial estaba más trabajado y era más respetable), pero la racha mencionada se me hace eterna y cuesta arriba, con resultados fallidos y con directores que pecan de ostentosos, sin una personalidad creativa como distintivo y más ocupados en su destreza técnica que en lo que nos están contando. Hay, desde películas irritantes y pésimas, a insulsos productos que nos venden, a través de premios en festivales, que en teoría que mantenían cierto rigor, pero que cada vez se están vendiendo, o prostituyendo más, cediendo a las presiones de las grandes productoras y de los tejemanejes de la industria, cada vez más sometidas a productores sin motivaciones artísticas, y con una prensa que cada vez más dan la impresión de estar comprados o de estar elegidos por su mala formación o mal gusto, de carecer de criterio y tener que vendernos obligadamente a los espectadores mediocridades, que años atrás, no hubieran conseguido comentarios tan positivos.

Y este discurso no es más que un reflejo de mi frustración, de mi necesidad de encontrar en la actualidad lo que es una película destacable, con peso y que me sacie, que alimente mi alma, y de no conformarme con un plato de cuarta, que para colmo, han tenido la desfachatez de premiar en Cannes al mejor guión, que es precisamente lo peor que tiene el presente caso, “El sacrificio de un ciervo sagrado”, que hasta su título al principio puede sonar bien, pero que tras visionarla, nos revela tardíamente que es pretenciosa hasta en eso. Pretenciosa y fullera a más no poder, y aunque no sea de esas que haya llegado a irritarme sí me ha aburrido como una ostra, porque lo que le sobra son ínfulas. Dan ganas de ponerse como hace caprichosamente Carlos Boyero, no argumentar nada y afirmar: “torpe, no me ha llegado, no me creo nada y me puse a pensar en mis cosas. No vale la pena”.

Pero no. No vamos a caer en lo que criticamos, aunque mis razones se podrían resumir sin marear al posible lector o lectora. De entrada pienso que Yorgos Lanthimos es un timo, y no hago un chiste fácil con el apellido del susodicho. Desconozco sus primeros pasos, pero su encumbrada y para muchos turbadora “Canino” es casi un plagio, porque se inspira demasiado en “El castillo de la pureza” de Ripstein, rodada varias décadas antes. “Langosta” era algo inferior, y en definitiva era un acierto parcial, con más defectos que virtudes, pero “El sacrificio de un ciervo sagrado” me parece insalvable, la más floja de las mencionadas, un monumento “snob” que no llega a tener categoría para ser un film "gafapasta", del que podría ser acusado por sus posibles detractores, porque carece de la profundidad necesaria para ello.

Filmada con inspiración (lejana) de Kubrick pero evidentemente sin su sabiduría, con un halo a Von Trier pero que queda en esbozo, con, además, intención truncada de remozar, a través de su minimalismo y violencia soterrada, la visión de Haneke, nos cuentan una historia inverosímil y caprichosa que carece de cualquier dramaturgia. Sus personajes van y vienen, padecen y suspiran gracias a la buena labor de los actores, que están absolutamente vendidos a las indicaciones de su director. Quizás del reparto el que pone más empeño, o al menos lo parece, es Colin Farell. Nicole Kidman, aunque se deja llevar en manos del director, sus reformas faciales la han dejado más inexpresiva. Para el ambiente del film va bien, pero si se pretendía que ella encarnara un personaje tan cartesiano y milimetrado, no le beneficia el apoyar los codos en la mesa o hablar, como en el evento del principio del film, de pie con las piernas casi abiertas como una niñata en la puerta de un pub. Se le han exigido resultados pero no la han dirigido con intenciones. Los demás están correctos y Barry Keoghan, también afectado de cierta frialdad, hace lo que puede, lo cual ya es mucho, con un personaje tan mal desarrollado como el suyo.

La película tiene muchos flecos sueltos, cosa que ocurre con demasiada frecuencia en la actualidad con este tipo de films “introspectivos”. Y no es que me queje de que no nos lo den todo mascado, a mí no me hace falta ese tipo de cine, pero una cosa es eso y otra bien distinta es que se nos escamoteen datos fundamentales para tapar un mal trabajo de mesa, en un guión donde la cosas ocurren porque sí y, cuando viene bien, hacemos elipsis o tapamos agujeros centrándonos en otros personajes.

No veo que se trate de ningún thriller psicológico, ya me hubiera gustado que hubiera sido así. Su “tour de force” es inexistente porque todo es impostado. Y aunque haya cosas en ella que han estado bien, como su fotografía, sus efectos de sonido o maquillaje, hay otras que nos han repateado, como su selección musical, que intenta potenciar un clima inexistente en la película y que nos acaba hastiando como espectadores.

Así que me temo, que ante tanta campana al vuelo y tanto aplaudirle, flaco favor de enmendar la plana le hacen a Lanthimos, el cual corre el riesgo de no aprender y perderse en su propio laberinto, un espacio absurdo y naif más parecido a una moda, como puede por ejemplo ser la corriente “hipster”, que una característica de un autor, como pudiera ser un Buñuel o un Bergman y de los cuales se encuentra a cien mil años luz.
Maggie Smee
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6
12 de enero de 2013
71 de 89 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ante el alúd de premios y honores, que ya no le caben en la cesta y sigue sumando, que está recibiendo “Amor” y el reconocimiento unánime que tiene su director, me da el relax y la libertad (sin faltar al respeto, porque se lo merece, dicho sea de paso, aunque esté muy sobrevalorado) para, al menos, manifestar ciertas reservas ante esta película, supuestamente intachable. Creo que a excepción de sus tres primeros largometrajes, para mí los más logrados, siempre me ha dado la sensación de que Haneke se iba creando un mundo antojadizo tanto de circunstancias como de personajes traumáticos. Y digo antojadizos porque, como ocurre también en “Amor”, los pasos dramatúrgicos entre las acciones se los pasa por el forro, su final se contradice con su principio, o viceversa y se recurren a elipsis para salvar escollos. Me remite al cine de autor con ínfula que se idolatraba en cine clubs y sesiones experimentales de hace medio siglo. De hecho el mundo que describe es la consecuencia que hemos visto repetidas veces en esta clase de cine: pareja heterosexual que cena una loncha de jamón de york acompañada de una hoja de lechuga, que mientras toman una pequeña copa de vino escuchan a Schubert, por ejemplo, y hablan de cuando en cuando, durante largos silencios, de algo profundo. De hecho, si Haneke hubiera centrado su historia en los caseros españoles igual habríamos presenciado una historia más lógica: hubieran buscado más el sol y habrían salido a la calle, habrían puesto más canciones (o coplas), verían algo la tele, quizás tendrían algo de sentido del humor o gritarían más hablando, a saber. Pero la opción escogida por Haneke es la más austera y la más mortecina, sin hacer “cine de cámara” bergmaniano, que hubiera sido más moderno y para mí más meritorio, dicho sea de paso, aunque el pilar sean los actores. No sé por qué Trintignant no ha sido nominado al Oscar cuando está ante el papel de su vida, menos lucido que el de su conmovedora y estupenda compañera nominada Emmanuelle Riva. Ellos llevan la película con pequeñas intervenciones de otros actores, como la estupenda Huppert en un personaje, que como el resto poco aportan al conjunto. Quizás por último creo que su título es erróneo. Puede que Compasión, Misericordia o Marrón podían haber definido mejor la propuesta, porque amor lo veo sólo en varias secuencias muy concretas. Aunque me parece una película interesante y con algunos logros, creo que tampoco es como para lanzar campanas al vuelo, sobre todo porque si estremece al espectador es porque su historia, tarde o temprano a todos nos irá llegando, pero no porque nos haya perforado.
Maggie Smee
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