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España España · málaga
Críticas de nachete
Ordenadas por:
255 críticas
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10
18 de agosto de 2007
100 de 117 usuarios han encontrado esta crítica útil
No sólo de matrimonios en crisis habla el cine de Bergman, y para muestra un botón: La hora del lobo, sublime historia de una paranoia que tiene mucho de exorcismo interior, y auténtica obra cumbre del terror existencial en clave arte y ensayo (y del terror a secas). En un blanco y negro cegador se nos narra la inmersión en la locura del insigne pintor Johan Borg (enorme Max von Sydow), consumido por la presencia de demonios interiores que surgen de la oscuridad a esa hora del lobo a la que hace referencia el título (“cuando se producen más muertes y nacimientos; si estamos dormidos tendremos pesadillas, si estamos despiertos tendremos miedo”), auspiciados por el clima devastador y solitario en el que habita el protagonista junto a su inocente y sufridora esposa Alma (Liv Ullmann, capaz de helarte el corazón con una sola mirada).

Sentimiento de culpa, un amor no del todo enterrado, homosexualidad reprimida, maldad: todo se escupe en imágenes imperecederas que Bergman filma con el grado de locura necesario para que estas permanezcan en nuestra cabeza toda la vida, en un estilo surrealista y hermoso que bebe de la iconografía satánica clásica (¡esos habitantes del castillo, tentadoras y siniestras figuras de inequívoco carácter diabólico!) a la vez que elabora un profundo discurso sobre la naturaleza oscura del ser humano, sus miserias y sus grandezas, sus deseos, sus miedos... Nada sobra ni falta en esta pesadilla perfecta trazada con tiralíneas, cada escena tiene una importancia capital, no hay puntos fuertes porque todos lo son: es una sucesión de momentos escalofriantes que no se detienen hasta el final. Secretos y mentiras en prosa visual magnética y experimental, nada aburrida, para este título básico del terror como instigador del alma humana: una obra trascendental, obsesiva, claustrofóbica y freudiana, pieza clave del fantástico y mi película favorita del director sueco. Para compartir vitrina en mi particular museo del mal rollo junto a El año pasado en Marienbad y El quimérico inquilino.

Lo mejor: es inquietante como ninguna.
Lo peor: nada.
nachete
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8
18 de agosto de 2007
59 de 62 usuarios han encontrado esta crítica útil
Inusual y rarísima pieza maestra en la filmografía del irregular Robert Altman, la fascinación que emana de cada fotograma de Tres mujeres es muy difícil de explicar. Hay una cierta sensación de extrañeza a la hora de observar a cada personaje, protagónico o secundario, de la historia, con un deje delirante y amargo a lo David Lynch. Pero es secundario, lo que importa es que el autor de Short Cuts ha logrado, por méritos propios, filmar la película de vampiros más insólita (y sutil) que he tenido ocasión de ver. Porque de vampirismos emocionales y suplantaciones de personalidad habla esta joya trise y desconcertante, abierta a todo tipo de interpretaciones (desde las inevitablemente freudianas a las sociales o religiosas), una soterrada aproximación al fantástico que poco a poco deja teñirse de un aura terrorífica implícita en la propia elección del casting (Spacek recién salida del baño de sangre de Carrie, Shelley Duvall -actriz fetiche de Altman- quién sabe si preludiando su futura inmersión en la locura bajo las órdenes de Kubrick).

Basándose vagamente en ciertas leyendas de criaturas ancestrales devoradoras de energía (también en un sentido sexual), Altman construye su fábula oscura enfrentando a tres patitos socialmente feos a un mundo real (pero a veces surrealista, verbigracia los padres del personaje de Spacek o el vaquero borracho) que les rechaza y les obliga a cambiar para conseguir aceptación. La dirección pausada de Altman se apropia, a su vez, del efecto distorsionador que encontraríamos al observar la realidad a través de un vaso de agua (de hecho son numerosas las imágenes captadas bajo un prisma líquido) para dotar a su relato de una silencioso cadencia acuática y, de paso, formular una metáfora en torno a la personalidad de sus protagonistas, cuyas rostros fluyen de cuerpo a cuerpo a través de invisibles vasos comunicantes. Tal vez el personaje de Janice Rule no esté todo lo bien explicado que debiera, pero bajo el conjunto aparece como un defecto menor. Al fin y al cabo Sissy Spacek y Shelley Duvall se bastan solitas para elevar el interés de la película y convertir un precioso cuento de horror en una primorosa lección de cine que se mueve constantemente bajo el signo del misterio más absoluto: el de Altman y el de sus propios personajes.

Lo mejor: su tono.
Lo peor: quedarnos sin respuestas ante las muchas preguntas que genera la película.
nachete
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8
20 de agosto de 2007
53 de 60 usuarios han encontrado esta crítica útil
Decidido: la obra más importante y perfecta del irrepetible Mario Bava sigue siendo este primerizo y genial ejercicio de estilo que, hurgando en unas formas de terror clásico, saca algo inédito que es en realidad puro arte decadente de raigambre eminentemente gótica y europea. Una gozada que hipnotiza ya desde su mítico prólogo, con esa negra ceremonia medieval y esa inolvidable máscara de clavos. Desde aquí, todo cuesta arriba: castillos inmensos, pasadizos secretos, carromatos avanzando entre la niebla a cámara lenta, muertos sin descanso, maldiciones, multitudes enfurecidas, criptas, bellas y pálidas princesas, almas condenadas a la hoguera...

Lo de Bava es de antología porque demuestra un conocimiento en el arte de la puesta en escena que deslumbra por su precisión e imaginación, por su acertado diseño de producción y su vasta cultura en materia de brujería y en el manejo de los resortes más llamativos del género (brillantes secundarios, cautivadora fotografía, inventiva en sus acometidas terroríficas, etc.). Bava cita a los clásicos (bien aprendidas las lecciones de Tourneur y Freda) para formularse a sí mismo. ¿Consecuencia?: nació un film rebosante de un talento tan excepcional y caprichoso que todas las miradas fueron a parar a él, a ese desconocido director de fotografía italiano que encabezaría el resurgir del género en su país (y en toda Europa). Cine inmenso y acojonante, en definitiva.

Lo mejor: un estilazo impropio de un debutante.
Lo peor: nada.
nachete
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8
12 de junio de 2009
43 de 46 usuarios han encontrado esta crítica útil
Antes de que Lewis Carroll tornara maravillas en pesadillas, gente como Hans Christian Andersen o los hermanos Grimm infectaron la infancia de sombras y violencia en relatos como Los zapatos rojos y La niña de los gansos. Madurar, traspasar el umbral que separa la niñez de la madurez, suponía enfrentarse a nuestros miedos más arraigados. Neil Gaiman plantea en Coraline un cuento de hadas de línea clásica, deudor tanto de los ancestrales cuentos infantiles como de la imaginación exuberante y surrealista de Carroll.

Moral como todo cuento, habla de la necesaria asunción de la realidad y de la complicada búsqueda de la felicidad. Contrapone dos realidades paralelas: una aburrida que nuestra heroína deberá redescubrir, y una deseada y feliz que esconderá odio y veneno en su interior. Entroncando espiritualmente con Hansel y Gretel, se traza una parábola en torno a las trampas de la belleza que Henry Selick convierte en una subyugante montaña rusa de sensaciones, reinventando el diseño de personajes del texto original e inflamando, con ello, todo el relato de un sense of wonder tan fascinante como siniestro, un mundo (que definitivamente no está en este) poblado de gatos que hablan, perros voladores, jardines vivientes y padres perfectos cuyos ojos, vacíos, esconden un pozo lleno de violencia y crueldad.

Los hallazgos estéticos y narrativos de Pesadilla antes de Navidad y James y el melocotón gigante se incrementan, se perfeccionan, en esta película compleja y sencilla a la vez que en ningún momento juega a sobrecargar el relato de imágenes sin sentido, al contrario, que deja respirar sabiamente cada fotograma logrando que sus virtudes técnicas y artísticas brillen aún con más fuerza, sin eclipsar la propia naturaleza del filme, de absorbente desarrollo y medidísimo funcionamiento dramático.

Profunda, bella, siniestra, emocionante y ejemplarmente narrada, Los mundos de Coraline ha llegado para reivindicar a su autor de una vez por todas como lo que es, una de las voces más personales, sugerentes y libres del cine de animación contemporáneo.

Lo mejor: las visitas al lado oscuro, el clímax final.
Lo peor: quizás se pudo sacar más provecho a algún secundario (por poner algo).
nachete
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7
10 de marzo de 2008
39 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
Siempre lúcida y desencantada, la irreverente Lina Wertmüller saldó cuentas con la propia maldad inherente al ser humano realizando una de las aproximaciones más terribles e inteligentes a ese vergonzoso pedazo de historia que fue el nazismo. Lo hizo siguiendo los pasos de Pasqualino (Giannini, en una de las mejores interpretaciones de todos los tiempos), seductor de poca monta y fiel defensor de rancios y caducos valores (nobleza, decoro), los que pretende atribuir a su propia prole: madre y siete hermanas. Así empieza, como descripción en flashback sardónica y pintoresca. Pero en el transcurso de la película esta irá mudando de piel sucesivamente, abriéndose a nuevas (y cada vez más tristes) lecturas.

Lo que en un principio apunta a una farsa burda y tronchante de tintes negros y policíacos (a medio camino entre el western revisitado en clave irónica -el decadente duelo en el prostíbulo- y el más puro Fellini -esas carnales y lujuriosas hermanas), se torna después en drama desolador. Afortunadamente la risa amarga no llega a desaparecer del todo; la comedia sirve como perfecto cauce a través del cual describir al protagonista, patético y tierno a la vez, con sus (escasas) virtudes y sus (muchos) defectos, algo así como la perfecta representación de una Italia fascista encharcada en sus propias ansias de poder y grandeza, a la que la Wertmüller pone en su sitio en un diálogo memorable. Luego todo se tuerce, los ángulos humorísticos se irán matizando conforme avance la peripecia de Pasqualino, hasta desembocar en un tramo final en el que ya se ha sobrepasado la línea y no hay vuelta atrás: cualquier apunte cómico queda fuera de lugar, sólo hay sitio para la lágrima y el dolor.

El talento de Wertmüller no sólo reside en su asombrosa capacidad para aunar comedia y drama, llegando incluso a hacer humor con un hombre ahorcado al fondo del plano (y sin recurrir a zafios sentimentalismos: ¡aprende, Benigni!), sino en crear metáforas perfectas para ilustrar el progresivo deterioro moral al que se expone el ser humano en su último afán por sobrevivir. No hay duda: la película es cristalina y demoledora, terrible en su diagnóstico y durísima en su exposición. Como no podía ser de otra forma, las palabras de Hobbes vuelven a mostrarse verdaderas y el sentimiento que queda es el de la rabia y la impotencia que nos atenazan cuando se impone sin remedio y ante nuestros ojos la locura colectiva más destructiva y terrorífica que se pueda imaginar. No por nada la película comienza con un poema recitado en tono grave, mientras de fondo se suceden imágenes de caos, destrucción, muerte y desolación que preludian el claro devenir de nuestros días, ligados a un futuro opaco y desesperanzador: un futuro en el que la gente se mata por una simple manzana.

Lo mejor: lo grotesco y lo cómico bailando a un mismo son.
Lo peor: quizás se puedan limar algunas asperezas estéticas.
nachete
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