arrow
España España · Cáceres
You must be a loged user to know your affinity with Tiggy
/
Voto de Tiggy:
7
Voto de Tiggy:
7
Fantástico. Terror. Aventuras Un guerrero recorre parajes salvajes montado a caballo, persiguiendo al monstruo que asesinó a su hija. Su sed de venganza es la fuerza motriz de una película construida con muy pocos elementos, minimalista y épica al mismo tiempo, donde la fantasía y el horror encuentran sus encarnaciones más físicas y cruentas.
17 de septiembre de 2020 3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una película casi desconocida, con un presupuesto parco (30.000 $), pero que entraña una verdadera historia del hombre abandonado en lucha contra la naturaleza, casi como un Jeremiah Johnson fantástico que, en lugar de enfrentarse a indios se enfrenta a lo oculto, a monstruos, con tal de proteger a su familia, en este caso, la tumba de su hija, muerta a manos de una criatura que espera con ansia para culminar su venganza. Adelanto que no verás encarnizadas y sangrientas batallas de un guerrero contra engendros infernales, ni estirpes reales en guerra con el reino vecino, ni si quiera sabremos quién es nuestro protagonista, ni por qué tiene poderes sobrenaturales ni cómo ha llegado a esa situación, reduciéndose exclusivamente a lo que vemos en pantalla. Por desconocer, desconocemos hasta su nombre. Esta es la lucha personal del espectador con lo oculto de la historia, de cómo interpretar y lidiar con los elementos que nos presenta un habilidoso Jordan Downey en un ejercicio que recuerda a Infierno de cobardes (Clint Eastwood, 1973) en la concepción que ejercemos sobre el misterio, sobre el hombre sin nombre.
Christopher Rygh
Jordan Downey acepta ese donativo siniestro de la fantasía clásica y oscura, de esas fábulas macabras que exhalan misticismo, procedente de los hermanos Grimm y pasado por el filtro cinematográfico de Browning o Wiene, adaptado a un universo de fantasía parecido al de Tolkien y con un protagonista que recuerda a antihéroes del spaghetti wéstern de Leone o los chanbaras de Kurosawa: carentes de moral, duros y rudos, sin pasado y con sed de venganza. El ohionés nos da una verdadera historia individual, de surgimiento, desarrollo y culminación de la venganza en la soledad de un hombre, dejando de lado el rico mundo que crea para aislarlo en su camino, en su aventura para derrotar al quimérico monstruo psicológico que lo carcome lentamente por la culpabilidad y que lo aleja de todo aquello que no sea su realidad.

Por eso, Downey y Kevin Stewart, guionistas, construyen el argumento de, según Booker, ‘vencer al monstruo’, cuidado con esmero por unos diálogos prácticamente nulos y un ritmo lento para que la construcción del personaje se haga en torno a los hechos, a su realidad, planteando un recorrido creciente en dificultad y peligro, en sentido figurado y literal. No es casualidad la utilización de una figura paterna y heroica para su protagonista que, tras la pérdida, pierde la noción de la realidad en su delirio de venganza, siendo este el eje transversal que atraviesa el filme y lo estructura en los tres actos clásicos de cualquier cuento fantástico. El reducido espacio fílmico (filmado en dos localizaciones: California y Portugal) dota a la historia un carácter íntimo, atrapándonos en la realidad del Padre, en el retorcido bosque que asila su alma en pena y que aguarda horrores.
Christopher Rygh
La concepción del espacio es descrita a la perfección por un hombre apartado de la sociedad y condenado al ascetismo, en un lugar amenazador y reducido, dando ese carácter íntimo que bien recuerda a la inquietante La bruja (Robert Eggers, 2015) en ese amenazante juego del terror que recrea a través de la escenografía. Los horripilantes diseños de criatura, que recuerdan a los del aclamado Clive Barker, dan esa ambientación cargante basada en la amenaza permanente que recibe el protagonista. La carencia de presupuesto es solventada, quizás de una forma engañosa, por la exclusión de secuencias que involucran más medios como los enfrentamientos entre héroe y amenaza y, por tanto, las que más SFX, algo que como espectador esperas ver en este tipo de películas. Rygh lleva toda la película sin problemas, dando una interpretación excepcional del atormentado personaje de Downey, fraguando a la perfección una oscura gelidez en armonía con los azules pálidos y marrones y el manto blanco que cose la nieve.

La producción hace un trabajo formidable valiéndose del vestuario de André Bavin y del maquillaje que consiguen en Ryhg la construcción de su personaje prácticamente a golpe de vista desde el primer plano que inicia la cinta utilizado para empatizar con él a través de su expresión, totalmente perdida (o, mejor dicho, abandonada), dolorida y vacía, generando curiosidad al espectador sobre el por qué es así. El ritmo lento se apoya en el uso de largos y pausados trávelins descriptivos que expresan la pesada rutina del Padre en su día a día; la preparación, la batalla y el descanso. Obviamente, acompañando la preciosa fotografía nívea del propio Downey. A la hora del gran desenlace el director se pierde un poco en el absurdo, haciendo una catarsis más parecida a Posesión infernal (Sam Raimi, 1979) que al macabro cuento que quería contar.

En resumen, una producción innovadora y con personalidad que consigue abrazarnos gracias a una atmósfera minimalista que camufla sus carencias y susurrarnos desde el fragante bosque sombrío el triste relato de un hombre que no se diferencia de los monstruos.
arrow