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Voto de antonalva:
8
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8
7,0
6.082
28 de enero de 2018
28 de enero de 2018
36 de 42 usuarios han encontrado esta crítica útil
Abandono. Angustia. Aislamiento. Apatía. Afrenta. Atrocidad… Es tarea harto difícil reflejar o resumir en pocos conceptos – ni tan siquiera en unas pocas frases – el aquelarre tóxico de burlas, confusiones, trastornos, enfrentamientos, crueldades, dudas y espantos que genera esta sombría cinta rusa que tras sus largos, pausados y cadenciosos planos secuencia esconde una avalancha salvaje - impactante - de ira, insultos, navajazos y dardos llenos de veneno, tristeza y llagas. En apariencia es la radiografía de un divorcio; en realidad es la autopsia infectada y ponzoñosa de una vida sin afecto, de una convivencia sin cariño, de una relación sin respeto, de una huida sin meta, de una existencia sin compasión, de un azar sin perdón.
La naturaleza invernal que enmarca casi toda la acción parece estar tan muerta y gélida como el falso amor que originó aquel infausto matrimonio de conveniencia en el cual dos personas no se enamoraron o deslumbraron mutuamente, sino que trataron de cubrir sus carencias biográficas y afectivas con el primer despojo (o accidente) que se cruzó por su camino. Y el fruto de aquel fogonazo lúgubre fue un rubicundo retoño – ni querido, ni deseado, ni apoyado – que ahora se utiliza como aciaga moneda de cambio, como mercancía de saldo para descalificarse y humillarse a cada paso, sin advertir que, ante todo, es una persona, con sus propios sentimientos y necesidades, con su abrumado corazón, que busca un lugar estable y seguro, donde lo quieran, recojan y amparen, porque no sabe vivir en un mundo de trincheras, sin treguas y sin amor.
La naturaleza invernal que enmarca casi toda la acción parece estar tan muerta y gélida como el falso amor que originó aquel infausto matrimonio de conveniencia en el cual dos personas no se enamoraron o deslumbraron mutuamente, sino que trataron de cubrir sus carencias biográficas y afectivas con el primer despojo (o accidente) que se cruzó por su camino. Y el fruto de aquel fogonazo lúgubre fue un rubicundo retoño – ni querido, ni deseado, ni apoyado – que ahora se utiliza como aciaga moneda de cambio, como mercancía de saldo para descalificarse y humillarse a cada paso, sin advertir que, ante todo, es una persona, con sus propios sentimientos y necesidades, con su abrumado corazón, que busca un lugar estable y seguro, donde lo quieran, recojan y amparen, porque no sabe vivir en un mundo de trincheras, sin treguas y sin amor.

En definitiva, es el retrato de una sociedad embrutecida y sin alma, donde los adultos se usan y abusan sin disimulo (salvo que decidan habitar y alimentar una mentira), donde los organismos oficiales (como la policía o los maestros) no velan por el bien común sino que tratan de escurrir el bulto y mirar hacia otro lado por falta de interés, vocación o de recursos, donde nadie quiere responsabilizarse de sus propios actos – aunque les falte tiempo para reprocharles a los demás sus carencias y fisuras – donde todo y todos tienen un precio (pero nada ni nadie conoce su auténtico valor) y tratan de sacar codicioso provecho en cuanto tienen la más mínima ocasión, donde la ayuda solo la proporcionan unos pocos y afanosos voluntarios que trabajan sin remuneración, sin insignias, sin reconocimiento y sin horarios, donde la desolación es lo habitual y la ruina lastimera el estado natural de todo el andamiaje.
Pocas películas tan desoladoras y taciturnas como esta. Durante el metraje se recorre una gama ilimitada de grises y negros – y al final solo queda un amargo sufrimiento.
Pocas películas tan desoladoras y taciturnas como esta. Durante el metraje se recorre una gama ilimitada de grises y negros – y al final solo queda un amargo sufrimiento.
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