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Como el fuego

Drama Jeff, de diecisiete años, se aloja en el refugio del director de cine Blake Cadieux tras ser invitado por la familia de su amigo Max. Cuando ocurren sucesos extraños, Jeff sospecha que algo va mal con el director y su retiro. (FILMAFFINITY)
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5
14 de diciembre de 2024 4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
El conflicto entre jóvenes, adolescentes y los adultos es la base de esta historia que a veces resulta inquietante y otras se pierde un poco el interés.

Jeff es un chaval de 17 años bastante inocente que está enamorado de Aliocha, la hermana de su mejor amigo. Cuando deciden pasar unos días de retiro en una cabaña de un director de cine en un bosque bastante alejado de la civilización, unto a otros amigos adultos, ese conflicto intergeneracional comenzara a chocar en muchos aspectos. Convirtiendo las vacaciones en situaciones tensas, donde las envidias, rivalidades y frustraciones harán que se convierta todo en un pequeño infierno.

Esa atmosfera malsana que va creciendo y los conflictos psicológicos de los personajes están bien resueltos por el director de "Genesis" Philipphe Lesage aunque quizá sus 161 minutos se excedan demasiado.

Aunque estemos en plena naturaleza, se consigue tener una sensación de estar en un sitio cerrado y eso sí está bastante logrado, ya que el único modo de salir es en un hidroavión.

Demasiados diálogos que no llevan a ninguna parte y un ritmo irregular, hacen que la película no se termine de disfrutar lo que se debería, quedando entre entretenida y aburrida.
Destino Arrakis.com
10
Resulta impresionantemente brillante lo que logra el cineasta canadiense Philippe Lesage en “Como el fuego” (2024), sosteniendo a pulso 161 minutos de metraje sin que ocurra gran cosa pero manteniendo un nivel de tensión a ratos irrespirable en el espectador, demostrando que la sombra del maestro Michael Haneke es alargada.

A ello se une su arriesgada apuesta formal en un film rodado a base de larguísimas secuencias rodadas en un único plano, auténtica y fascinante marca de la casa Philippe Lesage que ya había experimentado en sus anteriores y apasionantes obras “Los demonios” y “Génesis”. Puede que a ti la película te aburra, pero a mí me fascina y me tiene aferrado a los brazos del sillón desde la larga secuencia inicial del vehículo por la carretera hasta su certero final circular. Pocas veces en mi vida me he enfrentado a un film que me apasione más contando menos, que tense tantísimo sin que ocurra nada impactante. Una genialidad que comparte con el resto de la filmografía de Lesage su fascinación por las torturadas mentes adolescentes y las terribles luchas entre masculinidades tóxicas.

El guión, del propio Lesage, es una pieza de cámara soberbia, puesto que, desde su vocación coral y sostenido en extensos diálogos, presenta un conjunto de personajes reunidos en el interior de una casa rural y va desgranando todo lo que subyace bajo la apariencia educada de todos ellos. La tensión irá aumentando paulatinamente y, con ella, la pérdida de las formas, una falta de apariencias que se irá incrementando conforme se desarrollan las tres cenas que vertebran el film y lo dividen de manera armónica.

Lógicamente, para que una película brille a esta altura a partir del uso de la palabra como elemento principal, el elenco actoral debe estar a la altura de las circunstancias, y vaya si lo está. Desde los dos adultos, que han sido compañeros de creación cinematográfica hace años y que tienen demasiadas cuentas pendientes, interpretados por Paul Ahmarani y Arieh Worthalter, hasta las aportaciones impecables de Irène Jacob (ni más ni menos) y Sophie Desmarais como invitadas a un fin de semana rural en un paraíso aislado al que sólo se puede acceder por hidroavión.

Pero quiero centrar mi atención en la pareja de jóvenes actores que sostienen las secuencias más interesantes del film y que están impecables en su imperturbabilidad “hanekiana”, estilo con el que este film guarda tantas similitudes, tanto Noah Parker como, sobre todo, la fascinante reina de la cinta Aurèlia Arandi-Longpré, sencillamente magistral y una arrebatadora de planos que logra hipnotizar a la cámara con su ambigua y perturbadora presencia.

No tiene menos importancia en la labor de inquietar al espectador sin ocurrir grandes tragedias la gélida y distante dirección de fotografía de Balthazar Lab para un film que juega con los nervios del espectador de manera magistral a través de una portentosa (y compartida por mí) alergia a la sala de montaje, usando para ello secuencias rodadas en un único plano que duran eternidades.
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