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La noche del cazador

Intriga. Drama. Cine negro. Thriller Tras realizar un atraco en el que han muerto dos personas, Ben Harper regresa a su casa y esconde el botín confiando el secreto a sus hijos. En la cárcel, antes de ser ejecutado, comparte celda con Harry Powell y en sueños habla del dinero. Tras ser puesto en libertad, Powell, obsesionado por apoderarse del botín, va al pueblo de Harper, enamora a su viuda y se casa con ella. (FILMAFFINITY)
Críticas 240
Críticas ordenadas por utilidad
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10
20 de noviembre de 2008
262 de 357 usuarios han encontrado esta crítica útil
1) Tratad esta película como a un material muy delicado. Para empezar, nunca la veáis a la luz del día. Contempladla desde la oscuridad, a partir de la medianoche, con la precaución con la que espiaríais el rostro de un vampiro dormido. Porque al igual que para un vampiro, el sol es pernicioso para "La noche del cazador". En su naturaleza de pesadilla, no sobreviviría a la luz de la razón, como no sobreviven los terrores nocturnos a la confrontación del amanecer.

2) Pero hay otra cosa más importante. No la veais sin recordar los tiempos en que el mundo os parecía un lugar grotesco, terrible, misterioso. Un lugar en que las sombras eran demonios y los adultos eran gigantes y las palabras eran conjuros y los bosques, reinos perdidos y los ríos, sangre de ondinas. Si no tenéis tal capacidad, no vale la pena que perdáis el tiempo con "La noche del cazador".

3) Y el último, también importantísimo. No intenteis verla como una parte indispensable para completar vuestro currículum cinéfilo. Ni porque se os haya dicho que es una obra maestra. Ni para pasar un rato de terror. Ni para llenar la aburrida sucesión de horas de una tarde de domingo. Esto es un error garrafal.
Si hacéis caso de todo esto, quizás descubrireis una puerta que muchos a día de hoy, han pasado por alto al ver esta película. Y que conduce a un reducto muy oscuro y olvidado, en la parte más recóndita de la memoria del alma; un instinto más antiguo que el hombre que nos advierte de que el mundo todavía es un lugar del que hay que tener miedo.

"Los cuentos de hadas no le proporcionan al niño su primera intuición de la existencia de los espectros. Lo que le proporcionan por vez primera es la intuición clara de que es posible derrotarlos" (Chesterton, "El ángel rojo")
9
31 de octubre de 2008
117 de 144 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuando vi esta película por vez primera, por suerte en pantalla grande y con subtítulos, recuerdo que sus imágenes me estaban provocando una especie de fascinadora estupefacción, absolutamente incómoda.

Era joven y comprendí que estaba asistiendo a algo; pero no sabía qué era. ¿Qué pasaba con aquello que estaba viendo? Era claramente la película de alguien que apenas conocía la técnica de rodaje cinematográfico. ¿Por qué estaba incómodo y fascinado, a la vez? Hacia la mitad de la proyección supe que, en mi simplismo reduccionista, necesitaba calificar lo que estaba viendo, ponerle un nombre, archivarlo en una categoría determinada y proceder a compararlo con los modelos conocidos. Y no podía. ¿Por qué, si se trataba de una película con una historia inteligible - por cierto, para los que la ridiculizan, obra de dos de los mejores escritores americanos del siglo XX, Davis Grubb y James Agee- y una defectuosa realización según el canon clásico? ¿Qué me impedía juzgar y llegar a un veredicto? ¿Qué clase de hechizo perturbador tenían esas imágenes?
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
De repente, en la escena del automóvil hundido en el estanque, vi la luz:

- ¡Dios, qué tonto soy, lo está inventando! -exclamé en mitad de la proyección.

Exacto, eso era: el director estaba creando, en el sentido más metafísico de la palabra, es decir, creando de la nada.

En materia de estilo, yo estaba acostumbrado a disfrutar con los directores que respondían a las preguntas de siempre con su personalidad única. Charles Laughton, quizás por ignorancia o por vanidad -que es seguramente lo mismo-, estaba haciéndose otras preguntas de puesta en escena delante de mis ojos. Y las respuestas eran asombrosas. Nunca en una sala de cine tuve mayor conciencia de estar asistiendo a una reinvención del Cine, tan hermosa e inútil como una civilización aislada del mundo, porque aquello no le servía a nadie que no fuera el propio inventor. En la Historia del Cine, esta película se proyectará siempre fuera de concurso.

¿Exagero? Que alguien me diga si es posible exagerar ante imágenes como la de Lillian Gish (icono fundacional del Cine, ¿una casualidad o una señal?) sentada en el porche mientras une su voz a la de un acechante Robert Mitchum. O que alguien encuentre un epíteto para calificar el viaje de los niños por el río ¿Se ha visto alguna vez una imagen parecida? Que alguien me lo diga.
6
1 de octubre de 2008
125 de 167 usuarios han encontrado esta crítica útil
Con el paso de los años he ido variando –muy lentamente, todo hay que decirlo- en mi percepción sobre “La noche del cazador”. Yo era de los que abominaban de ella de siempre, y pensaba como otros muchos que era una de esas películas infladas por ciertos caprichos y circunstancias del destino, siendo una verdadera quimera pretender realmente saber a quién le interesa travestirla como una obra maestra.

Y aunque desde un punto de vista maniqueo, es decir sí o no a “La noche del cazador”, mi respuesta sigue siendo negativa, con los últimos tres visionados he ido apreciando cuestiones y matices que la convierten en un producto interesante.

Claro que más por interés, voluntad y ganas que por verdadera calidad del metraje. Sobre todo hay una parte, que es todo el final de la cinta, cuando los niños son recogidos por Mary Poppins, que no hay por donde cogerla.

Como decía la viuda de Charles Laughton, a su marido nunca le gustó esta película. Tampoco los niños. No tuvo hijos, fue un homosexual de esos que no pudieron salir del armario. Esto viene al caso porque por mucho que se quiere ahora cambiar la historia, Laughton no se llevaba bien con los niños en el rodaje, y si por él fuera el predicador los hubiese cortado en pedacitos.
Robert Mitchum
La vida al revés. Cuanta gente habla de cuento infantil, cuando a Laughton, animal de teatro, sólo le interesaba la narrativa dramatizada y no el simbolismo poético. Más curioso aún resulta que muchos de los que defienden la película sean algunos grupos vinculados a instituciones religiosas, cuando Laughton fue un verdadero hipócrita de su tiempo completamente ateo.

Robert Mitchum, que hacía de padre y casi de director en el rodaje, ante la apatía y malas pulgas de Laughton, dijo en sus memorias que más sorprendente que el rechazo que provocó en su momento la película, era su éxito posterior. Y aunque nunca renegó de la película, incluso se llegó autoparodiarse en “El póker de la muerte”, siempre le supo mal que aquel fuera su personaje más recordado cuando desde el punto de vista interpretativo tiene más de una docena de registros mejores.

Eso sí, un truño tampoco es, sólo que como le ocurre al arte en el siglo XX y como tan bien explica travislook en su excelente crítica, ahora quien decide qué es bueno y qué es mejor en los círculos cinematográficos eran los niños que vivieron aquella época, y como nosotros, como todos, idealizamos la infancia, porque la patria de un hombre es su infancia.
Charles Laughton & Robert Mitchum
Por cierto hay una versión realizada para televisión en 1991 protagonizada por Richard Chamberlain que está muy bien, mucho más adulta y oscura, que yo vi en su momento antes que la antigua y me hizo concebir muchas esperanzas que nunca han sido llenadas. Quizá la vuelva a ver una vez más. La esperanza es lo último que se pierde.

Nota: 6,2
10
27 de febrero de 2010
102 de 124 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esta película no admite medias tintas. La habré viso casi una decena de veces; las primeras me encantaba, las siguientes me parecían una infantilada tonta, y las dos últimas he comprobado que es un milagro inimitable.

El secreto de esta película es volver a la infancia. Charles Laughton la rodó en el ocaso de su vida, cuando uno ya no necesita demostrar nada. Así que se retrotrajo desprejuiciadamente a la niñez y filmó un cuento terrible con la estética de un cuento de hadas, pero en vez de en un mundo fantástico lo pone en la tierra.

Hay constantes referencias cuentistas. Promesa solemne, niños que huyen, lobo feroz, hada madrina, sapos y conejos, etc. Hasta hay un guiño a Frankenstein.

Pero ya digo, esto sólo se puede disfrutar desde la infancia. Algo sólo reservado a los niños, y a los que comprenden que el secreto de la vida es intentar volver a serlo.

El cuento no es terrible porque dé susto, sino porque los cuentos de hadas son más reales de lo que la gente cree. Por eso a esta película, o la amas o la odias.
8
23 de enero de 2008
120 de 167 usuarios han encontrado esta crítica útil
"Abandonad toda esperanza". Dante Alighieri.
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En la infancia todo es simple, todo es blanco o negro. No hay caballos pintos al galope con músculos en tensión −eso son matices− sino que los caballos van al trote como si fueran de cartón, y las persecuciones son lentas porque el mundo es para siempre y en ellas no se corre, se resbala. La muerte se presenta como un espectro de una extraña belleza de trazo grueso, sin detalle: melancólica, pero no traumática.

Es curioso que Charles Laughton odiara a los niños, porque supo retratar perfectamente la onírica visión del mundo que, desde la infancia, se tiene de las cosas. Un mundo de juguete, con agitados estanques de colores en lugar de ríos y telones oscuros con purpurina suplantando la estrellada y eterna noche del cazador. Y es que, a veces, la película parece transcurrir en la habitación de un niño, tal es el efecto de los decorados o localizaciones, y no en un campo o un pueblo sureño.
Y, por supuesto, los malos son tipos que saltan y chillan como monos.

Esa visión maniquea de las cosas es muy propia de la infancia. Los malos, muy malos; los buenos... muy buenos. Pero no se nos presenta con moralina −digo yo− sino con mordacidad. La visión de alguien que retrata con nostalgia un cuento sobre el misterio de la niñez, pero que a la vez tenía alergia a los niños. Y eso no es contradictorio, es una evolución natural del cínico hacia la resignación del que reclama la sencillez de la infancia aun sabiendo que ese plazo caduco lleva el germen de la depravación, la incoherencia, el puritanismo y la codicia.

No es moralina ensalzar a los críos, por tanto, todo lo contrario. Porque la mejor forma de mostrar el sinsentido de los adultos es hacerlo desde el esquematismo infantil y el esquematismo de ese sur arquetípico. Pero en esa sencillez hay una mirada burlona, obscena, cínica, a la degeneración del paso del tiempo que nos convierte en viejos obsesionados con los juguetes del dinero, el sexo y el perdón de los pecados. Amén. No es Mitchum (y lo que representa) el único que sale escaldado en esta cinta.
Lillian Gish
Por todo ello, Laughton no ensalza la niñez por moralina −insisto− creo yo. Lo hace más bien por resignación. De hecho, ni siquiera creo que la ensalce propiamente hablando. Y es que creo que es un reflejo de escepticismo coñón lo que se dibuja en la mirada perdida de Lillian Gish al final de la cinta. Un reflejo que no es de Gish, sino de Laughton; un reflejo que configura el edulcorado speech final como broma última, como ridiculización de la visión adulta que considera la infancia una esperanza.

Laughton no presenta la niñez como esperanza, sino como inevitable período de incubación.
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