Quiero a este hombre
6,1
203
2 de noviembre de 2009
2 de noviembre de 2009
12 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay actores con una especie de particular "toque Lubitsch". Ese toque reconocible y diferenciador. Hay algunos que puede incluirse en el género "de vuelta de todo", tal es el caso de Bogart o Mitchum, otros en la de " y parecía tonto cuando lo compramos" caso James Stewart, y algunos como Clark Gable en la "soy un truhán, soy un señor, pero descubre en qué proporción". No me reconozco "gablista" si me disculpan el palabro, pero ese particular toque suyo tuvo sus seguidores y sus sonrisas de "oreja a oreja" llevaban de cabeza a más de una. Luego, el tiempo, dando o quitando razones, ha descubierto que quizás no todo el monte era orégano...
En Honky Town (Quiero a ese hombre) de Jack Conway, es uno de los mejores ejemplos de lo que les digo. Don Nadie con aires de grandeza y Ases en la manga, encuentra buena chica... ¿Conseguirá la chica (Lana Turner) convertir al truhán en señor?. ¿Ustedes qué dicen? Bueno, a poco que conozcan o hayan visto alguna de Lana Turner ¿Qué van a decir? Pues que sí. Que a esa no se le resiste el orejas. La respuesta no está en el viento sino en la película y no voy a desvelarla, pero les dejo algunos apuntes.
En Honky Town (Quiero a ese hombre) de Jack Conway, es uno de los mejores ejemplos de lo que les digo. Don Nadie con aires de grandeza y Ases en la manga, encuentra buena chica... ¿Conseguirá la chica (Lana Turner) convertir al truhán en señor?. ¿Ustedes qué dicen? Bueno, a poco que conozcan o hayan visto alguna de Lana Turner ¿Qué van a decir? Pues que sí. Que a esa no se le resiste el orejas. La respuesta no está en el viento sino en la película y no voy a desvelarla, pero les dejo algunos apuntes.

Desde que vi. a Claire Trevor mendigando un trago a E.G.Robinson en Cayo Largo, me reconozco "trevorista" hasta las cejas y cada película suya suele ser una gozada. Ahí está La diligencia. Aquí, estoy por decirles que le roba muchísimas escenas a miss Turner. "Daría veinte dólares por arrancarle el pelo a tirones"... le dice a Elizabeth Cotton (Lana Turner) en un reconocimiento de celos. Previamente una gran Marjorie Main como Mrs. Varner nos deja esta otra perla: "Bien, ha llegado el momento de decir que tengo algo que hacer arriba, lo cual no es cierto. Señoritas, si necesitan un arbitro, grítenme".No. Estos no son los Mares del Coral ni los de China ni los del Sur. Esto es un villorrio llamado Río Amarillo donde el oro crece en las raíces de los árboles, pero el guión nos deja bastantes perlas. Frank Morgan, por su parte, como papá-juez de paz públicamente honesto y privadamente tramposo está francamente creíble y bien.
El film también aborda ese tema que seguro les sonará, la corrupción municipal, lo cual es un aliciente más para verla en estos tiempos y darse cuenta de que en todas partes y en todos los tiempos cuecen habas, claro que ahora van acompañadas de mariscos y limusinas.¡Ay, espíritu de lucro, cuantos crímenes se cometen en tu nombre!...
El film también aborda ese tema que seguro les sonará, la corrupción municipal, lo cual es un aliciente más para verla en estos tiempos y darse cuenta de que en todas partes y en todos los tiempos cuecen habas, claro que ahora van acompañadas de mariscos y limusinas.¡Ay, espíritu de lucro, cuantos crímenes se cometen en tu nombre!...
27 de agosto de 2015
27 de agosto de 2015
6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Western de salones, chicas y tahúres, a caballo entre el humor y el romanticismo y dirigido por el gran artesano Jack Conway que navega entre la intrascendencia de su argumento y la magnética presencia de Clark Gable. De hecho, lo mejor de la película no es la prescindible trama sino los momentos que el carismático actor comparte con su esposa, una jovencísima Lana Turner de clásica pero turbadora belleza, capaz de derribar con su mirada de ojos verdes a un elefante como Gable. A pesar de su juventud, Miss Turner ya sabía poner esa mirada de distante frialdad que luego bordó en tantos melodramas de los años 50. A destacar el papel de juez borrachín, padre de la chica, interpretado por Frank Morgan, el inolvidable señor Matuschek de “The shop around the corner” (1940) de Ernst Lubitsch o el de Claire Trevor como prostituta. En todo caso, prescindible.
2 de mayo de 2018
2 de mayo de 2018
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
La combinación entre una cámara hábil y un narrador sobresaliente, como J. Conway, da lugar a una película que seduce desde los primeros minutos porque no ofrece un espacio en blanco ni una escena baladí.
Cuida los rasgos psicológicos con la habilidad del experto, describe la situaciones sin omitir un detalle importante, desarrolla la acción utilizando un sentido común muy convincente y sabe coordinar lo serio y lo humorístico hasta conseguir un equilibrio casi perfecto.
Todo parece casual pero, en realidad, responde a un proceso muy elaborado.
Agradable e interesante propuesta cuyo argumento está a la altura de las circunstancias.
La presencia de C. Gable y de L. Turner acentúa la fuerza de la historia pero F. Morgan, C. Trevor y el resto del elenco también contribuye con su magnífica actuación al realce de la producción.
Cuida los rasgos psicológicos con la habilidad del experto, describe la situaciones sin omitir un detalle importante, desarrolla la acción utilizando un sentido común muy convincente y sabe coordinar lo serio y lo humorístico hasta conseguir un equilibrio casi perfecto.
Todo parece casual pero, en realidad, responde a un proceso muy elaborado.
Agradable e interesante propuesta cuyo argumento está a la altura de las circunstancias.
La presencia de C. Gable y de L. Turner acentúa la fuerza de la historia pero F. Morgan, C. Trevor y el resto del elenco también contribuye con su magnífica actuación al realce de la producción.
2 de abril de 2013
2 de abril de 2013
4 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
“Eres pequeña” le dice un par de veces Clark Gable a Lana Turner en el curso de la película. Y efectivamente lo era. Lana Turner medía 1,60 cm, que tampoco era altura para merecer una tal burla, porque al fin y al cabo era la misma de otras “diosas” como Joan Crawford, Bette Davis o Margaret Sullavan, quien ni siquiera la alcanzaba; y no muy lejos andaban otras, desde Olivia de Havilland a, en tiempos más cercanos, Naomi Watts. No todas han de crecer como Nicole Kidman o Geena Davis. Lo que ya no sabemos es si el guión incluía el comentario o si era una morcilla de Gable, quien, por cierto, le sacaba 25 cm., pero también le doblaba la edad.
Hay que empezar reconociendo que, pequeña o no, Lana Turner está preciosa en esta película. Sus 20 añitos están perfectamente aprovechados. Clark Gable se pasa la película besuqueándola, al modo en que se practicaba en el cine de los años 40, pero besuqueándola al fin y al cabo, y yo no podía menos de recordar los lamentos de Vivian Leigh, quien un par de años antes, como Scarlett O’Hara, se quejaba amargamente de lo que había sufrido con los besos de Rhett Butler, castigada por su halitosis.
Este largo preámbulo ya debe dejar adivinar que se trata de una película muy floja, pero, claro, uno ve el cartel encabezado por Clark Gable, Lana Turner, Claire Trevor y Frank Morgan, el Matuschek de la deliciosa “El bazar de las sorpresas”, y es muy difícil resistirse a su llamada. Se trata de un western, pero un western sin ganado y sin cowboys, que se desarrolla en un pueblo dominado por el típico propietario de “saloon” al que el protagonista, más pillo y con más peso específico que él, ha de desbancar, cosa que consigue sin gran esfuerzo.
Durante gran parte de la película se tiene la impresión de que sus gestores - guionistas, director, etcétera - muy bien, muy bien no sabían qué hacer con ella. Y esto se nota y hace que el espectador acabe preguntándose por qué esa escena, cualquier escena, se alarga innecesariamente y no se acaba nunca. Si hubiera estado bien llevada habríamos hablado de que el asunto moral que se cuece no es otro que el de la cacareada corrupción política, pero su aportación en este terreno es tan escasa y su visión tan roma que no vale la pena casi ni mencionarla.
Sí tiene alguna cosa curiosa, original: por ejemplo, en el “saloon” que abre Clark Gable para destronar a su competidor, se dispone una ristra de sillones de barbero en los que los clientes pueden sentarse, y las señoritas, que ligeras de ropa cumplen la función que se espera de ellas en este tipo de establecimiento, les afeitan, masajean y, en fin, les dispensan los cuidados que uno busca en una barbería. Y todo ello a la vista del resto del público que baila, juega y bebe como corresponde. A ver si cunde el ejemplo.
Hay que empezar reconociendo que, pequeña o no, Lana Turner está preciosa en esta película. Sus 20 añitos están perfectamente aprovechados. Clark Gable se pasa la película besuqueándola, al modo en que se practicaba en el cine de los años 40, pero besuqueándola al fin y al cabo, y yo no podía menos de recordar los lamentos de Vivian Leigh, quien un par de años antes, como Scarlett O’Hara, se quejaba amargamente de lo que había sufrido con los besos de Rhett Butler, castigada por su halitosis.
Este largo preámbulo ya debe dejar adivinar que se trata de una película muy floja, pero, claro, uno ve el cartel encabezado por Clark Gable, Lana Turner, Claire Trevor y Frank Morgan, el Matuschek de la deliciosa “El bazar de las sorpresas”, y es muy difícil resistirse a su llamada. Se trata de un western, pero un western sin ganado y sin cowboys, que se desarrolla en un pueblo dominado por el típico propietario de “saloon” al que el protagonista, más pillo y con más peso específico que él, ha de desbancar, cosa que consigue sin gran esfuerzo.
Durante gran parte de la película se tiene la impresión de que sus gestores - guionistas, director, etcétera - muy bien, muy bien no sabían qué hacer con ella. Y esto se nota y hace que el espectador acabe preguntándose por qué esa escena, cualquier escena, se alarga innecesariamente y no se acaba nunca. Si hubiera estado bien llevada habríamos hablado de que el asunto moral que se cuece no es otro que el de la cacareada corrupción política, pero su aportación en este terreno es tan escasa y su visión tan roma que no vale la pena casi ni mencionarla.
Sí tiene alguna cosa curiosa, original: por ejemplo, en el “saloon” que abre Clark Gable para destronar a su competidor, se dispone una ristra de sillones de barbero en los que los clientes pueden sentarse, y las señoritas, que ligeras de ropa cumplen la función que se espera de ellas en este tipo de establecimiento, les afeitan, masajean y, en fin, les dispensan los cuidados que uno busca en una barbería. Y todo ello a la vista del resto del público que baila, juega y bebe como corresponde. A ver si cunde el ejemplo.
14 de febrero de 2026
14 de febrero de 2026
Sé el primero en valorar esta crítica
En 1941 la MGM decidió emparejar a su gran estrella, Clark Gable, con la prometedora Lana Turner, en lo que sería su primer papel protagonista importante. A Gable no le hizo mucha gracia, al considerar inexperta a la muchacha, y por la notoria diferencia de edad entre ambos, 20 años. Pero ahí radica la magia del cine, en hacer creíble algo a priori improbable, porque la intensa relación entre sus personajes es lo mejor de filme con diferencia, y el pilar sobre el que se mantiene la historia.
“Candy” Johnson (Gable) es un timador espabilado y temerario que, junto a su fiel compañero Sniper (Chill Wills), escapa de milagro de un linchamiento en un pueblo para huir en dirección a otro lugar donde puedan seguir buscándose la vida. En el trayecto en tren conoce a la bella Elizabeth Cotton (Turner), recatada chica de Boston que viaja a Yellow Creek para reunirse con su padre, juez de la localidad. Para sorpresa de Candy, el juez Cotton (Frank Morgan) resulta ser un viejo conocido, tunante como él, que se ha reformado hasta el punto de tener a su propia hija engañada sobre su pasado.
Que “Honky tonk” sea tratada como western se debe únicamente a la posibilidad de resolver alguna situación a tiro limpio y, especialmente, a encontrar un entorno arcaico y fértil donde Johnson pueda crear un imperio de la nada, empezando desde cero. Aunque su intención primigenia es la de mantenerse honrado, para intentar así conquistar a Elizabeth, las enormes posibilidades que le brinda Yellow Creek, una vez se deshace del maleante Brazos Hearn (Albert Dekker), son inmensas. Igual construye una iglesia y un colegio, que fomenta los locales para el juego y el alcohol. Acaba incluso ocupando, junto a sus compinches, todos los puestos de la administración municipal, con lazos estrechos con el gobernador y otras personalidades.
Gable encarna a un personaje bastante parecido al de otro de sus éxitos, “San Francisco” (W.S. Van Dyke, 1936), un tipo hecho a sí mismo que aparentemente sólo busca su propio beneficio, pero que mantiene una esperanza de redención por el amor que siente por la chica de turno. Por eso se antepone la trama romántica, donde las escenas de cortejo, primero, y convivencia, después, ofrecen una fuerza emotiva destacada sobre el resto del conjunto.
Entre ellos se produce también una circunstancia original y bastante simpática, por la cual la chica, que parecía modosita y cohibida, embauca al curtido bribón Candy Johnson, para emborracharlo y contraer matrimonio con nocturnidad y alevosía. Aunque su ilusión se ve colmada, Candy debe enfrentarse entonces a un noviazgo, con la que ya es su esposa, que lo saca de quicio.
Como era de esperar, a la vez que prospera de forma notoria, también lo harán los problemas a los que se debe enfrentar. Antiguos enemigos siempre al acecho, la disconformidad de sus cómplices atraídos por la avaricia, el malestar de los habitantes del pueblo debido a los altos impuestos a los que los somete, y la animadversión del juez Cotton, que lo detesta como yerno.
La Metro sacó músculo construyendo el pueblo de Yellow Creek de la nada, con una elaboración de decorados que incluyeron edificios completos, como el ayuntamiento, el salón de juegos o la mansión del protagonista. La película triunfó en taquilla, siendo el mejor estreno de la productora ese año (sólo superada por "El sargento York" (Howard Hawks) de la Warner, y posibilitando el reencuentro entre Gable y Turner en otras tres películas.
Un poco decepcionante como película de acción o intriga, se maneja mucho mejor en el romance, donde el carisma de Gable y la dulzura de Turner congenian de maravilla. Y posee dos escenas que sobresalen sobre el resto, el desafío de la ruleta rusa con el que Candy se impone a Brazos, y el accidente sufrido por Elizabeth, que deja momentos íntimos muy emotivos.
“Candy” Johnson (Gable) es un timador espabilado y temerario que, junto a su fiel compañero Sniper (Chill Wills), escapa de milagro de un linchamiento en un pueblo para huir en dirección a otro lugar donde puedan seguir buscándose la vida. En el trayecto en tren conoce a la bella Elizabeth Cotton (Turner), recatada chica de Boston que viaja a Yellow Creek para reunirse con su padre, juez de la localidad. Para sorpresa de Candy, el juez Cotton (Frank Morgan) resulta ser un viejo conocido, tunante como él, que se ha reformado hasta el punto de tener a su propia hija engañada sobre su pasado.
Que “Honky tonk” sea tratada como western se debe únicamente a la posibilidad de resolver alguna situación a tiro limpio y, especialmente, a encontrar un entorno arcaico y fértil donde Johnson pueda crear un imperio de la nada, empezando desde cero. Aunque su intención primigenia es la de mantenerse honrado, para intentar así conquistar a Elizabeth, las enormes posibilidades que le brinda Yellow Creek, una vez se deshace del maleante Brazos Hearn (Albert Dekker), son inmensas. Igual construye una iglesia y un colegio, que fomenta los locales para el juego y el alcohol. Acaba incluso ocupando, junto a sus compinches, todos los puestos de la administración municipal, con lazos estrechos con el gobernador y otras personalidades.
Gable encarna a un personaje bastante parecido al de otro de sus éxitos, “San Francisco” (W.S. Van Dyke, 1936), un tipo hecho a sí mismo que aparentemente sólo busca su propio beneficio, pero que mantiene una esperanza de redención por el amor que siente por la chica de turno. Por eso se antepone la trama romántica, donde las escenas de cortejo, primero, y convivencia, después, ofrecen una fuerza emotiva destacada sobre el resto del conjunto.
Entre ellos se produce también una circunstancia original y bastante simpática, por la cual la chica, que parecía modosita y cohibida, embauca al curtido bribón Candy Johnson, para emborracharlo y contraer matrimonio con nocturnidad y alevosía. Aunque su ilusión se ve colmada, Candy debe enfrentarse entonces a un noviazgo, con la que ya es su esposa, que lo saca de quicio.
Como era de esperar, a la vez que prospera de forma notoria, también lo harán los problemas a los que se debe enfrentar. Antiguos enemigos siempre al acecho, la disconformidad de sus cómplices atraídos por la avaricia, el malestar de los habitantes del pueblo debido a los altos impuestos a los que los somete, y la animadversión del juez Cotton, que lo detesta como yerno.
La Metro sacó músculo construyendo el pueblo de Yellow Creek de la nada, con una elaboración de decorados que incluyeron edificios completos, como el ayuntamiento, el salón de juegos o la mansión del protagonista. La película triunfó en taquilla, siendo el mejor estreno de la productora ese año (sólo superada por "El sargento York" (Howard Hawks) de la Warner, y posibilitando el reencuentro entre Gable y Turner en otras tres películas.
Un poco decepcionante como película de acción o intriga, se maneja mucho mejor en el romance, donde el carisma de Gable y la dulzura de Turner congenian de maravilla. Y posee dos escenas que sobresalen sobre el resto, el desafío de la ruleta rusa con el que Candy se impone a Brazos, y el accidente sufrido por Elizabeth, que deja momentos íntimos muy emotivos.
Cancelar
Limpiar
Aplicar
Filters & Sorts
You can change filter options and sorts from here
US
Canadá
México
España
UK
Irlanda
Australia
Argentina
Chile
Colombia
Uruguay
Paraguay
Perú
Ecuador
Venezuela
Costa Rica
Honduras
Guatemala
Bolivia
Rep. Dominicana



