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Argentina Argentina · Buenos Aires
nicobicho rating:
8
Language of the review:
  • es
February 26, 2016
19 of 22 users found this review helpful
Es muy difícil hablar del Once a alguien que no lo conoce. Es un puñado de cuadras separadas principalmente por rubros (telas, disfraces, vestidos de fiesta, ropa de trabajo, juguetes, maniquíes, películas, bazar, y un bizarro etcétera) y por etnias (sobre todo reconocido por los judíos, pero también chinos, peruanos, paraguayos, coreanos, africanos e incluso distintas etnias entre los judíos: "turcos", "rusos", ortodoxos). Es un lugar de ventas mayoristas y al menudeo, de compras en locales chorizo que pueden medir 2 metros de frente y 80 de fondo, o de venta en la calle. Es un lugar que un viernes a las 16 rebalsa de gente, y que a las 18:30 parece tierra de nadie. Un lugar en el que todo el mundo camina apurado, todos se chocan sin pedir permiso ni disculpas, todos parecen moverse como peces en el agua, excepto uno, el que lo está observando y no entiende qué es lo que pasa allí, qué hace toda esa gente, cómo es posible que negocios tan espantosos puedan ser minas de oro con esos precios tan bajos, dónde está "el curro", cuál es la trampa.

Es justamente en esa mirada en la que se ubica Ariel (Alan Sabbagh), el protagonista de "El rey del Once", justo delante de una cámara que retrata todo en movimiento, incapaz de focalizar ante tanta acumulación de cosas y de gente, ante tal proliferación de elementos que impiden el retrato, que obligan al descontrol de la imagen. Seguramente este sea el mayor acierto de Daniel Burman: logra interpretar el caos, lo exhibe tal como cualquiera que visita 'desde afuera' el Once lo puede ver: inexplicable.

Durante la película, breve, la trama se centra en el personaje que no está: Usher, el padre ausente de Ariel, que mueve una fundación también inexplicable (¿cómo es posible que esto funcione?, se pregunta alguien durante la película) de asistencia comunitaria. La subtrama es una relación extraña entre el carnicero kosher que se niega a darle la carne para preparar las viandas de los visitantes y una asistente religiosa y silenciosa, que guía a Ariel durante su visita a la fundación, en su regreso al Once luego de una suficiente cantidad de años.

El film está dividido en días que completan una semana, y a medida que Ariel va comprendiendo cómo es que Usher maneja todo a través de llamados y celulares viejos con poco crédito, el espectador también comienza a acomodarse en ese mundo, a entender un poco mejor el caos (no a ordenarlo, claro). Es una lástima que hasta ahí nomás llega "El rey del Once": apenas uno se acomoda y comienza a comprender lo que está pasando, los 80 minutos se terminan, con más de una duda en torno a las relaciones que se tejieron en ese tiempo, pero con una sola certeza: nadie -ni siquiera el propio Burman en sus intentos anteriores- había retratado hasta aquí en forma tan acertada y precisa ese submundo de 10 manzanas en el centro porteño que los mapas llaman Balvanera, pero que todos conocemos como "el Once".
nicobicho
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