Críticas ordenadas por utilidad
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6
20 de febrero de 2023
20 de febrero de 2023
48 de 51 usuarios han encontrado esta crítica útil
"The Fabelmans" es una autobiografía del prolífico director Steven Spierlberg y creada adaptativamente, con su firma inconfundible, para los seguidores más celebérrimos de su obra.
Es también un gran homenaje al amor por el cine; a cómo hacerlo y porqué hacerlo, un homenaje casi psicoanalítico y auto constitutivo respecto a la figura de sus padres, y finalmente, una forma de reivindicación y expiación de su pasado, en donde a través de la distancia que otorga el tiempo, se permite la licencia de cobrar algunas facturas.
Solo por eso, y por la interpretación soberbia de sus actores principales, es una obra respetable e interesante de poder ser analizada.
Hay tantos frentes abiertos para comentar, que me centraré solo en los momentos que me parecen interesantes para introducir la crítica. La película es para mí, la auto-reivindicación (léase, merecida o soberbia) de la forma en que entiende el cine Steven Spierlberg. Y eso es, principalmente entretenimiento.
Es también un gran homenaje al amor por el cine; a cómo hacerlo y porqué hacerlo, un homenaje casi psicoanalítico y auto constitutivo respecto a la figura de sus padres, y finalmente, una forma de reivindicación y expiación de su pasado, en donde a través de la distancia que otorga el tiempo, se permite la licencia de cobrar algunas facturas.
Solo por eso, y por la interpretación soberbia de sus actores principales, es una obra respetable e interesante de poder ser analizada.
Hay tantos frentes abiertos para comentar, que me centraré solo en los momentos que me parecen interesantes para introducir la crítica. La película es para mí, la auto-reivindicación (léase, merecida o soberbia) de la forma en que entiende el cine Steven Spierlberg. Y eso es, principalmente entretenimiento.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Desde mi experiencia, el director es una figura clave, porque uno de los primeros recuerdos que atesoro en las salas de cine es viendo sus películas. Viendo Indiana Jones o Jurassic Park, por ejemplo. Él en cambio, con seis años ve "El espectáculo más grande del mundo", hecho que nos cuenta que le marca irrefrenablemente su vida, convirtiendo además de un homenaje a este momento y a esta película, una sinécdoque de la reclamación global que supone su obra. Una declaración de intenciones, que mira sin miedo a los ojos del espectador y le dice claramente que se siente orgulloso de haber hecho cine como si de puro espectáculo se tratase.
A lo largo del desarrollo de la narración hay un fetichismo hacia el cine analógico, manufacturado, hacia el descubrimiento personal y hacia la actitud para recordar imágenes, que baña de una nostalgia comedida pero brillante el relato y que me gustó especialmente.
A partir de aquí se plantea un debate muy interesante al respecto. Que es la idea de arte contra la idea de mercadotécnica. Esta figura está contrastada con la personalidad de su familia, su padre es ingeniero, meticuloso, comedido y analítico; y su madre es artista, pasional, desenfrenada y contradictoria.
A lo largo del desarrollo de la narración hay un fetichismo hacia el cine analógico, manufacturado, hacia el descubrimiento personal y hacia la actitud para recordar imágenes, que baña de una nostalgia comedida pero brillante el relato y que me gustó especialmente.
A partir de aquí se plantea un debate muy interesante al respecto. Que es la idea de arte contra la idea de mercadotécnica. Esta figura está contrastada con la personalidad de su familia, su padre es ingeniero, meticuloso, comedido y analítico; y su madre es artista, pasional, desenfrenada y contradictoria.

En esa batalla, claramente gana la actitud del padre y la culpa intachable que siente hacia su madre. Es por eso, que en parte es un autor distinguido por no penetrar en la esencia de las cosas. Por intentar hacer unos guiones cuadriculados siempre al servicio del entretenimiento que a la postre le acaban quedando irregulares por no tener suficiente perspectiva emocional. El trauma por la separación de sus padres (que está presente en su filmografía) así como la incapacidad para no encajar en los grupos y el intento de adaptación constante, crean su gran esencia. Que radica básicamente en querer gustar a todo el mundo, este es el criterio propio, el signo de autor, del hijo de padres ausentes.
La película está repleta de estos gazapos, de pequeñas escenas brillantes, como cuándo ruedan la película bélica con sus amigos o cuando celebran el día de hacer pellas, como de escenas inconcebibles que carecen de toda credibilidad, como el trozo del final en las taquillas del colegio con Logan el "popular" de la clase o la acampada veraniega por Arizona, en dónde los actores actúan más que viven.
Las escenas con su madre, son sintomáticas de este hecho. El enojo que siente hacia la figura de esta, es notorio, tras descubrir su aventura con el amigo de su padre, y llega hasta el día de hoy. Tras el abandono se convierte en una mancha desapegante incomprensible para él. En ese sentido su última frase es lapidaria: -"tienes que ser tu mismo, aunque sea lejos de mí".
Otra escena sintomática es la del despido a Logan, el mencionado alumno de la clase de California. El mensaje que nos queda es que el autor es capaz de manipular a la gente y engañarla a través de la cámara para corresponder a sus designios con la realidad. Qué a los chulos se los pasó por la piedra. Aquí surgen dos bromas del final feliz, ya que se queda con la chica como en las películas y gracias a ellas y de que nunca contará como se derrumbó emocionalmente. Un plan maestro si no fuese porque la escena lo que realmente nos cuenta es como el autor siempre se a ganado el favor de los más poderosos, lo cuál lo señala como el lameculos, quién siempre fue para sus detractores.
La broma del final, con el puto David Lynch haciendo de John Ford y bajando el plano para que el horizonte quede más arriba siguiendo su consejo, me encantó, lo reconozco.
La conclusión final es que Spielberg usa la cámara como un artificio para esconder sus traumas. Como en la esencial escena en que se imagina rodando mientras su madre se despide de su familia al anunciar que no puede vivir sin el amigo de su padre. Un escudo para poder evadirse de una realidad tan incomoda que no puede ser entendida de forma emocional solo contada y meramente observada narrativamente a través de una lente.
La película está repleta de estos gazapos, de pequeñas escenas brillantes, como cuándo ruedan la película bélica con sus amigos o cuando celebran el día de hacer pellas, como de escenas inconcebibles que carecen de toda credibilidad, como el trozo del final en las taquillas del colegio con Logan el "popular" de la clase o la acampada veraniega por Arizona, en dónde los actores actúan más que viven.
Las escenas con su madre, son sintomáticas de este hecho. El enojo que siente hacia la figura de esta, es notorio, tras descubrir su aventura con el amigo de su padre, y llega hasta el día de hoy. Tras el abandono se convierte en una mancha desapegante incomprensible para él. En ese sentido su última frase es lapidaria: -"tienes que ser tu mismo, aunque sea lejos de mí".
Otra escena sintomática es la del despido a Logan, el mencionado alumno de la clase de California. El mensaje que nos queda es que el autor es capaz de manipular a la gente y engañarla a través de la cámara para corresponder a sus designios con la realidad. Qué a los chulos se los pasó por la piedra. Aquí surgen dos bromas del final feliz, ya que se queda con la chica como en las películas y gracias a ellas y de que nunca contará como se derrumbó emocionalmente. Un plan maestro si no fuese porque la escena lo que realmente nos cuenta es como el autor siempre se a ganado el favor de los más poderosos, lo cuál lo señala como el lameculos, quién siempre fue para sus detractores.
La broma del final, con el puto David Lynch haciendo de John Ford y bajando el plano para que el horizonte quede más arriba siguiendo su consejo, me encantó, lo reconozco.
La conclusión final es que Spielberg usa la cámara como un artificio para esconder sus traumas. Como en la esencial escena en que se imagina rodando mientras su madre se despide de su familia al anunciar que no puede vivir sin el amigo de su padre. Un escudo para poder evadirse de una realidad tan incomoda que no puede ser entendida de forma emocional solo contada y meramente observada narrativamente a través de una lente.
3 de enero de 2023
3 de enero de 2023
60 de 77 usuarios han encontrado esta crítica útil
Me golpea fuerte, quizá es demasiado alegórica en su propuesta, pero encuentra un camino muy endeble entre el drama, el humor y la tragedia humana, sin necesidad de grandes artificios. Es algo poco común en el cine actual, también por su ritmo sosegado y su vocación más narrativa que visual. Admito tener una conexión especial con el director, a veces me parece que sus películas deciden no tomarse en serio a sí mismas, pero de ellas siempre acaban floreciendo conclusiones sorprendentes.
Aquí partimos de una anécdota, aparentemente insulsa, alguien quién decide terminar una amistad, para llegar a una reflexión profunda acerca de la libertad de tomar decisiones y su capacidad real, sobre la significación del arraigo a una determinada tierra y del apego a una determinada gente. Una exploración de cómo debemos afrontar la soledad y de qué nos puede ofrecer a cambio el martirio o la autocomplacencia.
Una obra notable, que sueña discretamente con perdurar.
Aquí partimos de una anécdota, aparentemente insulsa, alguien quién decide terminar una amistad, para llegar a una reflexión profunda acerca de la libertad de tomar decisiones y su capacidad real, sobre la significación del arraigo a una determinada tierra y del apego a una determinada gente. Una exploración de cómo debemos afrontar la soledad y de qué nos puede ofrecer a cambio el martirio o la autocomplacencia.
Una obra notable, que sueña discretamente con perdurar.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Al final, el horizonte de una guerra civil funciona como espejo, alegoría y posible prólogo para el alma del relato, representado esencialmente por lo absurdo del comportamiento de nuestros protagonistas.
MiniserieDocumental
2024Carles Porta (Creador), Carles Porta
Documental, Intervenciones de: Carles Porta
7
27 de junio de 2024
27 de junio de 2024
38 de 41 usuarios han encontrado esta crítica útil
En un pueblo inhóspito del Pirineo, justo en la frontera entre dos países, perdido por la incertidumbre del tiempo, Carles Porta nos presenta un drama rural auténtico que se teje a través de una narrativa profunda y obsesiva, que habla sin tapujos del poder, de la identidad y de la justicia. Porta, con su dedicación casi maníaca, ha dedicado años de su vida a desentrañar los misterios que rodean este rincón olvidado del mundo, y en particular el escalofriante asesinato de Sansa. Este crimen no solo inaugura la serie con un golpe seco y perturbador, sino que se convierte en el hilo conductor que atraviesa todo un relato, que lejos de ser un simple "true crime" se convierte en un estudio antropológico irresoluble cargado de matices, lugares y personajes pintorescos.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
La muerte de Sansa es el catalizador, un punto de inflexión que sumerge al espectador en un mundo de sombras y silencios. El fuego se apaga, cuándo el Juzgado de Tremp da la montaña a Sansa, por el convenio histórico que se firmó entre las trece familias originales. Sin embargo, la genialidad de Porta reside en su habilidad para ir más allá del crimen, utilizando el asesinato como un espejo que refleja la complejidad y la crudeza de una comunidad al margen de la ley. En Tor, cada personaje parece esculpido por el viento frío y la soledad del lugar. Sus rostros, marcados por la dureza de la vida en un entorno hostil, nos cuentan historias de resistencia, de lucha por su legado histórico, por imponer su forma de ver el futuro del pueblo y por la relación siempre cambiante y interesada de alianzas que se hilvanan con los vecinos.
La serie pretende que el paisaje de Tor no sea solo un telón de fondo, sino un personaje más en esta narrativa. Se intenta, que sus montañas imponentes, sus caminos serpenteantes y sus bosques densos creen un ambiente casi mágico, donde lo real y lo ficticio se entrelace en una danza hipnótica. Porta, sabe vender la esencia de este lugar con una sensibilidad casi mística, presentándolo no solo como un escenario de crímenes, sino como un microcosmos de la naturaleza humana en sus formas más crudas y auténticas.
Pero la verdadera riqueza de la serie radica en el complejo entramado de relaciones de poder que se establece entre los personajes que habitan o transitan en el pueblo. En este enclave remoto, los intereses privados chocan de manera violenta, creando un caldo de cultivo para la corrupción, la envidia y la lucha por el poder. Cada habitante de Tor es un enigma, un cúmulo de contradicciones y pasiones. Algunos buscan asentarse y encontrar un lugar al que llamar hogar, mientras que otros pasan como sombras, oportunistas que ven en este rincón una conveniencia para sus propios fines. Las tensiones se palpitan en el aire, y cada interacción está cargada de una electricidad latente, una chispa que podría encenderse en cualquier momento.
Una de las razones que subyacen en las conclusiones de esta serie es la constatación de que la justicia ordinaria no alcanza los recónditos confines de Tor, un lugar que históricamente ha sido gobernado por sus propios principios y normas. En este enclave regido por la ley del más fuerte, donde convergen maquis, contrabandistas, fugitivos, sicarios y hippies aprovechados, los oportunistas que han sabido esperar su momento acaban imponiéndose. Tal es el caso de figuras como Pablo y Lázaro, quienes, con astucia y paciencia, han logrado consolidar su poder en medio de un caos estructural. El futuro del pueblo se revela incontrolable y anárquico, fiel reflejo de su naturaleza intrínseca. Un lugar dónde los cambios deben de ser pacientes y improbables. Este desorden endémico se manifiesta de manera emblemática en la incapacidad de los vecinos para ponerse de acuerdo en algo tan elemental como la construcción de una carretera que facilite el acceso al lugar. Así, Tor permanece como un microcosmos indómito, resistiéndose a las imposiciones externas y perpetuando su singular idiosincrasia.
En conclusión, "Tor" es mucho más que una serie sobre un asesinato. Es un viaje profundo a los recovecos más oscuros de la naturaleza humana y a un lugar donde la realidad supera a la ficción. La obsesión de Carles Porta por desentrañar este misterio ha dado fruto a una obra que no solo nos entretiene, sino que nos invita a reflexionar sobre los límites de la ley, la moralidad y la condición humana. Es una obra que, como las montañas que la enmarcan, se eleva imponente y nos deja una conclusión pesimista que abasta la imposibilidad de resolver los conflictos en una epopeya que perpetua una leyenda irreducible a un programa de televisión.
La serie pretende que el paisaje de Tor no sea solo un telón de fondo, sino un personaje más en esta narrativa. Se intenta, que sus montañas imponentes, sus caminos serpenteantes y sus bosques densos creen un ambiente casi mágico, donde lo real y lo ficticio se entrelace en una danza hipnótica. Porta, sabe vender la esencia de este lugar con una sensibilidad casi mística, presentándolo no solo como un escenario de crímenes, sino como un microcosmos de la naturaleza humana en sus formas más crudas y auténticas.
Pero la verdadera riqueza de la serie radica en el complejo entramado de relaciones de poder que se establece entre los personajes que habitan o transitan en el pueblo. En este enclave remoto, los intereses privados chocan de manera violenta, creando un caldo de cultivo para la corrupción, la envidia y la lucha por el poder. Cada habitante de Tor es un enigma, un cúmulo de contradicciones y pasiones. Algunos buscan asentarse y encontrar un lugar al que llamar hogar, mientras que otros pasan como sombras, oportunistas que ven en este rincón una conveniencia para sus propios fines. Las tensiones se palpitan en el aire, y cada interacción está cargada de una electricidad latente, una chispa que podría encenderse en cualquier momento.
Una de las razones que subyacen en las conclusiones de esta serie es la constatación de que la justicia ordinaria no alcanza los recónditos confines de Tor, un lugar que históricamente ha sido gobernado por sus propios principios y normas. En este enclave regido por la ley del más fuerte, donde convergen maquis, contrabandistas, fugitivos, sicarios y hippies aprovechados, los oportunistas que han sabido esperar su momento acaban imponiéndose. Tal es el caso de figuras como Pablo y Lázaro, quienes, con astucia y paciencia, han logrado consolidar su poder en medio de un caos estructural. El futuro del pueblo se revela incontrolable y anárquico, fiel reflejo de su naturaleza intrínseca. Un lugar dónde los cambios deben de ser pacientes y improbables. Este desorden endémico se manifiesta de manera emblemática en la incapacidad de los vecinos para ponerse de acuerdo en algo tan elemental como la construcción de una carretera que facilite el acceso al lugar. Así, Tor permanece como un microcosmos indómito, resistiéndose a las imposiciones externas y perpetuando su singular idiosincrasia.
En conclusión, "Tor" es mucho más que una serie sobre un asesinato. Es un viaje profundo a los recovecos más oscuros de la naturaleza humana y a un lugar donde la realidad supera a la ficción. La obsesión de Carles Porta por desentrañar este misterio ha dado fruto a una obra que no solo nos entretiene, sino que nos invita a reflexionar sobre los límites de la ley, la moralidad y la condición humana. Es una obra que, como las montañas que la enmarcan, se eleva imponente y nos deja una conclusión pesimista que abasta la imposibilidad de resolver los conflictos en una epopeya que perpetua una leyenda irreducible a un programa de televisión.
27 de marzo de 2020
27 de marzo de 2020
28 de 31 usuarios han encontrado esta crítica útil
La vivo y me la creo, todo lo que escucho rezuma autenticidad, no hay falsas pretensiones solo contextos, vida dentro de vidas, realidades unidas por interés, desinterés o circunstancia que más da, me apetece montarme en el coche de los protagonistas y ver a dónde me lleva.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Esta vez también hay mensaje político, la propuesta y el título lo pedían a gritos, pero está bien tramado gracias a una ambición razonable: los niños se pueden dejar influenciar por sus amigos o pueden robar si tienen hambre, los ex carcelarios median por la policía que los trincó, el recién convertido imán sospechoso de terrorismo parece tomar decisiones justas, la policía no siempre actúa de forma modélica, la gente se organiza y se rebela contra el abuso de poder...
Esto son visiones del mundo, la realidad es compleja y se compone de circunstancias y de sus capas éticas, no siempre susceptibles de ser encasilladas bajo prejuicios.
Respeto del final, aun no siendo maravilloso lo encuentro acertado, porqué se ocupa de señalar el verdadero protagonista, el barrio, y no los personajes, algunos de ellos caracterizados con mucho carisma.
Ilusionante "opera prima" de Ladj Ly.
Esto son visiones del mundo, la realidad es compleja y se compone de circunstancias y de sus capas éticas, no siempre susceptibles de ser encasilladas bajo prejuicios.
Respeto del final, aun no siendo maravilloso lo encuentro acertado, porqué se ocupa de señalar el verdadero protagonista, el barrio, y no los personajes, algunos de ellos caracterizados con mucho carisma.
Ilusionante "opera prima" de Ladj Ly.
Miniserie
2025Rafael Cobos (Creador), José Manuel Lorenzo (Creador) ...
3
4 de diciembre de 2025
4 de diciembre de 2025
36 de 50 usuarios han encontrado esta crítica útil
La serie hace un esfuerzo narrativo clarísimo: empaquetar la Transición y el 23-F en un producto digerible para espectadores de hoy. Ese esfuerzo, legítimo en términos de industria audiovisual, desemboca sin embargo en un relato profundamente cínico y a la vez muy poco realista: cínico porque pretende “desvelar” la trastienda del mito oficial, pero lo hace fabricando un mito alternativo igual de simplificador; irrealista porque sustituye la complejidad de la historia por una dramaturgia moral de trazo grueso. No intenta entender cómo funcionaban de verdad las instituciones, los ejércitos, los partidos y la Corona, sino cómo encajar todo eso en una narración que se pueda ver en “modo maratón” sin exigir al espectador demasiado pensamiento incómodo.
El mecanismo central es la mitificación dicotómica entre buenos y malos. Del lado luminoso se colocan Suárez y Gutiérrez Mellado (y, según convenga, el Rey), figuras estilizadas como encarnaciones de la dignidad democrática, la serenidad y el sacrificio. Del lado sombrío se encierran Tejero, Milans del Bosch, los “generales de salón”, los ultras, nacionalistas, y de fondo un terrorismo sin matices. Esta distribución maniquea tranquiliza al espectador: la democracia tiene rostro humano y noble; la reacción tiene rostro crispado y grotesco. Pero la España de 1976-81 no se dividía así: había militares reformistas, militares continuistas, militares ultras, socialistas pragmáticos, comunistas que habían renunciado a la revolución, empresarios que sostenían la UCD mientras conspiraban contra ella, nacionalistas ambivalentes y una sociedad que oscilaba entre el miedo, el cansancio y la esperanza. Todo esto se borra en favor de un tablero moral infantil.
El mecanismo central es la mitificación dicotómica entre buenos y malos. Del lado luminoso se colocan Suárez y Gutiérrez Mellado (y, según convenga, el Rey), figuras estilizadas como encarnaciones de la dignidad democrática, la serenidad y el sacrificio. Del lado sombrío se encierran Tejero, Milans del Bosch, los “generales de salón”, los ultras, nacionalistas, y de fondo un terrorismo sin matices. Esta distribución maniquea tranquiliza al espectador: la democracia tiene rostro humano y noble; la reacción tiene rostro crispado y grotesco. Pero la España de 1976-81 no se dividía así: había militares reformistas, militares continuistas, militares ultras, socialistas pragmáticos, comunistas que habían renunciado a la revolución, empresarios que sostenían la UCD mientras conspiraban contra ella, nacionalistas ambivalentes y una sociedad que oscilaba entre el miedo, el cansancio y la esperanza. Todo esto se borra en favor de un tablero moral infantil.

Relacionado con eso, la serie convierte un relato de correlación de fuerzas en una fábula de héroes y villanos. La caída de Suárez no es el resultado de un sistema político agotado, de una UCD descompuesta, de un Rey que le retira la confianza, de un Ejército mal integrado en la democracia y de una economía en crisis, sino el drama trágico de un hombre bueno rodeado de mediocres y traidores.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El 23-F deja de ser la expresión última de una tensión estructural entre poder civil, poder militar, Corona y partidos, y se reduce a una colección de gestos: el valor físico de Mellado, la histeria de Tejero, la ambición de Armada, la entereza de Suárez. El golpe no se explica; se moraliza. Y cuando se sustituye la estructura por el carácter, se deja de hacer historia para hacer teatro.
Para que esa operación funcione, la serie hace desaparecer —o reduce a sombras— a grandes actores y motivos de fondo que fueron determinantes. El papel real del Rey se presenta limpio, casi pedagógico, cuando la historiografía más seria habla de ambigüedad previa, tolerancia hacia las maniobras de Armada y silencios calculados. UCD se disuelve en decorado, cuando su guerra interna es decisiva para entender por qué el sistema es tan vulnerable. El PSOE aparece como comparsa responsable, sin entrar en sus propios dilemas ante el “gobierno de concentración” que proponía Armada. El Ejército se caricaturiza en cuatro ultras exaltados, cuando lo verdaderamente inquietante no eran esos cuatro, sino los muchos mandos que se quedaron a la expectativa, dispuestos a obedecer lo que la Corona legitimara. ETA aparece como ruido de fondo, sin analizar cómo su violencia radicalizó a una parte del estamento militar y alimentó la lógica de “orden a cualquier precio”. Todo lo que no cabe en una intriga de personajes se disuelve.
Para que esa operación funcione, la serie hace desaparecer —o reduce a sombras— a grandes actores y motivos de fondo que fueron determinantes. El papel real del Rey se presenta limpio, casi pedagógico, cuando la historiografía más seria habla de ambigüedad previa, tolerancia hacia las maniobras de Armada y silencios calculados. UCD se disuelve en decorado, cuando su guerra interna es decisiva para entender por qué el sistema es tan vulnerable. El PSOE aparece como comparsa responsable, sin entrar en sus propios dilemas ante el “gobierno de concentración” que proponía Armada. El Ejército se caricaturiza en cuatro ultras exaltados, cuando lo verdaderamente inquietante no eran esos cuatro, sino los muchos mandos que se quedaron a la expectativa, dispuestos a obedecer lo que la Corona legitimara. ETA aparece como ruido de fondo, sin analizar cómo su violencia radicalizó a una parte del estamento militar y alimentó la lógica de “orden a cualquier precio”. Todo lo que no cabe en una intriga de personajes se disuelve.

Eduard Fernández & Álvaro Morte
Sobre ese vaciado se construye la ilusión de que estamos viendo por fin “la verdad” del 23-F porque se le da protagonismo al juicio y a las voces de los propios golpistas. Pero el juicio fue, en sí mismo, un dispositivo de control: un proceso militar acotado, diseñado para no salpicar a la Corona, ni ventilar contactos incómodos de Armada con dirigentes de PSOE, UCD o AP, ni abrir en canal la responsabilidad de los servicios de inteligencia o de determinadas capitanías generales. Lo que la serie trata como escena catártica —golpistas gritando “traidor”, Armada negándolo todo, un tribunal que escucha— fue, históricamente, una operación de cierre, no de esclarecimiento. Apoyarse en esa “verdad judicial” como si fuera transparencia es construir un mito sobre otro mito.
Todo esto se agrava si se recuerda que, a día de hoy, una parte sustancial de la documentación relevante sigue clasificada o inaccesible: comunicaciones de Zarzuela, informes completos del CESID, detalles de las reuniones previas de Armada, materiales del propio sumario militar. Es decir, ni siquiera los historiadores tienen aún un mapa completo de lo sucedido, y la propia arquitectura legal del Estado impide reconstruirlo del todo. En ese contexto, una serie que se vende como “radiografía íntima de un instante” está, en realidad, operando sobre un terreno deliberadamente oscurecido por la razón de Estado. Mitificar una mitificación —pretender que ahora sí se cuenta “lo que pasó de verdad” cuando se trabaja sobre fuentes parciales, juicios pactados y archivos cerrados— es, como mínimo, un ejercicio de imaginación fútil, y en el peor de los casos, una forma sofisticada de consolidar un relato cómodo para el régimen del 78 bajo la apariencia de crítica.
El resultado final es que el espectador cree haber recibido una lección de historia adulta y desmitificadora, cuando en realidad ha sido conducido a una versión más estilizada del mismo cuento: héroes democráticos que salvan a España, villanos reaccionarios derrotados, un Rey que acaba del lado correcto y un país que aprende la lección y madura. Es una narrativa que tranquiliza, emociona y se deja ver, pero que exige pagar un precio alto: renunciar a entender la Transición y el 23-F como lo que fueron de verdad, un conflicto de poderes, intereses y miedos mucho más complejo de lo que cualquier temporada de televisión está dispuesto a asumir.
Todo esto se agrava si se recuerda que, a día de hoy, una parte sustancial de la documentación relevante sigue clasificada o inaccesible: comunicaciones de Zarzuela, informes completos del CESID, detalles de las reuniones previas de Armada, materiales del propio sumario militar. Es decir, ni siquiera los historiadores tienen aún un mapa completo de lo sucedido, y la propia arquitectura legal del Estado impide reconstruirlo del todo. En ese contexto, una serie que se vende como “radiografía íntima de un instante” está, en realidad, operando sobre un terreno deliberadamente oscurecido por la razón de Estado. Mitificar una mitificación —pretender que ahora sí se cuenta “lo que pasó de verdad” cuando se trabaja sobre fuentes parciales, juicios pactados y archivos cerrados— es, como mínimo, un ejercicio de imaginación fútil, y en el peor de los casos, una forma sofisticada de consolidar un relato cómodo para el régimen del 78 bajo la apariencia de crítica.
El resultado final es que el espectador cree haber recibido una lección de historia adulta y desmitificadora, cuando en realidad ha sido conducido a una versión más estilizada del mismo cuento: héroes democráticos que salvan a España, villanos reaccionarios derrotados, un Rey que acaba del lado correcto y un país que aprende la lección y madura. Es una narrativa que tranquiliza, emociona y se deja ver, pero que exige pagar un precio alto: renunciar a entender la Transición y el 23-F como lo que fueron de verdad, un conflicto de poderes, intereses y miedos mucho más complejo de lo que cualquier temporada de televisión está dispuesto a asumir.
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