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2 de junio de 2025
2 de junio de 2025
7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay películas que parecen haber sido escritas en el polvo mismo del desierto, como si la arena hubiera susurrado su guion al oído del viento. Hasta que llegó su hora no es simplemente un western. Es la misa solemne de un mundo en extinción, el último aliento de una mitología tallada a fuego, plomo y silencio. Sergio Leone no filma una historia, sino un destino: el de unos personajes que avanzan inexorables hacia el eco de algo más grande que ellos, como si el paisaje les precediera y la música ya supiera lo que les espera.
Armónica, interpretado por un Charles Bronson hierático y mítico, no camina: flota sobre las vías del tiempo. Es un espectro de mirada de acero y verbo contenido, cuya música lo precede como un fantasma que avisa antes de que el infierno se abra. Su presencia es puro cine: cada plano suyo es una elegía muda, cada gesto suyo una grieta en el mármol de la venganza. No necesita hablar. Leone lo moldea como se esculpe una estatua: con paciencia, con reverencia, con un respeto casi religioso.
Armónica, interpretado por un Charles Bronson hierático y mítico, no camina: flota sobre las vías del tiempo. Es un espectro de mirada de acero y verbo contenido, cuya música lo precede como un fantasma que avisa antes de que el infierno se abra. Su presencia es puro cine: cada plano suyo es una elegía muda, cada gesto suyo una grieta en el mármol de la venganza. No necesita hablar. Leone lo moldea como se esculpe una estatua: con paciencia, con reverencia, con un respeto casi religioso.

Henry Fonda
Henry Fonda, en el papel más sorprendente y subversivo de su carrera, entrega una interpretación que hiela la sangre. Leone lo arranca de la iconografía del héroe noble y lo lanza al abismo con una elegancia aterradora. Su personaje no solo es malvado, es metódicamente cruel. Su sadismo es contenido, casi educado; pero en esa frialdad hay una violencia aún más desgarradora. No necesita levantar la voz: su sola presencia impone una amenaza que parece ineludible. La cámara lo adora y lo teme, y sus ojos azules –antes símbolo de confianza– ahora son un pozo sin fondo donde habita la muerte. Fonda actúa con una precisión quirúrgica, creando a un hombre no solo destruye, sino que disfruta haciéndolo. Es la encarnación del poder sin alma, del progreso sin escrúpulos, del mal que se disfraza de autoridad.
Jason Robards compone un Cheyenne que es la paradoja viva del western: un bandido que encierra más nobleza que muchos hombres de ley. En él habita el desencanto del forajido cansado de correr, pero también la poesía del que aún cree –a su manera– en una cierta justicia. Robards se pasea por la pantalla como si le diera igual morir, pero uno intuye que es precisamente por eso que merece vivir. Su voz arrastrada, su ironía seca y su dignidad polvorienta lo convierten en uno de los personajes más humanos del género.
Jason Robards compone un Cheyenne que es la paradoja viva del western: un bandido que encierra más nobleza que muchos hombres de ley. En él habita el desencanto del forajido cansado de correr, pero también la poesía del que aún cree –a su manera– en una cierta justicia. Robards se pasea por la pantalla como si le diera igual morir, pero uno intuye que es precisamente por eso que merece vivir. Su voz arrastrada, su ironía seca y su dignidad polvorienta lo convierten en uno de los personajes más humanos del género.

Y luego está Claudia Cardinale. Madre, viuda, amante, esperanza. Jill McBain no es solo el corazón de la película: es el alma de un nuevo mundo. Mientras los hombres se destruyen a tiros, ella construye algo que durará más que sus nombres. Hay una tristeza en su belleza que no se puede imitar, un cansancio en su mirada que ya lo ha visto todo, pero aún elige apostar por la vida. En un género donde las mujeres solían ser decorado o peligro, Leone le entrega el porvenir. Con su rostro bañado por la luz crepuscular, Claudia Cardinale es el rostro de la Historia.
La música de Ennio Morricone no acompaña: profetiza. Cada personaje tiene su tema, y cada tema es una ópera en miniatura. Cuando suena la armónica, no escuchamos un instrumento: escuchamos la tragedia. Cuando resuena la melodía de de Jill, es como si el Oeste se transformara, como si la violencia diera paso –por fin– a la civilización.
Hasta que llegó su hora es una sinfonía de la muerte y el renacimiento, una película donde cada encuadre tiene la belleza austera de un mural bíblico. Leone ralentiza el tiempo, lo estira hasta hacerlo ritual, y transforma el duelo en danza, el polvo en leyenda, el silencio en discurso.
Es, sencillamente, una obra maestra. No solo del western. Del cine. Un testamento filmado sobre las ruinas de un género que aquí alcanza su cumbre definitiva.
La música de Ennio Morricone no acompaña: profetiza. Cada personaje tiene su tema, y cada tema es una ópera en miniatura. Cuando suena la armónica, no escuchamos un instrumento: escuchamos la tragedia. Cuando resuena la melodía de de Jill, es como si el Oeste se transformara, como si la violencia diera paso –por fin– a la civilización.
Hasta que llegó su hora es una sinfonía de la muerte y el renacimiento, una película donde cada encuadre tiene la belleza austera de un mural bíblico. Leone ralentiza el tiempo, lo estira hasta hacerlo ritual, y transforma el duelo en danza, el polvo en leyenda, el silencio en discurso.
Es, sencillamente, una obra maestra. No solo del western. Del cine. Un testamento filmado sobre las ruinas de un género que aquí alcanza su cumbre definitiva.
26 de julio de 2025
26 de julio de 2025
5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay películas que perturban, y luego está La matanza de Texas. Desde su primera toma –ese sol muerto colgado del cielo, ese cadáver en descomposición expuesto como arte macabra– sabemos que no hay retorno. Tobe Hooper no dirige una cinta de terror: construye una experiencia física, rugosa, donde el calor, el polvo y los sonidos metálicos te agreden los sentidos. No hay espacio para la belleza, ni para la cordura. Solo para la incomodidad sostenida.
La atmósfera es una trampa sin oxígeno. El ritmo es engañosamente lento al principio, pero Hooper está afilando cuchillos. La parada en la gasolinera –con su aire estancado, las moscas, la carne sospechosa– ya respira un terror subterráneo, casi invisible. La tensión se cocina a fuego lento hasta que estalla con violencia seca, sin banda sonora heroica ni montaje estilizado. La muerte llega como un portazo, como un mazazo literal. El horror no se anuncia: se ejecuta
Cada personaje está marcado por el desconcierto y la vulnerabilidad, pero es Marilyn Burns quien eleva el dolor a una dimensión insoportable. Su actuación, sobre todo en el tramo final, es una lección de supervivencia emocional: sus gritos no son falsos, son testimonio. El chico en silla de ruedas, Franklin, representa la carga inútil del mundo moderno: quejoso, torpe, ajeno a lo salvaje. El autoestopista es puro delirio: una mezcla de retraso mental, trauma de guerra y sadismo infantil. El cocinero, Cook, no mata, pero mantiene vivo el infierno: es la cara racional de la locura, el que prefiere no mancharse pero cocina lo que otros cazan. Y luego está él: Leatherface. No como monstruo, sino como un animal doméstico entrenado para matar. Con su máscara de piel humana, su cuerpo torpe y su miedo a los desconocidos, es tan víctima como verdugo. Pocas veces el horror ha tenido un rostro tan ambiguo.
La atmósfera es una trampa sin oxígeno. El ritmo es engañosamente lento al principio, pero Hooper está afilando cuchillos. La parada en la gasolinera –con su aire estancado, las moscas, la carne sospechosa– ya respira un terror subterráneo, casi invisible. La tensión se cocina a fuego lento hasta que estalla con violencia seca, sin banda sonora heroica ni montaje estilizado. La muerte llega como un portazo, como un mazazo literal. El horror no se anuncia: se ejecuta
Cada personaje está marcado por el desconcierto y la vulnerabilidad, pero es Marilyn Burns quien eleva el dolor a una dimensión insoportable. Su actuación, sobre todo en el tramo final, es una lección de supervivencia emocional: sus gritos no son falsos, son testimonio. El chico en silla de ruedas, Franklin, representa la carga inútil del mundo moderno: quejoso, torpe, ajeno a lo salvaje. El autoestopista es puro delirio: una mezcla de retraso mental, trauma de guerra y sadismo infantil. El cocinero, Cook, no mata, pero mantiene vivo el infierno: es la cara racional de la locura, el que prefiere no mancharse pero cocina lo que otros cazan. Y luego está él: Leatherface. No como monstruo, sino como un animal doméstico entrenado para matar. Con su máscara de piel humana, su cuerpo torpe y su miedo a los desconocidos, es tan víctima como verdugo. Pocas veces el horror ha tenido un rostro tan ambiguo.

Y detrás de todos ellos, la verdadera protagonista: la pobreza. Esa casa ruinosamente decorada con huesos, el matadero clausurado, los rostros deformados por la necesidad y la descomposición moral. Hooper no juzga a esa familia de tarados: los expone como resultado inevitable de un país roto, sin oportunidades, donde los valores han mutado en instinto. No hay monstruos: hay víctimas que aprendieron a sobrevivir comiéndose entre ellos.
Con un presupuesto mínimo, Hooper hace historia. Sin apenas sangre explícita, logra una crudeza insuperable. No necesita mostrar: sugiere, y eso es peor. La cámara se arrastra, se sacude, se desespera. El sonido –herrumbroso, chirriante, casi ofensivo– es parte del asalto. Esta película no se ve, se sufre. Y eso la convierte en arte. Nada está de más, nada está mal. Es puro cine.
La matanza de Texas marcó un antes y un después en el terror. Lo vemos en The Hills Have Eyes, en Blair Witch, en Saw, en Hereditary. Su influencia es absoluta, transversal, inevitable. Pero ninguna ha igualado esa sensación de verdad nauseabunda, de que el horror no viene de otro mundo sino del tuyo, si tomas el desvío equivocado.
Con un presupuesto mínimo, Hooper hace historia. Sin apenas sangre explícita, logra una crudeza insuperable. No necesita mostrar: sugiere, y eso es peor. La cámara se arrastra, se sacude, se desespera. El sonido –herrumbroso, chirriante, casi ofensivo– es parte del asalto. Esta película no se ve, se sufre. Y eso la convierte en arte. Nada está de más, nada está mal. Es puro cine.
La matanza de Texas marcó un antes y un después en el terror. Lo vemos en The Hills Have Eyes, en Blair Witch, en Saw, en Hereditary. Su influencia es absoluta, transversal, inevitable. Pero ninguna ha igualado esa sensación de verdad nauseabunda, de que el horror no viene de otro mundo sino del tuyo, si tomas el desvío equivocado.

Teri McMinn
Cincuenta años después, sigue siendo perfecta. Porque no hay monstruos que den más miedo que la familia. Porque el mundo que la engendró no ha desaparecido. Porque no importa cuántas veces la hayas visto: siempre te deja con la piel sucia, como si hubieras escapado tú también por los pelos.
22 de mayo de 2025
22 de mayo de 2025
5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay películas que no solo se ven: se viven, se respiran y se quedan pegadas a uno. Érase una vez en América es, para mí, una de esas experiencias cinematográficas totales. Su poder no radica únicamente en lo que cuenta, sino en cómo lo cuenta. Avanza como una marea lenta y envolvente; cuando te das cuenta, ya estás dentro y no puedes salir.
Sergio Leone, tras reinventar el wéstern, da aquí un salto hacia algo mucho más personal y crepuscular. No es la típica historia de gánsteres: es una elegía sobre el paso del tiempo, la traición, la amistad, los deseos que se corrompen y los recuerdos que deforman la verdad. El guion trata la memoria como un espejo roto: vemos fragmentos, reflejos emocionales más que hechos objetivos. Esa mirada la hace inmensamente poderosa.
El reparto es colosal. Robert De Niro nunca estuvo tan contenido ni tan vulnerable; su mirada encierra dolor, nostalgia y culpa. James Woods resulta magnético e impredecible, como si siempre supiera algo que los demás ignoran. Tuesday Weld deslumbra con una mezcla de calidez y amenaza, y la jovencísima Jennifer Connelly aporta una ternura casi fantasmal. Incluso los secundarios poseen una hondura rara de encontrar hoy.
Sergio Leone, tras reinventar el wéstern, da aquí un salto hacia algo mucho más personal y crepuscular. No es la típica historia de gánsteres: es una elegía sobre el paso del tiempo, la traición, la amistad, los deseos que se corrompen y los recuerdos que deforman la verdad. El guion trata la memoria como un espejo roto: vemos fragmentos, reflejos emocionales más que hechos objetivos. Esa mirada la hace inmensamente poderosa.
El reparto es colosal. Robert De Niro nunca estuvo tan contenido ni tan vulnerable; su mirada encierra dolor, nostalgia y culpa. James Woods resulta magnético e impredecible, como si siempre supiera algo que los demás ignoran. Tuesday Weld deslumbra con una mezcla de calidez y amenaza, y la jovencísima Jennifer Connelly aporta una ternura casi fantasmal. Incluso los secundarios poseen una hondura rara de encontrar hoy.

La música de Ennio Morricone no acompaña: es el alma de la película. Cada nota parece escrita con lágrimas. Su tema principal condensa lo que Leone captura con la cámara: emoción pura que no necesita palabras. La fotografía, los travellings y la forma en que la cámara se desliza por los espacios transmiten una reverencia por el tiempo y el silencio pocas veces vista con tanta belleza.
No es una película perfecta –y ahí reside parte de su humanidad–. Su ritmo pausado puede desconcertar a quien busque algo lineal, pero quien se deje llevar recibirá algo que muy pocas obras logran: la sensación de haber vivido una vida entera al terminar la proyección.
Por todo ello, considero Érase una vez en América una de las mejores películas de la historia del cine. No solo por sus logros técnicos, su reparto o su música –excelentes–, sino por lo que despierta. Porque cuando acaba, uno se queda en silencio, y en ese silencio el cine se vuelve eterno.
No es una película perfecta –y ahí reside parte de su humanidad–. Su ritmo pausado puede desconcertar a quien busque algo lineal, pero quien se deje llevar recibirá algo que muy pocas obras logran: la sensación de haber vivido una vida entera al terminar la proyección.
Por todo ello, considero Érase una vez en América una de las mejores películas de la historia del cine. No solo por sus logros técnicos, su reparto o su música –excelentes–, sino por lo que despierta. Porque cuando acaba, uno se queda en silencio, y en ese silencio el cine se vuelve eterno.
10 de abril de 2025
10 de abril de 2025
5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Perfect Days no es tanto una película como una provocación estética: una sucesión de imágenes pulcras, contemplativas, cuidadosamente anodinas, que parecen pensadas más para decorar una story de Instagram con un haiku en la descripción que para narrar algo con sustancia. Wim Wenders nos regala aquí una especie de haiku audiovisual sin verbo ni sustancia, disfrazado de experiencia trascendental para modernos en crisis de autenticidad.
La historia, si es que se le puede llamar así, sigue a Hirayama, un señor que limpia baños públicos en Tokio. No una vez. No dos. Cada día. Y eso es todo. Se levanta, escucha música molona en cassette (porque el vinilo ya está muy visto), trabaja, come, riega plantas, se acuesta. Y vuelta a empezar. ¿Profundo? No. ¿Pretencioso? Absolutamente. Es cine en modo ahorro energético: no gasta trama, no gasta conflicto, no gasta alma.
Pero claro , aquí no importa lo que ves, sino cómo lo interpretas. La película no te cuenta nada, así que tú tienes que rellenarla con tus propias proyecciones. Es el truco más viejo del arte contemporáneo: la ausencia de sentido convertida en lienzo en blanco para que el espectador haga el trabajo. Y mientras tanto, los de siempre –esos que confunden el silencio con la inteligencia– asienten desde la fila central, con lágrimas contenidas y mirada beatífica, como si hubieran recibido la iluminación a través de un váter recién fregado.
La historia, si es que se le puede llamar así, sigue a Hirayama, un señor que limpia baños públicos en Tokio. No una vez. No dos. Cada día. Y eso es todo. Se levanta, escucha música molona en cassette (porque el vinilo ya está muy visto), trabaja, come, riega plantas, se acuesta. Y vuelta a empezar. ¿Profundo? No. ¿Pretencioso? Absolutamente. Es cine en modo ahorro energético: no gasta trama, no gasta conflicto, no gasta alma.
Pero claro , aquí no importa lo que ves, sino cómo lo interpretas. La película no te cuenta nada, así que tú tienes que rellenarla con tus propias proyecciones. Es el truco más viejo del arte contemporáneo: la ausencia de sentido convertida en lienzo en blanco para que el espectador haga el trabajo. Y mientras tanto, los de siempre –esos que confunden el silencio con la inteligencia– asienten desde la fila central, con lágrimas contenidas y mirada beatífica, como si hubieran recibido la iluminación a través de un váter recién fregado.

Kôji Yakusho
Y es que Perfect Days no es una película, es un rito de paso para entrar en la cofradía del espectador woke deluxe. Gente que necesita encontrar epifanías en lo anodino porque lleva años vaciándose de referencias vitales reales. Que no ve personas limpiando baños, sino “metáforas del desapego”. Que no detecta tedio, sino “meditación visual”. Y que aplaude cualquier plano fijo como si Dios mismo hubiera colocado la cámara.
Lo más fascinante –y algo desesperante– es la obligación tácita de encontrarle profundidad. Decir que te aburriste es casi un acto de herejía: enseguida llega alguien a recordarte que Perfect Days “no va de lo que sucede, sino de lo que permanece”. Una frase tan hueca como la película, pero que sirve de salvavidas a quienes no se atreven a decir en voz de alta que, quizá, a veces simplemente no hay nada detrás de la cortina. No hay capas de sentido esperando ser descubiertas, solo una rutina bien encuadrada, repetida hasta la náusea y vendida como filosofía oriental de exportación.
Lo más fascinante –y algo desesperante– es la obligación tácita de encontrarle profundidad. Decir que te aburriste es casi un acto de herejía: enseguida llega alguien a recordarte que Perfect Days “no va de lo que sucede, sino de lo que permanece”. Una frase tan hueca como la película, pero que sirve de salvavidas a quienes no se atreven a decir en voz de alta que, quizá, a veces simplemente no hay nada detrás de la cortina. No hay capas de sentido esperando ser descubiertas, solo una rutina bien encuadrada, repetida hasta la náusea y vendida como filosofía oriental de exportación.

Kôji Yakusho
Eso no quiere decir que no haya algo disfrutable: la película tiene momentos de belleza, un ritmo hipnótico, cierta calidez en su monotonía. Es como observar cómo la la luz cambia lentamente sobre una pared: puede ser sereno, incluso reconfortante, pero no necesariamente significativo. El problema es cuando esa liviandad se vende como experiencia transformadora. Perfect Days se deja ver, incluso se agradece en su pausa… siempre y cuando no compremos el envoltorio de gran revelación espiritual. Porque al final, más que una iluminación, lo que deja es la sensación de haber acompañado a alguien durante su jornada laboral sin que nos haya querido contar absolutamente nada.
3 de septiembre de 2025
3 de septiembre de 2025
6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lost in Translation se presenta como cine “sutil” y “profundo”, pero en realidad es un desfile interminable de bostezos. Sofia Coppola confunde la falta de contenido con el minimalismo y lo que queda es una sucesión de miradas vacías, silencios eternos y paseos sin rumbo por Tokio. Supuestamente poético, en realidad es un ejercicio de tedio insoportable.
Ni siquiera el dúo protagonista logra salvar el desaguisado. Bill Murray aparece atrapado en una caricatura cansada de sí mismo y Scarlett Johansson se limita a deambular con gesto apático. La química entre ambos es tan plana que la supuesta conexión emocional se convierte en una broma pesada. Lo que debía ser ternura resulta indiferencia.
El resultado: un auténtico bodrio inflado por la crítica, que ha querido ver profundidad donde solo hay vacío. Lost in Translation no emociona, no divierte y tampoco reflexiona: simplemente aburre. Una película inflada de prestigio artificial, ideal para quienes confunden el sopor con la contemplación.
Ni siquiera el dúo protagonista logra salvar el desaguisado. Bill Murray aparece atrapado en una caricatura cansada de sí mismo y Scarlett Johansson se limita a deambular con gesto apático. La química entre ambos es tan plana que la supuesta conexión emocional se convierte en una broma pesada. Lo que debía ser ternura resulta indiferencia.
El resultado: un auténtico bodrio inflado por la crítica, que ha querido ver profundidad donde solo hay vacío. Lost in Translation no emociona, no divierte y tampoco reflexiona: simplemente aburre. Una película inflada de prestigio artificial, ideal para quienes confunden el sopor con la contemplación.
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