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Críticas ordenadas por utilidad
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9
11 de agosto de 2008
11 de agosto de 2008
62 de 65 usuarios han encontrado esta crítica útil
Desde el primer minuto de metraje de la película todos y cada uno de los personajes que la componen logran transmitir la impresión indicada para la que fueron creados. Esto se consigue gracias a un elenco de actores inmejorables. Desde Paul Newman hasta el magnífico Patriarca interpretado por Burl Ives todos hacen un excelente trabajo, pasando por la cuñadísima, Madeleine Sherwood; y es que... ¿quién no odia a esa mujer desde el primer momento que abre la boca?
Una obra llena de metáforas. Los dos personajes con los conflictos internos más marcados (Brick y el Abuelo) son precisamente los que poseen algún tipo de tara física, y de esa manera se cosifica su dolor a los ojos del espectador despertando en él la lástima y la compasión por los dos gruñones tullidos.
Una obra llena de metáforas. Los dos personajes con los conflictos internos más marcados (Brick y el Abuelo) son precisamente los que poseen algún tipo de tara física, y de esa manera se cosifica su dolor a los ojos del espectador despertando en él la lástima y la compasión por los dos gruñones tullidos.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Otro aspecto relevante es el doble viaje que hacen los personajes por la mansión que representa a su vez la relación familiar. El piso superior, las emociones superficiales y las conversaciones hipócritas. La planta baja, los reproches y la avaricia. Por último, el sótano, donde podemos contemplar la única relación de verdad que existe en esa familia y donde afloran los sentimientos más profundos de el padre y el hijo favorito.
Por otra parte la relación entre Brick y Maggie la Gata nos absorbe desde el principio. ¿Quién es Skiper? ¿Una habitación de hotel? Umm... interesante... Nos mantiene con los ojos pegados a la pantalla atendiendo a todos y cada uno de los diálogos para resolver el misterio, un misterio que en realidad está en un segundo plano ya que lo que importa no es por qué Brick es un borracho sino de qué manera va a conseguir salir del bache.
Una obra maestra en la que todo encaja a la perfección, quizá el único pero es el doblaje, en el que se pierden algunas frases realmente relevantes dentro de la historia.
Por otra parte la relación entre Brick y Maggie la Gata nos absorbe desde el principio. ¿Quién es Skiper? ¿Una habitación de hotel? Umm... interesante... Nos mantiene con los ojos pegados a la pantalla atendiendo a todos y cada uno de los diálogos para resolver el misterio, un misterio que en realidad está en un segundo plano ya que lo que importa no es por qué Brick es un borracho sino de qué manera va a conseguir salir del bache.
Una obra maestra en la que todo encaja a la perfección, quizá el único pero es el doblaje, en el que se pierden algunas frases realmente relevantes dentro de la historia.

8,0
23.645
9
3 de marzo de 2009
3 de marzo de 2009
10 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Estos días podemos ver en nuestros televisores una nueva campaña de coca-cola, en la que un anciano de 102 años va a visitar a un bebé recién nacido y le aconseja acerca de la vida. Además del sentimentalismo que se sustrae del anuncio, el centenario señor concluye su “clase” sobre la vida diciendo a la niña que lo único que no le va a gustar es que le va a parecer demasiado corta. Pues eso mismo es lo que nos pasa al terminar de ver Río Bravo.
De la misma manera que ocurre con los buenos libros, el impresionante western de Howard Hawks se nos hace corto, y cuando sus 136 minutos de metraje concluyen nos quedamos con las ganas de que otro forajido rompa el orden que el sheriff, Frank T (John Wayne), guarda en el condado de Presidio para seguir disfrutando de sus aventuras.
Si existe alguna fórmula mágica que combine personajes, trama y golpes de efecto, Hawks dio con ella para crear esta obra maestra. Es cierto que los personajes de sus películas no hablan mucho, pero cuando lo hacen es para decir algo interesante. Por ello no escuchamos al primer personaje hasta que han transcurrido más de cuatro minutos de película, y ya conocemos al malo (Claude Akins), al bueno (John Wayne, por supuesto) y al amigo borracho del bueno (Dean Martin).
La trama es sencilla: el bien contra el mal, el primero en clara desventaja y el segundo con todo a su favor; “ellos son más de cuarenta y lo único que les importa es ganar su jornal”, dice el sheriff a un amigo que le ofrece su ayuda. Las fuerzas del bien se completan con un viejo tullido (Walter Brennan) con el que nos reiremos bastante, gracias en buena parte al doblaje, y un joven engreído (Ricky Nelson) que se les unirá en el último momento. Este último no entró en el reparto al azar; Ricky Nelson era una joven estrella de la canción, y en este film comparte un maravilloso número con Dean Martin que despliega sus dotes para el canto en una escena cargada de compañerismo.
En el aspecto técnico lo más destacable es que, como en la mayoría del cine clásico, la cámara desaparece y ello contribuye a sumergir al espectador en la historia. Quizá en los momentos en los que el borracho lo está pasando mal por culpa de su rehabilitación, Hawks se concentra en él y deja un poco de lado la historia, pero la lucha interna de este personaje lo merece sin lugar a dudas.
El largometraje es una ópera magna de este género que ensalza, aún más si cabe, a John Wayne como el vaquero por excelencia y lo único que puedo lamentar tras haber visto este film es no haber disfrutado de él en mi niñez.
De la misma manera que ocurre con los buenos libros, el impresionante western de Howard Hawks se nos hace corto, y cuando sus 136 minutos de metraje concluyen nos quedamos con las ganas de que otro forajido rompa el orden que el sheriff, Frank T (John Wayne), guarda en el condado de Presidio para seguir disfrutando de sus aventuras.
Si existe alguna fórmula mágica que combine personajes, trama y golpes de efecto, Hawks dio con ella para crear esta obra maestra. Es cierto que los personajes de sus películas no hablan mucho, pero cuando lo hacen es para decir algo interesante. Por ello no escuchamos al primer personaje hasta que han transcurrido más de cuatro minutos de película, y ya conocemos al malo (Claude Akins), al bueno (John Wayne, por supuesto) y al amigo borracho del bueno (Dean Martin).
La trama es sencilla: el bien contra el mal, el primero en clara desventaja y el segundo con todo a su favor; “ellos son más de cuarenta y lo único que les importa es ganar su jornal”, dice el sheriff a un amigo que le ofrece su ayuda. Las fuerzas del bien se completan con un viejo tullido (Walter Brennan) con el que nos reiremos bastante, gracias en buena parte al doblaje, y un joven engreído (Ricky Nelson) que se les unirá en el último momento. Este último no entró en el reparto al azar; Ricky Nelson era una joven estrella de la canción, y en este film comparte un maravilloso número con Dean Martin que despliega sus dotes para el canto en una escena cargada de compañerismo.
En el aspecto técnico lo más destacable es que, como en la mayoría del cine clásico, la cámara desaparece y ello contribuye a sumergir al espectador en la historia. Quizá en los momentos en los que el borracho lo está pasando mal por culpa de su rehabilitación, Hawks se concentra en él y deja un poco de lado la historia, pero la lucha interna de este personaje lo merece sin lugar a dudas.
El largometraje es una ópera magna de este género que ensalza, aún más si cabe, a John Wayne como el vaquero por excelencia y lo único que puedo lamentar tras haber visto este film es no haber disfrutado de él en mi niñez.

7,3
17.423
7
12 de marzo de 2009
12 de marzo de 2009
9 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay personas que están locas porque están enfermas, y también hay individuos a los que se les trata como si estuvieran locos, aunque su mal no radica en una enfermedad, sino en haber nacido en el momento o en el lugar equivocado. Y esa desubicación unida a que los demás les traten como si estuvieran chalados puede llevar a la locura. Algo así es lo que dice el padre de Rusty (Dennis Hopper) cuando éste último confiesa que de mayor quiere parecerse a su hermano, el Chico de la Moto (Mickey Rourke).
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
En el acuario de Tulsa las cosas ya no son como solían ser. La droga ha acabado con las pandillas y, sin pandillas, Rusty (Matt Dillon) no puede llegar a ser la viva imagen de su hermano, que se ganó la fama en su día al convertirse en el líder de todas las bandas del barrio industrial. Coppolla nos muestra de manera sensacional los acontecimientos desde el punto de vista del Chico de la Moto que, como nosotros, sólo puede ver en blanco y negro y de vez en cuando se vuelve sordo, justo en el momento en que su “percepción” de las cosas se agudiza y queda ensimismado en sus propios pensamientos.
Sabemos que el Chico de la Moto ha salido del acuario para ver lo que hay fuera; su problema es que ha caído en otro acuario y no ha podido llegar a ver el océano. Así es que vuelve para caer derrotado, o quizá para animar a su hermano a que salga de allí y haga lo que él nunca fue capaz de hacer. De esto último nos damos cuenta en la escena de la tienda de mascotas, cuando él se sacrifica por el pez al que aún le quedan fuerzas para nadar hasta el mar.
Durante todo el film se nos deja ver que algo va a pasar y su llegada es inexorable, igual que el paso del tiempo que vemos en bastantes primeros planos. Incluso el dueño de los billares nos da una charla acerca del tiempo y de cómo se nos va escapando de las manos, a la vez que nos hacemos conscientes de los pocos veranos que nos quedan antes de nuestra cita con los gusanos. Esta tensión está presente durante toda la cinta con los marcados planos picados y contrapicados que se unen a los efectos de humo y luz que ayudan a crear, muy bien, por cierto, una atmósfera inquietante para el espectador.
En el final se nos muestran los ingredientes necesarios para crear un mito. Una injusticia, un personaje carismático y un sacrificio. Esos mitos a los que es tan aficionado el Chico de la Moto sin saber que acabará por convertirse en uno de ellos. La ley de la calle es sin duda uno de esos largometrajes que nos hacen reflexionar sobre la “tragedia” de los “chicos malos” y las consecuencias en sus propias vidas.
Sabemos que el Chico de la Moto ha salido del acuario para ver lo que hay fuera; su problema es que ha caído en otro acuario y no ha podido llegar a ver el océano. Así es que vuelve para caer derrotado, o quizá para animar a su hermano a que salga de allí y haga lo que él nunca fue capaz de hacer. De esto último nos damos cuenta en la escena de la tienda de mascotas, cuando él se sacrifica por el pez al que aún le quedan fuerzas para nadar hasta el mar.
Durante todo el film se nos deja ver que algo va a pasar y su llegada es inexorable, igual que el paso del tiempo que vemos en bastantes primeros planos. Incluso el dueño de los billares nos da una charla acerca del tiempo y de cómo se nos va escapando de las manos, a la vez que nos hacemos conscientes de los pocos veranos que nos quedan antes de nuestra cita con los gusanos. Esta tensión está presente durante toda la cinta con los marcados planos picados y contrapicados que se unen a los efectos de humo y luz que ayudan a crear, muy bien, por cierto, una atmósfera inquietante para el espectador.
En el final se nos muestran los ingredientes necesarios para crear un mito. Una injusticia, un personaje carismático y un sacrificio. Esos mitos a los que es tan aficionado el Chico de la Moto sin saber que acabará por convertirse en uno de ellos. La ley de la calle es sin duda uno de esos largometrajes que nos hacen reflexionar sobre la “tragedia” de los “chicos malos” y las consecuencias en sus propias vidas.

8,0
26.853
8
24 de marzo de 2009
24 de marzo de 2009
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Todos tenemos o conocemos a alguien que tiene un abuelo que en nochevieja con dos copas de sidra de más empieza a cantar La Internacional o el Cara al Sol recordando las juergas juveniles que se corría antes de sentar la cabeza. Pick (William Holden) es ese abuelo, solo que a él nunca se la ha pasado por la mente dejar de asaltar bancos y trenes. Hasta ahora. Y es que los tiempos cambian, como canta Bob Dylan en Pat Garrett y Billy The Kid.
Grupo Salvaje comienza con el último trabajillo de un grupo de forajidos a punto de jubilarse. Pero el golpe sale mal y los cinco que sobreviven tienen que posponer su retiro por un tiempo, tiempo que Sam Pekinpah aprovecha para mostrarnos las inquietudes de un grupo de personajes en el crepúsculo de sus carreras activas como bandidos.
Pekinpah da un paso de gigante en para el western y lo resucita otorgándole una estética moderna y muy realista. Para conseguirlo se sirve de todas las posibilidades de la cámara, y al contrario que Hawks y Ford, el realizador se esfuerza por hacer patente la presencia de la cámara en la escena con multitud de planos subjetivos y un uso magistral del zoom que interpelan continuamente al espectador.
No obstante da un paso atrás en el aspecto narrativo. Si los actores de Ford y Hawks sólo hablaban cuando era absolutamente necesario, en el caso de Grupo Salvaje se nos mastica la trama en algunos momentos con unos flashbacks brevísimos en planos encadenados que cortan la acción o se nos explican los sentimientos que un personaje está expresando en ese mismo instante. A pesar de ello, la complejidad de las personalidades de los protagonistas mejora mucho con respecto al western clásico en el que eran más sencillas y planas.
Pero si en algo destaca Pekinpah con esta película es en el dominio absoluto del ritmo narrativo por medio de la duración, el tamaño y el ritmo interno de los planos. La tensión que se nos traslada en los momentos más delicados del film es muy intensa y aunque en algunas escenas ya sepamos que se va a armar la de San Quintín no podemos evitar quedarnos completamente anonadados con las secuencias de tiroteos, que no parecen pertenecer a una obra que se rodó hace cuarenta años.
Sam Pekinpah fue una bocanada de aire fresco para el western y aunque, como ya dije antes, pierde algo de fuerza en el aspecto narrativo, la “forma” y no el fondo de sus películas lo han hecho pasar a la historia como uno de los mejores directores del género.
Grupo Salvaje comienza con el último trabajillo de un grupo de forajidos a punto de jubilarse. Pero el golpe sale mal y los cinco que sobreviven tienen que posponer su retiro por un tiempo, tiempo que Sam Pekinpah aprovecha para mostrarnos las inquietudes de un grupo de personajes en el crepúsculo de sus carreras activas como bandidos.
Pekinpah da un paso de gigante en para el western y lo resucita otorgándole una estética moderna y muy realista. Para conseguirlo se sirve de todas las posibilidades de la cámara, y al contrario que Hawks y Ford, el realizador se esfuerza por hacer patente la presencia de la cámara en la escena con multitud de planos subjetivos y un uso magistral del zoom que interpelan continuamente al espectador.
No obstante da un paso atrás en el aspecto narrativo. Si los actores de Ford y Hawks sólo hablaban cuando era absolutamente necesario, en el caso de Grupo Salvaje se nos mastica la trama en algunos momentos con unos flashbacks brevísimos en planos encadenados que cortan la acción o se nos explican los sentimientos que un personaje está expresando en ese mismo instante. A pesar de ello, la complejidad de las personalidades de los protagonistas mejora mucho con respecto al western clásico en el que eran más sencillas y planas.
Pero si en algo destaca Pekinpah con esta película es en el dominio absoluto del ritmo narrativo por medio de la duración, el tamaño y el ritmo interno de los planos. La tensión que se nos traslada en los momentos más delicados del film es muy intensa y aunque en algunas escenas ya sepamos que se va a armar la de San Quintín no podemos evitar quedarnos completamente anonadados con las secuencias de tiroteos, que no parecen pertenecer a una obra que se rodó hace cuarenta años.
Sam Pekinpah fue una bocanada de aire fresco para el western y aunque, como ya dije antes, pierde algo de fuerza en el aspecto narrativo, la “forma” y no el fondo de sus películas lo han hecho pasar a la historia como uno de los mejores directores del género.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
La idea principal del largometraje se nos ofrece en uno de los primeros planos. Unos niños juegan con un escorpión que tiran a un hormiguero para ser devorado. De la misma manera, los “hombres de verdad” se ven devorados por el progreso, que los hecha a un lado a ellos y a su modo de vida. No es casualidad que el enemigo de los protagonistas sea el ferrocarril, una institución que fue extendiendo ese progreso por todos los Estados Unidos. Al mismo tiempo que sus vías llegaba la prensa, la electricidad y hasta los aviones, como nos cuenta el viejo.
Los personajes se dan cuenta y se lanzan a un rescate suicida del que podrían haber salido airosos, pero que deciden llevar hasta el final porque después de ese último trabajo el abismo de la jubilación es para ellos peor que la misma muerte. Tampoco es ninguna casualidad que a Pick lo acabe matando un niño que es el encargado del telégrafo, para mí otra metáfora del significado que impregna toda la cinta.
Los personajes se dan cuenta y se lanzan a un rescate suicida del que podrían haber salido airosos, pero que deciden llevar hasta el final porque después de ese último trabajo el abismo de la jubilación es para ellos peor que la misma muerte. Tampoco es ninguna casualidad que a Pick lo acabe matando un niño que es el encargado del telégrafo, para mí otra metáfora del significado que impregna toda la cinta.

8,0
31.399
10
22 de marzo de 2009
22 de marzo de 2009
9 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sin duda cualquier nostálgico se sentirá identificado con la morriña que el realizador norteamericano John Ford imprime en todos los planos de El hombre tranquilo. Innisfree, un idílico pueblo de Irlanda, es el lugar donde se desarrolla la trama de esta película. Un valle que sigue siendo verde y al que no ha llegado la revolución industrial; es más, toda modernidad queda abandonada en la estación de ferrocarril, cuando Sean Thornton (John Wayne) se baja de su caballo de hierro y se sube a la rudimentaria carroza de Michaleen Flynn (Barry Fitzgerald).
Se nos muestran los sentimientos de un inmigrante que regresa a su patria, al pueblo donde nació, después de “hacer las américas”. Esta morriña de la que hablábamos al principio es una sensación en la que los directores de las películas suelen recrearse e imprimir su sello autobiográfico. Tornatore, por ejemplo, en su mejor obra, Cinema Paradiso, enseña la desilusión de Totó al regresar de la mili y ver que todo está cambiado, y treinta años después siente nostalgia al darse cuenta que en realidad todo sigue igual, que los pueblos no cambian, las que cambian son las personas.
Si para Ford los personajes sólo tienen que hablar cuando lo que van a decir es imprescindible, en esta cinta, además, lo que sale de sus labios siempre va con doble sentido o se toma como si así fuera. Así, nuestro cochero interroga a Thornton de manera concienzuda haciendo aproximaciones sobre su altura, lugar de procedencia o lo qué venía a hacer a la pequeña localidad y éste, que conoce el carácter irlandés, le responde con evasivas para mantener su curiosidad y la nuestra.
El hombre tranquilo es, a mi parecer, la mejor película de John Ford y ello es gracias al sentimiento y la nostalgia que se percibe en cada plano consiguiendo que, como dice Eastwood en Million Dollar Baby, todos queramos ser irlandeses.
Se nos muestran los sentimientos de un inmigrante que regresa a su patria, al pueblo donde nació, después de “hacer las américas”. Esta morriña de la que hablábamos al principio es una sensación en la que los directores de las películas suelen recrearse e imprimir su sello autobiográfico. Tornatore, por ejemplo, en su mejor obra, Cinema Paradiso, enseña la desilusión de Totó al regresar de la mili y ver que todo está cambiado, y treinta años después siente nostalgia al darse cuenta que en realidad todo sigue igual, que los pueblos no cambian, las que cambian son las personas.
Si para Ford los personajes sólo tienen que hablar cuando lo que van a decir es imprescindible, en esta cinta, además, lo que sale de sus labios siempre va con doble sentido o se toma como si así fuera. Así, nuestro cochero interroga a Thornton de manera concienzuda haciendo aproximaciones sobre su altura, lugar de procedencia o lo qué venía a hacer a la pequeña localidad y éste, que conoce el carácter irlandés, le responde con evasivas para mantener su curiosidad y la nuestra.
El hombre tranquilo es, a mi parecer, la mejor película de John Ford y ello es gracias al sentimiento y la nostalgia que se percibe en cada plano consiguiendo que, como dice Eastwood en Million Dollar Baby, todos queramos ser irlandeses.
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