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Voto de GonzaloyGracias:
8
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8
7,8
1.969
Drama. Comedia
La familia Yoshii se traslada a vivir a un suburbio de Tokio para que el padre esté más cerca de su trabajo. Los dos hijos deben adaptarse a la nueva escuela, pero se encuentran con la hostilidad de un grupo de chicos entre los que está Taro, el hijo del señor Iwasaki, jefe de su padre. Convertidos finalmente en los líderes del grupo, cuando descubren la actitud servil de su padre hacia su jefe deciden organizar una original huelga infantil. (FILMAFFINITY) [+]
17 de noviembre de 2025
17 de noviembre de 2025
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Era una buena ocasión de volver a ver las películas que son variantes de un mismo tema, y establecer relaciones y la evolución de su estilo. Una de madurez de Ozu, ya en color, y lo más cercano a lo que pudiera ser una comedia en el cineasta. En “Buenos días”, Ozu da más papel a los adultos que en “Y sin embargo hemos nacido” (1932): algo que puede tener que ver con el uso de la palabra respecto a la película muda o silente.
El escenario, en ambas, es el mismo: un barrio en las afueras de la ciudad, con casas tradicionales y habitantes que cultivan las tradiciones propias de Japón, tanto de vestimenta como de moblaje. No es una visión conservadora de Ozu, pues al mismo tiempo que nos muestra su gusto por esas formas de residencia y vestimenta, hace una crítica sutil pero contundente a otras tradiciones ,como el comportamiento social japonés: ese formalismo nipón tan envarado y ritual, que consigue que una vecina de ese barrio, con sus maledicencias, acabe creando un ambiente tóxico de mentiras y medias verdades. Ese mismo formalismo hace imposible que el joven profesor y la chica den el paso de hablarse con sinceridad y declararse su amor. Veamos (si no), lo que ocurre en el andén de una estación: desolador (de momento).
Frente a eso (que no en contra) están los niños, los chavales, con su comportamiento más espontáneo, rebelde diríamos: su deseo que tener un televisor en casa en "Buenos días" es algo que podemos entender perfectamente la generación de los sesenta: también lo queríamos, también íbamos a verlo (en mi caso) a otras casas en los primero años de esa década. Lo chavales, los dos hermanos, se rebelan de la única manera que está en su mano: con una huelga de silencio, llevada a cabo hasta las últimas consecuencias. En esto son claros, consecuentes con su deseo. El televisor funciona como un “macguffin” figurado en este caso: importa el deseo de los chavales para conocer otras realidades, por fantásticas que sean. A sabiendas de que lo eran. Un consuelo en todo caso.
En el plano de la puesta de escena, en "Buenos días" , Ozu ha depurado su estilo respecto a su antecedente: el uso de encuadres fijos donde los actores se desenvuelven hablado o en silencio, la cámara en el suelo de pasillos o habitaciones, a la altura del tatami, de los habitantes en cuclillas, o los distintos niveles de encuadre donde se suceden acciones diferente: vemos a los residentes de la barriada y a la vez, en un nivel superior (un terraplén), a los viandantes: entro otros a los niños camino de la escuela.
“Buenos días” es más bien una nueva variación de “Y sin embargo hemos nacido”. En esta película los protagonistas absolutos son los chavales respecto a los adultos. Aborda también otros temas: los dos hermanos que conocemos acaban de llegar a ese barrio en las afueras (un descampado por urbanizar) y tienen los típicos problemas de su aceptación por los chicos del lugar y de la escuela. Un abusón les hace la vida imposible. Es un caso de abuso o acoso escolar de “libro”, resuelto como se hacía entonces. El conflicto entre hijos y adultos es más social, pues los padres imbuyen a los hijos la cantinela de la importancia social según el dinero y el estatus que se tenga en la sociedad, algo que los chavales se lo creen hasta que las contradicciones que esa doctrina del éxito social produce, acaban en una huelga de hambre de los dos hermanos. En una película muda no tendría ninguna sentido una huelga de “mudez”.
En el plano formal, se aprecia cómo evolucionó el estilo Ozu: en esta versión hay un empleo muy delicado de los desplazamientos de cámara, hay encuadres rodados desde el exterior de una casa mientras vemos a los personajes en el interior, hay “gags” propios del cine cómico (lo entrecomillo porque son discretos); o el uso del plano y del contraplano como forma de expresar los pensamientos y reacciones de los personajes. Y en general una mayor movilidad de la cámara cuando es técnicamente más complicada, pero más necesaria.
Una de las secuencias geniales es una sesión de proyección de grabaciones caseras en la casa del director de la empresa donde trabaja el padre: a la fascinación que supone en los espectadores (sobre todo los niños) ver a los presentes en el salón habiendo sido rodados por una cámara, se une el descubrimiento de que el padre de los dos hermanos no es más que un “bufón” del director, un pelota obligado a ello porque solo es un empleado a sueldo. Eso dará ocasión a una de las partes más duras y emotivas de la película.
Si la variación de 1969 es buena, la primera versión me parece todavía mejor. Y muy divertida.
El escenario, en ambas, es el mismo: un barrio en las afueras de la ciudad, con casas tradicionales y habitantes que cultivan las tradiciones propias de Japón, tanto de vestimenta como de moblaje. No es una visión conservadora de Ozu, pues al mismo tiempo que nos muestra su gusto por esas formas de residencia y vestimenta, hace una crítica sutil pero contundente a otras tradiciones ,como el comportamiento social japonés: ese formalismo nipón tan envarado y ritual, que consigue que una vecina de ese barrio, con sus maledicencias, acabe creando un ambiente tóxico de mentiras y medias verdades. Ese mismo formalismo hace imposible que el joven profesor y la chica den el paso de hablarse con sinceridad y declararse su amor. Veamos (si no), lo que ocurre en el andén de una estación: desolador (de momento).
Frente a eso (que no en contra) están los niños, los chavales, con su comportamiento más espontáneo, rebelde diríamos: su deseo que tener un televisor en casa en "Buenos días" es algo que podemos entender perfectamente la generación de los sesenta: también lo queríamos, también íbamos a verlo (en mi caso) a otras casas en los primero años de esa década. Lo chavales, los dos hermanos, se rebelan de la única manera que está en su mano: con una huelga de silencio, llevada a cabo hasta las últimas consecuencias. En esto son claros, consecuentes con su deseo. El televisor funciona como un “macguffin” figurado en este caso: importa el deseo de los chavales para conocer otras realidades, por fantásticas que sean. A sabiendas de que lo eran. Un consuelo en todo caso.
En el plano de la puesta de escena, en "Buenos días" , Ozu ha depurado su estilo respecto a su antecedente: el uso de encuadres fijos donde los actores se desenvuelven hablado o en silencio, la cámara en el suelo de pasillos o habitaciones, a la altura del tatami, de los habitantes en cuclillas, o los distintos niveles de encuadre donde se suceden acciones diferente: vemos a los residentes de la barriada y a la vez, en un nivel superior (un terraplén), a los viandantes: entro otros a los niños camino de la escuela.
“Buenos días” es más bien una nueva variación de “Y sin embargo hemos nacido”. En esta película los protagonistas absolutos son los chavales respecto a los adultos. Aborda también otros temas: los dos hermanos que conocemos acaban de llegar a ese barrio en las afueras (un descampado por urbanizar) y tienen los típicos problemas de su aceptación por los chicos del lugar y de la escuela. Un abusón les hace la vida imposible. Es un caso de abuso o acoso escolar de “libro”, resuelto como se hacía entonces. El conflicto entre hijos y adultos es más social, pues los padres imbuyen a los hijos la cantinela de la importancia social según el dinero y el estatus que se tenga en la sociedad, algo que los chavales se lo creen hasta que las contradicciones que esa doctrina del éxito social produce, acaban en una huelga de hambre de los dos hermanos. En una película muda no tendría ninguna sentido una huelga de “mudez”.
En el plano formal, se aprecia cómo evolucionó el estilo Ozu: en esta versión hay un empleo muy delicado de los desplazamientos de cámara, hay encuadres rodados desde el exterior de una casa mientras vemos a los personajes en el interior, hay “gags” propios del cine cómico (lo entrecomillo porque son discretos); o el uso del plano y del contraplano como forma de expresar los pensamientos y reacciones de los personajes. Y en general una mayor movilidad de la cámara cuando es técnicamente más complicada, pero más necesaria.
Una de las secuencias geniales es una sesión de proyección de grabaciones caseras en la casa del director de la empresa donde trabaja el padre: a la fascinación que supone en los espectadores (sobre todo los niños) ver a los presentes en el salón habiendo sido rodados por una cámara, se une el descubrimiento de que el padre de los dos hermanos no es más que un “bufón” del director, un pelota obligado a ello porque solo es un empleado a sueldo. Eso dará ocasión a una de las partes más duras y emotivas de la película.
Si la variación de 1969 es buena, la primera versión me parece todavía mejor. Y muy divertida.
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