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España España · Madrid
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Voto de Charles:
7
Voto de Charles:
7
Acción. Thriller Durante un atraco a un banco, el conductor contratado para fugarse tras el robo deberá hacer uso de su ingenio y destreza cuando recibe órdenes desde un número desconocido. (FILMAFFINITY)
6 de noviembre de 2017
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sólo existe el coche, y nada más.
El mundo se ve a través de su parabrisas, se siente el asfalto cuando está quemando la rueda.
Fuera no hay posibilidades, dentro se conquistan a golpe de habilidad y rápidez.

Sería erróneo juzgar 'Wheelman' como poco menos que un chute de adrenalina, cuando su cuidado escenario audiovisual sugiere otra cosa, una estimable pieza de artesanía que busca la sensación profunda antes que el simple efectismo.
La inmersión en la experiencia llega desde el primer minuto, porque nunca abandonamos el vehículo, e igualmente conocemos al protagonista como un hombre sin nombre: Wheelman le bautizan, y así le conocerá el espectador, un lienzo en blanco que se irá llenando de agresivas pintadas.
En el transcurso de una larga noche, no vamos a formarnos una idea suya por lo que habla o de qué manera se relaciona, sino por cómo habla, qué hace o cuáles son sus decisiones.

Es un lujazo contar con Frank Grillo: clásico actor que es "uno de los nuestros", tan capaz de transmitir determinación con una sola mirada como de venderte al padre de familia tras el monstruo conductor con una sola sonrisa. Iremos a muerte con él, nosotros lo tenemos claro y la película lo sabe.
Frank Grillo
Por eso se aprieta el acelerador a la primera de cambio, en lo que debería haber sido otro atraco más, porque las calles se han llenado de cazadores y no queda tiempo para más sutileza que la que habita entre un cambio de marchas.
Wheelman se mantiene perpetuamente conectado al teléfono, a veces esclavo y otras veces amo, capturado en una cárcel en la que afición y trabajo se confunden más veces que se encuentran.

"Claro que estás en el coche.
Claro que estás conduciendo."
Palabras que le susurra su esposa, desgranando un pasado que se adivina tormentoso, donde quizás este hombre que nos lleva de pasajeros no quiso/no pudo dar un volantazo a tiempo.
El relato criminal pronto alcanza una dimensión personal, aunque sólo sea porque Wheelman da la misma intensidad al hecho de que hayan puesto precio a su cabeza como a que su hija esté sola en casa con un chico, pero porque su redención personal pasa por sobrevivir y ser el padre que muchas veces no pudo ser: no concibe sólo una de las dos opciones, y por eso pisa a fondo, porque perder cualquiera sería imperdonable, pero ganar parece dentro de lo posible.
Lo más increíble, y lo que sube puntos a esta pieza, es que nunca es sólo una cosa: es clavar ese derrape mientras te cagas en los muertos de tu socio, apurar ese cambio de sentido mientras defiendes verbalmente la integridad de tu hija, o cambiar el rumbo de la marcha deseando que tu esposa no quiera desaparecer de tu vida.
Todo depende de dos tiempos, y Wheelman ha llegado tarde a uno de ellos, pero no va a dejar que se le escapen más.

Por si contábamos con un alto en el camino, pronto se abandona la posibilidad: siempre permanecemos dentro del coche, mirando acciones a través de sus cristales que nos encantaría apreciar, también frenéticos por si en cualquier momento tenemos que volver a arrancar.
Lo cierto es que dentro estamos seguros a nuestra manera, pues el único momento en que se rompe esa regla autoimpuesta el mundo tras la puerta se siente demasiado expansivo y plagado de peligros, hasta el punto de hacernos querer estar otra vez en la carretera.
El peaje de acompañante, sin embargo, no es el mismo del conductor: nosotros sólo estamos de paso, aunque a la hora de la verdad ninguno querremos abandonar la vida tras el motor.
Porque son héroes anónimos como Wheelman los únicos que dejan un sentimiento orgulloso y melancólico de que, al final, se hizo lo mejor.

Gracias por el viaje.
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