BalneariosDocumental
2002 

6,8
380
Documental
Extravagante y risueña enciclopedia de costumbres e historias de los balnearios de la Argentina. Ciudades sumergidas, bañeros, hoteles de principios de siglo, sirenas, barquilleros, diques, balnearios municipales, animales marinos y castillos de arena, se encuentran en un ensayo variado y desconcertante. (FILMAFFINITY)
14 de julio de 2020
14 de julio de 2020
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Balnearios (2002) fue la primera película del director y guionista argentino Mariano Llinás. Se trata de una serie de capítulos, entre lo experimental y la fusión de lo documental con la ficción, que cuentan historias que suceden en parajes costeros.
Por Nicolás Bianchi
El Nuevo Cine Argentino es una corriente que renovó la cinematografía en el país a partir de la década del 90. Bajo presupuesto, personajes reales, a veces actores no profesionales, historias más bien crudas son algunas de las características de un corpus inmenso de películas filmadas por distintos realizadores. Algunas de estas producciones han sido catalogadas por trabajos académicos como ‘cine anómalo’, o sea aquel que discurre por fuera de las normas establecidas, lo que se puede decir tanto por la obra en sí como por la manera en que fue concebida y distribuida. Llinás obtuvo el dinero para producir Balnearios por una beca de la Fundación Antorchas, o sea por fuera del circuito del Incaa, y luego la presentó en el complejo Malba, donde por la buena respuesta del público se mantuvo en cartel durante varias semanas, algo poco frecuente para un film de este tipo.
Ahora bien, ¿Qué es Balnearios? En principio consiste de una introducción, cuatro episodios y un breve epílogo. La introducción, con la voz en off de la actriz Verónica Llinás, sitúa en tiempo y espacio a las ciudades balnearias, ‘dinosaurios de otro tiempo’, compañeras de época de dirigibles y trasatlánticos.
El primer capítulo cuenta la historia del fastuoso Hotel de Mar del Sur. Como en toda la película la voz en off es dominante, y resulta la principal herramienta de la narración. Las imágenes combinan un recorrido real, y actual, por los derruidos pisos y humedecidas paredes de la mole de cemento frente al mar, con fotos de personajes que se utilizan para contar la historia del propietario, el misterioso señor Ge.
El más singular del film es el segundo capítulo, que cuenta con la voz en off del actor Daniel Valenzuela. Allí se describe con un nivel de detalle que roza el absurdo la cotidianeidad de las ciudades balnearias y las costumbres de sus visitantes, tanto diurnas en las playas como nocturnas en las calles principales del centro. Las imágenes muestran las construcciones más extrañas y los nombres más curiosos de los alojamientos que pueblan las calles de estos entramados urbanos. Luego, en el hábitat playero se describe a sus distintos habitantes como si fuera un documental al estilo National Geographic pero con seres humanos en vez de animales, y un resultado por cierto muy gracioso. Allí están las mujeres que bailan en grupos al atardecer, los niños que no salen del mar y, fundamentalmente, una extensa galería de hombres añosos que se pavonean por la arena exhibiendo sus prominentes barrigas. Tanto las palabras como las imágenes que integran este ejercicio de observación antropológica logran un efecto hipnótico.
El tercer episodio está envuelto en cierto estilo de ciencia ficción, ya que cuenta la historia de una ciudad sumergida a la vera de la costa de Miramar, la ‘Atlántida pobre’. El último capítulo sale del ámbito costero para indagar cómo se desarrolla la vida en torno a un balneario que se erige en torno de una represa, donde en vez de arena hay cemento y césped. Allí el protagonista es Zucco, un artista plástico que trabaja con aluminio y realiza unas espantosas esculturas con motivos marinos. Para el final el director guarda unas breves imágenes en blanco y negro de una bañista que se sumerge, semi desnuda, en el mar.
En conjunto se trata de un ensayo, un experimento de buen resultado que anticipa las habilidades que Llinás luego mostró en Historias Extraordinarias (2008) y La Flor (2018). En Balnearios hay narración cinematográfica, intriga, ciencia ficción, film noir, documental, absurdo, ironía y, sobre todo, mucho humor.
Por Nicolás Bianchi
El Nuevo Cine Argentino es una corriente que renovó la cinematografía en el país a partir de la década del 90. Bajo presupuesto, personajes reales, a veces actores no profesionales, historias más bien crudas son algunas de las características de un corpus inmenso de películas filmadas por distintos realizadores. Algunas de estas producciones han sido catalogadas por trabajos académicos como ‘cine anómalo’, o sea aquel que discurre por fuera de las normas establecidas, lo que se puede decir tanto por la obra en sí como por la manera en que fue concebida y distribuida. Llinás obtuvo el dinero para producir Balnearios por una beca de la Fundación Antorchas, o sea por fuera del circuito del Incaa, y luego la presentó en el complejo Malba, donde por la buena respuesta del público se mantuvo en cartel durante varias semanas, algo poco frecuente para un film de este tipo.
Ahora bien, ¿Qué es Balnearios? En principio consiste de una introducción, cuatro episodios y un breve epílogo. La introducción, con la voz en off de la actriz Verónica Llinás, sitúa en tiempo y espacio a las ciudades balnearias, ‘dinosaurios de otro tiempo’, compañeras de época de dirigibles y trasatlánticos.
El primer capítulo cuenta la historia del fastuoso Hotel de Mar del Sur. Como en toda la película la voz en off es dominante, y resulta la principal herramienta de la narración. Las imágenes combinan un recorrido real, y actual, por los derruidos pisos y humedecidas paredes de la mole de cemento frente al mar, con fotos de personajes que se utilizan para contar la historia del propietario, el misterioso señor Ge.
El más singular del film es el segundo capítulo, que cuenta con la voz en off del actor Daniel Valenzuela. Allí se describe con un nivel de detalle que roza el absurdo la cotidianeidad de las ciudades balnearias y las costumbres de sus visitantes, tanto diurnas en las playas como nocturnas en las calles principales del centro. Las imágenes muestran las construcciones más extrañas y los nombres más curiosos de los alojamientos que pueblan las calles de estos entramados urbanos. Luego, en el hábitat playero se describe a sus distintos habitantes como si fuera un documental al estilo National Geographic pero con seres humanos en vez de animales, y un resultado por cierto muy gracioso. Allí están las mujeres que bailan en grupos al atardecer, los niños que no salen del mar y, fundamentalmente, una extensa galería de hombres añosos que se pavonean por la arena exhibiendo sus prominentes barrigas. Tanto las palabras como las imágenes que integran este ejercicio de observación antropológica logran un efecto hipnótico.
El tercer episodio está envuelto en cierto estilo de ciencia ficción, ya que cuenta la historia de una ciudad sumergida a la vera de la costa de Miramar, la ‘Atlántida pobre’. El último capítulo sale del ámbito costero para indagar cómo se desarrolla la vida en torno a un balneario que se erige en torno de una represa, donde en vez de arena hay cemento y césped. Allí el protagonista es Zucco, un artista plástico que trabaja con aluminio y realiza unas espantosas esculturas con motivos marinos. Para el final el director guarda unas breves imágenes en blanco y negro de una bañista que se sumerge, semi desnuda, en el mar.
En conjunto se trata de un ensayo, un experimento de buen resultado que anticipa las habilidades que Llinás luego mostró en Historias Extraordinarias (2008) y La Flor (2018). En Balnearios hay narración cinematográfica, intriga, ciencia ficción, film noir, documental, absurdo, ironía y, sobre todo, mucho humor.
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