Con la boca abierta
1974 

7,4
346
6 de abril de 2009
6 de abril de 2009
16 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
En uno de los pocos momentos de expresividad emocional desatada, uno de los personajes rompe a llorar tratando de aferrarse inútilmente a su difunta mujer, buscando impedir, inútil pero invariablemente, que desaparezca una de sus pocas conexiones emocionales con la vida, tratando de cerrar, en definitiva, la distancia emocional que les ha separado. No obstante la singularidad de este momento, no se puede hablar de la boca abierta como de una película carente de emoción, sin embargo hallamos un enfoque muy diferente de ella a lo largo del metraje. Un enfoque que trasciende las barreras entre la ficción y el espectador en la búsqueda de una cierta interactividad entre ambos elementos.
Aunque el elemento naturalista está siempre presente en film, tanto en la puesta en escena, como en las situaciones narradas, Pialat opta por no involucrarse en demasía en los acontecimientos narrados. Gracias a un posicionamiento permanentemente distante, mediante planos medios, el director refleja la voluntad de ser parte narradora, de estar presente en las situaciones, pero al mismo tiempo de estar desligado emocionalmente de lo acontecido. Más importante aún es el espacio, tanto físico como narrativo, entre la cámara y los personajes. Efectivamente, aún pudiendo intuir el desarrollo vital de los protagonistas, se nos ofrece más que un discurso lineal, una suerte de retazos de vidas, conectadas por los lazos de la familiaridad pero vacías de verdadero afecto. Esto, junto a la austera ambientación de sus escenarios, conforma un panorama de raíz bressoniana buscando que el espectador rellene ese vacío emocional, que su empatía se dirija de forma natural mediante la interpretación propia de los eventos, que no se sienta emocionalmente dirigido hacia los personajes.
En esta misma línea se podría hablar de un cierto existencialismo por transferencia, ya que son los personajes los que sufren una especie de agonía existencial, una extensión alegórica de la propia agonía de la protagonista. Sin embargo, sus actos, sus movimientos, están más cercanos a los de un muerto en vida, sólo sentimos su compulsión sexual del mismo modo que un zombi siente el impuso de comer de forma instintivo. Sí acaso, es el espectador el que se involucra, el que sufre, el que piensa y analiza los actos de los personajes en busca de respuestas.
Sin embargo, Pialat se responde a la pregunta genérica que ha formulado durante todo el metraje. Con un intenso travelling se aleja del destino de sus personajes a toda velocidad, un travelling largo, sinuoso, pero cuyo efecto distanciador es implacable y que nos habla de lo efímero de las conexiones sentimentales humanas, de la poca relevancia del tiempo, de que al final (como acertadamente se cita en Donnie Darko) todas las criaturas de este mundo mueren solas, pero lo más importante, es que es así como también viven.
Aunque el elemento naturalista está siempre presente en film, tanto en la puesta en escena, como en las situaciones narradas, Pialat opta por no involucrarse en demasía en los acontecimientos narrados. Gracias a un posicionamiento permanentemente distante, mediante planos medios, el director refleja la voluntad de ser parte narradora, de estar presente en las situaciones, pero al mismo tiempo de estar desligado emocionalmente de lo acontecido. Más importante aún es el espacio, tanto físico como narrativo, entre la cámara y los personajes. Efectivamente, aún pudiendo intuir el desarrollo vital de los protagonistas, se nos ofrece más que un discurso lineal, una suerte de retazos de vidas, conectadas por los lazos de la familiaridad pero vacías de verdadero afecto. Esto, junto a la austera ambientación de sus escenarios, conforma un panorama de raíz bressoniana buscando que el espectador rellene ese vacío emocional, que su empatía se dirija de forma natural mediante la interpretación propia de los eventos, que no se sienta emocionalmente dirigido hacia los personajes.
En esta misma línea se podría hablar de un cierto existencialismo por transferencia, ya que son los personajes los que sufren una especie de agonía existencial, una extensión alegórica de la propia agonía de la protagonista. Sin embargo, sus actos, sus movimientos, están más cercanos a los de un muerto en vida, sólo sentimos su compulsión sexual del mismo modo que un zombi siente el impuso de comer de forma instintivo. Sí acaso, es el espectador el que se involucra, el que sufre, el que piensa y analiza los actos de los personajes en busca de respuestas.
Sin embargo, Pialat se responde a la pregunta genérica que ha formulado durante todo el metraje. Con un intenso travelling se aleja del destino de sus personajes a toda velocidad, un travelling largo, sinuoso, pero cuyo efecto distanciador es implacable y que nos habla de lo efímero de las conexiones sentimentales humanas, de la poca relevancia del tiempo, de que al final (como acertadamente se cita en Donnie Darko) todas las criaturas de este mundo mueren solas, pero lo más importante, es que es así como también viven.
27 de junio de 2026
27 de junio de 2026
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
La boca abierta narra la agonía de una mujer aquejada de un cáncer terminal desde la perspectiva de sus familiares más cercanos. Desde esta premisa, Maurice Pialat construye un retrato devastador y sin artificios de la enfermedad y de la muerte, pero también de la incapacidad de quienes rodean a la enferma para afrontar ese final con verdadero amor o entrega.
La película contrapone la promiscuidad de sus dos protagonistas masculinos —marido e hijo, ambos casados pero incapaces de vivir relaciones auténticas— con la absoluta soledad del proceso de morir de Monique, convertida en el centro de sus cuidados y, al mismo tiempo, completamente ajena al trasiego cotidiano de una familia que continúa satisfaciendo sus deseos sexuales fuera del matrimonio. La boca abierta funciona así como una metáfora de todo aquello que acontece y permanece invisible cuando la vida languidece.
Pialat firma una obra maestra austera y sin concesiones, un retrato prosaico, desprovisto de cualquier romanticismo, sobre la enfermedad, la muerte y la soledad. Su puesta en escena envuelve al espectador en una atmósfera de desolación tan pertinaz como lúcida. Al mantener una deliberada distancia respecto a sus personajes, Pialat convierte al espectador en un testigo privilegiado de unas relaciones familiares en las que algo fundamental parece haberse quebrado. El marido contempla el deterioro irreversible de su esposa mientras sigue entregado a un comportamiento lascivo y pueril; ese contraste lo dice todo sobre la miseria moral que atraviesa la película. La agonía y el sufrimiento de los últimos instantes conmueven, pero para entonces el espectador ya ha sido despojado de cualquier refugio emocional. Solo permanece la constatación de un inmenso vacío existencial que la muerte deja tras de sí.
Resulta sobrecogedor el instante en que Pialat fija la cámara para recoger los últimos estertores de Monique. Hay que tener las ideas muy claras para filmar la muerte con semejante desnudez. La manera deliberadamente desdramatizada de rodar esa escena no es un obstáculo para la emoción, sino precisamente su causa: la puesta en escena, reducida a su esencia, hace palpable el dolor sin recurrir a artificios. A ello contribuye decisivamente la extraordinaria fotografía de Néstor Almendros, cuya luz seca y natural potencia la fuerza dramática de un argumento profundamente amargo. El cine de Pialat, siempre descarnado y nada complaciente, alcanza aquí una de sus expresiones más radicales y conmovedoras.
La película contrapone la promiscuidad de sus dos protagonistas masculinos —marido e hijo, ambos casados pero incapaces de vivir relaciones auténticas— con la absoluta soledad del proceso de morir de Monique, convertida en el centro de sus cuidados y, al mismo tiempo, completamente ajena al trasiego cotidiano de una familia que continúa satisfaciendo sus deseos sexuales fuera del matrimonio. La boca abierta funciona así como una metáfora de todo aquello que acontece y permanece invisible cuando la vida languidece.
Pialat firma una obra maestra austera y sin concesiones, un retrato prosaico, desprovisto de cualquier romanticismo, sobre la enfermedad, la muerte y la soledad. Su puesta en escena envuelve al espectador en una atmósfera de desolación tan pertinaz como lúcida. Al mantener una deliberada distancia respecto a sus personajes, Pialat convierte al espectador en un testigo privilegiado de unas relaciones familiares en las que algo fundamental parece haberse quebrado. El marido contempla el deterioro irreversible de su esposa mientras sigue entregado a un comportamiento lascivo y pueril; ese contraste lo dice todo sobre la miseria moral que atraviesa la película. La agonía y el sufrimiento de los últimos instantes conmueven, pero para entonces el espectador ya ha sido despojado de cualquier refugio emocional. Solo permanece la constatación de un inmenso vacío existencial que la muerte deja tras de sí.
Resulta sobrecogedor el instante en que Pialat fija la cámara para recoger los últimos estertores de Monique. Hay que tener las ideas muy claras para filmar la muerte con semejante desnudez. La manera deliberadamente desdramatizada de rodar esa escena no es un obstáculo para la emoción, sino precisamente su causa: la puesta en escena, reducida a su esencia, hace palpable el dolor sin recurrir a artificios. A ello contribuye decisivamente la extraordinaria fotografía de Néstor Almendros, cuya luz seca y natural potencia la fuerza dramática de un argumento profundamente amargo. El cine de Pialat, siempre descarnado y nada complaciente, alcanza aquí una de sus expresiones más radicales y conmovedoras.
4 de diciembre de 2025
4 de diciembre de 2025
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
469/55(30/11/25) Film admirable en su intención, contundente en su honestidad y devastador en su concepción, pero que acaba funcionando sobre el espectador como una gotera emocional interminable, pertinaz, lúcida y, a ratos, desesperantemente cansina. Su retrato de la muerte impresiona; sus personajes, en cambio, jamás logran despertarme empatía. Admiro su desnudez moral, reconozco su rigor formal, pero termino más fascinado por su voluntad de verdad que por su resultado dramático. Y sí, aunque es un film que respeto.
Maurice Pialat concibió “La boca abierta” desde las entrañas, escenifica la agonía de su propia madre, gesto que ya definía desde el origen su voluntad de filmar la muerte sin metáforas, sin adornos, sin misericordia. La rodó en Lezoux, en Auvernia, cerca del territorio emocional donde se formó. Esa cercanía geográfica con la infancia opera casi como una operación quirúrgica sin anestesia, película y biografía se entrecruzan, pero Pialat —en su proverbial sequedad— jamás permite que ese cruce se vuelva sentimental.
El guion, también suyo, se siente construido como una acumulación de viñetas sinceras, ásperas, que remiten a su propio corpus, ecos de “No envejeceremos juntos”, de “Graduate First”, incluso del futuro latigazo afectivo de “A Nos Amours”. Su método siempre fue ese, cortar la grasa emocional, dejar la carne viva.
En esta historia no hay apenas pilares dramáticos convencionales. No hay progresión emocional nítida, ni revelaciones catárticas, ni grandes palabras. Solo un presente que se descompone a cámara lenta mientras los personajes gravitan alrededor de un cuerpo moribundo. Ese rigor, lo reconozco, tiene algo admirable, pero también una cualidad terrosa, implacable, que a mí, personalmente, comenzó a resultarme iterativa.
La fotografía de Néstor Almendros (su primer trabajo con Pialat), ese prodigioso artesano que iluminaría “La mujer de al lado” de Truffaut y “La rodilla de Claire” de Rohmer, viste la película con dos texturas vitales:
* una frialdad azulada en el hospital,
* un color miel (irónicamente cálido) en el dormitorio donde Monique agoniza.
Almendros prescinde del artificio, crea un verité de precisión casi entomológica, como si la cámara fuese un insecto tembloroso atrapado en la habitación. Su gran logro es conseguir que el encuadre respire al mismo ritmo que el cuerpo agonizante —si es que respirar es el verbo adecuado para la boca que se abre y se cierra buscando un aire que ya no llega.
El temblor ocasional de la cámara, ese pequeño terremoto humano, me recordó involuntariamente que detrás hay un operador, un cuerpo, una respiración. Esa fragilidad técnica, contradictoria y hermosa, es probablemente lo que más me aproxima emocionalmente al film. Y aun así, tampoco consigo cruzar del todo la barrera de la empatía, sigo observando, pero desde la ventana.
Monique Mélinand está extraordinaria. Convoca una agonía que parece filmada en tiempo real. La progresión de su voz hacia un susurro quebrado, la boca que se abre como una rendija final del cuerpo, todo es terriblemente físico. Da miedo lo honesto que es.
Philippe Léotard, el hijo/doble de Pialat, encarna la contradicción humana sin esfuerzo, pero también sin carisma, es obediente y cariñoso, pero incapaz de renunciar a su compulsión sexual. Para mí, el personaje queda a medio camino entre la complejidad y una simple reiteración de conductas. Lo entiendo, pero no me conmueve.
Nathalie Baye está precisa, medida, y aporta una sensualidad distante —casi un comentario visual— que contrasta con el despojo del cuerpo enfermo. Su presencia tiñe de ironía toda la película: la vida sigue siendo carnal, incluso cuando la muerte succiona el aire de la habitación contigua.
Hubert Deschamps compone un marido que es una criatura de Pialat hasta la médula. Torpe, infiel, tierno, patético, humanísimo. Quizá el único que casi me emociona, porque sufre como un niño viejo que, por primera vez, entiende que la vida tiene un final. Ese llanto, ese momento donde late un corazón que siempre creyó estar blindado, es uno de los pocos instantes donde sentí algo parecido a un estremecimiento.
Y aun así, insisto, por más que la película se esfuerce en mostrar capas, contradicciones, heridas, ninguno de ellos consigue romper esa membrana emocional que los separa de mí. Es una historia sobre la muerte, sí; pero también sobre la incapacidad de implicarse emocionalmente, incluso entre personajes de sangre.
Hay secuencias imborrables:
* Monique dentro del marco, flotando sobre la cama, cabeza apenas visible sobre un océano de papel pintado amarillo.
* La yuxtaposición entre su radiografía inicial y la carne voluptuosa de las amantes.
* El travelling final, que se aleja de los personajes como si la cámara dijera: “La vida sigue, pero sin vosotros”.
Ese travelling es, objetivamente, una idea poderosa. Pero, para mí, llega tarde. Para entonces ya he recorrido tantos pasillos, tantas respiraciones rasposas, tantas infidelidades mecánicas, que la emoción se me evapora como agua tibia.
Pialat nunca subraya un diálogo, nunca ofrece un refugio melodramático. Y aunque es un gesto artístico encomiable, también es un arma de doble filo, tanta honestidad acaba funcionando como una erosión. El film me habla de la muerte, del sexo, de la carne… pero rara vez me hace sentirlas.
Y sí, entiendo que ese es parte del punto, mostrar un mundo emocionalmente disfuncional, donde el amor se mezcla con el egoísmo y el sexo con la indiferencia. Pero, como espectador, termino con una creciente sensación de distancia.
La ambientación en Lezoux, en el Puy de Dôme, aporta una ruralidad seca, casi ozuiana pero filtrada por un pesimismo francés. No hay belleza; hay espacio. No hay simbolismo; hay materia. No hay ternura; hay espera.
Maurice Pialat concibió “La boca abierta” desde las entrañas, escenifica la agonía de su propia madre, gesto que ya definía desde el origen su voluntad de filmar la muerte sin metáforas, sin adornos, sin misericordia. La rodó en Lezoux, en Auvernia, cerca del territorio emocional donde se formó. Esa cercanía geográfica con la infancia opera casi como una operación quirúrgica sin anestesia, película y biografía se entrecruzan, pero Pialat —en su proverbial sequedad— jamás permite que ese cruce se vuelva sentimental.
El guion, también suyo, se siente construido como una acumulación de viñetas sinceras, ásperas, que remiten a su propio corpus, ecos de “No envejeceremos juntos”, de “Graduate First”, incluso del futuro latigazo afectivo de “A Nos Amours”. Su método siempre fue ese, cortar la grasa emocional, dejar la carne viva.
En esta historia no hay apenas pilares dramáticos convencionales. No hay progresión emocional nítida, ni revelaciones catárticas, ni grandes palabras. Solo un presente que se descompone a cámara lenta mientras los personajes gravitan alrededor de un cuerpo moribundo. Ese rigor, lo reconozco, tiene algo admirable, pero también una cualidad terrosa, implacable, que a mí, personalmente, comenzó a resultarme iterativa.
La fotografía de Néstor Almendros (su primer trabajo con Pialat), ese prodigioso artesano que iluminaría “La mujer de al lado” de Truffaut y “La rodilla de Claire” de Rohmer, viste la película con dos texturas vitales:
* una frialdad azulada en el hospital,
* un color miel (irónicamente cálido) en el dormitorio donde Monique agoniza.
Almendros prescinde del artificio, crea un verité de precisión casi entomológica, como si la cámara fuese un insecto tembloroso atrapado en la habitación. Su gran logro es conseguir que el encuadre respire al mismo ritmo que el cuerpo agonizante —si es que respirar es el verbo adecuado para la boca que se abre y se cierra buscando un aire que ya no llega.
El temblor ocasional de la cámara, ese pequeño terremoto humano, me recordó involuntariamente que detrás hay un operador, un cuerpo, una respiración. Esa fragilidad técnica, contradictoria y hermosa, es probablemente lo que más me aproxima emocionalmente al film. Y aun así, tampoco consigo cruzar del todo la barrera de la empatía, sigo observando, pero desde la ventana.
Monique Mélinand está extraordinaria. Convoca una agonía que parece filmada en tiempo real. La progresión de su voz hacia un susurro quebrado, la boca que se abre como una rendija final del cuerpo, todo es terriblemente físico. Da miedo lo honesto que es.
Philippe Léotard, el hijo/doble de Pialat, encarna la contradicción humana sin esfuerzo, pero también sin carisma, es obediente y cariñoso, pero incapaz de renunciar a su compulsión sexual. Para mí, el personaje queda a medio camino entre la complejidad y una simple reiteración de conductas. Lo entiendo, pero no me conmueve.
Nathalie Baye está precisa, medida, y aporta una sensualidad distante —casi un comentario visual— que contrasta con el despojo del cuerpo enfermo. Su presencia tiñe de ironía toda la película: la vida sigue siendo carnal, incluso cuando la muerte succiona el aire de la habitación contigua.
Hubert Deschamps compone un marido que es una criatura de Pialat hasta la médula. Torpe, infiel, tierno, patético, humanísimo. Quizá el único que casi me emociona, porque sufre como un niño viejo que, por primera vez, entiende que la vida tiene un final. Ese llanto, ese momento donde late un corazón que siempre creyó estar blindado, es uno de los pocos instantes donde sentí algo parecido a un estremecimiento.
Y aun así, insisto, por más que la película se esfuerce en mostrar capas, contradicciones, heridas, ninguno de ellos consigue romper esa membrana emocional que los separa de mí. Es una historia sobre la muerte, sí; pero también sobre la incapacidad de implicarse emocionalmente, incluso entre personajes de sangre.
Hay secuencias imborrables:
* Monique dentro del marco, flotando sobre la cama, cabeza apenas visible sobre un océano de papel pintado amarillo.
* La yuxtaposición entre su radiografía inicial y la carne voluptuosa de las amantes.
* El travelling final, que se aleja de los personajes como si la cámara dijera: “La vida sigue, pero sin vosotros”.
Ese travelling es, objetivamente, una idea poderosa. Pero, para mí, llega tarde. Para entonces ya he recorrido tantos pasillos, tantas respiraciones rasposas, tantas infidelidades mecánicas, que la emoción se me evapora como agua tibia.
Pialat nunca subraya un diálogo, nunca ofrece un refugio melodramático. Y aunque es un gesto artístico encomiable, también es un arma de doble filo, tanta honestidad acaba funcionando como una erosión. El film me habla de la muerte, del sexo, de la carne… pero rara vez me hace sentirlas.
Y sí, entiendo que ese es parte del punto, mostrar un mundo emocionalmente disfuncional, donde el amor se mezcla con el egoísmo y el sexo con la indiferencia. Pero, como espectador, termino con una creciente sensación de distancia.
La ambientación en Lezoux, en el Puy de Dôme, aporta una ruralidad seca, casi ozuiana pero filtrada por un pesimismo francés. No hay belleza; hay espacio. No hay simbolismo; hay materia. No hay ternura; hay espera.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El naturalismo, que muchos celebran, a mí me resulta más una herramienta de distanciamiento que de inmersión. Entiendo que Pialat quiere que yo rellene los huecos, que sea yo quien genere afecto —pero el film, en su dureza metódica, tampoco me da suficiente espacio para hacerlo.
Es una paradoja: El film me pide empatía, pero me la bloquea con personajes diseñados como cajas opacas.
ZONA SPOILER
La muerte de Monique llega sin fanfarrias. Sin música. Sin consuelo. Su cuerpo es preparado, colocado en el ataúd, sin sentimentalismos. La cámara se desplaza como un invitado incómodo en el funeral, y el penúltimo plano —ese alejamiento desde el coche— es de una belleza seca, casi cruel. Pialat mira hacia atrás, incapaz de no observar el vacío que deja la muerte.
Sin embargo —y aquí está mi problema—, aunque admiro ese final, no consigo sentirlo como la catarsis que pretende. Los personajes han sido tan herméticos, tan egoístamente programados, tan incapaces de revelarse, que la emoción llega deshidratada. Sé lo que el film quiere decir; sé lo que significa; sé por qué es importante. Pero no consigo que me atraviese.
Sobrevalorado para algunos, imprescindible para otros, para mí queda en tierra de nadie. Un film que respeto más de lo que disfruto, que admiro más de lo que me conmueve, y que, aunque deja escenas potentes, termina pareciéndome un ejercicio de lucidez emocional que se agota en su propia severidad. Pero, aun así, lo reconozco, pocas películas han mirado a la muerte con tanta dignidad y, al mismo tiempo, tan poca piedad. Una combinación admirable, y agotadora. Gloria Ucrania!!!
Es una paradoja: El film me pide empatía, pero me la bloquea con personajes diseñados como cajas opacas.
ZONA SPOILER
La muerte de Monique llega sin fanfarrias. Sin música. Sin consuelo. Su cuerpo es preparado, colocado en el ataúd, sin sentimentalismos. La cámara se desplaza como un invitado incómodo en el funeral, y el penúltimo plano —ese alejamiento desde el coche— es de una belleza seca, casi cruel. Pialat mira hacia atrás, incapaz de no observar el vacío que deja la muerte.
Sin embargo —y aquí está mi problema—, aunque admiro ese final, no consigo sentirlo como la catarsis que pretende. Los personajes han sido tan herméticos, tan egoístamente programados, tan incapaces de revelarse, que la emoción llega deshidratada. Sé lo que el film quiere decir; sé lo que significa; sé por qué es importante. Pero no consigo que me atraviese.
Sobrevalorado para algunos, imprescindible para otros, para mí queda en tierra de nadie. Un film que respeto más de lo que disfruto, que admiro más de lo que me conmueve, y que, aunque deja escenas potentes, termina pareciéndome un ejercicio de lucidez emocional que se agota en su propia severidad. Pero, aun así, lo reconozco, pocas películas han mirado a la muerte con tanta dignidad y, al mismo tiempo, tan poca piedad. Una combinación admirable, y agotadora. Gloria Ucrania!!!
17 de mayo de 2021
17 de mayo de 2021
2 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
La boca abierta (The mouth agape, en su título en inglés) es una película que narra la agonía de una mujer, Monique, de cincuenta años aquejada de cáncer terminal, a través de la perspectiva de un hijo y un marido promiscuos.
Una mirada a la lsoledad del proceso de morir desde la perspectiva de quién lo vive. Contada desde la cotidianidad de los que simplemente aguardan el final del proceso. La película contrasta la promiscuidad de los dos protagonistas, casados, pero ajenos al verdadero amor, con la soledad del proceso de morir de la madre/esposa ajena al trasiego cotidiano de su familia.
No es una película que tenga un argumento complejo ni mucho menos. Simplemente, a través de cada escena, sin embellecimientos, y sin sentimentalismos, de forma cruda, nos adentramos en esta visión de que la enfermedad terminal es una simple espera en la más exasperante soledad.
Una espera depresiva e irritante, llena de impotencia por quiénes la viven y a veces casi interminable. Es en el proceso de morir cuando la presencia de la muerte invita a recuerdos y reevaluaciones que a menudo son desagradables o amargamente decepcionantes.
La boca abierta es una metáfora sobre lo que acontece y no podemos percibir cuando la vida languidece, en este caso, Monique se ha convertido en el centro de atención de su marido, y su hijo que mientras la cuidan siguen atendiendo sus deseos sexuales fuera de sus matrimonios. No hay una continuidad cronológica, tan sólo dramática sobre el avance lógico e imparable del tiempo que se agota.
Su director, Maurice Pialat ofrece una película de redención que se inspira, según contó en su momento. de forma personalísima en su vivencia de los últimos años de vida de su madre, enferma de cáncer.
La boca abierta fue una de las películas menos taquillera de Pialat. Y sin embargo, a día de hoy se considera una de las mejores. Pialat nos muestra que el tiempo siempre nos está matando, sin importar lo que uno haga o cuán saludable la persona esté, sin importar si se siente triste o feliz.
La fotografía de Néstor Almendros resalta la fuerza dramática de un argumento simple pero amargo y sin esperanzas gracias a unos planos sin aderezos. La lenta agonía de Monique se convierte en un cáncer mortal que también carcome al padre y el hijo sumidos en la dependencia de la droga del sexo.
Al espectador no le gusta que le recuerden su mortalidad, ni siquiera en formato poético. Pialat lo hace de forma austera, sin humor y de forma prosaica. Este es el gran mérito de una narración simple, pero altamente expresiva. Film inédito en España hasta la llegada de la distribución digital.
Reseña elaborada por Funeral Natural
www.funeralnatural.net/peliculas
Una mirada a la lsoledad del proceso de morir desde la perspectiva de quién lo vive. Contada desde la cotidianidad de los que simplemente aguardan el final del proceso. La película contrasta la promiscuidad de los dos protagonistas, casados, pero ajenos al verdadero amor, con la soledad del proceso de morir de la madre/esposa ajena al trasiego cotidiano de su familia.
No es una película que tenga un argumento complejo ni mucho menos. Simplemente, a través de cada escena, sin embellecimientos, y sin sentimentalismos, de forma cruda, nos adentramos en esta visión de que la enfermedad terminal es una simple espera en la más exasperante soledad.
Una espera depresiva e irritante, llena de impotencia por quiénes la viven y a veces casi interminable. Es en el proceso de morir cuando la presencia de la muerte invita a recuerdos y reevaluaciones que a menudo son desagradables o amargamente decepcionantes.
La boca abierta es una metáfora sobre lo que acontece y no podemos percibir cuando la vida languidece, en este caso, Monique se ha convertido en el centro de atención de su marido, y su hijo que mientras la cuidan siguen atendiendo sus deseos sexuales fuera de sus matrimonios. No hay una continuidad cronológica, tan sólo dramática sobre el avance lógico e imparable del tiempo que se agota.
Su director, Maurice Pialat ofrece una película de redención que se inspira, según contó en su momento. de forma personalísima en su vivencia de los últimos años de vida de su madre, enferma de cáncer.
La boca abierta fue una de las películas menos taquillera de Pialat. Y sin embargo, a día de hoy se considera una de las mejores. Pialat nos muestra que el tiempo siempre nos está matando, sin importar lo que uno haga o cuán saludable la persona esté, sin importar si se siente triste o feliz.
La fotografía de Néstor Almendros resalta la fuerza dramática de un argumento simple pero amargo y sin esperanzas gracias a unos planos sin aderezos. La lenta agonía de Monique se convierte en un cáncer mortal que también carcome al padre y el hijo sumidos en la dependencia de la droga del sexo.
Al espectador no le gusta que le recuerden su mortalidad, ni siquiera en formato poético. Pialat lo hace de forma austera, sin humor y de forma prosaica. Este es el gran mérito de una narración simple, pero altamente expresiva. Film inédito en España hasta la llegada de la distribución digital.
Reseña elaborada por Funeral Natural
www.funeralnatural.net/peliculas
Cancelar
Limpiar
Aplicar
Filters & Sorts
You can change filter options and sorts from here
US
Canadá
México
España
UK
Irlanda
Australia
Argentina
Chile
Colombia
Uruguay
Paraguay
Perú
Ecuador
Venezuela
Costa Rica
Honduras
Guatemala
Bolivia
Rep. Dominicana
