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Samurai Assassin

Acción. Aventuras. Drama Un grupo de asesinos espera en la Puerta de Sakurada para matar al Lord de la casa Li. El rumor de que hay un traidor entre sus filas se extiende, y las principales sospechan recaen en Niiro y Kurihara. (FILMAFFINITY)
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7
1 de agosto de 2009
13 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Interesante película, aunque no muy conocida por aquí. Nos narra la historia de Niiro (Toshiro Mifune, que empezaba a ejercer también como productor) que busca la redención intentando convertirse en samurai para así honrar a su defraudado padre.

Okamoto, si bien no es Kobayashi o Kurosawa, dirige con soltura una digna historia con un nada complaciente desarrollo, dejando muy claro que la justicia en la época que describe es del todo inalcanzable. Se muestra la crueldad con la que son tratados los siervos (samurais o no) del clan del señor de turno, dejando una sensación nada esperanzadora.

Destacar, sobre todo, la relación entre los dos amigos protagonistas y la más que notables escenas de lucha, aunque el resto del filme no sea redondo del todo.

Lo dicho, una producción Toho de lo más recomendable, aunque lejos de "La espada del mal", del mismo director.
9
22 de enero de 2018
8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ocurrió un 3 de Marzo, en el primer año de Man'en. El "Día de la Contemplación del Melocotón" fue un día extraño. La nieve caía sin parar sobre Edo y tuvo lugar aquel incidente a las puertas de Sakurada.
Un hombre, sujetando bien alto su katana, clamó a viva voz: "¡Contemplad!, ¡esta es la hazaña del día! ¡La cabeza del tairo Ii en manos de un ronin de Bishu!".

Ese hombre se llamaba Niiro Tsuruchiyo, y de ninguna manera pudo representar mejor el principio del fin de la era del samurái. El sr. Kihachi Okamoto se encuentra en esa nómina de cineastas japoneses que, por A o por B, no alcanzaron el éxito ni llegaron a oídos de tantos como Akira Kurosawa, Masaki Kobayashi o Kenji Mizoguchi, y la verdad es que podría llevar todo un día el recitar esa lista. Sin embargo, hablamos de todo un artesano que supo acomodarse a los géneros más variados durante su longeva trayectoria cinematográfica.
Tales como el bélico, la comedia o el "thriller" de acción, destacando clásicos imperecederos como "La Era de los Asesinos", "El Emperador y el General" y "La Bala Humana", por citar unos pocos ejemplos. Admirador del "western", también otorgó a sus films un toque occidental, pues según se cuenta decidió hacerse director de cine tras ver "La Diligencia". Sus obras de samuráis, y se puede afirmar sin problemas, no tenían nada que envidiar a las de sus compatriotas Hideo Gosha, Hiroshi Inagaki o los antes mencionados Kurosawa y Kobayashi.
Toshirô Mifune
Esta "Samurai Assassin" es un buen ejemplo de ello. Shinobu Hashimoto, colaborador habitual de Kurosawa, se basó en la novela de Jiromasa Gunji, a su vez inspirada en hechos reales, para concebir el argumento, que nos sitúa en un momento clave de la historia, justo antes de que la restauración Meiji alterara al país nipón, y nos narra la gran hazaña de Niiro, un ronin que sobrevive como bien puede, haciendo de guardaespaldas, de chantajista o de asesino. Un ronin de tortuoso pasado, hijo bastardo de un noble del cual su madre, concubina de aquél, nunca le quiso revelar la identidad, pero aún conserva la esperanza de llegar a convertirse en un gran samurái, de poseer tierra, riquezas, y lo más importante, una reputación.
Este anhelo coincide con el plan de las facciones de distintas provincias, Mito, Satsuma y Chosuu, de acabar con el daimyo Ii Naosuke, mano derecha del shogunato Tokugawa, pues su decisión de incorporar a un joven, influenciable y fácil de manipular, para gobernar en Edo como shogun es, como poco, indeseable. El futuro de Japón está en juego, aunque Niiro, que se ha aliado con el clan de Mito, contempla el asesinato de Naosuke no como una ocasión para salvar al país, sino para convertirse en un samurái de prestigio.
Toshirô Mifune
Es obvio que las comparaciones entre "Samurai Assassin" y su hermana "Yojimbo" son odiosas (y más por contar con Toshiro Mifune de protagonista), no obstante Okamoto, cual Mizoguchi, se centra en desnudar el alma del protagonista, mostrándolo ante nosotros no como un luchador legendario como tantas veces, sino como un ser humano. Y es que el personaje que aquí interpreta Mifune no tiene nada que ver con su Sanjuro; aquél era un mercenario resignado a su situación, moribundo pero despreocupado, no sabíamos de donde venía y poco importaba adonde iba, pero Niiro Tsuruchiyo desea ser alguien, prosperar, y además ahondamos en su pasado, en su gran tragedia familiar.
Es decir, conocemos al hombre tras la espada, aunque más o menos sus ideas son semejantes a las del héroe de "Yojimbo": le importa tres pimientos la situación del país o qué gobernador viva o muera. El único porvenir que le preocupa es el suyo propio, y punto. De este modo, el propósito de Okamoto coincide con las consecuencias del asesinato de Naosuke que nos son narradas en la propia historia: la completa desmitificación de esa icónica figura que fue el samurái, cuyo momento de gloria estaba próximo a acabarse.

Además de eso, el director desata una demoledora crítica social, haciendo hincapié en la conciencia clasista y adornando de pesimismo y amargura la historia, donde somos testigos de grandes dilemas en los que se enfrentan el honor y la dignidad con la hipocresía y el cinismo, dilemas que constantemente asaltan al protagonista. Okamoto sabe imprimirle el ritmo justo al film, en el que momentos de gran carga dramática son atravesados por estallidos de violencia donde tienen lugar unos impactantes combates, algunos de ellos bajo grandilocuentes efectos atmosféricos, como también le gustaba a Kurosawa.
Los acontecimientos de esos hombres dispuestos a todo por figurar en la Historia nos son narrados del mismo modo que en las "Batallas sin Honor ni Humanidad" de Fukasaku: paso a paso y sin descuidar fechas ni detalles. A todo esto hay que añadir el trabajo del director de fotografía Hiroshi Murai y las grandes actuaciones de Yunosuke Ito, Eijiro Tono, Michiyo Aratama, Matsumoto Koshiro y, por supuesto, ese Toshiro Mifune dejando patente, una vez más, el por qué es uno de los más míticos actores japoneses que han existido.

Por desgracia, "Samurai Assassin" no es tan conocida como otras obras del género, pero debería constar entre las mejores películas de samuráis de la Historia del cine.
Su influencia ha llegado a directores como Yoji Yamada, Takeshi Kitano, Takashi Miike y, como no, Tarantino, además de ser una de las inspiraciones para el sr. George Lucas y su "Star Wars" (atención a la trama de Niiro y su padre), junto a "La Fortaleza Escondida", de Kurosawa.
8
7 de septiembre de 2016
5 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Muy al margen de los nombres propios más célebres del cine japonés, Kihachi Okamoto es un director que por lo que he visto hasta ahora, merece mucho la pena. "Samurai Assassin" es mi tercer encuentro con él y sólo puedo decir que espero que hayan más ocasiones. Aquellos que busquen algo tan concreto como es el género de samuráis, no hollywoodiense por supuesto, hablo del cine hecho en Japón, deberían asomarse a la filmografía de Okamoto como estoy haciendo yo. "Samurai Assassin" es imprescindible.

No hay que tener miedo a enfrentarse a una buena cantidad de nombres propios japoneses porque la historia, pese a la riqueza de sus detalles, nos colocará en nuestro sitio. Así que si uno está habituado a la ética japonesa y a su peculiar manera de entender y hacer las cosas, sólo hay lugar para disfrutar. Estamos en el S.XIX, en el final del período Tokugawa, y aunque el invierno acabe y esté llegando la primavera, no va a parar de nevar. Toshiro Mifune, nuestro pobre protagonista, no podía tener mejor contexto para exhibirse.
Toshirô Mifune
Lo cierto es que si uno disfruta con el desarrollo de la película, con su fotografía y la profundidad de la trama, llegar a esos minutos finales de absoluto desmadre es muy gratificante. Dan ganas de volver a ver "La espada del mal". No sabría decir si Niiro es un perdedor nato o no, para mí es sublime. Las últimas escenas, con un B/N que derrama tanta melancolía, son para no olvidar.
7
27 de septiembre de 2026 0 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
466/31/18/09/26) “Samurai Assassin”* se erige como un sobrio y metódico ejercicio de desmitificación histórica que, bajo el formato de un *jidaigeki* impregnado de cine negro y tragedia griega, desnuda la hipocresía del código guerrero y la arbitrariedad de la memoria oficial. Dirigida por Kihachi Okamoto y protagonizada por Toshirō Mifune, la cinta padece un ritmo espeso y una estructura de *flashbacks* sobrecargada en su arranque, pero se redime mediante un clímax antológico bajo la nieve que justifica con creces el viaje.

Aceptémoslo desde el principio: adentrarse en “Samurai Assassin” (1965) no es precisamente un paseo festivo por el cine de aventuras tradicional. Estamos ante un filme fascinante pero adusto, producido por Toho y Mifune Productions a partir de la novela *Samurai Japan* de Jiromasa Gunji. La trama nos sitúa a mediados de la década de 1860, en los estertores del período Edo, justo en las vísperas de la Restauración Meiji. Es el convulso período del *Bakumatsu*, donde el aislacionismo nipón salta por los aires tras la llegada de las naves estadounidenses y la firma de tratados comerciales desfavorables.

En la dirección encontramos a Kihachi Okamoto (“Kill!”), un artesano versátil que jamás alcanzó la veneración internacional reservada a tótems como Akira Kurosawa (“Los siete samuráis”), Masaki Kobayashi (“Harakiri”) o Kenji Mizoguchi (“Cuentos de la luna pálida”). Es una lástima, pues la mirada de Okamoto posee una mordacidad única. Habiendo sufrido el reclutamiento militar en la Segunda Guerra Mundial, el cineasta destila cinismo hacia las instituciones patrióticas y la retórica militarista. De la mano del guionista Shinobu Hashimoto (“Rashomon”), Okamoto no busca ensalzar la figura del samurái, sino despedazarla.

La película toma como eje dramático el Incidente de Sakuradamon, ocurrido el 24 de marzo de 1860, cuando conspiradores de Mito, Satsuma y Chōshū emboscaron para decapitar a Ii Naosuke, *tairō* del shogunato Tokugawa. Naosuke desató la ira purista tras nombrar de forma controvertida al decimocuarto shōgun e iniciar la Purga de Ansei contra sus detractores. Sin embargo, en lugar de entregar una épica hagiográfica, Hashimoto y Okamoto insertan a un personaje ficticio e indigno en el centro del complot: Niiro Tsurichiyo. El objetivo es demoledor: demostrar que los cimientos de los grandes eventos históricos no los construyen héroes de leyenda, sino las miserias y ambiciones de parias a los que la sociedad repudió.

En el terreno técnico, la película es una lección magistral de contención. La fotografía en blanco y negro de Hiroshi Murai (“El infierno del odio”) emplea un contraste altísimo que esculpe las sombras con estética de *film noir* y *spaghetti western*. Lejos de la luminosidad caballeresca, Murai y Okamoto construyen una atmósfera opresiva. Durante gran parte del metraje, la lluvia cae de forma incesante. Aunque no siempre se vea en primer plano, el sonido sordo del agua azotando las tejados infunde un tono de apocalipsis inminente: es el fin de una era.

Por su parte, el montaje del propio Kihachi Okamoto imprime a la narración un ritmo peculiar de contracciones y expansiones temporales. La espera se vuelve agónica, ralentizada a propósito para acrecentar la paranoia de los conspiradores encerrados en tabernas, para luego estallar en secos latigazos de violencia. Acompañando este despliegue, la banda sonora de Masaru Sato (“Yojimbo”) huye del subrayado melódico convencional, apostando por percusiones amenazantes que acentúan la naturaleza fatalista de la tragedia.

El vestuario y la escenografía cuidan el detalle histórico al milímetro, pero el verdadero triunfo técnico reside en la gestión atmosférica. La nieve no es mero adorno; es un personaje implacable que amortigua pasos, ahoga gritos y contrasta con los regueros de sangre en el abrumador clímax final.

Si un elemento sostiene el filme cuando la trama se enreda en sus laberintos expositivos, ese es Toshirō Mifune. Acostumbrados a verlo encarnar a guerreros astutos o invencibles, resulta fascinante comprobar cómo abraza a un ser deplorable. Niiro Tsurichiyo es un *rōnin* desarrapado, borracho y amargado. Hijo ilegítimo de un noble cuya identidad le fue negada, Niiro es un paria. Le importa tres pimientos la patria o la política; lo único que obsesiona a este miserable es conseguir un apellido, tierras y estatus, aunque sea actuando como chantajista o mercenario. Mifune compone una interpretación desprovista de vanidad, mostrando a un títere manipulado por fanáticos.

Frente a él brilla un elenco de secundarios formidable. Keiju Kobayashi (“Sanjuro”) interpreta a Einosuke Kurihara, erudito de esgrima impecable que actúa como contrapunto ético de Niiro; Michiyo Aratama (“El harakiri”) asume un doble papel como Okiku y Kikuhime, encarnando la tragedia del amor prohibido de Niiro, destruido por las barreras de clase.

Por otro lado, Yūnosuke Itō (“Barba Negra”) borda al antagonista Hoshino Kenmotsu, líder de los conspiradores de Mito. Itō compone a un sectario helado y paranoico que maneja la desesperación de Niiro como una herramienta desechable; Mención especial merecen Eijirō Tōno (“El sabor del té de jazmín”) como el comerciante Masagoro, y el actor de *kabuki* Matsumoto Hakuō I, quien otorga una dignidad imponente al fatalista *tairō* Ii Naosuke.

Desde el plano narrativo, “Samurai Assassin” arranca con la rigidez de un documental histórico situándonos en el 17 de febrero de 1860, en una primera emboscada fallida. Tras el fracaso, los rebeldes se recluyen en una taberna convencidos de que hay un topo en sus filas. La película abraza entonces la estructura de investigación a lo “Rashomon”: un inquisidor interpela a sospechosos, desatando *flashbacks* para investigar a los dos recién llegados más dudosos: Kurihara y Niiro.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Esta estructura es a la vez virtud y lastre. La exposición mediante saltos temporales adensa el misterio, pero la primera hora se empantana en la dramática subtrama romántica del pasado de Niiro, ralentizando el ritmo. Sin embargo, el guion de Hashimoto esconde una idea brillante: la figura del escriba oficial.

El grupo revolucionario cuenta con un cronista encargado de redactar los hechos para la posteridad. Pero cuando la realidad resulta inconveniente, el líder ordena reescribir la historia y tachar nombres. Es una bofetada mordaz a la historiografía oficial. Los fanáticos de Mito no son héroes nobles; son psicópatas ideologizados, movidos por el pánico xenófobo, que exigen a Niiro ejecutar a su único amigo, Kurihara, para probar una lealtad basada en mentiras.

Los diálogos cobran una fuerza teatral distanciada. Los actores declaman sus frases con una grandilocuencia casi gritada heredada del *kabuki*. Destaca el momento en que Ii Naosuke, consciente del caos inminente, pronuncia con amarga resignación: *«Este es el fin de Japón; este es el fin de los samuráis»*.

Si la película se mantiene en un notable merecido es por su media hora final. El desenlace del Incidente Sakuradamon es una de las secuencias de acción más arrolladoras del cine de *chambara*. Bajo una nevada feroz, los rebeldes emboscan la comitiva del *tairō*. La cámara de Okamoto se vuelve salvaje: no hay elegancia ni posturas plásticas, solo barro, katanas melladas, miembros cercenados y sangre manchando la nieve.

En medio de la carnicería, Niiro logra su ansiado objetivo. Corta la cabeza de Ii Naosuke y la alza en una pica lanzando su trágico grito: *«Contemplad! Esta es la hazaña del día! La cabeza del tairō Ii en manos de un rōnin de Bishū!»*.

La ironía es devastadora. Mientras Niiro clama su gloria creyendo haber obtenido el respeto que el mundo le negó, el espectador sabe lo que el líder le ocultó: Ii Naosuke era en realidad su propio padre biológico. Por si fuera poco, el escriba del clan borra el nombre de Niiro de los registros oficiales para no manchar la reputación de la gesta. El héroe no obtendrá gloria ni apellido. Decapitó a su padre por un ideal falso y desfilará hacia el olvido cubierto de sangre sobre la nieve.

“Samurai Assassin” es una obra imperfecta, lastrada por un arranque farragoso y desniveles de ritmo. Sin embargo, su crítica a la hipocresía del Bushido, su factura visual y su demoledor clímax trágico la convierten en una pieza imprescindible. Una película que nos recuerda que la historia oficial no es más que un borrador redactado por cínicos sobre la sangre de hombres olvidados.

Gloria Ucrania!!!
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