Adventures of Zatoichi
Acción. Drama
Novena de las veintiséis películas basadas en el personaje de Zatoichi interpretado por Shintarô Katsu. En esta novena entrega, Zatoichi trata de ayudar a una mujer que esta buscando a su padre, jefe de una aldea, que ha desaparecido. Por otro lado, otra mujer le pide ayuda para su hermano ya que este ha asesinado a alguien. ¿Estarán ambos casos relacionados? (FILMAFFINITY)
22 de julio de 2024
22 de julio de 2024
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
En esta ocasión, Zatoichi llega a un pueblo que está siendo masacrado a impuestos por el mandamás de turno, que además tiene a la justicia de su parte. Aparte de eso, una chica está buscando a su padre desaparecido, y otra tiene a un hermano en problemas. Tres problemas, con lazos comunes, y que, como de costumbre, pillan al samurái ciego de por medio.
No me ha parecido que esté al nivel de otras de la saga, pero sigue manteniendo esa ambientación tan buena y mucho detalle en lo que la cultura japonesa de esa época se refiere.
Aunque la acción tarda en llegar, nuestro protagonista deja un buen número de víctimas de su katana por los suelos. Zatoichi no falla.
No me ha parecido que esté al nivel de otras de la saga, pero sigue manteniendo esa ambientación tan buena y mucho detalle en lo que la cultura japonesa de esa época se refiere.
Aunque la acción tarda en llegar, nuestro protagonista deja un buen número de víctimas de su katana por los suelos. Zatoichi no falla.
17 de mayo de 2026
17 de mayo de 2026
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253/23(15/05/26) Había un momento en que la saga de Zatoichi todavía conseguía disfrazar su agotamiento estructural con la dignidad melancólica de su protagonista. Esta novena entrega no es una mala película; de hecho, es probablemente una de las más sólidas y cohesionadas de la primera etapa de la franquicia. Pero también evidencia que la fórmula empieza a mirarse demasiado al espejo: el vagabundeo moral del héroe, los caciques corruptos, el ronin resentido, los inocentes explotados y la inevitable carnicería final ya funcionan más como mecanismo industrial que como inspiración dramática. Aun así, entre la nieve, la tristeza y la humanidad fatigada de Zatoichi, sobreviven destellos de grandeza que impiden que la película caiga en la pura rutina televisiva avant la lettre.
Para 1964, la maquinaria Zatoichi funcionaba como una cadena de montaje perfectamente engrasada. Shintaro Katsu ya no interpretaba al personaje: lo habitaba con la comodidad insolente de quien conoce cada tic, cada pausa y cada inflexión del mito. La llamada “Ichi-manía” arrasaba Japón, y la productora Daiei exprimía el filón con una velocidad casi obscena: esta fue la cuarta película de Zatoichi estrenada solo ese mismo año. Cuatro. Hoy semejante ritmo destruiría cualquier franquicia en dos temporadas de streaming y una campaña de marketing con funk nostálgico; en los sesenta japoneses, en cambio, aquello todavía conservaba cierta artesanía invisible.
La película fue dirigida por Kimiyoshi Yasuda (““Zatoichi on the Road””), un realizador competente pero jamás especialmente inspirado dentro de la saga. Y eso se nota. Yasuda entiende perfectamente qué debe ofrecer una película de Zatoichi, pero rara vez encuentra una forma visual poderosa de elevar el material. Todo funciona. Nada deslumbra. Es cine profesional, eficiente, casi burocrático. El equivalente cinematográfico a un artesano extremadamente hábil que lleva diez años fabricando el mismo mueble.
El guion de Shozaburo Asai, basado en personajes creados por Kan Shimozawa, sí introduce algunos matices interesantes. La estructura narrativa está mejor conectada que en otras entregas anteriores: las distintas subtramas se entrelazan con cierta fluidez, el pueblo parece realmente habitado y el reparto secundario aporta una sensación coral poco habitual en la serie. Por primera vez en bastante tiempo, Zatoichi no parece caminar por decorados semivacíos esperando a que aparezca el próximo espadachín con complejo de suicida honorífico.
Y, sin embargo, la película nunca termina de explotar su potencial.
La historia sitúa a Ichi cerca del monte Myogi, donde pretende contemplar la primera luz del año nuevo. La idea es magnífica porque define inmediatamente el tono espiritual del personaje: Zatoichi no viaja buscando gloria, riqueza ni redención. Solo desea un instante de paz. Pero el Japón feudal de la saga parece funcionar bajo una ley cósmica inmutable: si Zatoichi entra en un pueblo, la corrupción aparece en menos de diez minutos.
Aquí la estructura clásica vuelve a repetirse: un magistrado corrupto, un jefe yakuza explotando comerciantes y artistas ambulantes, campesinos aterrorizados y mujeres condenadas a sufrir la brutalidad masculina como si el patriarcado fuese otra estación del año. La diferencia es que esta vez el entorno tiene algo más de densidad humana. Hay niños, feriantes, borrachos, artistas callejeros, fugitivos, ancianos… pequeños detalles que aportan una textura social bastante agradable.
También hay un subtexto interesante sobre la infancia y la figura paterna. Zatoichi se convierte casi accidentalmente en protector de dos niños acróbatas mientras empieza a sospechar que un viejo alcohólico podría ser su padre desaparecido. Es probablemente la idea más emocionalmente potente del filme, porque conecta directamente con la melancolía esencial del personaje: Ichi no es solo un vagabundo; es alguien permanentemente privado de pertenencia.
La frase: “Ah, ser despreocupado como un niño. Solo los niños pueden mirar al sol sin vergüenza.” Resume perfectamente esa nostalgia imposible. Zatoichi admira la inocencia porque sabe que ya no puede recuperarla. Y ahí la película roza algo muy hermoso: el héroe más letal de la saga sigue siendo emocionalmente un niño abandonado buscando una figura paterna entre pueblos miserables y cadáveres recientes.
El problema es que Yasuda jamás termina de profundizar en ello. Todo queda sugerido, nunca desarrollado. La posible relación paterna acaba perdiendo fuerza dramática, y la película prefiere regresar rápidamente a la estructura habitual de conspiraciones y espadas. Es frustrante porque uno percibe constantemente una película mejor intentando escapar desde dentro de esta versión más acomodaticia.
A estas alturas, Shintaro Katsu ya era Zatoichi de una forma casi biológica. Su interpretación tiene una naturalidad extraordinaria. Nunca sobreactúa el carisma; simplemente existe dentro del plano como alguien acostumbrado a cargar con el peso moral del mundo mientras finge torpeza para sobrevivir. Katsu entiende algo esencial del personaje: Zatoichi no mata por épica. Mata por agotamiento.
Eso vuelve especialmente memorable una de las mejores escenas de toda la saga. Tras abatir a varios atacantes, uno de ellos decide fingirse muerto tumbándose junto a los cadáveres. Zatoichi detecta inmediatamente que sigue vivo, pero en vez de rematarlo simplemente le indica que huya. La escena es divertida, sí, pero también define al personaje con una precisión maravillosa: Ichi jamás disfruta de la violencia. Su espada no es una extensión del ego samurái; es una condena práctica.
Y eso conecta con otra frase fantástica cerca del desenlace: “Solo vine aquí para venerar la primera luz del año nuevo. Esperaba un viaje tranquilo, sin necesidad de desenvainar la hoja de este bastón. Ustedes mismos se lo buscaron.” Ahí está todo Zatoichi resumido en una línea: resignación, tristeza y una violencia entendida casi como burocracia moral.
Para 1964, la maquinaria Zatoichi funcionaba como una cadena de montaje perfectamente engrasada. Shintaro Katsu ya no interpretaba al personaje: lo habitaba con la comodidad insolente de quien conoce cada tic, cada pausa y cada inflexión del mito. La llamada “Ichi-manía” arrasaba Japón, y la productora Daiei exprimía el filón con una velocidad casi obscena: esta fue la cuarta película de Zatoichi estrenada solo ese mismo año. Cuatro. Hoy semejante ritmo destruiría cualquier franquicia en dos temporadas de streaming y una campaña de marketing con funk nostálgico; en los sesenta japoneses, en cambio, aquello todavía conservaba cierta artesanía invisible.
La película fue dirigida por Kimiyoshi Yasuda (““Zatoichi on the Road””), un realizador competente pero jamás especialmente inspirado dentro de la saga. Y eso se nota. Yasuda entiende perfectamente qué debe ofrecer una película de Zatoichi, pero rara vez encuentra una forma visual poderosa de elevar el material. Todo funciona. Nada deslumbra. Es cine profesional, eficiente, casi burocrático. El equivalente cinematográfico a un artesano extremadamente hábil que lleva diez años fabricando el mismo mueble.
El guion de Shozaburo Asai, basado en personajes creados por Kan Shimozawa, sí introduce algunos matices interesantes. La estructura narrativa está mejor conectada que en otras entregas anteriores: las distintas subtramas se entrelazan con cierta fluidez, el pueblo parece realmente habitado y el reparto secundario aporta una sensación coral poco habitual en la serie. Por primera vez en bastante tiempo, Zatoichi no parece caminar por decorados semivacíos esperando a que aparezca el próximo espadachín con complejo de suicida honorífico.
Y, sin embargo, la película nunca termina de explotar su potencial.
La historia sitúa a Ichi cerca del monte Myogi, donde pretende contemplar la primera luz del año nuevo. La idea es magnífica porque define inmediatamente el tono espiritual del personaje: Zatoichi no viaja buscando gloria, riqueza ni redención. Solo desea un instante de paz. Pero el Japón feudal de la saga parece funcionar bajo una ley cósmica inmutable: si Zatoichi entra en un pueblo, la corrupción aparece en menos de diez minutos.
Aquí la estructura clásica vuelve a repetirse: un magistrado corrupto, un jefe yakuza explotando comerciantes y artistas ambulantes, campesinos aterrorizados y mujeres condenadas a sufrir la brutalidad masculina como si el patriarcado fuese otra estación del año. La diferencia es que esta vez el entorno tiene algo más de densidad humana. Hay niños, feriantes, borrachos, artistas callejeros, fugitivos, ancianos… pequeños detalles que aportan una textura social bastante agradable.
También hay un subtexto interesante sobre la infancia y la figura paterna. Zatoichi se convierte casi accidentalmente en protector de dos niños acróbatas mientras empieza a sospechar que un viejo alcohólico podría ser su padre desaparecido. Es probablemente la idea más emocionalmente potente del filme, porque conecta directamente con la melancolía esencial del personaje: Ichi no es solo un vagabundo; es alguien permanentemente privado de pertenencia.
La frase: “Ah, ser despreocupado como un niño. Solo los niños pueden mirar al sol sin vergüenza.” Resume perfectamente esa nostalgia imposible. Zatoichi admira la inocencia porque sabe que ya no puede recuperarla. Y ahí la película roza algo muy hermoso: el héroe más letal de la saga sigue siendo emocionalmente un niño abandonado buscando una figura paterna entre pueblos miserables y cadáveres recientes.
El problema es que Yasuda jamás termina de profundizar en ello. Todo queda sugerido, nunca desarrollado. La posible relación paterna acaba perdiendo fuerza dramática, y la película prefiere regresar rápidamente a la estructura habitual de conspiraciones y espadas. Es frustrante porque uno percibe constantemente una película mejor intentando escapar desde dentro de esta versión más acomodaticia.
A estas alturas, Shintaro Katsu ya era Zatoichi de una forma casi biológica. Su interpretación tiene una naturalidad extraordinaria. Nunca sobreactúa el carisma; simplemente existe dentro del plano como alguien acostumbrado a cargar con el peso moral del mundo mientras finge torpeza para sobrevivir. Katsu entiende algo esencial del personaje: Zatoichi no mata por épica. Mata por agotamiento.
Eso vuelve especialmente memorable una de las mejores escenas de toda la saga. Tras abatir a varios atacantes, uno de ellos decide fingirse muerto tumbándose junto a los cadáveres. Zatoichi detecta inmediatamente que sigue vivo, pero en vez de rematarlo simplemente le indica que huya. La escena es divertida, sí, pero también define al personaje con una precisión maravillosa: Ichi jamás disfruta de la violencia. Su espada no es una extensión del ego samurái; es una condena práctica.
Y eso conecta con otra frase fantástica cerca del desenlace: “Solo vine aquí para venerar la primera luz del año nuevo. Esperaba un viaje tranquilo, sin necesidad de desenvainar la hoja de este bastón. Ustedes mismos se lo buscaron.” Ahí está todo Zatoichi resumido en una línea: resignación, tristeza y una violencia entendida casi como burocracia moral.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Por desgracia, el antagonista principal nunca está a la altura del personaje. Mikijiro Hira (““Three Outlaw Samurai””) interpreta a Gounosuke con una frialdad elegante y una crueldad sutil muy prometedora, pero la película apenas explora la rivalidad. Sus encuentros son breves, dispersos y emocionalmente insuficientes. Es una oportunidad perdida enorme, especialmente porque ambos actores poseen una química fantástica basada más en el respeto trágico que en el odio.
En otra película —quizá dirigida por alguien más ambicioso visualmente— esta relación habría sido devastadora.
Uno de los mayores problemas de esta entrega es que las escenas de acción, aunque competentes, rara vez resultan memorables. Yasuda filma correctamente, pero sin la fuerza estilística de Kenji Misumi (““Lone Wolf and Cub: Baby Cart at the River Styx””), quien entendía que Zatoichi necesitaba una dimensión casi fantasmal en pantalla. Aquí los combates son rápidos, secos y funcionales. A veces demasiado. Hay duelos que terminan antes de generar tensión real. Es cierto que el clímax nevado posee una atmósfera magnífica: oscuridad, copos cayendo lentamente, figuras emergiendo desde las sombras como espectros de un kaidan eiga… pero incluso ahí uno siente que la dirección podría haber llevado mucho más lejos la imaginería.
La batalla final funciona más por atmósfera que por coreografía. Y quizá eso sea suficiente. Hay algo hipnótico en ver a Zatoichi desplazarse entre sombras nevadas como una aparición maldita incapaz de escapar jamás de la violencia. Pero también deja sensación de oportunidad desperdiciada.
Además, la película suaviza bastante la brutalidad respecto a episodios anteriores. La sangre prácticamente desaparece y el tono general se inclina más hacia la aventura popular. Eso no es necesariamente malo, pero sí contribuye a que ciertas secuencias carezcan del impacto físico que la saga había alcanzado en sus mejores momentos.
Y aquí entra el elefante en la habitación que toda la saga exige aceptar mediante suspensión absoluta de incredulidad: Zatoichi jamás parece ciego. Ni en su postura corporal, ni en sus reflejos, ni en la precisión espacial de sus movimientos hay auténtica sensación de discapacidad visual. La serie insiste constantemente en que su oído supera la vista humana, pero llega un punto en que uno tiene que aceptar el pacto ficcional o abandonar el barco directamente. Porque no, no resulta creíble que un hombre ciego pueda desenvainar y matar a cuatro adversarios con exactitud quirúrgica en plena oscuridad nevada sin tropezar siquiera con una piedra.
Pero curiosamente esa exageración acaba formando parte del encanto mítico del personaje. Zatoichi no es realista. Es una figura folclórica. Un espíritu errante disfrazado de masajista pobre. Cuanto antes acepta uno eso, mejor funciona la película.
“Adventures of Zatoichi” es probablemente una de las películas más agradables de la primera mitad de la saga, pero también una de las menos apasionantes. Todo está bien ensamblado: narrativa clara, personajes secundarios simpáticos, humor funcional, tono equilibrado y un protagonista absolutamente consolidado. Pero pocas cosas alcanzan verdadera grandeza.
La película parece atrapada entre dos caminos: profundizar psicológicamente en Zatoichi o abrazar definitivamente la repetición serial como espectáculo de consumo rápido. Y acaba quedándose en tierra de nadie.
Eso sí: incluso una entrega menor de Zatoichi posee una dignidad melancólica que muchísimos héroes contemporáneos jamás alcanzarán. Porque Ichi sigue siendo un personaje profundamente humano pese a su dimensión legendaria. Un hombre condenado a vagar eternamente entre la miseria ajena, ayudando a desconocidos mientras intenta llenar un vacío emocional que nunca desaparecerá.
Cuando al final contempla el amanecer tras otra noche de cadáveres y decepciones, uno entiende que la verdadera tragedia del personaje no es la ceguera. Es que jamás podrá dejar de caminar.
Gloria Ucrania!!!
En otra película —quizá dirigida por alguien más ambicioso visualmente— esta relación habría sido devastadora.
Uno de los mayores problemas de esta entrega es que las escenas de acción, aunque competentes, rara vez resultan memorables. Yasuda filma correctamente, pero sin la fuerza estilística de Kenji Misumi (““Lone Wolf and Cub: Baby Cart at the River Styx””), quien entendía que Zatoichi necesitaba una dimensión casi fantasmal en pantalla. Aquí los combates son rápidos, secos y funcionales. A veces demasiado. Hay duelos que terminan antes de generar tensión real. Es cierto que el clímax nevado posee una atmósfera magnífica: oscuridad, copos cayendo lentamente, figuras emergiendo desde las sombras como espectros de un kaidan eiga… pero incluso ahí uno siente que la dirección podría haber llevado mucho más lejos la imaginería.
La batalla final funciona más por atmósfera que por coreografía. Y quizá eso sea suficiente. Hay algo hipnótico en ver a Zatoichi desplazarse entre sombras nevadas como una aparición maldita incapaz de escapar jamás de la violencia. Pero también deja sensación de oportunidad desperdiciada.
Además, la película suaviza bastante la brutalidad respecto a episodios anteriores. La sangre prácticamente desaparece y el tono general se inclina más hacia la aventura popular. Eso no es necesariamente malo, pero sí contribuye a que ciertas secuencias carezcan del impacto físico que la saga había alcanzado en sus mejores momentos.
Y aquí entra el elefante en la habitación que toda la saga exige aceptar mediante suspensión absoluta de incredulidad: Zatoichi jamás parece ciego. Ni en su postura corporal, ni en sus reflejos, ni en la precisión espacial de sus movimientos hay auténtica sensación de discapacidad visual. La serie insiste constantemente en que su oído supera la vista humana, pero llega un punto en que uno tiene que aceptar el pacto ficcional o abandonar el barco directamente. Porque no, no resulta creíble que un hombre ciego pueda desenvainar y matar a cuatro adversarios con exactitud quirúrgica en plena oscuridad nevada sin tropezar siquiera con una piedra.
Pero curiosamente esa exageración acaba formando parte del encanto mítico del personaje. Zatoichi no es realista. Es una figura folclórica. Un espíritu errante disfrazado de masajista pobre. Cuanto antes acepta uno eso, mejor funciona la película.
“Adventures of Zatoichi” es probablemente una de las películas más agradables de la primera mitad de la saga, pero también una de las menos apasionantes. Todo está bien ensamblado: narrativa clara, personajes secundarios simpáticos, humor funcional, tono equilibrado y un protagonista absolutamente consolidado. Pero pocas cosas alcanzan verdadera grandeza.
La película parece atrapada entre dos caminos: profundizar psicológicamente en Zatoichi o abrazar definitivamente la repetición serial como espectáculo de consumo rápido. Y acaba quedándose en tierra de nadie.
Eso sí: incluso una entrega menor de Zatoichi posee una dignidad melancólica que muchísimos héroes contemporáneos jamás alcanzarán. Porque Ichi sigue siendo un personaje profundamente humano pese a su dimensión legendaria. Un hombre condenado a vagar eternamente entre la miseria ajena, ayudando a desconocidos mientras intenta llenar un vacío emocional que nunca desaparecerá.
Cuando al final contempla el amanecer tras otra noche de cadáveres y decepciones, uno entiende que la verdadera tragedia del personaje no es la ceguera. Es que jamás podrá dejar de caminar.
Gloria Ucrania!!!
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