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El Salvador El Salvador · Klendathu
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Críticas 38
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
7
24 de junio de 2010
109 de 119 usuarios han encontrado esta crítica útil
A través de recursos cinematográficos usados con imaginación, “La escalera de Jacob” explota cierta simbología cristiana pero sin abusar de ella tanto como para estar ante una apología, pero sí lo justo para contar una auténtica historia de redención.

El montaje se muestra eficaz. Con sencillos plano-contraplanos describe completamente el estado alucinado de Jacob (Tim Robbins). Por ejemplo, planos de los “destellos” de la guerra vietnamita, mostrando helicópteros desde una posición postrada, se engarzan al contraplano cenital de Jacob sumergido en la bañera de hielo en su piso de Brooklin.

Especial mención merece el personaje de Louis el quiropráctico (Danny Aiello). “Pareces un querubín”, le dice Jacob. Su clínica inundada de luz dorada aparece como el único remanso de tregua para Jacob. Su arte tiene tintes de ser una sanación del alma a través del cuerpo. Hasta tal punto que obra el milagro del paralítico: luego de su heroico rescate del hospital lo hace andar y exclama “Aleluya”.
También hay que contraponer su arte a la medicina “moderna” del hospital (sucio y siniestro). Véase la atención que el director presta al instrumental médico que hace recordar a Louis la hoguera inquisitorial (planos detalle de agujas, tijeras, correas y artilugios metálicos para sujetar pacientes, termómetros, bombas de presión, etc.). En el fondo, la ciencia médica no se diferencia a los experimentos toxicológicos del ejército. No sólo comparten el mismo método científico. Más bien son aquí umbrales del infierno. Precisamente el tenebroso “descenso” se da en el hospital, camino a la sala de radiografías. La referencia erudita al Maestro Eckhart (filósofo alemán del Medioevo) no es gratuita: la experiencia mística del filósofo (contrapuesta aquí a la racionalidad moderna) es capaz de revelar el doble significado de las alucinaciones de Jacob y su posible salvación.

En esta línea se pueden interpretar los “demonios” de Jacob que “liberan” su alma: su novia Jezzie (Elizabeth Peña) incinerando sus fotos y el siniestro Papá Noel robando la única foto de su hijo muerto.
El título del film y su final se explican (...)

PARA VER MI INTERPRETACIÓN DEL TÍTULO Y DEL FINAL, VER SPOILER
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spoiler:
Es fácil caer en la cuenta de que el título del film no sólo hace referencia a la causa de la “enfermedad” sufrida por Jacob, sino también al sueño del personaje bíblico del mismo nombre en el que ve una escalera flanqueada por ángeles elevándose hacia el Cielo. Efectivamente, la escena final del film en el que se reencuentra con su particular ángel Gabriel (su hijo muerto, intencionalmente llamado Gabe/Macaulay Culkin) alude al símbolo bíblico y da a entender su redención final.

Por esto último me chirría la secuencia final en el hospital militar, que al pretender dar una vuelta de tuerca que hace recordar a “El sexto sentido” o “Los otros” más bien da la sensación de hacer un giro tramposo que intenta “explicar” la historia sin necesidad. Es más, resulta incoherente. Si al final todo era un sueño (conspiración del ejército incluido), ¿para qué se toma la molestia el director de añadir un epílogo (que no viene a cuento en la historia) sobre las acusaciones al ejército de drogar a sus soldados?
Algunos espectadores recuerdan con esta película a "Los otros" o a "El maquinista". A mí me vino a la cabeza "Shutter Island" de Scorsese.
6 de agosto de 2010
81 de 84 usuarios han encontrado esta crítica útil
Como salvadoreño no reconozco en el film el país en el que crecí. No me refiero a la historia, que sí la recoge y al detalle [1]. Me refiero a la ambientación: el acento mexicano, un San Salvador irreconocible, etc. [2] Se trata de cine y es aceptable. El cine recrea, no refleja con exactitud.

Como salvadoreño, mi problema con la película de Oliver Stone es de identificación, algo casi esencial a las tramas del celuloide. No me identifico con los personajes. El protagonista Richard Boyle (James Woods) es norteamericano. Su amigo “Doc” (James Belushi) también. Y nada se presenta desde la perspectiva de salvadoreños, casi todos de reparto.

Unos amigos [3] me hicieron caer en la cuenta de que, en el fondo, la perspectiva de la película es norteamericana para un público norteamericano. La película cuenta la historia de El Salvador para todo el mundo, excepto para salvadoreños. Es decir, para que el espectador se sienta identificado con Boyle, un extranjero en mi tierra. En efecto, la trama consiste en cómo Boyle toma conciencia crítica del intervencionismo americano. Él apela a los principios democráticos que cimientan ideológicamente Estados Unidos frente a los funcionarios militares de su país. Aunque sea tildado de comunista [4], Boyle se considera un norteamericano auténtico. Oliver Stone también y de hecho apela a los mismos principios cuando Kevin Costner habla a la cámara (es decir, al público) hacia el final de “JFK” (1991), también un film de “America for americans”.
James Belushi & James Woods
La voluntad de llegar a un público concreto es legítima. Incluso lo sobrepasa gracias a ideales más universales. Pero deforma en caricatura el contexto histórico para su asimilación en las salas de pop-corn. Una razón más por la que me parece extraña. En inglés, el país en cuestión no se llama “El” Salvador. Los villanos son muy machos, mal encarados e ignorantes. El agente de la CIA viste polos Lacoste color fucsia y “sweater” atado al cuello. Los médicos son viejas curanderas con supositorio en mano. Las mujeres son las mejores y más baratas del mundo, mas aman católicamente. Y un largo etcétera de tropicazos –perdón: topicazos.

Y hay que guardar las apariencias. El arzobispo Romero habla como un curilla acalorado [5]. Los guerrilleros son al principio idealistas a caballo y luego fanáticos armados [6]. Concesiones del director para que sus compatriotas asimilen mejor la tremenda crítica que les asesta.

La suma de “intenciones + tópicos” se apodera de la película y recorta lo que puede ser mejor cine. La sesión de fotos en El Playón debiera estar sin diálogos, pues las montañas de cadáveres deberían hacer a un superficial Boyle cuestionarse las cosas y no tanto el amor de una mujer [7]. La secuencia de la violación de las monjas también huele a artificial.
Cuando los malos son de plástico, ¿qué mal puede haber realmente? Cuando el dramatismo no se escatima, el mal se hace un tanto trivial. [8]

Citas en Spoiler.
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Algunos datos reales con los que confrontar la película.

[1] El asesinato de las cuatro monjas y el del arzobispo Romero, presentados en la película, fueron reales y están investigados en el Informe “De la locura a la esperanza”, de la Comisión de la Verdad de la ONU, sobre los crímenes cometidos durante la guerra civil salvadoreña. Por supuesto, hay variaciones. A Romero lo asesinaron en una capilla pequeña, aunque sí oficiando misa y en el momento de la consagración, desde un coche en marcha. El sospechoso autor intelectual sigue siendo el Mayor D’Aubuisson, representado en la película como el Mayor Max (Tony Plana).
[2] La razón se debe a que la película se rueda en la Nicaragua sandinista.
[3] Gracias a MariaCB, Croom y Resquicios, amigos de Filmaffinity, por vuestras observaciones! :-) Ojalá se animen a escribir alguna crítica... :-P
[4] La película tiene el mérito de reflejar muy bien esa perversa e invertida lógica del razonamiento de extrema derecha patriotera. Otro de los razonamientos delirantes recogidos en el film: “El arzobispo no se dio cuenta de que sus palabras le dejarían sin trabajo a la Iglesia” (el personaje del Mayor Max).
James Woods
[5] Muy lejos del personaje atribulado pero digno de Raúl Juliá en “Romero” (John Duigan, 1989), un modesto telefilm pero de argumento más concentrado y mejor narrado visualmente que “Salvador”. Lamentablemente poco conocido. Lo recomiendo.
[6] Sí, se trata de la secuencia en la que ejecutan a soldados que se rinden. En la realidad, la guerrilla del FMLN es también responsable de ejecuciones extrajudiciales. Pero hay que matizar. Según el Informe citado en [1], de los 22.000 casos investigados de asesinatos y desapariciones durante los 12 años de guerra civil salvadoreña, el 95% es atribuible al Ejército salvadoreño, escuadrones de la muerte, policías, paramilitares y aliados del Estado. El 5% restante, a la guerrilla del FMLN.
[7] La secuencia de El Playón, en realidad, y todo ese discurso sobre Capa, en particular, deben entenderse como un homenaje al fotógrafo americano John Hoagland, asesinado en El Salvador en 1984 por miembros del Ejército, y representado en la película como John Cassady (John Savage). Sin duda, el público norteamericano de la época tendría el recuerdo fresco. Una prueba de hasta qué punto la película está crípticamente estructurada en función de no sólo un público local, sino también generacional.
[8] Recomiendo otras películas en la misma línea de “Salvador”. Argumentalmente, la del periodista sobrepasado por la realidad de “The Killing Fields” (Roland Joffé, 1984), que seguramente Oliver Stone tenía como inspiración al rodar “Salvador”. Sobre el terror impuesto por los militares en la vida civil de Latinoamérica, “Missing” (Costa-Gavras, 1982), también con perspectiva norteamericana (con Jack Lemmon, de protagonista). Sobre el conflicto en términos táctico-militares, “Etat de siege” (Costa-Gavras, 1973).
21 de agosto de 2010
78 de 80 usuarios han encontrado esta crítica útil
Atención: “Elephant” no “narra” nada, si por narración se entiende una cierta unidad de sentido entre sucesivos hechos y acciones. No hay en “Elephant” un protagonista con objetivos a revelar ni antagonistas. Tranquilos: quien no haya visto la película no debe temer una desorientación digna de vanguardia: sabrá de lo que va y eso es la matanza de Columbine.

Desde la preproducción, Van Sant habrá planteado seguramente su película como puro testimonio de hechos que no atienden a un fin narrativo. Un testimonio no es necesariamente una narración: se puede ser testigo de X disparando a Y (un hecho) y no saber ni imaginar los motivos, los antecedentes ni las consecuencias “veinte años después”. “Elephant” es un testimonio en este sentido. De ahí la elección de estilo documental: frío, distante, objetivo.

Los personajes no tienen nombre, más que el de sus verdaderos intérpretes (como en “Last Days”, íd., 2005). Hay que destacar que las víctimas son anónimas y ello equivale a decir que son cualquiera: su identidad, su relación real con sus asesinos no existe. La condición de víctima es absolutamente arbitraria, condicionada por los encuentros fortuitos en los pasillos.
Los trávelling ilustran perfectamente esa arbitrariedad. La cámara se dedica a seguir a estos personajes. Se detiene o pasa por encima de ellos sin ninguna razón “narrativa”. Es la coincidencia la que determina su vida o su muerte. El montaje coordina cronométricamente las secuencias con admirable rigurosidad, engrasando una ruleta rusa cargada con seis balas.

Los trávelling muestran también otro detalle que suele pasar desapercibido: el recorrido por los pasillos se muestra con la cámara siguiendo a cada personaje. Es una emulación de los modernos videojuegos en cámara subjetiva, como el que juega uno de los asesinos (ver spoiler 1). Esta puesta en escena transforma el escenario en un campo de juego virtual, en el que los encuentros son casuales o mortales y en el que los asesinos se sienten jugadores.

De los asesinos se revela poco más. Más importante que su homosexualidad e inadaptación, es la escena en la que están en casa viendo televisión (ver spoiler 2). No se nos dice nada de sus motivos para asesinar. Y no es porque Van Sant se obstine en hacernos testigos (más bien es una espartana coherencia) y evadir la narración. Es más terrible que eso: los motivos no son necesarios para matar (ver spoiler 3). Cito la observación de Pablo Kurt: “Elephant” presenta el mal al mismo nivel de la cotidianidad, como si fuera lo mismo que ir a comer, encontrarse con alguien y tocar el piano.
Matar sin razón hace del acto de matar algo gratuito, absurdo y banal. Y eso es lo más terrible y meritorio de “Elephant”: presentarnos, como un testimonio, la “banalidad del mal” (en spoiler 4 explico el origen de la expresión).
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spoiler:
1. Preciso: como el que juega uno de los asesinos momentos antes de perpetrar la matanza. Obsérvese que el escenario del videojuego consiste en un espacio abstracto en el que se mueven distintos personajes sin rostro a los que dispara el jugador. Esta correspondencia entre el videojuego y la puesta en escena revela tres cosas: (A) El instituto como un campo de tiro abstracto (los asesinos llevan preparado un plano), (B) Las víctimas reales no tienen una significación personal para los asesinos así como las víctimas virtuales no tienen rostro en el videojuego, y (C) La total ausencia de razones para matar en el juego como en la realidad.

2. Lo que ven en la televisión son unas imágenes sobre los nazis. No es que los asesinos sean neonazis ni nada por el estilo. De hecho, uno de ellos no parece identificarlos (“¿son alemanes, verdad?”). Más bien, Van Sant establece una correspondencia: el holocausto judío y la matanza del instituto que tendrá lugar más adelante.
Pienso que Van Sant ve en las dos masacres el mismo vacío de sentido, la ausencia de una explicación que ilumine la barbarie.

3. ¿Cuándo los asesinos matan con motivos en la película? En una escena, uno de los asesinos mata a su compañero imprevisiblemente. Esta escena refuerza la idea de ausencia de razones para matar. Van Sant logra recrear en el espectador la misma reacción que la sorpresa de Columbine en el público norteamericano.
Y cuando los asesinos matan a los demás, un movimiento de cámara pasa del plano subjetivo (del videojuego) a un primer plano revelando su frialdad más absoluta.

4. La expresión “la banalidad del mal” se debe a Hannah Arendt (una filósofa alemana del s. XX) en su libro “Eichmann en Jerusalén” (1963). Eichmann fue un funcionario nazi que organizó y llevó a cabo el exterminio judío bajo las órdenes directas de Hitler. (Por esto tiendo a relacionar las imágenes nazis en el televisor con el vacío de sentido de la masacre de Columbine). Arendt realiza un estudio sobre la personalidad de Eichmann: una persona psíquicamente normal, que no era antisemita y que ingresó en el Partido nazi por arribismo. Eichmann justificó sus crímenes simplemente porque seguía órdenes de un estamento superior. Para Arendt, “la banalidad del mal” se manifiesta cuando se transfiere la propia responsabilidad de un crimen a la autoridad de una cadena burocrática, suprimiendo así el examen moral de las propias acciones.
Arendt también le da otro sentido: banal es trivial, cotidiano (como cruzarse con otro y saludarle). El mal descrito en la película cae en esta esfera de la cotidianidad, convirtiéndose además en algo que no necesita razones para justificarse.
6 de octubre de 2010
45 de 46 usuarios han encontrado esta crítica útil
“La mosca” es quizá la película más terrorífica que haya visto en el cine. Aunque creo que las hay con una narrativa visual más brillante y suspense mejor logrado. ¿Por qué la tengo tan alto?

Para empezar, “La mosca” concentra su fuerza en tres personajes, consistentes, ambiguos y dinámicos. Aparentemente claustrofóbica, “La mosca” es más bien una película intimista. El monstruo sólo parece existir para Seth Brundle (Jeff Goldblum). Verónica (Geena Davis) lo descubre de cerca en la intimidad de sus pesadillas. Y Stathis (John Getz) es testigo del horror por su relación con Verónica. El monstruo no existe para nadie más, ni siquiera como rumor público. La ciudad (hay contados exteriores) y sus habitantes no forman parte de la trama. El paranoico y sarcástico Stathis parece representar a los anónimos ciudadanos.

El carácter íntimo del monstruo sugiere la naturaleza simbólica de la película, donde el realismo está sujeto a la alegoría. Según sus palabras, a Cronenberg le interesaba desarrollar una metáfora sobre el envejecimiento y la muerte, a los que todos nos tenemos que enfrentar. Así, frente a su muerte como persona, Brundle-mosca sueña en convertirse en el “primer insecto político”, un sueño que le permite la ilusión de conservar su humanidad de alguna forma. Es irónico, porque no es lo político lo que define a Brundle-mosca como humano; sino el soñar que algo suyo perviva tras la muerte.
Jeff Goldblum
La humanidad del monstruo brinda un sostén para que el público pueda conmoverse. A partir de allí, “La mosca” es capaz de despertar emociones convencionalmente ajenas al género de terror. No sólo busca dar miedo. Teje un tapiz variado de emociones y hace pasar al público de una a otra en el momento oportuno (de asco a compasión, por ejemplo). En mi caso, ese tapiz me permitió involucrarme de una manera global, personal y profunda. También hizo posible para mí cierta experiencia de catarsis. De hecho, “La mosca” constituye una tragedia; y no una fábula moral como la predecesora de Kurt Neumann, el clásico sci-fi de los 50 con Vincent Price.

“La mosca” juega además con un concepto de terror poco habitual. No es un terror psicológico, porque la degradación física es explícita. Pero tampoco se ensaña en el gore. Aquí lo terrorífico no es tanto visual como conceptual: ¿Qué es más aterrador? ¿Que Seth se convierta en un monstruo o que pierda su humanidad? ¿Que la pierda de golpe o que la pierda concientemente? El alcance del horror es profundo, radical, sin concesiones: La desintegración de la naturaleza humana narrada en primera persona. A mí me ha angustia imaginar el resto: el éxito profesional de Seth, su amor con Verónica… Todo es fútil ante un proceso implacable y despiadado impuesto por la naturaleza.
¡La muerte, pues…!

Por eso, “La mosca” es quizá lo más terrorífico que haya visto en el cine.
28 de junio de 2010
41 de 44 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo que más me ha sorprendido de esta película es su pasmosa conciencia histórica. Cuando se estrenó en 1968 también se estrenaba “La noche de los muertos vivientes” de Romero, uno de cuyos méritos es el de renovar precisamente los monstruos del cine. No está lejos “Psicosis” de Hitchcock (y su monstruo Norman Bates) y a la vuelta de la esquina estaban por llegar “El exorcista”, “La matanza de Texas”, “Tiburón” y “Halloween”. Aún más cerca estaba la realidad. Justo cuatro meses después del estreno de “El héroe anda suelto”, Zodiac (el asesino real que inspiró al francotirador Scorpio de “Harry, el sucio”) cometió su primer asesinato constatado. “Taxi Driver” (inspirado, entre otras cosas, en un francotirador -Charles Whitman- que asesinaba al azar, según Paul Schrader) también transpira la misma obsesión por las armas. Todos esos monstruos vigentes aún hoy día nacieron en ese entonces. Y eso que Columbine (y sus subsecuentes películas) todavía estaba por llegar.

“El héroe anda suelto” se sitúa concientemente en esa coyuntura y se pregunta si todavía hay un lugar para los viejos monstruos (Drácula y Frankenstein, entre otros). Cuestiona toda una tendencia tradicional del género que abarcaba a los clásicos de la Universal, a la británica Hammer, el terror italiano y español de los 60. Abarca (y cuestiona) también el terror gótico de Roger Corman, cuya película “El terror” se hace pasar aquí como la última del protagonista Orlok (Boris Karloff). Efectivamente, su antagonista Bobby Thompson (Tim O’Kelly) es más terrorífico y real que cualquiera de esas películas. No es de extrañar, por otro lado. Si el público cambia, el cine también. Y no es sólo porque la realidad dicta. Se debe recordar que los 60 supusieron un cambio generacional que también afectaría al difunto star-system de Hollywood. El cine también debe saber estar.

A todo este respecto, siempre se recuerda el tópico de que “la realidad supera a la ficción”. No hace falta explicarlo. Pero el tópico deja de ser cierto cuando la fantasía se ubica con lucidez en medio de la situación histórica en la que nace. Y eso es lo que hace Bogdanovich con esta película. Porque el sentido epitafio que coloca sobre el viejo cine de terror se compensa brillantemente con ese final (ver spoiler) que hace pasar por real lo que es tan sólo ficticio. En otras palabras, invierte el tópico y hace que la ficción supere a la realidad.
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Conmovedor es el hermoso final que prepara Bogdanovich. El lugar: un cine drive-in. También el drive-in estaba en 1968 en una situación próxima a la del cine de terror clásico. Su apogeo en los 50 y 60 terminaba para verse degradado la siguiente década por las películas pornográficas y de exploitation. Como el propio Orlok, el drive-in está a punto de ser una reliquia del pasado, a pasar a ser su mansión gótica.

Tampoco hay mejor escenario para mezclar fantasía y realidad que un drive-in. Otro usuario (Fernando Polanco) ha comentado antes que el terror ataca real y literalmente desde la pantalla de cine. En el drive-in, los planos de la caza y la huida del asesino se alternan con los de una película (la de Corman) que corre por sí misma (el proyeccionista ha muerto) y sin público (que huye despavorido). La enorme distancia entre el público y el cine de terror se hace sangrientamente real.

Sin embargo, y pienso que este es el momento mágico de “El héroe anda suelto”, con el proyeccionista muerto, la cinta sigue corriendo y Bogdanovich parece querer decir con esa imagen que la película tiene vida propia. Así, desde la oscuridad, también cobra vida el ficticio personaje de Orlok, ante los incrédulos ojos de Bobby Thompson. Con su apariencia cuasi-fantasmal Orlok reduce a Bobby. “¿Era eso a lo que temía?”, se pregunta incrédulo Orlok cuando se da cuenta de que su impostura ha neutralizado al asesino.

El tono estupefacto de la pregunta de Orlok parece confirmar implícitamente de que el terror que sus viejos monstruos representaban se revela a todas luces insustancial. Ello conlleva a que caiga en la cuenta de que el cine clásico de terror ha llegado a su fin. Por tanto, la pregunta es en realidad la sentencia de un epitafio. Por ello, contra lo esperado, Orlok no es alzado como héroe ni su estatus compensado con un nuevo estrellato. El casi inverosímil final (Orlok reduce al francotirador con un par de bofetadas) no ha conducido al triunfo y la fama lógicamente esperables. De hecho Orlok se retira, casi parece huir.

La pregunta de Orlok reafirma ese fantástico carácter de fábula en que consiste “El héroe anda suelto”. ¿Por qué me conmueve? Porque por un brevísimo instante, Bogdanovich nos ha hecho pasar por muy real un monstruo clásico de terror, ante la propia perplejidad de Orlok y ante nuestras narices casi sin darnos cuenta. Un momento verdaderamente memorable, como la materialización de un milagro. Eso es la esencia misma del cine. Aquí, la ficción ha superado a la realidad.
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