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Voto de Vivoleyendo:
9
Romance. Drama Un arquitecto y una diseñadora, ambos casados, se conocen casualmente en una librería mientras están comprando regalos de Navidad. Con el ajetreo y las prisas, tropiezan e intercambian las bolsas. Poco después, coinciden varias veces en el tren y empiezan a compartir almuerzos y cafés. Cada vez se sienten más a gusto juntos y pronto surgirá el amor entre ellos. (FILMAFFINITY)
8 de abril de 2015
8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Todos esos rollos de la predestinación son una patraña. Pero casi que te los crees cuando ves este sencillo y bellísimo drama romántico. A estas alturas esa forma de presentar a los candidatos al romance (los cruces en la misma línea y el mismo vagón del metro de Nueva York, las conversaciones telefónicas simultáneas en las que casi dicen lo mismo o parece que hablan el uno con el otro desde las cabinas contiguas, las charlas con sus amigos sobre el mismo tema...) es un recurso muy explotado, pero probablemente en 1984 todavía sería bastante novedoso. De todas maneras tiene encanto y nos advierte ya por dónde va a tirar todo el asunto, si el título no fuese suficiente para alertar.
Al contrario de lo que les ocurrirá a otros, me gusta ver al habitualmente duro y problemático Robert De Niro haciendo un papel de buen hombre corriente, casado, con hijos, con su trabajo normal, su rutina de la clase trabajadora, tan ocupado que no se detiene a pensar en la falta de pasión que rige su vida. Se ha acomodado a la placidez hogareña, al lado de su esposa que es mucho más una compañera y amiga (y ya no tanto la amante con la que la cama alguna vez fue el umbral del placer) que hace que la casa sea confortable, y junto a sus hijos que le inspiran el amor más grande que una persona puede sentir, un amor incondicional que no exige nada, pues alguien normal ama a sus hijos igual aunque éstos estén a miles de kilómetros, aunque no le devuelvan ni la centésima parte de ese cariño. Por eso quizás, por ese amor de padre, y por el dulce calor de hogar, Frank se conforma e incluso es aceptablemente feliz.
Meryl Streep no sorprende con ningún giro drástico en su actuación, pero como es una actriz tan buena siempre ofrece lo mejor y es decir mucho, porque esta mujer emociona con un pestañeo. Ella se mete en la piel de Molly, una esposa en un también apacible matrimonio pero sin hijos. La convivencia es agradable.
Ni Frank ni Molly son infelices y sus dificultades diarias son las razonables, el llevadero estrés del trabajo o cuidar del padre enfermo que ha tenido que ingresar en un hospital para ser operado. Es un contexto natural y perfectamente verosímil. No te presentan el dramón del siglo, sólo personas ordinarias con vidas que podrían ser la tuya.
Ambos tienen un mejor amigo o amiga y confidente con quien desahogarse (Harvey Keitel, otro duro habitual a quien casi no se reconoce aquí, y Dianne Wiest, bien aprovechada por directores como Woody Allen o el de esta película), y con cada uno de ellos se echa un vistazo a la sociedad actual en la que no es suficiente con tener un compañero o compañera para toda la vida; ya casi nadie quiere renunciar definitivamente a la pasión, al cosquilleo de estar enamorado. A encontrar la media naranja, si ésta puede existir. El concepto tradicional de familia ha dejado de cuadrar con las circunstancias que se dan ahora. El matrimonio ya no es un contrato de estatus y manutención, no es una institución sagrada en la que el hombre provee y ostenta la potestad y la mujer se queda en un segundo plano cuidando de la casa y pariendo como una coneja, y los dos juntos hasta el fin aunque se detesten. Los matrimonios han existido por muchas razones, pero frecuentemente el amor ni siquiera ha entrado en la ecuación. Pues hoy día es la única razón por la que mucha gente se casa.
Por ello, la vida conyugal pierde su sentido si ya no se sienten esas mariposas en el estómago. Ni los hijos pueden evitar el derrumbe una vez que éste empieza.
Para Frank y Molly, empieza cuando coinciden en la librería Rizzoli, cargados con los regalos de Navidad. Ese es el punto justo donde la tranquila felicidad de sus vidas de siempre comienza a quedarse corta, se va haciendo añicos. Ante la perspectiva de estar junto a esa persona que de repente les hace vibrar (y no saben ni siquiera por qué, será simplemente que los dos se han topado con ese alguien que hasta ese momento no tenían idea de que pudiera darles semejante vuelco en el corazón), la confortable rutina se ha ido al garete. Ahora sueñan con encontrarse de nuevo (comentan a sus mejores amigos este encuentro, y eso que apenas han cruzado un breve intercambio) y meses después coinciden en el metro que suelen tomar. Aún no hablan de nada comprometedor, no se citan explícitamente, pero hay algo en el aire a su alrededor, lo no dicho se expresa mucho más ruidosamente que las insustanciales palabras pronunciadas, y saben que harán lo posible por volver a cruzarse en el tren. Todavía es muy incipiente, la inseguridad es fuerte. Apenas se conocen, pero si hay algo seguro es la atracción que tira de ellos. No se pedirán sus teléfonos enseguida, no forzarán las cosas. Por eso es tan encantador y bonito, por eso es tan auténtico. En Hollywood salen tantas parejas que comienzan con idilios espectaculares, que no se corresponden con la realidad... Y aquí vemos a Robert y Meryl titubeando como dos adolescentes ruborizados que no saben muy bien qué decirse, y que hablan de cosas normales, y que se miran como bobos, para después despedirse y soñar, tanto como temer, un próximo encuentro... Y ya nada será igual.
Ya se les ha abierto el umbral de la pasión y una vez abierto es tan difícil resistirse como querer evitar que amanezca cada mañana.
Por eso uno se lanzará de cabeza a ese tren con la esperanza de encontrarla o encontrarle, y, tal vez, dejarse llevar hacia donde la vía los lleve.
Vivoleyendo
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