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España España · Redondela
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Críticas 2
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
7
26 de agosto de 2025 Sé el primero en valorar esta crítica
Hay thrillers que buscan el impacto a base de sobresaltos y violencia explícita. Gæsterne (Speak No Evil) juega en otra liga: aquí la incomodidad nace de lo social, de esa presión invisible que sentimos por no incomodar a los demás, incluso cuando nuestra intuición nos dice que algo no encaja.

La dirección de Christian Tafdrup sabe estirar esa sensación de inquietud sin recurrir a trucos baratos. Cada escena parece normal, pero algo subterráneo nos advierte de que todo podría torcerse en cualquier momento. La fotografía fría y elegante refuerza esta sensación, convirtiendo paisajes y estancias en escenarios cargados de tensión sutil.

El reparto hace un gran trabajo. Los gestos contenidos, las sonrisas incómodas y los silencios prolongados hablan más que muchas palabras. La película se apoya mucho en esa interpretación comedida para mantener al espectador atrapado en la misma incomodidad que viven los personajes.

¿Dónde flaquea? Hay momentos en que la credibilidad se estira demasiado y cuesta creer que la cortesía pueda imponerse sobre el sentido común en situaciones tan tensas. Además, el ritmo en la parte central se siente algo alargado, como si la película quisiera preparar el terreno durante demasiado tiempo.
Aun así, el conjunto funciona muy bien. Gæsterne no es solo un thriller psicológico; es también una pequeña disección social sobre hasta dónde somos capaces de llegar para evitar el conflicto. Y esa pregunta, incómoda pero fascinante, queda rondando mucho después de que termine.
12 de agosto de 2025 Sé el primero en valorar esta crítica
Hay películas que se experimentan como una fiebre: uno no sabe si está delirando o si ha visto algo que cambiará para siempre la temperatura de sus pensamientos. Canino es así. No es una simple obra de cine; es un invernadero de realidades alteradas, un experimento doméstico que huele a plástico nuevo, cloro y césped recién cortado. Desde los primeros minutos, uno entiende que aquí no hay “afuera”, que todo ocurre dentro de una burbuja tan perfecta y cerrada que hasta el aire parece distinto, más denso, más artificial. Y, sin embargo, algo dentro de nosotros quiere respirar ese aire extraño.

Lanthimos no filma personas: filma criaturas. Filma movimientos que parecen estudiados en un laboratorio de coreografías mínimas, miradas que no saben lo que es mirar más allá de una valla. Los hijos no son personajes; son islas. Cada palabra que pronuncian tiene otro significado porque sus padres han decidido que el diccionario no es un libro, sino una arma de control. Un teléfono no es un teléfono. Un zombie es una flor amarilla. Y un gato, bueno… un gato es la encarnación del mal, un monstruo carnívoro con instinto asesino.
La magia retorcida de Canino está en que nunca subraya el horror. Todo lo inquietante se nos da con la misma serenidad con la que uno serviría una ensalada. No hay música manipulando nuestras emociones, no hay planos que griten “mira qué raro es esto”. Lo raro simplemente existe, como existe el día, como existe la gravedad. Y ahí es donde la película se vuelve peligrosa: porque empezamos a aceptarlo. Nos descubrimos siguiendo sus reglas, creyendo en ese mundo cerrado como si fuera el único posible.

A veces, incluso, hay ternura. Una ternura torcida, claro, pero real. La escena de los bailes es la prueba: una coreografía que empieza como juego infantil y termina pareciendo un ritual para ahuyentar demonios domésticos. Lo que podría ser grotesco termina siendo hermoso porque, en ese mundo manipulado, hasta lo absurdo tiene una lógica íntima.

Cuando Canino termina, la sensación es parecida a despertar después de un sueño raro pero agradable, de esos que te dejan un sabor de boca extraño durante horas. No sabes si la historia que viste fue una advertencia, una metáfora política, una broma cruel o todo eso a la vez. Pero sí sabes que algo se ha movido dentro de ti. Que esa valla, ese muro invisible que separa la “verdad” de la mentira, es más delgado de lo que pensabas.
Es cine que no busca gustarte, sino incrustarse en tu memoria. Cine que no te pone una manta, sino que te la quita para que notes el frío. Y ese frío, paradójicamente, reconforta. Porque ahí, en medio de un jardín perfectamente recortado y una casa sin ventanas, Canino nos recuerda que la libertad no siempre llega con trompetas ni discursos. A veces entra como un animal callejero: silenciosa, imprevisible, con los ojos brillantes… y dispuesta a morder.
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