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Críticas 14
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
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15 de diciembre de 2024 3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuando una película te sumerge en un conflicto y te deja tambaleándote, con una mezcla de asombro y desasosiego, sabes que estás ante algo excepcional.

La Batalla de Argel no es solo cine político; es un puñetazo directo al estómago, un recordatorio incómodo de la violencia y la brutalidad inherentes a la historia humana.
Pontecorvo crea un artefacto cinematográfico que trasciende etiquetas: es un thriller, es cine bélico y es un retrato despiadado del colonialismo. Todo ello narrado con un realismo que, a ratos, te hace olvidar que estás viendo una película y no un documento histórico.

Desde el primer plano hasta el último, la película mantiene una tensión visceral. Su montaje preciso, la estructura en flashbacks que funcionan en perfecta narrativa, y una fotografía en necesario blanco y negro que parece arrancada de las entrañas del conflicto, convierten cada secuencia en una experiencia casi documental.
El estilo realista, heredero directo del neorrealismo italiano, no se detiene en lo descriptivo. Aquí no hay concesiones al tedio académico ni al sermón ideológico.
Es una película ágil, vibrante, que combina el análisis minucioso con un ritmo demoledor. No hay espacio para respirar: atentados, redadas, torturas, venganzas, y entre todo ello, la pausa inquietante del silencio tras las explosiones, las miradas de los curiosos, el miedo palpable en los rostros de los supervivientes.

Rodada en escenarios reales y con actores no profesionales que destilan autenticidad, Pontecorvo logra una atmósfera que, más que reconstruir, revive los hechos. Cada rincón de Argel palpita con vida, con desesperación, con rabia contenida.

Algunas escenas permanecen contigo mucho después de haberlas visto: la escena con las tres jóvenes argelinas vestidas a la europea que esquivan los controles militares con una mezcla de frialdad y desesperación; la escena de los niños que se ensañan con un pobre borracho; o ese anciano, aterrado, señalado por los gritos desde los balcones entre otras.
Y luego está la música de Ennio Morricone, que no se limita a subrayar emociones. Es un protagonista más, añadiendo capas de tensión y desasosiego en los momentos precisos.
Pero si algo eleva a La Batalla de Argel al rango de obra maestra intemporal, es su equilibrio moral. Pontecorvo no se deja seducir por el panfleto ni por el maniqueísmo. Aquí no hay héroes ni villanos absolutos. El Frente de Liberación Nacional y las autoridades francesas reciben un tratamiento igual de despiadado.

Jean Martin, único actor profesional, en el papel del coronel Mathieu, con una aparición en escena de las que no se olvidan facilmente, encarna un militar con una figura compleja: culto, carismático, brutalmente eficiente. Inspirado en Jacques Massu, Mathieu no es un monstruo, sino un hombre profundamente peligroso por su lógica implacable.

La película no busca justificar, pero sí entender. Sus motivaciones, sus tragedias y sus horrores son expuestos con una franqueza desarmante. Y en esa franqueza radica su grandeza. Es un cine que no sermonea, que no exige respuestas fáciles, pero que te obliga a mirar de frente lo que preferirías evitar.

Ver La Batalla de Argel hoy es enfrentarse a algo tan contemporáneo como el propio presente. Su capacidad para capturar la esencia del conflicto, sin atenuar su brutalidad ni perder su humanidad, la convierte en una película de visión obligatoria.

No solo es una obra maestra; es un recordatorio de por qué el cine puede ser una herramienta indispensable para entender el mundo.
25 de noviembre de 2024 3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
En esta película Lawrence Kasdan exhibe un talento extraordinario, y que por cierto no volvió a mostrar en su carrera al menos hasta hoy, para diseccionar la vida cotidiana. Para revelarnos con una puntería desarmante, que bajo cada pequeño gesto late un universo de contradicciones, deseos y miedos. En Grand Canyon, ese bisturí narrativo alcanza una precisión quirúrgica, iluminando con sensibilidad y profundidad las relaciones humanas en un mundo donde la conexión parece más frágil que nunca.

La película se atreve a plantear preguntas incómodas. ¿Qué nos une? ¿Qué nos separa? ¿Qué significa sobrevivir en una ciudad como Los Ángeles ? Los Angeles, es un escenario que no solo observa, sino que participa activamente como un personaje omnipresente. Kasdan retrata una urbe despiadada, agresiva y fragmentada, un mosaico de vidas atrapadas entre la miseria y el glamour, donde el azar puede ser tan cruel como redentor.

Los personajes, construidos con una precisión casi obsesiva, se sienten vivos, palpitantes, como si los conociéramos desde siempre.
Kevin Kline interpreta a un abogado que empieza a cuestionar su cómoda vida tras un encuentro fortuito con un bondadoso conductor de grúa, encarnado por Danny Glover, cuya interpretación es puro humanismo.
Steve Martin, en un papel inusualmente contenido, representa la vacuidad del éxito en una industria que glorifica la violencia.
Y luego están las mujeres, interpretadas con una intensidad emocional desgarradora por Mary McDonnell, Alfre Woodard y Mary-Louise Parker, aportan una mirada dolorosamente lúcida sobre las grietas de las relaciones y las expectativas no cumplidas.

Kasdan no se limita a tejer una narrativa coral; orquesta una sinfonía de emociones y conflictos internos. Cada personaje carga con sus contradicciones, pero lo hace con una honestidad que conmueve. En Grand Canyon, las conversaciones no son simples intercambios de palabras, sino duelos verbales y confesiones veladas que desnudan las almas.

Los Ángeles, en este film, no es solo un telón de fondo. Es un depredador silencioso, una jungla de asfalto que empuja a sus habitantes al borde del abismo, pero también, de forma paradójica, les ofrece momentos fugaces de salvación. La ciudad es tan protagonista como cualquiera de los personajes, una fuerza invisible que define sus trayectorias y decisiones.

La película está impregnada de una melancolía hermosa, pero nunca gratuita. Kasdan encuentra belleza incluso en los rincones más oscuros de la experiencia humana, invitándonos a creer que, pese a todo, aún es posible encontrar algo parecido a la esperanza. En este retrato de la fragilidad y la fortaleza humanas, el director nos entrega una obra que no solo resuena, sino que se incrusta en la memoria.

Si Grand Canyon nos dice algo, es que vivimos rodeados de un caos que a menudo parece insuperable, pero en esos momentos de caos, de desconexión, también se encuentra el germen de algo esencial: la posibilidad de comprendernos unos a otros, aunque sea por un instante.
24 de noviembre de 2024 3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hablar de Descalzos por el parque es adentrarse en una de esas comedias románticas que, aunque parezcan sencillas, esconden una química casi mágica.

Bajo una magnífica dirección de Gene Saks y con un guion afilado y lleno de gracia, cortesía de Neil Simon, esta película logra un equilibrio perfecto. Lo que podría haber sido una comedia de situación más, se transforma en una joya gracias a la chispa de sus intérpretes y el contraste teatral de sus personalidades.

Jane Fonda brilla como Corie Bratter, una mujer que parece encapsular la energía de la vida misma. Su optimismo, desbordante hasta el punto de la exasperación, y su empeño en buscar la felicidad en cada esquina —incluso en un destartalado apartamento sin calefacción— la convierten en una fuerza de la naturaleza. Corie ese tipo de persona que baila bajo la lluvia, que ve el mundo como un parque interminable por recorrer descalza. Y Jane Fonda lo interpreta con una frescura y un carisma que resultan hipnóticos. Uno no puede evitar sonreír con su actitud, incluso cuando sus arrebatos parecen rozar la exageración cómica .
Jane Fonda & Robert Redford
En el polo opuesto está Robert Redford, que da vida a Paul Bratter, un joven abogado obsesionado con el control, el orden y la previsibilidad. Redford, con su encanto sobrio y su aspecto impecable, encarna a la perfección a ese hombre que parece haber nacido con un traje y un portafolio en la mano. Paul es un contraste fascinante con Corie: donde ella ve un mundo lleno de posibilidades, él percibe riesgos; donde ella encuentra aventura, él identifica caos. Redford, con su mirada contenida y su impecable habilidad para decir tanto con un gesto como con una palabra, consigue que la rigidez de Paul no resulte tediosa, sino encantadoramente humana.

La magia de la película radica en contarnos con maestría, humor e ironía ese choque entre estos dos mundos.

Corie y Paul son como fuego y hielo, y ese enfrentamiento constante de personalidades provoca situaciones tan cómicas como entrañables. Pero lo que podría ser un simple desfile de clichés se convierte en algo más profundo gracias a la humanidad que ambos actores insuflan a sus personajes.
Jane Fonda & Robert Redford
Fonda y Redford no solo muestran las diferencias de sus personajes, sino también cómo esas diferencias pueden ser la clave de una relación vibrante y llena de amor.
En un mundo donde la comedia romántica suele caer en fórmulas predecibles, Descalzos por el parque destaca por su agilidad, su ingenio y su elegancia.

No es solo una película para reír, es un recordatorio de que las relaciones humanas están hechas de opuestos, de acuerdos y desacuerdos, y que a veces ser capaces de tener los pies en el suelo y al mismo tiempo caminar descalzos por la vida es la única manera de encontrar el verdadero equilibrio de la felicidad de una pareja.
21 de abril de 2025 3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Oscar Ladoire es Félix, un director de cine entre apático, cínico y distante que se encuentra en una gasolinera, de viaje de Madrid a Galicia, con Clara ( Mercedes Resino ), una espontánea adolescente que se ha escapado de su casa. La química está servida. Adulto en busca de inspiración y en estado melancólico frente la chica joven, alegre y despreocupada.
El mundo de Félix es el de la pantalla de cine. La película que ha rodado o la que tiene que imaginar le elevan de la monotonía de la vida real.
Bajo esa apariencia fría de receloso director él vive la pasión en las historias que lleva al cine. Y de repente, sin buscarlo, en el mundo real de una gasolinera se encuentra con una adolescente precoz que será su contrapunto cervantino. Ella le captará, le hipnotizará con su provocador carácter y su imaginación entre infantil tardía y adulta precoz para prácticamente para sumirlo en un mar de contradicciones inesperadas, de acercamientos y distanciamientos, de encuentros y desencuentros de dos mundos de dos seres que únicamente podían coincidir en ese puro azar del viaje inesperado en común y que en definitiva, intuyes que después de ese viaje nunca más volverán a ser los mismos de antes porque cada uno ha aportado al otro algo que aunque sin saberlo necesitaban para seguir a salvo cada uno en su viaje por la vida.
Es una película evocadora, de contrastes, por momentos reflexiva y por momentos divertida, por momentos desconcertante, de una apariencia engañosa muy simple que si se sabe valorar merece ser vista.
Nota : La película debió ser un fracaso monumental porque ni Oscar Ladoire ni Mercedes Resino volvieron a hacer, como director él o como actriz ella, algo semejante. Una verdadera pena.
27 de abril de 2025 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay películas que no envejecen, como las amistades que sobreviven al tiempo, son el antídoto perfecto a la tendencia innata a la depresión de la sociedad actual. La extraña pareja es una de esas películas. Lo es por muchos motivos. Porque está dirigida con una precisión certera por Gene Sak que consigue que está película sea una de esas obras que uno vuelve a ver, no por costumbre sino por necesidad. Porque hay guiones, como el de Neil Simon, que son pura artesanía emocional disfrazada de comedia.
Porque Simon escribe como quien respira: con naturalidad, pero con un oído absoluto para el diálogo que suena humano, imperfecto y gloriosamente divertido. Cada línea es una pequeña sinfonía de neurosis y ternura, de contrastes y de pequeños detalles inadvertidos.
En medio de todo eso, uno se encuentra riendo, sí, pero también sintiendo el sutil reflejo de la personalidades que somos y nos rodean. Porque la gracia de La extraña pareja no está solo en el ingenio —que lo tiene de sobra— sino en su capacidad para capturar la tristeza y lo absurdo que habita en los gestos más cotidianos.
Jack Lemmon & Walter Matthau
Y luego están ellos. Jack Lemmon y Walter Matthau. Qué pareja, madre mía. Lemmon es un portento: su Felix es un volcán contenido, un obsesivo con el corazón hecho trizas que se refugia en la limpieza como quien se agarra a una balsa en mitad del naufragio. Matthau, con esa cara de haber dormido mal toda la vida, es un monumento al desparpajo, al desorden, al hastío con encanto. Juntos funcionan como un mecanismo perfecto: se pisan las frases, se desesperan, se necesitan. La química entre ambos no se fabrica, se da o no se da. Y ellos la tienen a raudales.

La extraña pareja es comedia de altura, sí, pero también una elegía sutil sobre la dificultad de convivir —con otros, con uno mismo— cuando el mundo ya no tiene sentido. Cine que entiende que la risa, cuando está bien escrita e interpretada, es la forma más noble de la melancolía.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Mención especial merece esa escena delirante y deliciosa en la que Oscar decide montar una cita doble con las vecinas del piso de arriba, las hermanas Pigeon —dos inglesitas de carcajada contagiosa y cerebro difuso—, como si eso fuera a resolver el naufragio emocional de ambos. Lo que sigue es una clase magistral de comedia física, de silencios incómodos, de risas contenidas y gestos ridículos. Lemmon, con su sensibilidad a flor de piel, acaba convirtiendo lo que debía ser una noche de evasión en una sesión de psicoanálisis improvisado. Y uno no sabe si reír o abrazarlo. Probablemente ambas cosas.
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