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Críticas 61
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
6
11 de marzo de 2026
8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Harry Melling es, pese a lo que indiquen los créditos, el auténtico eje emocional de Pillion. La película se sostiene sobre la narración íntima de un joven aún anclado al hogar familiar, atrapado en un círculo reducido de afectos y en la necesidad urgente de ser visto, de sentirse existente a través de la mirada del otro. Él es el inicio, el centro y el final del relato.

El mayor problema del film reside en la dilatación —curioso término, pero preciso— de una trama que apenas aporta en su primera hora. La introducción se vuelve larga, pesada, sin un avance que justifique su extensión. Viniendo de ver Más Palomas, inevitablemente surge la comparación: donde la película española construye contrastes y pequeñas historias que enriquecen la principal, Pillion ofrece un esqueleto narrativo demasiado desnudo, sin personajes secundarios que aporten capas adicionales de significado. El resultado es un relato explícito e intimista, sí, pero también repetitivo.
Alexander Skarsgård
Cuando en la segunda mitad parece abrirse un abismo capaz de alterar el rumbo, apenas queda tiempo para desarrollarlo. La película insinúa un cambio profundo, pero lo abandona demasiado pronto, dejando una sensación de quedarse a medio camino, de querer más de lo que finalmente ofrece.

En lo técnico, más allá de los planos sobre la moto —demasiado limpios y rectos, lejos de la adrenalina real de la velocidad—, el film se muestra correcto. Destaca especialmente el cuidado puesto en las escenas sexuales, donde el lenguaje cinematográfico se vuelve más expresivo, más simbólico, escondiendo conversaciones que no necesitan palabras.

Lo mejor es, sin duda, la reflexión que provoca: una película evocadora que nos obliga a pensar en la autoesclavitud emocional, en ese deseo de ser amado que a veces nos encadena más que nos libera.

Lo peor, quizá, es verla fuera del estreno y encontrarse solo cuatro personas en la sala. Algo debería replantearse para que propuestas así no queden relegadas a nichos minúsculos, porque, con sus fallas, Pillion tiene cosas que decir.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
En la parte final, la noche y el día posterior —ese día libre, casi catártico— funcionan como un pequeño oasis dentro de una estructura emocional que, en realidad, no va a tambalearse. Es un respiro, no una transformación. Por eso la muerte de la madre, lejos de aportar un verdadero impulso narrativo, se queda en un gesto que podría haber abierto un giro final interesante para el protagonista, pero que el guion decide no explorar. El autor parece tener claro que no desea una gran metamorfosis, y de ahí nace ese poso tibio, incómodo, que acompaña al espectador al salir de la sala.

Es inevitable pensar en las dinámicas de pareja —heterosexuales, homosexuales, binarias o no binarias— y en cómo las relaciones de poder, de influencia y de desigualdad pueden convertir el amor en una dependencia oscura, casi impostada. Una cárcel elegida, con grilletes que aprietan lo justo para recordarnos que seguimos vivos, pero no libres. Qué importante es aprender a quererse a uno mismo para poder brillar, para poder ser valiente.
Alexander Skarsgård & Harry Melling
Pillion acaba siendo un reflejo de una sociedad que viene marcada por la desilusión, la aceptación de pequeñas tiranías cotidianas y el conformismo con las migajas que ofrece quien ostenta el poder emocional. Una película que, sin grandes estridencias, nos obliga a mirar de frente esa incomodidad.
14 de enero de 2026
6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
El extranjero se presenta con una factura técnica impecable. Su blanco y negro, que inevitablemente remite a éxitos recientes como The Artist, no funciona como un mero ejercicio de estilo: la fotografía es elegante, precisa, y sabe componer sin caer en la autocomplacencia. Cada plano parece pensado para sostener el tono moral y emocional de la historia.

El trasfondo es nítido y la película no rehúye su propio conflicto: el colonialismo francés frente a una resistencia africana marcada por la apatía, la desigualdad y la tensión latente. La narración avanza con un ritmo pausado, sí, pero es un tempo que la obra necesita para que cada escena respire y adquiera significado.

El protagonista, fiel al espíritu de la novela, encarna esa apatía existencial que define la obra original. Sin embargo, en pantalla su frialdad puede resultar excesiva, especialmente en lo que respecta a su relación sentimental, que se percibe algo forzada y resta interés a sus momentos más íntimos.
Es en el conflicto moral —casi dostoievskiano— donde la película alcanza su mayor profundidad. En esa zona oscura, donde lo artístico se mezcla con lo reflexivo, la cinta encuentra su identidad y su fuerza. El equilibrio entre lo estético y lo existencialista se vuelve entonces mucho más sólido.

Mención especial merece el personaje secundario de Pierre Lotin, un papel memorable que podría haber caído en la caricatura y, sin embargo, desprende autenticidad. Lotin funciona como contrapunto perfecto: alguien que sabe moverse dentro de los límites de la legalidad para alimentar su ego y su comodidad, sin necesidad de adentrarse en dilemas profundos. Su presencia eleva la película y enriquece la lectura moral del conjunto.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El tramo del juicio es uno de los momentos más entretenidos y, sorprendentemente, más cercanos a la comedia. La defensa del abogado, casi grotesca, funciona como una sátira del sistema judicial y de la tendencia social a disfrazar la verdad con máscaras y caricaturas, un tema que el guion critica con acierto.

Quizás el punto más débil —como ya ocurría en la novela— reside en los personajes femeninos. Resultan planos, sin un trasfondo auténtico que los sostenga, y eso desluce ligeramente el conjunto. No es un problema de interpretación, sino de escritura: el guion no les concede la complejidad que sí otorga a otros personajes.
26 de febrero de 2026
8 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Relato inteligente, detallista y brillante, un ejercicio político que teje uno de los guiones más complejos que he visto últimamente. Es un cine que mezcla lo social con lo periodístico, que tira de la nostalgia pero es visceral y crudo en sus escenas.

Es una película larga que, sin embargo, captura su esencia desde los primeros minutos, con uno de los mejores inicios que recuerdo: tan bien montado y tan finamente hilado que absorbe al espectador de inmediato.

Incluso se permite curiosear otros géneros y rozarlos: el romanticismo por el cine de época, los amigos como refugio, o el terror absurdo que nace de un episodio tan crudo como cortante.

Destacaría lo bien dibujados que están los personajes secundarios. El elenco es magnífico y la fotografía final, grandiosa. Los sicarios, los no refugiados, los funcionarios, los policías corruptos, el gasolinero, las periodistas, el antiguo combatiente, los abuelos… y las ubicaciones en las que transcurre, tan bellamente retratadas en tonos cálidos y soñadores.
Hay varios momentos en los que la historia brilla y aporta un valor adicional al lenguaje cinematográfico, renovándolo al construir, con piezas aparentemente conocidas, algo nuevo y evocador. Primero, la forma en que retrata los engranajes de la corrupción sistemática entre lo público y lo privado; después, el diálogo entre el personaje fascista y el que se autodenomina comunista por oposición. Y, sin dudarlo, un personaje tan poderoso como el abuelo, que emana nostalgia pero también verdad en cada frase y en cada mirada al protagonista. Él sabe mejor que nadie hacia dónde se dirige la historia. La violencia es cruda, sí, pero también contenida, y sangra cuando tiene que sangrar.

Mientras el espectador de la fila de atrás bostezaba, yo disfrutaba de cine de primerísima calidad. Entiendo que no es una película para todos, pero lo que no entiendo es por qué.
21 de enero de 2026 4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Como seguidor de la filmografía de Richard Linklater, debo admitir que la primera parte de la película me dejó un regusto amargo. Una sensación de que no arranca, de que no termina de coger ritmo. La mirada hacia ese grupo de directores parece, al principio, más obsesionada con comparar sus carreras que con cuestionar cómo romper los modelos de creatividad imperantes del momento. Hay algo tibio, casi burocrático, en ese intercambio de egos que amenaza con vaciar de fuerza el homenaje a la nouvelle vague. Me desquician la identificación de personajes que va en contra del relato, en el cine, primero la historia, no los nombres propios.

Poco a poco, sin embargo, el ritmo natural y limpio de Linklater te va conquistando, al mismo tiempo que el director conquista a sus actores. La película parece encontrar su forma a medida que ellos se van entregando al juego, como si el rodaje dentro del rodaje fuera también el verdadero arco dramático. Cuando quieres darte cuenta, la película ya ha hecho clic.
Debemos huir del relato de que “si te gusta el cine, te tiene que gustar esta película”. Al contrario: puedes odiarla y estás en tu justo derecho. Linklater hace la película que le apetece hacer, imitando el espíritu de Godard, que también hacía lo que le daba la gana, pero sin imitar su estilo. No copia los encuadres ni los tics formales: hace lo que quiere hacer, y ahí está precisamente la coherencia del homenaje.

La magia de la película, y la razón por la que creo que deja un bagaje positivo y un regusto agradable, está en la conquista de ese “odioso combatiente” que se rebela contra el sistema y busca su esencia. Ese personaje que parece estar en guerra con todo—con la industria, con sus colegas, consigo mismo—es el que acaba revelando el núcleo humanista del film. Ahí es donde la película encuentra su verdad: en la visión del artista que pone las ideas por encima de sí mismo, aunque desde fuera parezca lo contrario. Las ideas primero, el ego después.
Zoey Deutch
Bonita y básica —en el mejor sentido— es también la magia que se establece entre los protagonistas, en un claro eco de la relación entre Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg en Al final de la escapada. Igual que en la película original que se homenajea, la clave está en cómo la naturalidad y la complicidad crean un producto bello que no necesita grandes artificios. No hace falta subrayar nada cuando la química sostiene el plano.

No es un homenaje al cine en abstracto; es un homenaje a una forma de hacer cine. O, mejor dicho, un recordatorio de qué es el cine cuando se atreve a ser libre: cuando no pide permiso, cuando no se disculpa por sus excesos, cuando se permite ser, simplemente, la expresión directa de una forma de mirar o de ser sin ser mirado.
4 de enero de 2026
6 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sobrecogedora, íntima y rabiosa a partes iguales.
Alauda Ruiz de Azúa, que ya demostró en Cinco lobitos su capacidad para observar lo cotidiano con una precisión casi quirúrgica, vuelve a dibujar aquí una serie de personajes creíbles y profundos, definidos más por cómo se relacionan que por sus rasgos individuales. Como en su ópera prima, las relaciones secundarias no son un adorno: son la clave para entender el corazón de la historia.

El ritmo es adecuado, sostenido en imágenes sobrecogedoras y planos pausados que permiten respirar —o contener la respiración— en los momentos justos. El guion avanza con un tono de inevitabilidad, como si cada paso estuviera marcado desde antes de que los personajes lo sepan. Y, aun así, el regusto final es extraño y poderoso: la sensación de haber vivido una experiencia religiosa… ¿o quizá algo mucho más terrenal?
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Me cuesta leer ciertas críticas que interpretan este relato como propaganda sobre la vocación religiosa o el servicio a Dios. Desde la mirada de la protagonista —una criatura dañada, sin referentes, a la que nadie ayuda a convertirse en mujer— sus decisiones pueden entenderse, pero el relato no las celebra; al contrario, las expone con una crudeza que desarma.

La relación con el padre, que sostiene el tronco emocional de la historia, es nítida y sin ambigüedades: ante la ausencia de figuras sólidas, la búsqueda de lo sagrado aparece como un refugio. Hemos visto esta historia mil veces, sí, pero aquí la elección no es la pastilla, ni la música, ni el trabajo: son los hábitos. Y, dentro del universo de la película, se entiende.

El verdadero terror del relato se articula en dos ejes:

1. El padre espiritual y la madre superiora
Lo retorcido del padre espiritual, que sabe atacar justo donde más duele, y la sonrisa eterna de la madre superiora —una depredadora paciente, que huele la sangre antes que nadie— componen un retrato inquietante. Ruiz de Azúa sugiere que todo está decidido de antemano: que entregar a nuestros hijos a ciertos caldos de cultivo puede ser merecedor de la peor de las suertes. El secuestro de una vida. La coartada perfecta. Una herida que no cicatriza.
2. El personaje de la tía (interpretado por Patricia López Arnaiz)
Aquí la película se vuelve devastadora. La tía encarna un “quiero y no puedo” que atraviesa toda la historia: alguien que intenta orientar a su sobrina huérfana hacia un lugar seguro, pero que termina siendo, sin quererlo, la pieza que desencadena la ruptura familiar definitiva. Su interpretación es brillante, llena de matices, y los planos de miradas entre ella y la madre superiora son de lo mejor del film: un duelo silencioso, sutil y clarísimo… aunque quizá no para todos.
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