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Críticas 34
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
5 de junio de 2025
8 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay películas que no necesitan reinventar el género, solo ejecutarlo con convicción. Arctic Convoy, sin grandes alardes, logra transmitir tensión, dignidad y una atmósfera helada que cala hasta los huesos. Basada en hechos reales, sigue a una tripulación noruega escoltando un convoy hacia la Unión Soviética en plena Segunda Guerra Mundial, entre minas, submarinos y tormentas del norte.

El mayor acierto del film es su estética: el diseño escenográfico y la fotografía capturan la hostilidad del mar de Barents con un realismo inquietante. Las naves solitarias avanzando entre la niebla, el hielo acumulado en las cubiertas, el balanceo constante del casco y el horizonte invisible refuerzan esa sensación de amenaza permanente. El entorno no es un simple decorado: es el enemigo silencioso que siempre está ahí.

La fotografía, fría y desaturada, elimina cualquier rastro de calidez. No hay refugio visual. Todo es gris, blanco o metálico. El sonido acompaña con crudeza: motores que vibran como una respiración forzada, ráfagas de viento, chirridos del metal bajo presión, y ese silencio inquietante que solo existe en alta mar.
Tobias Santelmann
Narrativamente, el guion evita los fuegos artificiales. Aquí no hay patriotismo grandilocuente ni melodrama. Lo que hay es tensión contenida, liderazgo bajo presión y decisiones difíciles. El capitán representa la autoridad callada, casi estoica, mientras su segundo al mando representa una voz más impaciente, pragmática y directa. Esa tensión entre mando y criterio crea algunos de los mejores momentos del film, donde el deber y la supervivencia entran en conflicto.

Mención especial merece la radiotelegrafista: su presencia constante, discreta, pero lúcida, actúa como un equilibrio entre los dos polos de mando. Es observadora, sensata, y no duda en decir lo que otros callan. Su sentido común brilla sin estridencias, y es quizá el personaje más humano de toda la tripulación.

Arctic Convoy no busca emocionar con facilidad. Quiere mostrar, con respeto y contención, lo que significa enfrentarse al miedo cuando no hay tierra firme a la vista. Y lo logra.
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spoiler:
La película retrata con precisión la rutina del convoy: vigilancia constante, ataques inesperados, decisiones morales sin tiempo para el debate. Uno de los momentos más duros llega cuando deben abandonar un barco dañado, dejando atrás a marineros atrapados. La escena se resuelve sin dramatismo forzado, pero con un peso emocional que se queda en el espectador.

El conflicto entre el capitán y su segundo se intensifica a medida que crecen las pérdidas. Mientras el primero insiste en mantener la ruta y el protocolo militar, el segundo cuestiona decisiones clave, insinuando que el deber no siempre justifica el sacrificio. La tensión no estalla en gritos, sino en miradas, silencios, y órdenes que se cumplen con reticencia.

El punto de quiebre llega tras un ataque aéreo alemán, cuando el capitán resulta herido. A partir de ese momento, el segundo toma una decisión silenciosa pero contundente: administra morfina al capitán no solo como analgésico, sino como mecanismo para mantenerlo fuera de juego y asumir el mando efectivo del barco. Esta maniobra, tan ética como ambigua, revela mucho sobre la naturaleza de la autoridad en situaciones extremas. No hay golpe de estado, pero sí un relevo forzado, encubierto bajo el barniz de los cuidados médicos.
Heidi Ruud Ellingsen, Tobias Santelmann & Anders Baasmo Christiansen
La radiotelegrafista observa toda esta evolución sin intervenir abiertamente. Pero sus gestos, sus silencios y, sobre todo, sus respuestas cuando es interrogada, dejan claro que comprende lo que está pasando. Su presencia se convierte en conciencia tácita del barco: ni servil con el poder ni cómplice del oportunismo, sino anclada en la lógica del momento y en la necesidad de que alguien mantenga la línea recta mientras los demás tambalean.

El final es coherente con todo lo anterior: no vemos la llegada, ni el regreso, ni la paz. Solo el eco del deber cumplido y el vacío que deja lo que no se dice. Arctic Convoy elige cerrar como ha contado todo: con contención, sobriedad y una dignidad que se gana a fuerza de frío, acero… y decisiones difíciles.
19 de agosto de 2025 4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay películas malas, hay películas pretenciosas, y luego está Un amor, una suma de nada envuelta en silencio impostado y supuesta profundidad emocional que no aguanta ni dos frases seguidas. Isabel Coixet logra aquí lo que parecía imposible: que no ocurra absolutamente nada… y que además lo poco que pasa parezca molesto, gratuito y hueco.

Visualmente está rodada con corrección, sí. Pero es el tipo de corrección fría, de postal apagada, que se confunde con lo estéticamente interesante cuando en realidad no tiene pulso. El paisaje rural no transmite aislamiento ni verdad, sino un decorado donde se arrastran unos personajes que ni sienten ni hacen sentir.

La protagonista es un ente nebuloso que cambia de actitud sin justificación, atrapada en un guion que confunde la sugerencia con el vacío. La relación central no emociona, no inquieta, no interesa. Es como si el romanticismo se hubiese disuelto en un café tibio y Coixet lo sirviera como si fuera absenta.
El problema no es que sea minimalista. Es que es mínima. En alma, en ideas, en cine.
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spoiler:
Ni vale la pena hacer spoilers. No por respeto, sino porque no hay nada que arruinar. Lo único que se podría revelar es que en algún momento esperas que ocurra algo. Spoiler: no ocurre.
18 de agosto de 2025 4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tony Scott sorprendió en 2001 con Spy Game, un thriller de espionaje que prescinde de la acción espectacular para centrarse en lo esencial: cómo la información y la manipulación pueden ser tan letales como las armas. La tensión surge de pasillos, despachos y memorandos, y aun así late como un countdown constante gracias al ritmo de montaje y al talento de su director para transformar burocracia en suspense.

El relato se articula en dos planos. En el presente, Nathan Muir (Robert Redford), veterano de la CIA en su último día de servicio, descubre que su protegido Tom Bishop (Brad Pitt) ha sido capturado en China y será ejecutado en 24 horas. Mientras sus superiores deciden lavarse las manos, Muir despliega un juego de engaños desde la sombra. En paralelo, los flashbacks reconstruyen la relación entre mentor y discípulo en Vietnam, Berlín o Beirut, revelando cómo el pragmatismo de uno chocaba con el idealismo del otro.

El “meta-casting” de Redford funciona como declaración de intenciones: el mismo actor que en los 70 representó la paranoia contra la CIA en Tres días del cóndor encarna ahora al cínico profesional que manipula desde dentro. Pitt aporta el contrapunto: un espía que todavía cree que salvar una vida concreta merece más que cualquier cálculo geopolítico. Ese contraste —cinismo frente a idealismo— sostiene la tensión moral de la película.
Robert Redford & Brad Pitt
Visualmente, Scott refuerza el discurso con códigos de color y dispositivos ópticos: Langley es gris y opaco, Oriente Medio ocre y caótico, China fría y maquinal. Vidrios, pantallas y encuadres dentro del encuadre insisten en que en el espionaje nunca se ve la realidad de forma directa. Todo está mediado, manipulado, filtrado. El resultado es un thriller adulto, elegante y melancólico, donde el suspense nace de cómo se administra la verdad más que de la acción física.
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spoiler:
El desenlace confirma la auténtica tesis del film. Muir, que siempre predicó el cinismo como única ética viable, acaba arriesgándolo todo para salvar a Bishop. La Operation Dinner Out es un golpe maestro: usar los propios recursos de la CIA para organizar un rescate clandestino sin que sus jefes lo perciban. El mismo talento que le permitió sobrevivir al sistema se convierte ahora en un arma contra él.

El giro final no es un simple truco de guion, sino una declaración moral. En un mundo donde las instituciones sacrifican vidas en nombre de la “estabilidad”, la única ética posible es la lealtad íntima. Muir no denuncia ni cambia el sistema: lo burla en secreto para proteger a alguien que le importa. Su sonrisa final revela tanto triunfo como vacío, pues es consciente de que toda una vida de profesionalidad calculada solo adquiere sentido en ese último gesto.

La relación maestro-discípulo también se reconfigura. Bishop, condenado por su obstinación idealista, sobrevive porque el maestro decide honrar precisamente aquello que siempre negó. Así, la película se despide con una conclusión elegante y melancólica: en un mundo de cálculos fríos, el acto más revolucionario es elegir a una persona por encima del sistema.
20 de marzo de 2025 4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
El abismo secreto" ("The Gorge") es un thriller de ciencia ficción con una propuesta intrigante y una estética bien cuidada. Scott Derrickson logra construir una atmósfera de tensión y aislamiento que se ve reforzada por el trío protagónico: Miles Teller, Anya Taylor-Joy y Sigourney Weaver. Su química y carisma mantienen el interés, aunque el guion no siempre está a la altura de sus interpretaciones.

La película, que mezcla acción, romance y terror, parte de una premisa original que se siente ambiciosa. La ambientación y el diseño de producción están muy logrados, ofreciendo secuencias visualmente impactantes. Sin embargo, a medida que avanza la historia, algunos aspectos del guion pueden volverse inconsistentes, afectando el ritmo y la profundidad de ciertos conceptos.

El guion de Zach Dean formó parte de la Lista Negra de 2020, una selección de los mejores guiones sin producir en Hollywood. Aunque la idea en papel prometía mucho, la ejecución final presenta algunos altibajos narrativos.
Miles Teller
El reparto es uno de los puntos fuertes:

Miles Teller (Levi Kane) aporta un personaje carismático con una evolución convincente.
Anya Taylor-Joy (Drasa) sigue demostrando su capacidad para sostener el peso dramático de una historia.
Sigourney Weaver (Bartholomew) aporta su presencia icónica en el género de ciencia ficción, con un personaje que añade peso a la trama.

A pesar de algunos problemas en su desarrollo, "El abismo secreto" ofrece una experiencia entretenida, con una propuesta visual atractiva y un reparto sólido. No es perfecta, pero tiene suficientes momentos memorables para justificar su visionado.
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Uno de los aspectos más comentados de la película es la inclusión de guiños a trabajos previos de los actores principales. Hay una escena en la juegan al ajedrez, lo que inevitablemente recuerda a Gambito de dama. Del mismo modo, en un momento dado tocan la batería, evocando a Whiplash. Lo curioso es que ambos guiños ya estaban en el guión inicial y estuvieron a punto de ser eliminados del montaje final por parecer demasiado evidentes, pero finalmente se mantuvieron.

También hay un posible homenaje a Alien. En una escena clave ambientada en una iglesia, los protagonistas encuentran unas criaturas con forma de arañas con calaveras, que recuerdan inevitablemente a los facehuggers de la saga. Este detalle refuerza la atmósfera de terror del film y, con la presencia de Sigourney Weaver en el reparto, el guiño se hace aún más verosimil.

En cuanto al desarrollo de la historia, uno de los puntos débiles del guion es la gestión de los misterios que plantea. Algunas revelaciones llegan demasiado pronto, lo que resta impacto a ciertos giros de la trama. Además, la falta de exploración de los "Hombres Huecos" deja algunas incógnitas sin resolver.
Anya Taylor-Joy & Miles Teller
A pesar de estos detalles, la película logra ofrecer una experiencia sólida para los amantes del género, con momentos de acción bien ejecutados y un final que, aunque predecible en algunos aspectos, resulta satisfactorio.
11 de julio de 2025 3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
El día después no es cine de catástrofes, ni ciencia ficción, ni tampoco un drama bélico al uso. Es, sencillamente, un aviso. Una sacudida directa al nervio más sensible de toda una generación: el miedo a desaparecer sin tiempo para comprender lo que estaba pasando.

Como película, tiene limitaciones técnicas y narrativas. Fue pensada para televisión, y se nota en el acabado visual, en los encuadres funcionales y en algunas actuaciones televisivas. Pero el impacto va más allá de su forma. Porque no busca entretener, sino inquietar. Y lo logra.

La primera mitad construye una normalidad frágil: familias, estudiantes, militares, todos inmersos en su rutina mientras las noticias hablan de una crisis que se siente lejana. Pero cuando llega el ataque —y llega sin retórica ni épica—, la película se transforma en un relato crudo de desintegración social y humana.

No hay héroes, ni música triunfal, ni promesas de reconstrucción. Solo el frío, la ceniza, y la sensación de haber cruzado un umbral del que ya no se vuelve. En su sencillez formal reside precisamente su fuerza: nunca busca ser espectacular. Solo probable.
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El momento en que las bombas caen es devastador no por sus efectos visuales, sino por lo que no muestra. La televisión de los 80 no podía enseñar cuerpos calcinados o ciudades pulverizadas… pero El día después logra algo aún más perturbador: enseñarnos lo que queda después. La lentitud del colapso. Las familias separadas. La radio muda. Los enfermos que ya no tienen ni a quién culpar.

El personaje del médico (Jason Robards) encarna ese esfuerzo desesperado por mantener un mínimo de estructura en medio del caos. Pero incluso él se derrumba. La escena en la que camina por las ruinas, rodeado de heridos y silencio, es más poderosa que cualquier estallido nuclear digital.

El deterioro físico de los personajes —pérdida de cabello, infecciones, desorientación— se presenta con crudeza, pero sin morbo. La película no busca sensacionalismo: busca concienciar. Y lo consigue. Al final, cuando la pantalla se oscurece tras un mensaje sobre la amenaza nuclear real, uno no se siente manipulado, sino advertido.
Amy Madigan
Hay otras películas más sofisticadas, más brillantes, incluso más aterradoras. Pero pocas han tenido un impacto sociopolítico tan inmediato como El día después. Si hoy el mundo aún tiene miedo a pulsar ciertos botones, es en parte por películas como esta.
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