arrow
España España · Granada
You must be a loged user to know your affinity with Ángela
/
Críticas 41
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
9
9 de junio de 2019
50 de 63 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una desgarradora realidad que aún no hemos superado. Hoy, a 2019. Sí, hablo de racismo. Netflix se ha atrevido con esta nueva y acertada producción, que narra el caso de los Central Park Five en abril de 1989 desde una minuciosa y esclarecedora perspectiva. Nunca había escuchado sobre el caso antes de ver esta miniserie, pero sin duda verla me era necesario; me ha recordado la clase de sociedad en la que vivo.

La serie comienza presentando a los personajes que, de una forma u otra, se vieron involucrados en esa fatídica noche que cambió sus vidas. Sin nada que ver con el siniestro, los cinco jóvenes son acusados de violar y apalear brutalmente a una mujer blanca de 28 años que pasaba corriendo por el parque.

De esta forma la serie se centra en el proceso jurídico que, injustamente, llevó a unos niños de 15 años del parque a la cárcel y en cómo, después de todas las falsas acusaciones y humillaciones que vivieron en sus años de confinamiento, fueron liberados a un mundo que les era desconocido, donde la gente les odiaba y les trataba como animales.
Pensar que fue un hecho real te pone los pelos de punta, porque la serie está tan bien hecha que sufres con los personajes. Había momentos en los que quería estar ahí y gritarles de todo a los policías y jueces que llevaban el caso. Trataban como verdaderos monstruos a unos niños a los que se les quebraba la voz al pensar en las atrocidades de las que les acusaban. Trataban como monstruos a niños que tan sólo eran víctimas; víctimas en una sociedad que los repudia por su color de piel.

Me parece importante destacar la grabación de Trump que se ve en la serie, expresamente sacada de la hemeroteca para la ocasión. ¿Nadie lo ve? En la cinta, Trump apela a la pena de muerte contra unos jóvenes injustamente acusados por su color de piel. “Blanco y en botella” dicen.

Hay un momento en la investigación en el que la acusación pierde toda evidencia contra los jóvenes, se dan cuenta de que no tienen nada contra ellos, incluso hay pruebas fehacientes que demuestran quién es el verdadero culpable. Pero no dicen nada, siguen adelante contra ellos porque, alegan, es demasiado tarde. Es demasiado tarde para no herir su orgullo.
Cosas como esta, presentes en todo momento durante la grabación, me hacían sentir desesperadamente impotente. Pero, pensándolo bien, una producción de este calibre no tendría valor si no hiciera esto, ¿no?
13 de junio de 2023
25 de 31 usuarios han encontrado esta crítica útil
El nuevo proyecto de Zerocalcare no deja indiferente. Con una apuesta atrevida por la trama, la miniserie compone una crítica social constante. El autor ya demostraba ambición en su previo trabajo, “Cortar por la línea de puntos”, y regresa de nuevo a la pantalla con esos míticos personajes tan pintorescos y cercanos al mismo tiempo.

Tiene un ritmo infatigable, personajes frescos e historias desgarradoras, todo lo que una buena serie necesita. La música, la animación, el humor, todo está medido al detalle en dosis perfectas de drama y comedia.

En definitiva, el talento del creador reside en su facilidad para ordenar el caos que impera en nuestra mente y darle forma a una historia que resulta conmovedora a la vez que controvertida.
22 de octubre de 2024
31 de 44 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tras la larga ovación que Almodóvar recibió en la Mostra de Venecia, resulta desalentador comprobar que su primera inmersión internacional en la gran pantalla sea “La habitación de al lado”, un largometraje que ofrece personajes planos y diálogos redundantes que el director intenta salvar adornando las conversaciones con la premisa de un alegato social. Tales esfuerzos son en vano y, con todo, quizá sea esta fallida pretensión humanitaria el único retazo que quede del Almodóvar que vimos en “Volver” o en “Todo sobre mi madre” pues, no sin cierto empeño, se puede llegar a vislumbrar el fantasma de su obra: dramas femeninos adornados de tintes sociales y humanistas.

Y sin ningún empeño se puede entrever que el Almodóvar de “La habitación de al lado” dista de ser el cineasta de referencia al que nos tenía acostumbrados. El guion resultante de su último film es un producto acartonado que flaquea a pesar de (o quizá debido a) la pretensión humanista de su mensaje; un mensaje que, pese a ser el pilar fundamental de la trama, Almodóvar apenas logra explotar. Ni siquiera el extenso currículum de sus musas anglófonas, Swinton y Moore, puede levantar el peso de una soporífera película que se desmorona por minutos.
Si cabe elogiar alguna forma de dirección en “La habitación de al lado”, no es la del Almodóvar que firma la producción, sino la de un director de fotografía, Eduard Grau, que consigue que su magistral uso del color y su composición de planos sean lo más “almodovariano” del filme. Grau personifica el claro caso del alumno que supera a su maestro; un maestro que, quizá, se ha perdido en la suntuosa (e inverosímil) espectacularización de los interiores costeados por una corresponsal de guerra neoyorquina, la protagonista. No obstante, la hazaña de Grau (un hito reseñable en una renqueante producción), no es suficiente para evitar que el público desee cerrar de una vez la puerta de la habitación de al lado.

En resumen, dejando de lado la fotografía, la primera incursión internacional del manchego tiene poco de qué presumir.


Lo mejor: las ópticas de Eduard Grau.
Lo peor: cuesta encontrar vestigios del cine “almodovariano”.
2 de abril de 2023
14 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
El nuevo proyecto de Mia Hansen-Love deja un sabor de boca agridulce. La propuesta de Hansen parte de una ambiciosa premisa humanista, mostrándonos a un antiguo profesor de filosofía con una enfermedad neurodegenerativa y a su hija, Sandra, una Léa Seydoux que a ratos parece cargar con todo el peso de la película.

Tristemente, la grandeza del largometraje se reduce a una sola frase que dice el personaje de Léa a su hija de ocho años: “Me siento más cerca de mi padre cuando veo estos libros que cuando lo veo a él. Lo veo más en esta biblioteca que en la persona que hay en la Ehpad”. En los libros “está su alma”, como dice Sandra, y es realmente lo único que queda de él cuando pierde su memoria. Así, cuando su hija le pone un disco de su pasado, el padre queda abrumado por el peso de memorias que ha olvidado. “Demasiados recuerdos”, dice antes de que Sandra quite la canción.

Hansen adorna todo esto con un idilio adúltero entre Sandra y un amigo de su pasado, pero, más allá de eso, la película carece de ningún tipo de giro argumental (si a esta trama amorosa se le puede llamar así). La protagonista intenta llenar el vacío que deja su padre (que solo está presente físicamente) refugiándose en los brazos de un hombre casado y con hijos. Un intento por abordar temas como el desamor, el deseo y la soledad que se queda en una distracción de la trama principal. La propuesta es buena, pero le falta profundidad.
En definitiva, “Una bonita mañana” es la sombra del gran largometraje que podríamos haber presenciado. Con un planteamiento pausado e introspectivo, su brillantez queda eclipsada por un guión plano y sin despuntes. El resultado es una cinta insípida, monótona, que llega incluso a generar compasión por la obra que podría haber sido.
29 de noviembre de 2025
11 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Joachim Trier, un artesano de personajes, ofrece en Sentimental Value una de sus películas más personales hasta la fecha. Sin abandonar su característico tono existencialista, su última cinta es una disección del imaginario del artista, de sus dilemas y contradicciones. Aquí, el danés explora la soledad desde el excentricismo del arte, abriéndose en canal a través de su alter ego, el afamado director de cine Gustav Borg, quien personifica el miedo a envejecer dentro de la industria, sin más descendencia que sus películas.

El personaje de Stellan Skarsgard, un cineasta a quien ya le pesan los años, quiere hacer una última película protagonizada por su hija, Nora, una célebre actriz de teatro con miedo escénico. Sin embargo, aunque el guion parece estar escrito expresamente para ella, Nora no quiere involucrarse en la producción. Es más, no quiere tener nada que ver con su padre, así que este, que quiere rodar la película en la casa de su infancia, se ve obligado a buscar a una actriz sustituta.
Stellan Skarsgård
Con el funeral de la ex mujer de Gustav como punto de partida, Sentimental Value es una película íntima, una historia coral en la que ese miedo universal al olvido está presente en cada personaje desde distintas perspectivas. La soledad, el común denominador de la trama, no solo acecha a Gustav, que ha dedicado su vida a su carrera artística y ahora encuentra compañía en la bebida. La soledad también paraliza a Nora cada vez que pisa el escenario, porque el único momento de plenitud que experimenta es ese instante en el que se encuentra sobre las tablas encarnando a personajes ficticios que la ayudan a evadirse de ella misma. Porque en realidad, Nora tiene pánico a descubrirse siguiendo los pasos de su padre, que priorizó el arte por encima de una vida familiar que tanto Nora como su hermana pequeña, Agnes, echaron en falta. Y también Agnes afronta el miedo a la soledad a su manera. Ella, huyendo de esa infancia fría y distanciada que ambas vivieron, ha conseguido construir una familia y ha sabido encontrar un hogar que le garantice algo de seguridad (el inconfesable objeto de deseo de su hermana mayor Nora). Agnes, al contrario que Nora, dio la espalda a la interpretación tras haber actuado en una película de su padre cuando era pequeña. A pesar de que ese es el recuerdo más feliz que guarda de él, ella tuvo clara su elección y no quiso saber nada del entorno artista que frecuentaba su padre.
Elle Fanning
Así, orbitando en torno a esta temática, Sentimental Value se aleja algo más del individualismo de la “Trilogía de Oslo” para crear un relato de personajes descompuestos, más cercano a esa pretensión intergeneracional de Louder than bombs. Con esta cinta, Trier consigue un resultado más redondo, un relato de personajes que se han perdido a lo largo de los años y que se encuentran en esa casa heredada por el padre, una casa que no es más que una alegoría de ese pasado familiar que los personajes arrastran por la vida y que, al fin y al cabo, es el único punto en común que les queda. Ese espacio –una vivienda que ha sido testigo de generaciones de alegrías, llantos y desesperaciones–, se convierte en el centro de la trama, la razón de ser de esta historia y el motivo que da nombre a la película. Porque uno de los puntos fuertes de esta cinta es precisamente ese paseo caleidoscópico a través de generaciones, ese valor sentimental de la casa que permite al espectador componer una imagen completa de los personajes sin caer en juicios tempranos. Con esto, lo que Trier y Eskil Vogt (su coguionista predilecto) vienen a decir es que pasado, presente y futuro son indisociables entre sí; por mucho que los personajes se empeñen en distanciarse de quienes fueron, sus vivencias los hacen ser quienes son, y no pueden deshacerse de lo que los hace ser ellos mismos.

Una vez más, Trier no escapa de los temas fetiche en su filmografía: las relaciones paterno-filiales, la depresión y la soledad, el alcoholismo, la huella que uno deja en su entorno y esos asuntos pendientes que nunca se hablan en voz alta… Y por si el corazón de la película no fuese lo suficientemente potente de por sí, el resultado final se ve reforzado por un elenco en perfecta armonía con la cámara. Si Renate Reinsve ya sorprendió en La peor persona del mundo, su papel en lo último de Trier es una reafirmación de su talento, aunque el resto del reparto no se queda atrás. Inga Ibsdotter y Elle Fanning consiguen un equilibrio perfecto entre la represión emocional de sus personajes y el intenso dramatismo de sus vivencias. Y, como no podía ser de otra forma, el veterano Stellan Skarsgard está sensacional; no necesita más que una mirada para transmitir toda una vida de silencios.

En definitiva, Trier ha vuelto a hacerlo. Sentimental Value es una reflexión en forma de largometraje, una provocación sin fisuras que confronta al espectador cara a cara con el eterno dilema del artista y las consecuencias de ciertas decisiones que marcan de por vida. La cinta es un coro de personajes desestructurados, una ficción que no pretende reconciliarse con nada más allá de la desesperación. Porque, como escribe el propio Gustav en su guion, “cuando alguien reza no está hablando con Dios, sino que está reconociendo su desesperación”.

Lo mejor: La perfecta simbiosis entre elenco y guion.
Lo peor: Si el espectador no consigue conectar con los dilemas de los personajes, la primera parte de la trama puede hacerse larga.
Cancelar
Limpiar
Aplicar
  • Filters & Sorts
    You can change filter options and sorts from here
    arrow