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España España · Madrid
Críticas de GVD
Ordenadas por:
91 críticas
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9
3 de enero de 2008
585 de 645 usuarios han encontrado esta crítica útil
Permítanme que me presente, soy el Dr. Sidney Lumet. Hoy voy a llevar a cabo un experimento para estudiar esa cosa tan abstracta y desconocida como es la sociedad. Para ello voy a introducir doce especímenes en una claustrofóbica sala. Los especímenes serán los siguientes:

1- Buenos modales
2- Inocencia
3- Ira
4- Prepotencia
5- Infancia en suburbios
6- Inhibición
7- Estupidez
8- Razonamiento
9- Experiencia
10- Prejuicio
11- Humildad
12- Frivolidad

Una vez añadidos, procedo a añadirles una dosis de caso de homicidio en primer grado. Ahora deberán reaccionar y cambiarán a color rojo (culpable) o verde (inocente). Veamos qué sucede... Humm....Van cambiando de color...Rojo, rojo, rojo....¿eh? ¿Uno verde? Todos se han vuelto de color rojo excepto el Razonamiento.

El siguiente paso será subir la tensión y aumentar a una temperatura asfixiante y dejarles en cocción durante dos horas.

(En el spoiler el Dr. Lumet cuenta el final del experimento, así que si no habéis visto la película no lo leáis)
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
GVD
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9
6 de septiembre de 2007
199 de 224 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una road movie consiste como su nombre indica en una película sobre un viaje. Y un viaje puede dar lugar a infinitas películas, ya que las películas hablan sobre la vida. ¿Y qué es la vida si no un viaje? Ahora bien, de esas infinitas películas, "París, Texas" es una entre un millón.

Travis es un hombre sumido en la más amarga de las perdiciones, la de haber perdido lo que más te importa en la vida, la de curar las heridas que el puto amor deja, la de sentirte un cabronazo por no saber preservar ese tesoro que cada uno tiene en la vida. Ese hombre afortunadamente recibirá una segunda oportunidad para poder arreglar lo que más le importa, coger el toro de la vida por los cuernos y dejar por sentado que ahora manda él y que nada en el mundo le va a impedir que cumpla su misión vital.

Pero él no podrá estar ahí cuando todo se arregle. La felicidad no es para él, para llegar a su destino tendrá que abandonar lo que ya perdió. Tan sólo le quedará un precioso recuerdo, y la certeza de que lo más grande que jamás podrá tener está a salvo y feliz. Quizás no sea el paraíso, pero estará en paz. Su viaje existencial ha llegado al puerto que tenía que llegar. Y la prueba de ello son unas lágrimas imborrables que han brotado tanto por dolor como por felicidad.

París, Texas: un paraíso lleno de polvo, pero más resplandeciente que ninguno. Una película que no es ni forma ni contenido, sino la emoción misma, una emoción que engulle lágrimas, dolores y tristezas, y que deja un estado de tranquilidad y ese poso que sólo sabe dejar el cine más grande.
GVD
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10
18 de mayo de 2007
172 de 179 usuarios han encontrado esta crítica útil
En la vida de todo aquel que ame el cine o simplemente con que le guste un poco hay una serie de películas a las que se vuelve una y otra vez, cada vez que se empiezan a ver se desea volver, y cada vez que se terminan deseas no volver para que esa vez no se acabe. Son lo que yo llamo obras maestras, o poniéndolas un nombre más personal, películas de mi vida. "El buscavidas" es una de esas películas.

Todo lo que aquí escriba sé que no le hará justicia, porque es una película que significa demasiado para mí, un sentimiento casi afectivo que es imposible describirlo con palabras, al menos, palabras que la ajusticien. Incluso las diez estrellitas se me quedan cortas. Es una película elegante y sobria en la superficie, pero en el interior late todo un corazón, un corazón amargo, desencantado, trágico, lúcido, dolido, un corazón perdedor, pero un corazón al fin y al cabo. Un corazón lleno de vida.

Es una historia como otra cualquiera pero al tiempo única, que ejemplifica no sólo el tema del perdedor que se le atribuye, sino que habla de la vida, en general, de lo que buscamos en ella y de lo que vamos perdiendo en el camino para llegar a un final en el que no hay nada y en ese camino hemos perdido todo lo que teníamos para que después ese mismo camino venga a cobrarse un 75% de esa nada. La nada es ese trono inexistente que siempre lo va a ocupar otro, esa felicidad que busca el sueño americano, un sueño hipócrita soñado por máscaras pervertidas, retorcidas y lisiadas, un sueño que se va por el váter en un motel de Louisville donde se pierde toda esa fantasía inútil para ganar algo tan mísero y deprimente como el carácter.

Eddie Felson vivirá toda su vida acompañado de ese carácter, sabiendo lo que pudo tener y todo lo que perdió, y probablemente conformándose con lo que ahora tiene. No quiero comprobarlo, me conformo con imaginármelo, así que quizás no vea esa revisión llamada "El color del dinero" del gran Scorsese porque creo que hay que dejar ciertas cosas como están y no tocarlas, y esta obra maestra que nunca terminaré de conocer es una de ellas. Una grandiosa película, una grandiosa lección de cine, de vida. Una película que está filmada por Robert Rossen pero que es mía.

"Dime, Bert, ¿cómo puedo perder?
Tenías razón no basta tener talento hace falta carácter también.
Estoy seguro de que ahora tengo carácter.
Lo encontré en un hotel de Louisville."
GVD
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6
21 de diciembre de 2008
209 de 261 usuarios han encontrado esta crítica útil
La misión de una noticia o de un reportaje periodístico es simplemente informar o aportar un determinado punto de vista sobre un tema, pero no introducir al lector en él. No hay emoción, salvo si el tema ya la contiene por sí mismo.

No tengo muy claro cuál es la función de una película, pero una de las condiciones fundamentales para que a mí me convenza plenamente es que me haya metido en lo que me están contando. Sí hay emoción, aunque te estén hablando del apareamiento de los abejorros congoleños.

Si nos leyésemos un reportaje de los sucesos acontecidos en "El intercambio", el horror que contienen los hechos nos tocaría la fibra sin necesidad de ningún apaño manipulador. Posee una emoción ímplicita. Es por esto que cuando Eastwood carga las tintas en esta historia consigue que me sienta enfermo, que me duela mirar a la pantalla. La pena está en que durante gran parte del metraje las tintas no están cargadas o, al menos, no lo bastante para conseguir implicarme totalmente.

Entre las armas que tiene Eastwood para contar la historia están muchas de las que más me gustan de él: planificación clásica, perfecto equilibrio en el tono, buena dirección de actores; pero también aparecen otras a las que a veces tiende que me molestan: esquematización de personajes secuandarios (son buenos o malos, no hay matices) o no dejar al espectador que juzgue a los personajes por sí mismo (las escenas de los juicios se encargan de esto, sobre todo). Pero me llama mucho la atención la ausencia de un arma en concreto.

Si los guiones de "Million Dollar Baby" o "Mystic River" adquirían en las manos de Eastwood una dimensión emocional que conseguía que trascendiesen, despojándolos de su tendencia al best-seller. Aquí esa dimensión aparece sólo en momentos puntuales. Así, el drama de Christine Collins apenas me deja huella, así como el abuso de poder que sufre. Algo grave, siendo la denuncia de esta situación el principal objetivo del filme. La comparto, por supuesto, pero no la siento.

Así pues, lo que salva a "El intercambio" de no ser una mera exposición de los hechos (aparte de las virtudes de la realización, arriba mencionadas) es ese poderoso retrato a base de flash-backs de un gallinero. Ahí se concentró lo peor de este puto mundo y la mirada de Eastwood no puede ser más sutil y demoledora. Ahí aparece el gran cine, el que me jode por dentro. El resto "sólo" está bien. Buena.
GVD
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8
13 de febrero de 2008
189 de 228 usuarios han encontrado esta crítica útil
Los hermanos Coen siempre me han merecido mucho respeto por eso tan necesario como a veces ausente llamado originalidad. Traten de lo que traten, ya sean homenajes o de cosecha propia, sus películas llevan marcadas a fuego un estilo tan negro como sarcástico, para bien o para mal. Todo parecía apuntar que la magistral novela de Cormac McCarthy, “No es país para viejos”, que estos dos superdotados iban a adaptar iba a ser innecesariamente “coenizada”. Pero, afortunadamente, no ha sido así.

Lo que me encuentro es con una adaptación fílmica poco menos que perfecta, que sí incluye esos rasgos tan sarcásticos aquí más afortunados que nunca, pero que sabiamente no tapan en ningún momento el portentoso espíritu de la novela original, dejándolo tal cual. Y eso es muy de agradecer.

Lo que empieza siendo una formidable película de acción y suspense, con una fuerza visual y narrativa portentosa, con una violencia descarnada y cruda, con sangre, suciedad, humor amargo, dureza, etc., resulta que se trata de una poesía al rojo vivo. Sí, Virginia, en efecto, como hacía el gran Peckinpah. Sacando lirismo de la crudeza.

El robo de un maletín con un montón de pasta dentro que se supone que ha de solucionar la vida de un pobre diablo, acciona una devastadora espiral de violencia que arrollará con todo lo que se le pase por su camino. Y este huracán, que es la propia encarnación de la Violencia, así con mayúsculas, no es otro que el antológico personaje que ha creado Bardem. Tan absurdo, desquiciado, temible y monstruoso, como la propia violencia , guiado por un principio tan injusto y atroz como el del azar, ya sea por la cara de una moneda o por el humor que tenga ese día.

Y lo que hace que esa rendición y lirismo tan peckinpahniano salga a la luz, es el personaje de Tommy Lee Jones. El testigo de toda esta jungla repleta de cadáveres que está montando el depredador de Bardem, el que trata de evitar que esto ocurra, de pararle los pies al huracán. Pero sólo alcanza a tener suerte de que no se lo trague.

El Tommy Lee Jones de aquí, como el de “En el valle de Elah” o “Los tres entierros de Melquíades Estrada”, significa la derrota, la tristeza, el crepúsculo, la rendición. Y el tío lo clava. No sólo es que ya no sea país para él, sino que no es mundo para ninguno de nosotros como tengamos la desgracia que cruzarnos con esa violencia implacable. Grandiosa.

“A veces yo también me río. No se puede hacer otra cosa.”
GVD
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