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Críticas 144
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
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12 de junio de 2014
8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
El comienzo ya es de por sí complejo. Una escena. Un cadáver. Y un chico menudito con gafas que lo mira con horror. Este es el inicio de "Brick", un film categorizado dentro de ese subgénero conocido como "películas de culto", y podríamos clasificarlo dentro de la intriga, e incluso dentro del cine negro si se aprietan mucho las tuercas.

Tras ese principio tan perturbador, se nos sitúa dos días antes del fatídico suceso, cuando recibe una llamada de la chica a la que encontrará muerta dos día después como hemos visto, y es entonces cuando comenzarán una serie de sucesos con el fin de responder a las dudas que tiene el protagonista, llevado por Joseph Gordon-Levitt, sobre los problemas que sufre esta chica.

Como más o menos se podrá observar, la trama se presenta compleja. Y en el fondo es eso. Se trata de dar unos giros al argumento inexplicables que el espectador (al menos un servidor, no quiero generalizar) no llega a entender, así como el dar por entendido hechos que ni siquiera con anterioridad se han tratado de explicar. Además, creo que le falta sustancia, es decir, el guión es enrevesado, mezclando teorías y nombres por doquier, perdiéndose uno constantemente sin saber encontrarse y situarse en el momento. Eso sí, hay que reconocer que hay escenas buenas con buenas interpretaciones, sobre todo del personaje principal, Gordon-Levitt.
Para acabar, solo quiero decir que es una película de la que había oído hablar bien de ella, y el tema que trata me gusta, pero las expectativas se han quedado por debajo de lo que he visto.
26 de octubre de 2025
13 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo nuevo de Alauda Ruiz de Azúa vuelve a consolidarla como uno de los mejores directores del cine español contemporáneo con su doble visión del discernimiento vocacional: a través de los ojos de fe del creyente y por medio del negacionismo del incrédulo. La historia que relata en "Los domingos" encaja a la perfección en el molde actual de la sociedad española: una familia de educación católica pero en la que la semilla religiosa no echó raíces recibe con impacto y estupefacción la noticia de que uno de sus miembros, la diecisieteañera Ainara (Blanca Soroa), está valorando entrar como postulante en un convento de monjas de clausura.

El tempo de "Los domingos" es clave: plasma bien los tiempos de este discernimiento, los cuales pueden durar meses y años, en los que se vislumbran bien las dudas y meditaciones sobre qué es lo que pide Dios a la adolescente. Simultáneamente, exhibe con acierto las distintas reacciones de familiares y amigos, especialmente de personajes como su padre, la abuela, su tío Pablo y, notablemente, su tía Maite. Alauda, casi cual investigadora de un fenómeno invisible a los ojos, pone encima de la mesa la perspectiva de la joven crédula (su entusiasmo y sus interrogantes) y la cosmovisión del ateo, su tía Maite (su incomprensión y su modo especial de ayudar que es, claro está, hacerle entrar en su razón: la razón del mundo). A partir de aquí, la pelota, cual partido de tenis, irá de un lugar a otro del campo de juego. Porque… ¿Quién es realmente el protagonista de "Los domingos"?
La directora-guionista firma un guion brillante en el que se nota el previo trabajo de campo y conversaciones a ambos lados de la pista para mostrar la realidad actual. Por un lado, hay cierta profundidad teológica en las conversaciones de Ainara con sus acompañantes espirituales en su proceso de discernimiento: el padre Chema (por fin un sacerdote arquetipo en el cine español reciente) y la madre Isabel (otra estupenda interpretación de Nagore Aramburu). Sus intervenciones son las que cualquiera podría escuchar en un colegio de ideario cristiano o en un diálogo sacerdote-laico. No hay intención de ridiculizar ni hacer caricaturizaciones.

Por otro lado, los intercambios de opinión entre Ainara y los seglares (principalmente su tía Maite -Patricia López Arnaiz hace un papel de Goya, como Blanca y Nagore- y el ambiente escolar y de amistades en el que la protagonista se mueve) destacan por su marcado realismo: son fieles a la reacción natural y habitual de la mayoría de personas hoy en día ante la noticia de que un conocido desea entregar su vida a Dios. Rizando el rizo, que un laico con una vida interior estándar (participar en la Misa dominical, asistir a formación espiritual o darla y rezar de vez en cuando) interviniera en esta cascada de reacciones podría aportar aún más realismo a la trama.
Pero es que, además, Aluada lo filma con delicadeza, respeto a las partes y atención al detalle: las miradas desconcertantes, los lloros desconsolados, los gestos de enfado, la división, el ambiente tenso in crescendo... Se comprenden entonces a la perfección esas palabras de Jesús: “Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres; se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”. Todo encaja perfectamente en esta historia que no dejará indiferente ni a los que ven el fenómeno religioso con indiferencia. Y es que, ante algo tan natural como la realidad sobrenatural, nos enfrentamos alguna vez en nuestra vida, seamos creyentes o no.

Sin duda, Alauda ha realizado no una de las mejores películas españolas de 2025 sino de la década. Y tiene todavía más mérito que una obra tan sutil sobre lo imperceptible a los sentidos la firme una, hasta donde sé, no creyente. Así se explicó en su aceptación de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián del pasado septiembre: "Si amo el cine es porque siempre me enseña que se puede mirar desde otro sitio, que se puede mirar distinto, que se puede intentar entender algo que es ajeno a ti. No creo que intentar entender algo signifique validarlo o legitimarlo, pero sí creo que vivimos en un mundo donde hay una certeza: siempre hay gente distinta a ti. Por eso merece la pena que el cine sea un espacio de encuentro, de reflexión y de debate. Muchas gracias porque me habéis devuelto la fe en ese espacio con este recibimiento".

De hecho, en varias entrevistas ha explicado la idea original de esta historia: con 18 años le impactó sobremanera que una chica cercana a ella decidiera abrazar la vocación religiosa: "Me llamó mucho la atención que alguien tomara esta decisión tan radical que yo viví como una renuncia a la vida". Se suma a otras personalidades famosas que también hablan en público de su creciente interés por lo metafísico como Rosalía y su nuevo disco "Lux".

Aquella impresión inicial de extrañeza hacia esa chica que decidió recluirse de por vida lo traslada a la perfección en "Los domingos": la de quien, viendo exclusivamente con los ojos del mundo, no alcanza a entender a quien ha vislumbrado con la mirada sobrenatural lo que Dios le pide. E, igualmente, representar con tino el balbuceo y la dificultad de delimitar con palabras la vivencia espiritual de quien se sabe amado por Dios. Aquí radica la maestría de la cineasta vasca: su equilibrio y proyección realista, lejos de lo grotesco, de dos mundos llamados a entenderse mutuamente.
15 de junio de 2014
7 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Noriko es una joven que cuida de su padre viudo. Ambos se quieren mucho, pero pronto ha llegado el momento en el que Noriko ha de casarse. Sin embargo, ella no quiere porque cree que su padre no podría vivir sin sus cuidados y su amor, por supuesto. Tal es la necesidad de casarse que todo el mundo (sus amigas, su padre, su tía) le anima y aconseja a que contraiga nupcias.

Esta es la trama de esta película japonesa, la cual se sitúa en plena posguerra. Puede observarse que es una historia sencilla, sin muchas dificultades que puedan encontrase. Se trata de una profunda visión costumbrista del Japón de la posguerra, de sus tradiciones y del amor paternal. Destaca el cuidado a la hora de tratar las imágenes, es decir, esas pausas de varios segundos que a veces llegan a hacerse casi eternas, queriendo mostrar la expresión no oral de los personajes (recurso que se utiliza en muchas ocasiones) y que sólo con ello nos permite conocer y comprender lo que piensan.
Costumbrista, profunda y reflexiva, "Primavera tardía" muestra de primera mano algunos aspectos de la sociedad del país del Sol naciente como el matrimonio y el respeto paterno.
3 de octubre de 2025
6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Fui a ver la nueva película de Paul Thomas Anderson con las expectativas altas: la crítica es casi unánime en su reconocimiento como una gran película y el público la está poniendo por todo lo alto. La realidad es que no me ha defraudado. "Una batalla tras otra" es un espectáculo audiovisual sin parangón. Algo a lo que nos tiene habituado el norteamericano si echamos un vistazo a su filmografía. Es un largometraje alocado y anárquico: Anderson no sólo cuenta las vicisitudes de un grupo de revolucionarios, sino que lleva al lenguaje cinematográfico ese mismo modus vivendi del "75 francés", la organización terrorista donde Di Caprio y Taylor se conocen y hacen sus actos reivindicativos.

Técnicamente, creo que sólo peca, en mi humilde opinión, de cierto abuso de las elipsis. En cambio, destaca sobremanera un montaje en paralelo brillante, secuencias trepidantes como la persecución en coche y una recreación del submundo revolucionario con un toque de humor notable. El avance de la narrativa es, creo, algo inestable y apenas hay momentos de diálogo "sereno" entre personajes. Se echa en falta para coger oxígeno entre secuencia y secuencia. Quizá precisamente Anderson quiere generar tanto visualmente como en el guion ese ambiente alocado, desenfrenado y desordenado que es la vida de los revolucionarios.
Me interesa sobre todo el mensaje de la película. Más bien, los mensajes. A lo largo de casi 3 horas de metraje nada largos (quizá la primera parte, curiosamente la más cercana al día a día revolucionario, es la más tediosa y lenta), Anderson sugiere varias reflexiones en distintos niveles donde, en resumidas cuentas, se mofa de los dos extremos, tanto de los revolucionarios izquierdistas como de los supremacistas derechistas.

Una primera lectura es, claramente, cómo parodia hasta los extremos de la comedia negra los movimientos supremacistas blancos que aspiran a la pureza racial. También aquí Anderson se ríe de los conspiracionistas: los que creen que su país se rige en despachos con hombres blancos, mayores y representantes al 100% del arquetipo WASP. Es algo que se ve en los miembros del estrafalario Club de Amantes de la Navidad, una especie de sociedad secreta al modo del Ku Klux Klan. Entre ellos, la interpretación de Penn emite luz propia y construye un personaje repelente y desagradable: el coronel Lockjaw, el gran elemento fascistoide de este largometraje. Un despiadado militar que hará lo que sea para mantener sin tacha entre los suyos su reputación de "guerrero contra los enemigos de EEUU" en la frontera sur, los inmigrantes procedentes de países hispanos. Simultáneamente, por cierto, un hombre que lucha contra sus propias contradicciones interiores: le encantan las mujeres negras, pero está interesado en formar parte de esa élite secreta.
Benicio del Toro
Una segunda lectura, más profunda, es la burla de Anderson hacia los movimientos revolucionarios y sus consignas contrarias al orden establecido. Me sorprende que tantos digan que esta es una película "antifa" que reconoce y ensalza a este movimiento de extrema izquierda al que Trump recientemente ha incluido en el listado de organizaciones terroristas. ¿Porque digan muchas veces "Viva la revolución"? Anderson, en cambio, hace todo lo contrario: se ríe también de ellos. Tanto como de los supremacistas, pero de un modo más sutil e imperceptible a primera vista. El director-guionista exhibe "los gajes de ser revolucionario": porque montar pollos está bien cuando tienes veinte años, pero luego uno se va haciendo mayor y... Hay que buscar trabajo para pagar la hipoteca. Se empieza como el Che Guevara exportando revoluciones por todo Sudamérica y se termina como el abuelo de Heidi, alejado de la sociedad y viviendo una vida pacífica y tranquila: algo a lo que hasta Lenin aspiraba.

Anderson, por tanto, deshilvana el ovillo ácrata del revolucionario medio. Muestra sus anhelos de cambio del mundo y su negativa a someterse, pero también sus demonios interiores: sus dudas y, especialmente, el círculo de comfort y tranquilidad al que todos aspiramos, hasta el más violento guerrillero, cuando sobrevienen las responsabilidades. Todos cabalgamos sobre nuestras propias contradicciones, también los miembros del "75 francés": soy revolucionario, pero en lo que me toca de cerca, soy conservador. Lo mío, incluso mi libertad a riesgo de traicionarme a mí mismo, lo protejo con uñas y dientes.

Este fenómeno sociológico y político lo representa a la perfección Anderson en la historia de los personajes de Taylor y Di Caprio. El nacimiento de Willa (Infiniti) genera en ellos reacciones distintas: uno se mantiene fiel a su ideario rebelde y el otro repara en la nueva realidad. Así, si uno de joven era despreocupado y sin ningún tipo de exigencia a sí mismo y a los demás, cuando nace la pequeña todo cambia y crece, naturalmente, cierto sentido de cuidado, protección y responsabilidad. En cambio, en el otro sucederá lo contrario. Quiere "vivir su vida". La paradoja del revolucionario: cambiar el mundo, pero que el mundo no cambie. No acepta la llegada del retoño. Es la inmadurez o incapacidad de asumir deberes, algo tan propio del ethos revolucionario: sólo exigen derechos.

Mención aparte está el rol de del Toro como el sensei Sergio, un verdadero referente para Willa, o de McHayle como "Junglepussy", cuya trayectoria vital, pasar de la acción a la contemplación, es más habitual de lo que parece en la vida real. También ese guiño a "La batalla de Argel" (1966), una obra maestra que habrá servido de apoyo al director: el papel de Penn recuerda al del coronel Mathieu.

En fin, una historia que no deja indiferente y es apta tanto para el espectador comercial que aspira a un largometraje entretenido y ágil para pasar un buen rato de cine, como para ese espectador más exigente que ve cómo Paul Thomas Anderson deja un rastro de símbolos y mensajes más difíciles de atisbar en su primer visionado. Win-Win. Probablemente se convierta en su película más taquillera.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
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La secuencia de las llamadas de teléfono de Di Caprio a la base del "75 francés" son tronchantes. Su "Malditos progres", en la versión doblada, es antológico: lo que en su juventud significaba para él la vida (conocer al dedillo todo lo referente a la organización), en su edad adulta le parece un juego de niños. ¿Ser revolucionario es, acaso, un juego de patio de colegio? Está bien durante media hora, pero luego hay que volver a la vida real. El título ya hace referencia de alguna manera a esta idea: sobrevivir batalla tras batalla, al día, sin visión de futuro.

Por otra parte, al final del largometraje, en esa carta, vemos que Perfidia se arrepiente de su decisión respecto al abandono de Willa y Bob a su suerte. Al menos parcialmente: asume su error, pero también le pregunta a su hija si va a intentar cambiar el mundo como ella lo hizo. Con lo cual, se deduce que la revolución está bien... Hasta que sobrevienen las responsabilidades (trabajo, matrimonio, hijos, hipoteca...). Esa intuición que ha plasmado Paul Thomas Anderson que me ha encantado.
2 de febrero de 2025 5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si por algo destaca The Brutalist es por ser despiadada: una historia donde los haces de luz y la alegría brillan por su ausencia. Se trata de una película oscura, melancólica y, en ocasiones, viciosa. El director trata de relatar las particularidades propias del genio, del artista, del creador: un personaje con un pasado terrible que huye de Europa tras el Holocausto a la tierra de las oportunidades... y el desenfreno.

A lo largo de más de tres horas y media de metraje, Corbet cuenta la historia vital cual montaña rusa de László Tóth, arquitecto húngaro de la escuela de la Bauhaus de origen judío, a su llegada a EEUU. Pronto se enfrentará a la clásica idiosincrasia de aquel país visto desde un prisma negativo sin atisbo de esperanza: el sueño americano, el poder de la voluntad, la bendición de Dios o su condena según se esté montado en el dólar o no. Es un film donde lo trascendente y la cuestión judía están de fondo.

Con una fotografía excepcional (hay fotogramas que parecen cuadros de Hopper), Tóth se abre camino a trompicones en la, con frecuencia, hipócrita sociedad WASP: el personaje de Pearce representa a la perfección el estereotipo de millonario norteamericano al que artísticamente se le convence fácilmente: ¿eres famoso? Te lo compro. Se deja deslumbrar por lo moderno, lo rompedor y lo vanguardista por el hecho de ser moderno, rompedor y vanguardista, no porque sea bello en sí.
Alessandro Nivola & Adrien Brody
El largometraje cuenta con un póker de escenas explícitas, esencialmente pornográficas. En mi humilde opinión innecesarias, pues el hombre perturbado que es László se puede colegir por su misantropía, su desesperanza, su falta de comunicación -no sólo por el idioma- y sus arrebatos. No hace falta mostrar todo al espectador, pues se entendería que el director piensa que aquél no tiene imaginación ni lógica suficientes para deducir lo que sucede. Se trata de un insulto a su inteligencia. Lubitsch y el resto de directores de la Edad de Oro del cine lo hacían estupendamente (y no sólo porque lo imponía el código Hays): cuando, en el clímax de una escena, un hombre y una mujer entraban en una habitación que se cerraba tras ellos. Hay que tratar al espectador como a un adulto formado y con sesera y no como a un ingenuo, desde mi punto de vista.

La película es, sencillamente, brutal en su doble acepción: por el arte del protagonista y por su vida. No es para todos los públicos por su marcado carácter como "cine de autor". Invita a considerar verdadera la siguiente afirmación: la obra del artista es efecto de su vida y experiencias personales a lo largo de su vida, especialmente los primeros estadios (infancia y juventud).
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
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The Brutalist está repleta de símbolos y mensajes subliminales. No es casual que en los primeros compases de la película, casi en paralelo a la aparición majestuosa y luminosa de la Estatua de la Liberta de Nueva York invertida cuando László sale de su oscuro camarote compartido con decenas de personas, se exprese ese aforismo lleno de verdad de Goethe: "Nadie está más esclavizado que aquellos que falsamente creen que son libres". El protagonista abandonando la oscura y persecutoria Europa para abrazar la brillante y esplendorosa tierra de la libertad... ¿O del libertinaje?

La crítica de fondo de Corbet a la sociedad norteamericana es obvia, así como una suerte de comprensión y necesidad, por boca de los personajes, de la construcción del Estado de Israel. Durante toda la película se van dando pinceladas a esta impresión: el punto álgido es la discusión entre Erzsébet y László en la que éste le confiesa que nadie les quiere en EEUU. Attila, converso al catolicismo para integrarse y agradar a su clientela -se cambia de apellido y añade el "Sons" a su empresa porque los negocios familiares están bien vistos en Pensilvania-; Harrison Lee Van Buren, un rico manifestación de ese lema pernicioso que es "el hombre hecho a sí mismo", utiliza a László cual pañuelo de usar y tirar a su antojo hasta el punto de que le considera una suerte de vagabundo y esclavo del que puede disponer para sus perversiones sexuales; Harry Lee Van Buren, quien no tiene pensamiento propio, sólo vive para satisfacer los impulsos faraónicos de su padre y quien ve a Zsófia como un trozo de carne con el que satisfacer su lascivia...
Adrien Brody & Felicity Jones
El propio final Harrison Lee Van Buren queda abierto. Mi interpretación, con ese plano final en la segunda parte de la luz entrando por el techo de la obra de László y proyectando en el altar una cruz, es que se ha suicidado, me temo, y que el Creador juzgará a la criatura. Pocas cosas peores para un reputado WASP de éxito que se ha hecho a sí mismo que ser acusado de violar a un hombre (la escena previa en la casa protagonizada por Erzsébet). Similarmente han terminado las carreras de políticos y empresarios de renombre en EEUU.

La personaje de Erzsébet está, desde mi punto de vista, poco desarrollada. Tiene un papel demasiado secundario, tan desestabilizado como su marido por razones obvias (el trauma de la guerra y la vivencia de los campos de concentración). Lo que me lleva a especular con la idea de que esta obra monumental, por extensión, es una suerte de comedia dantesca en tres escenarios muy definidos del secular errante pueblo judío concretado en László, Erzsébet y Zsófia:
1. Infierno: la tragedia de la guerra y el Holocausto en Europa.
2. Purgatorio: los EEUU de los años 40, 50 y 60 donde ninguno está aún limpio de pecado y, sin embargo, muchos creen que son libres y puros.
3. Paraíso: al final, en el hospital, Erzsébet le dice a László que Dios le ha permitido decir su nombre -blasfemia, parodiada por los Monty Python en la famosa escena de La vida de Brian- y es entonces cuando le confiesa su deseo de ir a Israel, la tierra prometida a la que ya han emigrado Zsófia y su marido Benjamin, y que a lo largo de la película adquiere la condición de Edén: el lugar donde, por fin, el pueblo judío podrá vivir en paz tras siglos de expulsiones, persecuciones y pogromos. Es de destacar esa escena en la que se escucha de fondo la radio informando sobre la aprobación de la resolución de la AG de las Naciones Unidas en 1947 que da inicio a la materialización del Estado de Israel.

De hecho, el film acaba con el discurso de Zsófia en la Bienal de Venecia cuando señala "No es el viaje, es el destino", dándole la vuelta al sentido de la frase, como se suele pronunciar. ¿Una reflexión más de la ambición desmedida del genio creador, que está dispuesto a renunciar a sus emolumentos para ver finalizada su obra tal y como la ha concebido? ¿También una confirmación de que, por fin, los de László pueden vivir en paz y armonía en Israel?
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